Mi nombre era Eileen

Mi nombre era Eileen Resumen y Análisis Sábado

Resumen

Eileen despierta la mañana del sábado y nota que ha estado nevando. Refugiada en su habitación fría en el desván, evitando el mal humor de su padre, orina en una canaleta que da a la ventana. Sus evacuaciones intestinales están sumamente afectadas porque se ha vuelto adicta a tomar al menos una docena de pastillas laxantes, por sentirse gorda o hinchada. Ahora debe tomarlos para que evacuar no sea doloroso, y los laxantes la dejan en un estado de mareo y vacío que disfruta.

Luego de horas de estar en la cama, le da hambre y decide bajar. Se encuentra a su padre acurrucado, durmiendo en su butaca, frente al horno abierto, y la casa en su habitual estado de suciedad y desorden. Ni a Eileen ni a su padre les interesan la limpieza ni el orden. Ambos llevan hábitos insalubres, como beber mucho y comer muy poco.

El padre de Eileen fue un agente de la policía local muy respetado por el pueblo. Orgulloso de sí mismo, llevaba su pistola hasta cuando se iba a dormir, pero Eileen aclara que su trabajo era banal y jamás se vio en posición de tener que demostrar su heroísmo. Antes de la muerte de su madre, su padre era un bebedor normal. Frecuentaba el pub del pueblo, al que la narradora elige llamar “O’Hara”, hasta que le negaron el ingreso, luego de que apuntara al propietario con la pistola. Cuando su madre enfermó, comenzó a beber más y a faltar al trabajo, hasta que le dieron la jubilación anticipada. Luego de que se retirara, la policía le quitó su carnet de conducir por manejar borracho, y comenzó a vigilarlo de cerca, hasta que un día Eileen tomó todos sus zapatos y los guardó en el maletero del coche, de modo que su padre no tuvo más opción que quedarse en casa.

Esa mañana, Eileen pasa horas paleando nieve. Antes había chicos del barrio que se ofrecían a hacer ese trabajo a cambio de una propina. Recuerda entonces a uno de ellos que le gustaba, Pauly Daly. Una vez, Eileen lo invitó a tomar un chocolate caliente a su casa, reprimiendo su deseo de ponerle una mano encima. Pero, tal como ella se imaginaba, el muchacho no estaba interesado. Entonces ella le dio un beso en la mejilla y el chico se avergonzó aún más. Ella se disculpó y le dio unas monedas como propina. El chico nunca más regresó.

Por la tarde, Eileen decide ir a lo de Randy. Le miente a su padre, diciendo que saldrá con una amiga, y cuando él le pregunta por qué no va con Joanie, Eileen dice que su hermana está ocupada. El padre responde que ella es un parásito, no como Joanie, y que ya es hora de que tenga una vida propia. La crueldad de su padre la daña, pero ella comprende que es parte de su locura. Entonces la narradora recuerda que, cuando era niña, su padre limpiaba su pistola en la cocina y le advertía sobre los peligros de ese arma. Ella reconoce que su infancia estuvo atravesada por la idea de que, si se portaba mal, moriría.

Eileen se dirige en auto hasta lo de Randy. Tiene la fantasía de que, si lo controla, él no se enamorará de ninguna otra. Además, así podrá enterarse de si hay una mujer en su vida, para deshacerse de ella. Hasta ahora no se ha atrevido a vigilarlo de noche, de modo que no sabe cuántas mujeres lo visitan, pero trata de imaginar qué haría al verlo con otra, y no sabe si se animaría a recurrir a la violencia. Ella duda de que Randy sepa quién es, pero fantasea con conquistarlo y se imagina encuentros sexuales con él. Reconoce su propia hipocresía, pues detrás de su aparente mojigatería oculta pensamientos perversos, pero explica que esa es la modalidad de todas las jóvenes, incluso la de su propio padre, que es católico pero consume pornografía.

Ese día, sin embargo, Randy no está en su casa y Eileen decide ir al cine. La acecha una sensación de fatalidad, y piensa que si Randy está con una mujer, ella tendrá que matarse. Incluso imagina distintas formas de morir, pero luego aclara que quiere vivir. En el cine, siente envidia por las actrices hermosas. Por su parte, la narradora expresa su respeto por quienes actúan y logran olvidarse de quiénes son para asumir una nueva identidad; algo similar a lo que ella ha terminado haciendo. Pero en ese entonces, las actrices la hacían sentir fea y vulgar. Eileen siente que no tiene ningún encanto para competir con ellas; solo es una mujer desesperada por hacer cualquier cosa con tal de gustarle a alguien.

Al salir del cine, entra a una tienda de ropa luciendo su máscara mortuoria. Le da bronca que la empleada la trate con cortesía, ocultando la repugnancia que debería darle su falta de atractivo. Envidiosa de que todas las mujeres puedan vestirse hermosamente, decide que va a probarse un vestido excéntrico de la vitrina. La empleada deja traslucir su sorpresa, pero procede a quitar el vestido del maniquí, y Eileen aprovecha su distracción para guardarse unos paquetes de medias en el bolso. En el probador, Eileen observa con disgusto su cuerpo, y como el vestido no le sienta bien, se desquita haciéndole un tajo al forro con la llave del auto. Fingiendo superioridad, le dice a la empleada que ese vestido no es su estilo, para que aquella no crea que es su culpa no ser buena para el vestido. Luego sale, orgullosa de su robo, sintiendo que así repara algo de la injusticia de ese mundo hostil.

Al volver a su casa, Eileen y su padre beben mucho whisky. Ella no siempre lo odia; encuentra un lado bueno en él también, y comparten algunas cosas, como el odio por los vecinos. Su padre le pregunta por su hermana y habla de ella con cariño. Eileen no soporta que su padre hable de su hermana con admiración, y cada vez que Joanie los visita, Eileen se esconde en el desván, pues no soporta ver el trato entre aquella y su padre. Este nunca fue así con Eileen. Al contrario, siempre le señala lo que hace mal y la trata con desprecio. En el fondo, si bien fantasea con verlo muerto, solo quiere que sea bueno con ella.

Eileen y su hermana nunca tuvieron una gran relación. Joanie fue siempre más feliz y abandonó su casa a los diecisiete para irse con un novio. Entonces, la narradora recuerda al pasar una cena que organizaron sus padres cuando ella tenía doce años. Esa noche, uno de los invitados la siguió a la cocina y quiso forzarla y besarla. Asustada, ella se refugió en el desván, y nadie de su familia notó su ausencia durante el resto de la noche. Si bien sabe que otras mujeres han sufrido cosas peores, ella recuerda la humillación de ese día. También evoca una vez que su madre la persiguió gritándole que ordenara su habitación y ella cayó por las escaleras. Su madre, indiferente, la vio con el labio partido y golpes en las piernas y cerró la puerta detrás de sí. Eileen pasó horas en la oscuridad del sótano, herida, aterrada y dolorida, un poco por los golpes, pero, sobre todo, porque la dejaran allí sola.

Análisis

El capítulo presenta las extrañas e insalubres costumbres de Eileen. Obsesionada con el cuerpo y la gordura, se vuelve adicta a los laxantes y, en la soledad del altillo, donde se instaló para estar lejos de su padre, disfruta de ese vaciamiento y mareo: “Vacía, agotada y ligera como el aire, me quedaba allí tumbada en silencio, volando en círculos, con el corazón alegre y la mente en blanco” (54).

La casa está extremadamente sucia y descuidada, y tanto Eileen como su padre están completamente entregados al abandono. Ese lugar sórdido es un reflejo de la personalidad oscura y atormentada de la protagonista. Para dar cuenta de lo agobiante de ese espacio, la narradora señala: “El día era esplendoroso, cegador, y la luz inundaba la cocina como el reflector de la escena de un crimen” (55). Mediante un símil compara el ambiente de la cocina con el de la escena de un crimen, descripción que resulta inesperada para aludir a la luz del sol, y que, por lo tanto, parece anticipar acontecimientos trágicos.

En este capítulo, Eileen evoca algunos recuerdos de su difunta madre. Menciona su enfermedad y su muerte con una brusquedad inesperada: “En cuanto mi madre enferma —‘cayó enferma’ es una expresión que me gusta por su gazmoñería, y, por tanto, por su ironía en relación con su muerte violenta” (57). Al igual que su padre, la madre de Eileen aparece asociada a la crueldad y al maltrato que le infligió en su niñez, como la vez que Eileen cayó de las escaleras y su madre la vio y la dejó sola. Dramáticamente, la narradora recuerda que el dolor físico fue también emocional: “Me dejaron allí sola, cosa que fue igual de dolorosa” (76). Del mismo modo, ella sufre el trato despreciable de su padre. Mientras admira a su hermana mayor, Joanie, él se encarga de mellar el autoestima de su hija menor y le dice que es un parásito. Pero la violencia psicológica que su padre operaba con ella en el pasado se volvía también una amenaza concreta cuando aquel ostentaba su arma en casa. Con ello, instalaba la idea de que Eileen podría morir si se portaba mal. De todo este maltrato, se deriva que Eileen crea que su destino es sufrir: “Por entonces yo estaba acostumbrada a la soledad. Sabía que un día me marcharía. Hasta entonces solo me quedaba sufrir” (71).

Su infancia está cargada de escenas de rechazo. Entre ellas, figura la vez que quiso invitar a Pauly Daly a su casa pero el chico la rechazó, reafirmando sus inseguridades: “Tal como me imaginaba, resultó que yo no le interesaba en lo más mínimo” (59). Ante el rechazo que siente venir de los demás, ella encuentra modos de desquitarse. Así, por ejemplo, decide robarse unas medias en el local de ropa, como un modo de reparar la injusticia y hostilidad del mundo: “Cuando robaba algo me sentía invencible, como si hubiera castigado al mundo y me hubiera concedido una recompensa, como si, por una vez, reparara una injusticia” (70).

Lo cierto es que en los acercamientos de Eileen con otras personas siempre hay un deseo un poco perverso, que se desvía de lo moralmente correcto, y que la obliga a reprimirse. Cuando sucedió lo de Pauly Daly, la narradora recuerda: “tuve que reprimirme para no ponerle la mano encima” (59). En línea con esos deseos prohibidos, Eileen acosa a Randy. Fiel a su carácter fantasioso, tiene la “idea mágica” (60) de que, si lo controla, él no se enamorará de otra mujer. Su obsesión da lugar a pensamientos extremos: imagina que se deshará de la mujer con quién Randy esté, o se matará (“...tendría que matarme. No quedaría por lo que vivir”, 65). También reconoce que en esa fantasía hay pensamientos perversos que, una vez más, oculta con una apariencia distinta: “Y así era como vivía en una fantasía perpetua. Y al igual que todas las jóvenes inteligentes, ocultaba mis vergonzosas perversiones bajo una fachada de mojigatería” (60). Por un lado, esta cita expone la hipocresía de la época y el modo en que las personas llevan adelante una vida secreta de vicios y perversiones mientras que, en apariencia, profesan ideales de rectitud y moralidad. Tal es lo que sucede con su propio padre, que, a pesar de ser profundamente católico, oculta revistas pornográficas por toda la casa. Por otro lado, esta condición fantasiosa de Eileen, poco anclada en lo real, será muy significativa en la novela, pues la llevará por caminos enredados.

En la escena en que Eileen va al cine se trata otra vez el tema de la identidad. La narradora recuerda que, entonces, las actrices aumentaban su complejo de inferioridad, mientras que, en el presente, ella respeta a las actrices “que son capaces de olvidarse de quiénes son y asumir una nueva identidad… como he hecho yo, podría decirse” (64). La narradora vuelve a advertirnos sobre el cambio de identidad que ha atravesado luego de los sucesos que la novela está desarrollando. Crece así la expectativa sobre el suceso transformador que dará lugar a un vuelco tan rotundo en la identidad de Eileen. Mientras tanto, la Eileen del relato sufre ante la belleza de las actrices, que no hace más que exponer sus carencias: “me parecía que carecía de armas para competir con ellas: no tenía encanto, ni belleza. Todo lo que podía ofrecer era mi competencia como persona que recibe las bofetadas, una pared en blanco, alguien lo bastante desesperado para hacer cualquier cosa —excepto asesinar, pongamos— con tal de conseguir gustarle a alguien, por no hablar de que alguien me amara” (65). Eileen se representa a sí misma metafóricamente como una pared en blanco, sin ningún atributo que llame la atención o despierte interés y afecto en las personas. Sobre ese vacío solo pueden plasmarse las bofetadas, los agravios y las agresiones de las personas: recibe insultos de su padre, y maltrato e indiferencia de sus compañeros de trabajo. Ante esa indiferencia, ella reconoce una avidez intensa por ser vista, por agradar, por ser amada, perfil que explica la predisposición del personaje a involucrarse en los eventos que vendrán más adelante y a “hacer cualquier cosa” con tal de conseguir esa atención. Resulta inquietante, sin dudas, el modo en que la narradora aclara que lo único que no haría es matar para luego matizarlo y ponerlo en duda con un “pongamos”.

Si bien la novela no explicita hasta este punto ningún hecho trágico o fuera de la rutina aburrida de Eileen, hay elementos de la narración que ponen al lector en alerta y lo preparan para lo peor: la casa descrita como una escena de crimen, la presencia de la pistola y su amenaza, la predisposición de Eileen a hacer lo que sea, incluso asesinar, y la certeza de que en los próximos días atravesará un suceso que transformará su vida por completo.