Resumen
La mañana del lunes, Eileen se da un baño caliente e inspecciona su cuerpo en el espejo. La narradora, que ahora es una mujer mayor, repara en los cambios que el tiempo ha producido, trayendo arrugas y flacidez y convirtiéndolo en una estructura casi asexuada y amorfa. Pero entonces, durante la juventud, el cuerpo virginal de Eileen es rígido y delgado. Se cuida poco: no come frutas ni verduras, bebe poca agua e, incluso, a veces evita comer por miedo a engordar. A sus veinticuatro años, ya es considerada una solterona. Solo besó a un chico a sus dieciséis años. Peter Woodman la llevó al baile de fin de curso, pasaron la noche sin bailar ni hablar, y en el auto de regreso él la besó. Al sentir que el chico deslizaba su mano por su cuerpo, Eileen le mordió el cuello y salió corriendo del auto.
Eileen sigue considerando la idea de huir. Su esperanza es que, al hacerlo, piensen que está muerta, y para ello debe ocultarle a todos su plan. Quiere que su padre se desespere, que busque pistas entre sus cosas; incluso fantasea con que muera de tristeza por perderla. En ese momento, dice la narradora, Eileen aún no sabe que desaparecerá la mañana de Navidad.
Esa mañana, al llegar a Moorehead, la señora Stephens le da un regalo navideño de parte del alcaide: un chaleco de punto. Eileen se pregunta si el alcaide estará enamorado de ella, y se imagina que lo abraza en su despacho. La narradora reconoce que en ese entonces sus pensamientos eran como películas obscenas proyectadas en su cabeza.
A las dos de la tarde, el alcaide entra en la oficina de Eileen, seguido de una mujer pelirroja y alta y de un hombre calvo. Eileen cree que ella es una actriz o una cantante, porque es hermosa y de aspecto refinado. Siente odio por ella, porque jamás vio a nadie tan hermoso en su vida, y no consigue dejar de observarla. Entonces el alcaide los presenta: son el doctor Bradley Morris, el nuevo psiquiatra, y la señorita Rebecca Saint John, la primera directora educativa de la cárcel, que acaba de recibirse de Harvard.
Eileen observa a la mujer y le resulta ridículo que se contrate a alguien para enseñar a muchachos que se encuentran en un estado de incapacidad: les cuesta caminar, sentarse, comer y respirar sin golpearse la cabeza contra la pared. La belleza y fineza hacen sentir muy mal a Eileen consigo misma. A pesar de ese resentimiento, siente un magnetismo por ella y necesita estar cerca.
El alcaide le pide a Eileen que acompañe a la nueva directora a su taquilla. Rebecca se muestra alegre y desenvuelta, y habla de su cuerpo: afirma que prefiere a las mujeres de pechos planos, como ella y como Eileen. Esta no logra reaccionar ante tanto carácter, y en su interior piensa que, al fin, tras años de vergüenza y frustración, su cuerpo queda justificado. Hasta entonces solo ha tenido amigas que son producto de su fantasía, chicas imaginarias que usa para mentirle a su padre, pero ahora siente que es diferente. Eileen decide quitarse por un momento su máscara mortuoria y dice estar de acuerdo con Rebecca. Por su parte, Rebecca se ríe de la actitud de Eileen y la elogia. Entonces Eileen siente que por fin su vida va a cambiar.
Esa tarde, Eileen prepara frases armadas para usar con Rebecca. Está obsesionada con agradarle y demostrarle que no es una provinciana más. La narradora anticipa que Rebecca ya sabía que sí lo era, a pesar de que Eileen se sentía muy inteligente. Al entrar en el baño, Eileen nota que está menstruando y siente asco. La narradora, entonces, reconstruye la vez que tuvo un aborto espontáneo, y otra vez en la que deliberadamente eligió abortar. Eileen se mira al espejo y desprecia su aspecto, sus granos, la rosácea que le provoca beber tanta ginebra.
Ese día en Moorehead hay una celebración navideña. La narradora declara que, a pesar de la apariencia alegre que la decoración le daba al lugar, los jóvenes se avergonzaban de ser forzados a cantar y celebrar, y solían armar disturbios. Es evidente que, para la Navidad, el doctor Frye rebajaba la dosis de pastillas, porque el resto del año los jóvenes eran dóciles y apagados. Ese día, el alcaide da un discurso dirigido a los jóvenes, instándolos a tomar el ejemplo de la Navidad y de un joven que, al igual que ellos, también era hijo de padres humildes con pocas esperanzas. La narradora siente repugnancia por el alcaide y no entiende cómo pudo sentir atracción por él. Reconoce que, de joven, ella se dejaba influenciar fácilmente por el poder. También dice al pasar que el hombre debía de ser homosexual, puesto que solía encerrarse a solas con los jóvenes en su despacho y los azotaba. Entretanto, la celebración incluye una puesta en escena de un pasaje de la Biblia actuado por tres jóvenes, en la que uno de ellos lleva peluca para recrear a María. La escena, grotesca, hace reír a los jóvenes. Eileen nota que, en cambio, Rebecca se muestra incómoda y hace un gesto de censura.
No es que a Eileen no le interesen los jóvenes de Moorehead, pero ella también es joven y desgraciada, y vive enfrascada en sus dramas. Siente atracción por algunos de ellos, y se imagina que hablan de ella con sus familias y que sienten compasión por su sufrimiento. También sugiere que, como mujer, es una ventaja trabajar rodeada de hombres, puesto que puede aprender sobre ellos. Hasta da a entender que siente placer erótico por algunos (a veces, por los que han cometido los delitos más graves) y aprovecha para espiarles la entrepierna. Entonces la narradora cuenta el caso de un chico, Leonard Polk, que llevaba varias semanas en la cueva, una antigua cámara frigorífica en la que encerraban a los castigados, obligándolos incluso a hacer allí sus necesidades. Un día, Eileen va a ver a Polk a la cueva y nota que la puerta de la cámara tiene una pequeña ventana, desde la que puede observar al chico acostado tocándose los genitales. Sin que el chico sepa, Eileen espía extasiada al joven, llegando a tocar la ventanita con la lengua. Tiempo después, descubre que el chico tiene solo catorce años, y reconoce que igualmente no pudo ser inmune a sus encantos.
Antes de irse a su casa, Eileen aprovecha la soledad de su oficina para mirar el expediente de Polk y descubre que el delito que lo llevó allí fue el parricidio: Lee Polk le cortó la garganta a su padre mientras este dormía. Eileen está leyendo el informe de Frye, que indica que Polk ha estado mudo desde que llegó a Moorehead, cuando de pronto aparece Rebecca. Al ver el expediente que Eileen no llega a esconder, Rebecca diagnostica a Polk como un caso clásico en que el instinto dicta matar al padre y acostarse con la madre. También dice que la celebración de Navidad le pareció un castigo cruel. Luego se despide.
De camino a casa, Eileen no logra quitarse la imagen de Polk tocándose. A pesar de que le ha generado excitación, asegura que ella no es ninguna pedófila. Al llegar a su casa, su padre la mira y se burla del color de su labial. Entonces Eileen elige, al igual que Polk, no pronunciar ninguna palabra.
Análisis
Eileen sigue fantaseando con su desaparición, con que su huida despierte afecto y arrepentimiento en su padre:
Quería que mi padre se desesperase, que llorara desconsolado por su pobre hija perdida, que se derrumbara al pie de mi catre, que se envolviera en mis malolientes mantas solo para recordar la hermosa pestilencia de mi sudor. (...) Me habría encantado que muriese de tristeza por haberme perdido. «Yo te quería —me habría gustado que dijera—. Y me equivoqué al actuar como si no te quisiera» (102).
Esta cita muestra el dramatismo hiperbólico que alcanza la imaginación de Eileen. Tristemente, la única manera en la que cree poder despertar cariño en su padre es generándole un sufrimiento; la forma extrema de amar es para ella morir de pena. Esas fantasías extremas se dan también cuando, ante el regalo que recibe del doctor Frye, se imagina un encuentro amoroso con él en su despacho. A propósito de ello, la narradora confiesa: “Mis pensamientos eran como películas obscenas proyectadas en mi cerebro” (103).
Este capítulo es importante porque introduce al personaje más importante de la novela: Rebecca. Es la nueva directora educativa de Moorehead, un cargo nuevo, que el instituto se permite “gracias a la generosa donación del Tío Sam” (105), dice el alcaide. El Tío Sam es una alusión al gobierno de Estados Unidos. De hecho, fue una figura con la que en el siglo XIX se personificaba a Estados Unidos y a su gobierno. La llegada de Rebecca es un punto de inflexión en la historia. Con ella, Eileen siente que su mundo se ha transformado. Al comienzo, fiel a su constitutiva misoginia, Eileen siente envidia por ella, ya que su belleza exalta sus propias carencias. Pero enseguida cambia de opinión y admite que siente un magnetismo por ella:
Ni que decir tiene que me sentía totalmente insultada y fatal conmigo misma en presencia de esa hermosa mujer (...) pero no podía evitarlo. Quería estar cerca de ella para tener una visión más íntima de sus rasgos (...). Esperaba ser capaz de discernir sus imperfecciones superficiales, o al menos encontrar defectos en su carácter que compensaran las buenas notas que obtenía en la asignatura de Belleza (107).
Así comienza la obsesión de Eileen por esta mujer. Y Rebecca pronto consigue conquistarla con su carácter seductor.
En el primer intercambio que tienen, Eileen siente que su vida está por dar un vuelco. Siente una complicidad entre ella y Rebecca que nunca ha sentido. Hasta ahora, sus amigas han sido imaginarias. De hecho, para impresionarla, le responde con un desenfado que no es nada propio de ella: “para expresarla tuve que quitarme, aunque fuera por un momento, mi máscara de hielo” (109). De alguna forma, Eileen está anticipando cómo, frente a Rebecca, se despojará de los mecanismos de defensa que siempre despliega para no sufrir, y se involucrará de una manera en que no lo ha hecho nunca. Enseguida siente que eso ya es una amistad: “¿Cuál es el viejo dicho? Un amigo es alguien que te ayuda a esconder el cadáver: esa era la esencia de esa nueva relación” (109). Con este dicho, la narradora caracteriza de manera apresurada una relación que apenas se entrevé en este primer encuentro, a la vez que anticipa y presagia lo que sucederá más adelante, pues, efectivamente, el vínculo entre Eileen y Rebecca estará marcado esencialmente por ese tipo de ayuda extrema. La idea insólita de esconder un cadáver se suma a la serie de alusiones inquietantes que engrosan la expectativa del lector hacia un desenlace trágico. La narradora advierte así a su lector sobre el oscuro vínculo que inaugura esta escena: “Aquello marcó el comienzo del oscuro vínculo que ahora prepara el terreno para el resto de mi relato” (109).
Eileen está obsesionada con agradarle a Rebecca, y por eso se pasa una tarde preparando frases y respuestas que para ella son ingeniosas y que, espera, impresionarán a su nueva amiga: “Tenía todo tipo de anzuelos preparados que utilizaría para engancharla” (111). Mediante la metáfora del anzuelo, Eileen sugiere que esas respuestas armadas servirían para pescar la atención de Rebecca. Sin embargo, desde el presente de enunciación, la narradora señala que, en realidad, Rebecca ya sabía que ella era una “cretina provinciana” (110), a pesar de que Eileen se “creía muy lista” (111). En este punto, la novela construye una ironía dramática, puesto que el lector sabe que las expectativas de Eileen son pura fantasía.
Este capítulo, a propósito de la celebración de Navidad, reinstala la denuncia a los horrores de Moorehead. Eileen reconoce que el doctor Frye empastilla a los jóvenes: “El resto del año los muchachos solían mostrarse dóciles y apagados. El doctor Frye los empastillaba” (114). También menciona al pasar que el alcaide azota a los muchachos a solas en su despacho. Ella repara en ello para sugerir que el alcaide es homosexual, volviendo a deslizar la homofobia de la época. No obstante, lo más grave, y que Eileen parece pasar por alto, es que las prácticas violentas del alcaide en la intimidad de su despacho sugieren una serie de abusos graves que Moorehead oculta.
Por su parte, Eileen reconoce sentir atracción por algunos jóvenes de Moorehead y se imagina que ellos también se fijan en ella:
En mi egocentrismo infantil, fantaseaba con que eso era lo de lo que hablaban los chicos negros con sus madres: cuánto dolor siente Eileen ahora, hasta qué punto Eileen parece necesitar un amigo, hasta qué punto Eileen merece algo mejor. Tenía la esperanza de que alcanzaran a ver lo que había detrás de mi máscara mortuoria: mi alma triste y fogosa, aunque dudo de que me vieran nunca (120).
En este punto se dimensionan los alcances disparatados de las fantasías de Eileen: desde su visión egocéntrica, cree que esos chicos, que padecen el encierro carcelario, el maltrato, los abusos e, incluso, la tortura, pueden invertir su tiempo en compadecer sus sufrimientos.
Por otra parte, Eileen espía a Polk, un chico de catorce años, mientras este se toca los genitales en la intimidad de su celda. Eileen está tensionada entre su mojigatería y el deseo sexual irrefrenable. A sus veinticuatro años, la muchacha reprime su deseo a fuerza de prejuicios sobre el sexo e inseguridades que le impiden desenvolverse en ese sentido. Esa represión parece dar lugar a escenas como esta, en la que Eileen espía a un menor de edad vulnerable mientras se masturba, aprovechándose del dispositivo carcelario que le permite controlarlo sin que él lo sepa. A pesar de la presunta inocencia de la muchacha, de su evidente falta de entendimiento de muchos asuntos del universo adulto, la escena se suma al paisaje sórdido que configura Moorehead, con su violencia y sus abusos. Sin comprender la gravedad de lo que ha hecho, Eileen concluye livianamente: “Yo tampoco era inmune a sus encantos” (125). No obstante, un poco después, mientras regresa a casa intentando sacarse la excitación que le dejó la escena, Eileen tiene que justificarse: “Yo no era ninguna pedófila” (128).
Eileen siente rechazo por su cuerpo; su menstruación le da asco. Ese tema es ocasión para que la narradora, con la misma distancia indiferente que la caracteriza, cuente los dos abortos que atravesó años después. Eileen también siente desprecio por su piel, que muestra claras señales de su adicción al alcohol. El color rojo de su piel aparece entonces simbolizado como un estigma, “una cruz que tengo que cargar, una especie de indicador, una penitencia” (112). Ese lunes, al llegar a su casa, su padre se burla agresivamente de su labial: “¿Qué culo has estado besando? No es tu color” (129). Eileen, una vez más, decide permanecer callada, y la narradora establece entre ella y Polk una similitud inquietante: “Al igual que Leonard Polk, yo no dije nada” (129). Al comparar la actitud de Eileen con la de Polk, la novela parece habilitar una comparación que va más allá de la mudez. Esta comparación parece sumarse a la lista de presagios dramáticos que la novela va construyendo. ¿Será Eileen también capaz de cometer un parricidio?