Resumen
El domingo Eileen se despierta con resaca. Su padre la llama porque quiere que lo ayude a prepararse para ir a misa, esto es, a abrocharse la camisa y acercarle la botella a los labios, porque sus manos le tiemblan demasiado. Eileen afeita a su padre y él le dice que huele mal. Ella fantasea con rebanarle el cuello con la navaja, pero no le responde, porque no quiere que su padre sepa lo desgraciada que es. Eileen fantasea con que, cuando escape, su padre la buscará por todas partes. Sabe, sin embargo, que apenas se vaya él ya la habrá olvidado, y la narradora confirma desde el presente de la enunciación que eso parece haber sido así.
Tiene pocos recuerdos de la noche anterior. Recuerda que, en un momento de borrachera, su padre criticó su aspecto desaliñado, y la narradora señala que siempre que bebió con hombres hizo lo mismo: demostrar un desborde de locuacidad con el que buscaba atraerlos y hacerse querer por ellos. Aclara que esa táctica, a lo largo de su vida, le dio largas sesiones de afecto, pero también le hizo notar que mancillaba su honor buscando atraer a esos hombres. Con su padre, sin embargo, fracasó en la búsqueda de conseguir afecto.
Pronto llega la tía de Eileen, Ruth, a buscar a su hermano para ir a misa. Eileen se queda sola en casa y se prepara algo de comer, pero evita ducharse porque odia hacerlo; prefiere convivir con su suciedad hasta que le resulta insoportable. Ella nunca ha comprendido lo que significa ser católica, pero recuerda que, de chica, la obligaban a ir a misa. Acompañaba a su padre, que era admirado e infundía miedo con su uniforme, pero siempre le reprochaba a Eileen hacerlo pasar vergüenza con su aspecto. La madre de Eileen, en cambio, nunca iba a misa. No solo no era creyente, sino que creía que Dios era un invento de la gente con miedo a morir. Por eso, advertía a sus hijas sobre la estupidez de creer que había alguien que las premiaría por portarse bien, y, en cambio, las instaba a luchar por lo que quisieran hacer. Eileen, por su parte, finge creer en Dios, pues eso parece equivaler a tener fe de verdad, algo que ella no tiene.
Eileen toma la autopista con el auto. Piensa en pasar por su antigua facultad camino a Boston, donde vivió un año, antes de que su familia la sacara de allí para cuidar a su madre. En realidad, Eileen le tenía mucho miedo a su madre, de modo que la atendía sin que mediara afecto. Secretamente, se alegró cuando tuvo que dejar la facultad, porque no le iba muy bien. En el viaje, se adormece porque, sin darse cuenta, está respirando los gases del caño de escape roto. Entonces un patrullero le indica que se detenga. Frente al oficial, Eileen se disculpa, inventando que su padre está enfermo y que pasó la noche en vela ayudándolo. El policía le aconseja que tome un café antes de seguir. Eileen concluye que su auto no está en condiciones para cuando decida irse para siempre, pues las opciones son desmayarse o congelarse, si decide bajar las ventanillas para ventilar. Piensa que deberá esperar la primavera.
A veces, tía Ruth entra en casa de Eileen cuando va a buscar a su padre para misa. Entonces mira todo con asco, y ellos hablan de Eileen como si ella no estuviera presente. Ruth suele quejarse de que Eileen no limpia nada, y su padre dice que su hija no sirve para nada, ni para limpiar. Señala que, en eso, es como su difunta esposa, que solo servía para gastar su dinero y roncar. En esas ocasiones, Eileen se traga las lágrimas y se pone la máscara mortuoria.
De regreso a casa, Eileen ve a una pareja de adolescentes besándose y queda impactada por la fuerza erótica que los une y la osadía de la muchacha para besar así. La sensación de que ella nunca tendrá esa valentía le produce una terrible angustia. Para aplacarse, toma un puñado de nieve y se la introduce por el pantalón, dentro de la ropa interior. Luego, se dirige otra vez a la casa de Randy, con la esperanza de que él salga, le declare su amor y se escape con ella.
En su casa, Eileen encuentra a su padre y, al lado, su pistola. En esos momentos de angustia, Eileen imagina que aprieta el gatillo y se quita la vida. Pero incluso entonces la sola idea de que alguien examine su cadáver desnudo le da tal vergüenza que prefiere seguir con vida. También le preocupa que su muerte no genere el suficiente impacto.
Eileen se va a dormir y siente cómo tiembla su catre ante su peso. Se reconoce totalmente incapaz de arreglarlo, pues prefiere regodearse en el problema y soñar con días mejores. El desván le hace pensar que ese sería el lugar donde dormiría un tío de visita, si tuviera alguno. Esa idea la hace fantasear con un tío simpático que termina siendo su auténtico padre. De niña, a veces revisaba la habitación de su madre en busca de signos de adulterio, pero señala que también era una forma de buscar algún indicio de que su madre la quería. Quizás de eso se trata el hecho de que, desde que murió su madre, Eileen se viste con la ropa de aquella. Agrega, sin embargo, que es una forma también de disfrazarse, para que nadie pueda verla.
Esa noche, en su catre, Eileen recuerda a su perra Mona, que falleció la semana antes de que muriera su madre. Un día salió a tender la ropa y se encontró a la perra muerta. Eileen lloró silenciosamente y tapó su cuerpo con la funda de una almohada. Luego cavó un agujero y enterró allí a Mona. Nadie se dio cuenta en su casa de que faltaba la perra, y cuando una semana después murió la madre de Eileen, ella pudo entregarse a llorar sin culpa. Eileen asegura que esa muerte le destrozó tanto el corazón como la de su madre, algo que le pareció vergonzoso. Imagina que un psicólogo habría tenido mucho que decir sobre eso, pero Eileen cree que la psicología es una profesión inútil.
Antes de dormirse, Eileen se pregunta qué harían en la antigüedad con los muertos, cuando no se los podía enterrar debido al hielo. Se imagina que habrán guardado los cadáveres en un sótano hasta que llegara la primavera.
Análisis
El capítulo se inicia con una descripción de las tareas que Eileen debe hacer para su padre. Como si se tratara de un niño, tiene que vestirlo y darle de beber. A pesar de esa ayuda, su padre solo la maltrata. Para desquitarse, Eileen fantasea con escaparse para que su padre la extrañe, pero en el fondo tiene la certeza de que eso no ocurrirá: “... todo eso era pura fantasía. Sabía que me olvidaría en cuanto me hubiera marchado. Y parece que así fue” (80). En efecto, la Eileen mayor puede confirmar que su padre la olvidó, dando a entender que nunca la buscó luego de partir.
Es domingo de misa y Eileen narra la relación de sus padres con la religión. Su padre asiste todos los domingos con su hermana a misa, pues es creyente, pero Eileen destaca que lo que más parece interesarle es recibir los saludos respetuosos del pueblo. Su madre, en cambio, nunca iba a misa, y se burlaba del padre y sus “supersticiones” (84), mostrándose provocativa al respecto (“¿Me prometes que me visitarás en el infierno, Eileen?”) y muy escéptica: “Dios es para los tontos. La gente tiene miedo de morir, eso es todo (...) Eso de Dios es un cuento inventado (...) No hay ningún premio para las chicas buenas. Si quieres algo, lucha por ello. No seas idiota (...) Al infierno con Dios” (84). De manera irrisoria, Eileen elige una postura intermedia: “Decidí que solo fingiría creer en Dios, pues eso parecía equivaler a tener fe de verdad, y yo no la tenía” (85). En esa misma línea, su padre profesa un moralismo totalmente vacío, que deja en evidencia su hipocresía: “¡Reza como si te lo creyeras!” (85). Es evidente que en esa sociedad es importante aparentar ser religioso, aun cuando las convicciones no acompañen esa apariencia.
En este capítulo, Eileen exhibe un deseo sexual reprimido. Si bien la curiosidad sexual es algo esperable en una joven de su edad, ella recibe ese deseo con angustia y desesperación, como si no entendiera qué hacer con él. Así, al ver a los jóvenes besándose, se sorprende de la actitud de la muchacha que se atreve a besar así, pero luego se mete nieve en la ropa interior para aplacar su excitación. Enseguida vuelve a lo de Randy fantaseando con que él le declare su amor y la salve: “[que] se escapara conmigo, resolviera todos mis problemas” (94).
Entre sus formas de evasión, Eileen presenta pensamientos suicidas. En sus momentos bajos imagina que se pega un tiro con la pistola de su padre. Pero lo que la hace echarse atrás no son necesariamente las ganas de vivir, sino la vergüenza de que alguien examine su cadáver desnudo, o bien el hecho de que su muerte no genere un gran impacto: “que me volara la cabeza y todo lo que dijera la gente fuera: «No pasa nada. Vamos a comer»” (95). Esta ocurrencia resulta a la vez cómica y angustiante.
Eileen también fantasea con descubrir que tiene un tío oculto que es, en realidad, su auténtico padre y la quiere. A la par, busca indicios en la habitación de su madre que den cuenta de que ella la quiso. Cuenta un poco al pasar que usa su ropa como un modo de homenajearla y de no dejar ir su recuerdo. Así, el relato construye poco a poco cómo Eileen padece la tristeza de no haber sido suficientemente cuidada y querida por sus padres. A la par, agrega que usa la ropa de la madre también como un modo de ocultar su verdadera identidad, “como si al ir por ahí con ese disfraz nadie pudiera verme” (96). Complejiza de esta manera la cuestión de la identidad, pues esa forma de disfrazarse sugiere que, tal vez, ella propicia la invisibilidad de la que se lamenta.
Eileen deja entrever su sensibilidad de a ratos, como cuando habla de su madre, o al asegurar que la muerte de su perra le destrozó el corazón. También deja en evidencia el modo en que se endurece para no sufrir: afirma que no le gustan los perros, pero no porque le den miedo, sino “porque su muerte es mucho más difícil de aceptar que la de una persona” (89). De hecho, asegura que la muerte de Mona le dolió tanto como la de su madre. Pero interrumpe esa confesión con una reflexión cómica sobre el psicoanálisis: “no confío en aquellos que hurgan en la mente de las personas tristes y les dicen lo interesante que es todo ahí arriba. No es interesante. Mi madre era mala y el perro era simpático. Para eso no te hace falta un título universitario” (90). Si bien en muchos casos Eileen demuestra no estar a la altura del entendimiento de lo que ocurre a su alrededor, en esta cita vemos cómo también tiene una manera muy directa, y a la vez elocuente, de ver las cosas.
El capítulo se cierra con Eileen reflexionando sobre los modos de enterrar a los muertos. Arroja la hipótesis de que antes, con menos tecnología, los muertos que no podían ser enterrados durante las nevadas debían ser reservados en sótanos hasta la primavera. Si bien esto no es exactamente lo que ocurrirá, esta idea de cadáveres ocultos en sótanos parece presagiar de alguna manera el final de la novela.