Mi nombre era Eileen

Mi nombre era Eileen Resumen y Análisis Nochebuena (Primera parte)

Resumen

Eileen despierta en la mañana de Nochebuena, su última en X-ville, y mira la pistola de su padre. Siente que es un objeto de poder con el que podrá abrirse paso hacia la libertad e irse de X-ville junto con Rebecca. Más tarde, mientras duerme la siesta, su padre la llama para anunciarle que una mujer al teléfono pregunta por ella. Eileen atiende y es Rebecca, que la invita a ir a su casa esa noche. Entonces la narradora le pide a sus lectores que reciban su relato teniendo en cuenta que ella nunca había tenido una amiga de verdad. Por eso se comporta como una enamorada extasiada. Admite que es posible que estuviera enamorada de Rebecca, pues ella despertó un fuego que jamás había sentido. Eileen está feliz y le dice a su padre que va a una fiesta. Él se burla de su aspecto y luego le ordena que vuelva para la cena. Eileen lleva consigo la pistola y se sube al auto, sin saber que va a encontrarse con su destino.

De camino a lo de Rebecca, piensa en el vuelco maravilloso que ha tomado su vida, pero se lamenta porque el vino que compró para llevar no tiene envoltorio. Entonces ve desde la ventanilla un belén montado en la puerta de la iglesia y decide detenerse para robarse la tela dorada que la figura de María lleva en brazos, y que representa la manta que envuelve al Niño Jesús. Antes de que la descubran, vuelve al auto y envuelve el vino en la manta de Jesús.

Al llegar a la calle de Rebecca, Eileen se sorprende de encontrar casas tristes y humildes, y se extraña de que su amiga elija vivir en un barrio como ese, considerando que es rica y recibe un buen sueldo. Pero se convence de que Rebecca tiene valor y un gran corazón, por lo que elige vivir mezclada con la clase trabajadora. Al encontrar su casa, la decepción se repite. Entonces la narradora advierte que, a partir de ese momento, su memoria se fragmenta.

Rebecca abre la puerta. Viste un albornoz sucio y roto, y lleva en brazos un gato sucio que le está arañando el pelo suelto y que, al ver a Eileen, huye despavorido. Eileen nota que su amiga está agitada y temblorosa. La casa está sucia y en estado de abandono, y lleva una decoración vieja y de mal gusto, que no combina con la elegancia de Rebecca. De hecho, Eileen siente que esa casa se parece a la suya.

Rebecca luce diferente y se la ve terriblemente incómoda. Se mueve por esa casa como si fuera nueva allí, como si no supiera dónde se guardan las cosas. Eileen siente que está en una película de suspenso. Intenta disimular su incomodidad, pero todo lo que hace resulta artificial, y el desorden de esa casa le resulta siniestro. A través de la ventana divisa un coche cubierto de nieve y otro detrás, el de Rebecca, con solo una leve capa de blanco. Eileen cree que todo eso es muy raro y se pregunta si esa casa será del novio de su amiga.

Se siente decepcionada, pues esperaba un lugar elegante y opulento, y esa es la casa de alguien pobre en una situación lamentable, incluso peor que la suya y de su padre. Pero Eileen decide concederle a Rebecca el beneficio de la duda y justificar su desorden tal como justifica el propio.

Para romper el hielo, Eileen le cuenta de su día y miente al hablar bien de su relación con su padre. Luego le pregunta si ella vive allí sola y Rebecca responde que sí, pero luego comienza una reflexión sobre cómo la gente actúa siempre de acuerdo a decisiones: incluso si a uno le ponen una pistola en la sien, tiene posibilidad de elegir, opina. El problema, agrega, es que nadie quiere admitir que hace cosas malas. Y entonces le pregunta a Eileen si cree que los chicos de Moorehead son malas personas. Eileen siente decepción, pues no esperaba que la conversación tomara ese curso, pero responde que esos jóvenes han tenido mala suerte. Por su parte, Rebecca le pregunta si alguna vez quiso hacer algo aun a sabiendas de que estaba mal hacerlo. Incómoda, Eileen miente y dice que no, y pregunta dónde está el baño.

Eileen sube la escalera rumbo al baño y le tranquiliza sentir el peso de la pistola en su abrigo. Siente pena por estar tan tensa y no animarse a abrirse con Rebecca, a aprovechar su amistad. Se culpa por decepcionarla y se dispone a no mentirle más y a revelarle su verdadera personalidad. En el baño encuentra un jabón con lo que, estima, deben ser vellos púbicos de Rebecca, y decide frotarse la cara con él. Luego toma la pistola, pues necesita sentirla en sus manos para tranquilizarse. Al salir del baño, espía las habitaciones: una es una habitación de mujer adulta; en la otra ve una cama individual sin colchón y un osito de peluche. Se imagina que Rebecca alquiló esa casa amoblada. Entonces decide volver a la cocina, para lo cual se pone su máscara mortuoria, que, como la de Leonard Polk, imposta seguridad.

Otra vez en la cocina, ambas mantienen una conversación incómoda. Eileen no comprende qué es lo que Rebecca oculta, pero nota que solo le muestra una superficie. Entonces siente que fue una estúpida al creer que una mujer inteligente e independiente como Rebecca podía interesarse en una chica como ella. Humillada, Eileen anuncia que debe irse. Pero entonces Rebecca le pide que la ayude con algo. Mientras prepara unos sánguches, revoleando peligrosamente un cuchillo, comienza a hablarle nuevamente de Moorehead y de su misión allí, afirmando que ella tiene una mirada diferente de cómo deberían ser las cosas. Eileen quiere irse, pero Rebecca le pregunta si puede confiar en ella y eso la cautiva. Piensa que si Rebecca intentara besarla, se dejaría.

Pero Rebecca le cuenta que Leonard Polk le hizo una confesión. Entonces saca del bolsillo del albornoz una foto de la escena del crimen del padre de Lee Polk, en la que se ve al hombre ensangrentado sobre la alfombra de su habitación. Eileen se descompone y vomita de la impresión, pero siente a la vez una excitación inédita. Rebecca continúa explicando que Lee no es responsable de esa muerte, pues, conversando con él, logró que confesara que su padre lo violaba por las noches. También dice haber descubierto que Rita Polk, la madre de Lee, estaba al tanto de lo que su marido hacía y lo apañaba en ello. Con morbosa profundidad, Rebecca repasa la rutina nocturna de los Polk tal como se la imagina.

Mientras escucha, Eileen piensa en sus padres y estima que, a lo mejor, después de todo, tuvo suerte. Rebecca insiste en comprender cuál fue la motivación de la señora Polk para permitir ese horror, pero Eileen no tiene ningún interés en esa historia, pues solo puede pensar en la fascinación de ver a Rebecca confiando en ella, hasta que esta le hace una confesión: posando su mano sobre la pierna de Eileen, le dice que esta no es su casa sino la de los Polk, y que la madre de Lee está atada en el sótano.

Análisis

La narradora advierte otra vez al lector, pidiéndole que comprenda que todo lo que vendrá en adelante debe leerse a la luz de un hecho: que ella nunca había tenido una amiga de verdad. Esta advertencia funciona como clave de lectura del capítulo, generando un clima de suspenso y oscuridad: el lector sabe que las percepciones de la protagonista no son confiables y debe agudizar sus sentidos para leer entre líneas lo que Eileen no termina de ver. En efecto, las fantasías de Eileen son tan grandes; sus ideales, tan extremos, que cuando cree que Rebecca viene a hacerlos realidad, siente una fascinación sin precedentes: “Si habéis estado enamorados, conocéis esa exquisita anticipación, ese éxtasis” (207). De hecho, confiesa: “supongo que estaba enamorada de Rebecca” (207). Y define la sensación que ella le despierta mediante una metáfora: “Había despertado en mi corazón un dragón que llevaba mucho tiempo dormido” (207). La comparación con un dragón alude al fuego y, a través de él, a la pasión que Eileen siente, pero también anticipa el peligro que esa pasión le pronostica.

La escena en la que Eileen roba la manta de Jesús del belén para envolver el vino que llevará a su amiga asume una carga simbólica. El aspecto del pesebre es grotesco: a María le han pintado una boca como las de las calabazas de Halloween, lo cual supone una desviación del aspecto solemne esperable en estas figuras. Al robar la manta, Eileen profana un símbolo religioso de la humildad, del amor y la familia, y lo reconvierte de manera irreverente en un envoltorio para una bebida. Sin embargo, irónicamente, Eileen describe esa idea como una señal divina: “Como si Dios me estuviera escuchando” (211). Eileen no siente ningún remordimiento; al contrario: “Me di por satisfecha” (212). Esta escena simboliza la insubordinación de Eileen contra las reglas de su pueblo y su lugar de origen, supone una burla a ese símbolo de la familia que ella nunca tuvo, y se convierte en un anticipo de la acción criminal que vendrá después.

Eileen se siente extrañada de ver el barrio en el que Rebecca vive, pues no se condice con su aspecto ni con su origen: “No me imaginaba por qué Rebecca quería vivir en un barrio como ese. Seguramente en la prisión le pagaban lo bastante como para tener un apartamento en algún lugar bonito (...). Rebecca no era pobre. La riqueza se ve en la gente, se ponga lo que se ponga” (213). Otra vez, se exhiben los prejuicios de clase social en Eileen, pero también se construye un escenario extrañado, y el lector, ya advertido, sabe que algo no anda bien. Sin embargo, Eileen intenta convencerse de que eso no es raro, subestimando otra vez su propio entendimiento: “En cualquier caso, ¿qué sabía yo? (...) Imaginé que una mujer rica como Rebecca necesitaba valor y un gran corazón para vivir entre personas que trabajaban en fábricas, gasolineras…” (213).

Significativamente, justo cuando Eileen comienza a evidenciar estas rarezas, la narradora dice que su memoria se fragmenta: “Aquí mi memoria se fragmenta como una película a cámara lenta” (214). Esta advertencia acrecienta el estado de alerta del lector y la sensación de que el relato es fragmentario y elusivo, es decir, que está postergando la revelación de un asunto dramático.

La descripción de la casa está cargada de tensión. Hay adjetivos que anticipan un desenlace oscuro: la música que suena en el tocadiscos da un efecto “morboso, siniestro” (215); la protagonista “estaba inquieta por el siniestro desorden de la casa” (217). La fantasía idealista de Eileen parece quebrarse ante esa atmósfera de suspenso y peligro: “Tuve la impresión de haber entrado en la escena de una película en la que alguien se volvía loco y en la que flotaba una intensa sensación de suspense” (216). Por primera vez, el personaje de Eileen muestra signos de desconfiar de Rebecca, y eso resulta inquietante, pues significa que el peligro que se avecina es capaz de alterar hasta las ensoñaciones de Eileen. Sin embargo, esa fragilidad que Rebecca presenta, incluso la posibilidad de que ella también resulte ser una impostora, no aleja a Eileen de su amiga. Por el contrario, verse espejada en ella la hace sentir mejor: “a lo mejor, después de todo, aún había esperanza para mí” (223).

Asimismo, a la par de esa desconfianza, la narradora introduce reflexiones que parecen ir generando el escenario para una confesión oscura. Por ejemplo, despliega la idea de que las casas ordenadas son en realidad máscaras, fachadas para evadir el miedo a la muerte. Pero luego reconoce que todo eso no es más que un intento desesperado por encontrar una justificación a lo que en realidad no la tiene: “intenté justificar su cochambre igual que justificaba la mía” (219).

La escena en la cocina, previa a la confesión de Rebecca, está cargada de anticipos y pistas que la novela parece dejarle al lector para darle a entender lo que vendrá. Cuando Rebecca quiere hablar de Leonard Polk, Eileen intenta cambiar el tema, pues no le interesa. Sin embargo, Rebecca insiste con una afirmación extraña: “No creo que hagamos nada que no queramos hacer —dijo de una manera extraña, con una voz ahora solemne y contenida—. No, a no ser que nos pongan una pistola en la sien. Incluso entonces puedes elegir” (221). A partir de esta cita, vemos qué es lo que moviliza a Rebecca, y qué idea tiene sobre la responsabilidad y el libre albedrío de las personas. Esta mirada es la que la lleva a inculpar a la madre de Polk por su complicidad con su marido. Si bien Rebecca aún desconoce que Eileen porta un arma, y que esta será parte fundamental del desenlace con la señora Polk, la alusión a la pistola inquieta al lector. Una vez que la escena del sótano tenga lugar, el lector reconocerá en retrospectiva que esta alusión funcionaba como un presagio.

Por su parte, al espiar las habitaciones, las observaciones que hace Eileen también presagian lo que se viene, aunque ella no sea capaz de decodificarlas y darles un sentido, tal como señala la narradora: “El cuarto siguiente no me dijo gran cosa en aquel momento” (224). Evidentemente, es el cuarto de un niño que ya no vive ahí, pues falta el colchón. Como si se tratara de una pista, o de un guiño para un lector que ya ha logrado descifrar el enigma, la narradora señala que, antes de bajar, Eileen se pone “una máscara como Leonard Polk” (224).

Cuando Rebecca revela la confesión de Polk sobre los abusos sufridos, su discurso deja entrever un goce perverso y morboso. Muestra la foto del padre muerto de Polk y se empeña en imaginar con detalle los abusos sobre Leonard. Eileen, como siempre, siente total indiferencia por la historia que está escuchando; incluso, es evidente que su ignorancia le impide entender la profundidad del asunto, pero aparenta interés solo para agradar a su amiga. Entre esa apatía de Eileen y la fascinación de Rebecca por el horror, la escena construye una atmósfera de tensión incómoda. Cuando Rebecca pone la mano sobre Eileen para hacerle la confesión, Eileen reconoce una contradicción en su amiga: “Fue un gesto tan sentido, tan puro, y sin embargo tan perverso” (238). Con ese gesto condescendiente, manipulador, Rebecca por fin revela su secreto: “Esta no es mi casa, Eileen —dijo Rebecca entonces—. Es la casa de los Polk. Tengo a Rita Polk atada abajo” (238). Esta confesión marca un antes y un después en la novela. Por un lado, porque con ella caen las apariencias y queda expuesto tanto el desequilibrio mental y la perversidad de Rebecca, como sus intenciones detrás del trato simpático a Eileen. Por otra parte, porque supone el clímax de la novela, allí donde la trama deja de sugerir lo inquietante y se vuelca de lleno a un relato oscuro y criminal.