Resumen
La narradora cuenta que se fue de X-ville sin llevarse ninguna foto. Solo le quedan recuerdos. A su padre lo recuerda tumbado en la cama, inconsciente, tal como lo dejó al irse; de Joanie, recuerda su belleza y sensualidad; de su madre, la apariencia de su pelo la mañana en que la encontró muerta en su casa, y el recuerdo de cómo tuvo que juntar fuerzas para ir a anunciarle a su papá (que llevaba borracho una semana) que su madre estaba muerta. Su madre siempre quiso que fuera flaca y le compraba ropa más chica con la esperanza de que le entrara. Al hacerse mayor, Eileen se encogió y adelgazó. El día que se fue de X-ville parecía un espantapájaros, casi sin carne, como siempre había querido, aunque sabía que no era lo correcto.
Dice la narradora que, antes de conocer a Rebecca, tenía la idea de que su futuro sería bastante convencional y aburrido, pero esperaba que estar con Rebecca la situara en un lugar más relevante, y ella terminara haciendo algo grande en la vida, aplastando potencialmente a cualquiera como a una cucaracha. Entonces, la narradora señala que así es como vive ahora, en el presente de la enunciación: habita un lugar hermoso, come rico y ha alcanzado una vida que agradece cada día. Desaparecer no le solucionó todos los problemas, aclara, pero le permitió empezar de nuevo. Cuenta que al llegar a Nueva York, el día de Navidad, pasó toda la noche dando vueltas por Times Square y fue a ver una película pornográfica porque tenía frío y estaba demasiado nerviosa para registrarse en un hotel. Le preocupaba que la policía la persiguiera. En ese cine, esa primera noche, conoció a su primer marido.
Aquella mañana de Navidad, Eileen regresa a su casa. Estaciona el auto afuera y deja a la señora Polk inconsciente adentro. Luego entra y recoge el dinero que ahorró. Su padre, que acaba de despertar, se le acerca aterrorizado y le dice que algo los está vigilando detrás de la casa, algo como un animal salvaje que ha oído respirar toda la noche, enterrado en la nieve. Eileen le acerca una botella de ginebra y le dice que no hay ningún animal, salvo ratones. Luego de beber, su padre se adormece y ella lo acompaña hasta la cama de su madre, donde se derrumba. Esa es toda la despedida que tienen. Por un momento, ella considera devolver a su padre todos los zapatos que guarda en el auto, pero no lo hace. Comprende que él ha perdido la razón, y ahora perderá a su hija también.
Eileen podría quedarse a esperar a Rebecca pero, en el fondo, sabe que no vendrá. Al final, demostró ser una cobarde; más que idealista, una mocosa malcriada. Pero la narradora no le guarda rencores, pues considera que Rebecca llegó en un momento en el que ella necesitaba huir.
Antes de irse, Eileen va al baño. Al mirarse al espejo, nota que es una chica distinta, con una expresión completamente nueva en los ojos y en la boca. Se dice a sí misma que ha llegado la hora de irse. Esa idea le resulta dolorosa, pues, a pesar de todo, ese lugar es su hogar. Comenta la narradora que esa noche se vio por primera vez en la vida tal como era verdaderamente: una criatura insignificante luchando por nacer y convertirse en otra cosa. La narradora se pregunta qué le pasó a su familia, ya que no eran tan malas personas, pero quizás tuvieron mala suerte.
Eileen sale de su casa por última vez y, al cerrar la puerta, ocurre lo que tantas veces imaginó: un carámbano de los que cuelgan de la puerta cae y le hace un corte en la mejilla, que sangra. Más adelante, dice la narradora, los hombres de su vida le dirán que esa cicatriz le da carácter, pero ella siempre la recordará como la marca de Eileen, la chica que se escapó. Antes de que se haga de día, Eileen aprovecha para dar un paseo en auto por X-ville. Todo lo que lleva es su dinero y la pistola. Planea hacer el trayecto de X-ville a Rutland, pero la narradora anticipa que nunca llegó allí.
La narradora a veces se imagina qué habría hecho su padre si se hubiera encontrado a Rebecca atada en el sótano, tal como Eileen encontró a Rita Polk. En sus fantasías, la policía la busca por las colinas, pero en la vida real nunca nadie la fue a buscar, ya sea porque a nadie le importó, ya porque ella se ocultó muy bien. Una vez que huyó, se casó y se cambió el apellido, lo cual contribuyó a que pudiera perderse.
Eileen sabe que si no hubiera conocido a Rebecca, su huida de X-ville habría sido con arrepentimiento y sintiéndose muy sola. Pero al irse, Eileen no siente ningún remordimiento y tampoco se siente sola, pues en el asiento de al lado va sentada Rita Polk. Al tomar una curva, las manos de Rita, azules por el frío, se deslizan fuera del asiento y Eileen vuelve a ubicarlas sobre el regazo de aquella.
En su paseo por X-ville, Eileen pasa por distintos edificios para despedirse, entre ellos, la comisaría. Luego observa cómo el sol comienza a subir por el horizonte y piensa que debe recordar a X-ville así, como un pueblo más, donde no hay nada que amar ni echar de menos. Toma la ruta y siente una calma particular, hasta que ve un ciervo obstruyendo la carretera. Entonces se detiene y decide bajarse, dejando a la señora Polk allí encerrada. Piensa que si ella tuviera que morir, le encantaría hacerlo en ese bello paisaje.
Eileen camina hacia el ciervo, que la observa de frente con sobresalto. Eileen se derrumba ante él y el animal huye. Ella llora y luego sigue andando por la nieve. Unos kilómetros más adelante, se pone a hacer autostop en dirección al sur. Le dice al conductor que tuvo una pelea con su madre. Él le da un termo con whisky y la tranquiliza. Eileen viaja en el asiento del copiloto y mira por la ventanilla cómo su viejo mundo se aleja hasta desaparecer.
Análisis
El capítulo final tiene un desarrollo enigmático, esquivo, porque la narradora se demora en explicar qué ocurrió con la señora Polk. Se dedica, en cambio, a contar cómo Eileen se despide de su padre y cómo se prepara para dejar su casa y X-ville. Luego evoca con nostalgia recuerdos de su padre, su madre y su hermana.
La narradora no muestra rencor contra Rebecca. Al contrario, le agradece haber aparecido para darle el valor de irse. A modo de balance de lo acontecido, evalúa cuáles han sido las ventajas de lo que le tocó vivir gracias a Rebecca, en términos de identidad: antes de su llegada, la vida de Eileen era convencional y aburrida, y su llegada pareció una promesa para acceder a algo más importante. Por fin “esperaba que estar con Rebecca me situara en una esfera distinta. Quería hacer algo grande en la vida. Deseaba tanto ser importante, observar el mundo desde la ventana de un rascacielos y aplastar a cualquiera que se cruzara en mi camino como si fuera una cucaracha” (268). Es evidente que, para Eileen, acceder a una identidad más interesante está íntimamente relacionado con asumir una posición de poder, aquella que le permitiría aplastar metafóricamente a las personas como si fueran cucarachas. En este sentido, la salida de Eileen de X-ville asociada a la muerte violenta de Rita Polk no es trágica para la narradora, sino la revelación del poder que la muchacha ha alcanzado.
Antes de salir de su casa, Eileen se mira al espejo y evidencia la transformación identitaria que ha atravesado desde el comienzo de la novela. La imagen que el espejo le devuelve es la de otra persona: “En el espejo era una chica distinta (...). Había una expresión completamente nueva en mis ojos, en mi boca” (271). Es de esperar que el personaje porte una expresión desencajada luego de los hechos violentos que acaba de vivenciar, y en virtud de que de ella depende la vida de Rita Polk, pero Eileen interpreta ese cambio en su expresión como un signo positivo. Incluso vive ese momento como el alumbramiento simbólico de su nueva identidad: “Aquella noche me vi como era de verdad por primera vez en la vida, una insignificante criatura que lucha por nacer, por convertirse en otra cosa” (272).
En esta misma línea, cuando sale de su casa por última vez, al atravesar el umbral de la puerta, sucede lo que tantas veces había imaginado: un carámbano cae y le hace un tajo en el rostro. Esa marca será un símbolo de su partida, signada por la violencia y el drama. La narradora dice que sus hombres le dirán que esa cicatriz le da carácter: uno la define “como una tumba vacía”; otro, como “el rastro de las lágrimas”. Pero la narradora la define como una huella de la Eileen del pasado, la que huyó para asumir una nueva identidad: “la marca de aquella chica, Eileen, que fui hace muchos años: la que se escapó” (272).
Es recién cuando Eileen se sube al auto para irse que la narración vuelve a hacerse cargo del destino de Rita Polk. Eileen piensa que, si se hubiera ido de X-ville antes de conocer a Rebecca, se habría sentido triste y sola, y la ventaja ahora, en cambio, es que viaja acompañada, con Rita Polk en el asiento de al lado. La mención tiene un efecto siniestro, puesto que la señora Polk no viaja como una pasajera más, sino como una rehén inconsciente, al borde de la muerte. La imagen de la señora Polk en el auto resulta muy inquietante: “Al tomar una curva, sus manos –anchas y azules por el frío– cayeron sobre el asiento que quedaba entre nosotras. Las recogí y volví a colocarlas suavemente en su regazo” (274). Como si fuera cadáver, su cuerpo está inerte; sus manos, azules, quizás por el frío, pero también es posible que ya esté muerta. Con total naturalidad, Eileen la manipula como si se tratara de una muñeca, con una suavidad que resulta macabra.
En lugar de irse apurada, Eileen decide hacer un paseo en auto por X-ville antes de fugarse. Como si desafiara al destino, pasa con el auto por la comisaría. Pero, una vez más, en X-ville la policía permanece totalmente indiferente al crimen que pasa por su puerta. Lo único que consigue entorpecer el viaje de Eileen es la aparición de un ciervo en la ruta. La imagen es extraña, insólita. La muchacha se acerca al animal y es entonces cuando se permite por primera vez expresar sus sentimientos. Allí decide abandonar a la señora Polk en el auto, lo que significa dejarla morir. Pero, en su delirio, Eileen lo describe como un acto generoso: “Espero que abriese los ojos y agradeciera que la hubiese dejado allí. Si yo hubiese tenido que morir, ese maravilloso paisaje de bosque blanco inundado al amanecer de un azul iridiscente, frío y silencioso, habría sido un lugar tan bueno como cualquier otro” (275). Eileen se aleja de X-ville haciendo autostop. En esa última escena, se permite inventarle al conductor que la recoge la historia que le hubiera gustado encarnar: es tan solo una muchacha que se ha peleado con su mamá. Con ello, Eileen deja atrás su pueblo e inaugura, según la narradora, su nueva identidad.
Sin embargo, este capítulo final también pone en duda la naturaleza de esa nueva identidad. Al reflexionar sobre las ventajas que para Eileen reportó huir de X-ville, la narradora señala que consiguió una buena vida en Nueva York. A lo largo del capítulo, insiste en esa idea: dice que la primera noche allí conoció a su marido, y también señala que ahora, en el presente de la enunciación, vive en un lugar hermoso, come rico y agradece la vida que tiene. Ante esta insistencia, el lector vacila. Ya está prevenido de lo poco confiable que era la percepción de Eileen en el pasado, pues identifica las impresiones alteradas que la narradora ha ido reconociéndole a la joven Eileen a lo largo de su relato. Llegando al final, el desenlace que la narradora asegura haber conseguido para su vida resulta demasiado auspicioso, exagerado, a imagen y semejanza de las ensoñaciones con que la joven Eileen se evadía de su vida miserable. ¿Cómo ha conseguido esta muchacha—cuya distorsión de la realidad le impidió reconocer la monstruosidad de llevar un cadáver en el asiento del acompañante— reconvertir su vida hacia algo tan hermoso? ¿Podemos realmente confiar en una persona que de joven mostró tal desequilibrio? ¿Es confiable, realmente, esta narradora que, por más que haya cambiado, es la misma persona que aquella? Sin dudas, estas preguntas que el lector se hace en este final, y que no encuentran ninguna respuesta, tienen un efecto desestabilizador para el relato. Si a la luz de este final entra en crisis el pacto de lectura que construía a esta narradora como una autoridad confiable, entonces todo lo leído hasta aquí también se pone en duda. La maestría de Otessa Moshfegh consiste, precisamente, en suspender toda definición y dejar al lector con más dudas que certezas.