Resumen
La narradora señala que en X-ville siempre llevó una vida aislada de los conflictos de la gente. Todo lo que no la afectara, no le importaba en absoluto. Por eso, cuando Rebecca le hace esa confesión, ella no se horroriza demasiado; solo se siente insultada al ver que aquella la estaba usando como parte de una estrategia. Ella quiere irse a su casa, pero Rebecca le dice que está en aprietos y necesita su ayuda. Como eso la hace sentirse importante, Eileen acepta.
Rebecca le cuenta que la tarde anterior se presentó en casa de la señora Polk y le echó en cara todo lo que el joven le había confesado, pero la mujer no quiso hablar y Rebecca se tuvo que ir. Como no pudo dormir en toda la noche, volvió a lo de los Polk esta mañana de Nochebuena. Esta vez, la señora Polk la trató de loca y la atacó físicamente, de modo que Rebecca afirma que no tuvo más opción que hacer lo que hizo. Eileen distingue que la supuesta herida que Rita le infligió a Rebecca es insignificante, pero igualmente le dice que hizo lo correcto. El asunto es que, ahora, la señora Polk está atada abajo, pero no pueden dejarla mucho tiempo más allí con el frío que hace. En ese punto, la narradora comenta que, después de esa noche, se preguntó muchas veces si el ataque de Rebecca a Rita Polk había sido realmente motivado por la compasión hacia Leonard Polk.
Ambas se debaten sobre qué hacer, hasta que a Eileen se le ocurre usar su pistola. Debe confesar, entonces, que su padre está enfermo y ella está a su cuidado. Rebecca la elogia de manera forzada y le dice que forman un buen equipo, lo cual envalentona aún más a Eileen. También sugiere que Eileen baje con la cara tapada con una bufanda, para que Rita no la reconozca, y que sea ella también quien empuñe el arma.
Cuando descienden al oscuro sótano, Rebecca llama a Rita con una voz suave, como la de una maestra. Eileen descubre que la señora Polk está echada en el suelo, con la cara mojada de llorar y las manos atadas con un cinturón a una tubería del techo. Al verlas entrar con el arma, ruega que no la maten. Eileen piensa entonces que eso se parece al juego de siete minutos en el cielo, un juego juvenil. En cualquier caso, piensa, lo que está en juego allí es el afecto que Rebecca siente por ella. Además, seguro que la señora Polk se sentirá aliviada al confesar lo que hizo, lo cual podrá volver a acercarla a su hijo, y también hará que Rebecca se acerque aún más a ella. Lo que a ella más le importa es que Rebecca le diga que es una heroína, y luego huir juntas.
Rita se muestra desorientada y Eileen la trata con violencia, sorprendiéndose a sí misma de su carácter. Cuando la señora Polk, llena de miedo, dice que va a confesar, Rebecca sube a buscar algo para anotar, pero antes de que vuelva, Rita hace su confesión. Cuenta que es verdad que ella ayudaba a su marido a abusar de su hijo, convencida de que era un acto de amor que no podía dañarlo. Asegura que nunca notó demostraciones de malestar en el niño. Explica que, desde que eso ocurría, el señor Polk había recuperado el deseo por ella, y, al final, lo que ella quería era sentirse querida. Eileen comprende esa sensación.
Cuando vuelve Rebecca, tiene la idea de firmar un contrato en el que Rita prometa que no las denunciará con la policía, pero esta ya está muy afectada y no quiere colaborar. Entonces, Rebecca toma el arma y se le escapa un tiro, que va a parar al brazo de la señora. En la desesperación, a Eileen se le ocurre matar a la señora Polk y llevar el cuerpo a su casa, para que parezca que su padre fue el responsable. Él irá preso, pero luego lo ingresarán a un hospital psiquiátrico, donde estará mejor cuidado que ahora. Por su parte, matar a la señora Polk puede ser, para Eileen, el impulso para por fin animarse a dejar X-ville.
Con el objetivo de calmar a Rita, Eileen le ofrece los tranquilizantes que lleva en la cartera a Rebecca, quien, manipulando la mandíbula de la señora Polk, la obliga a tomárselos a la fuerza. Entretanto, Eileen piensa en los ritos sobre los que leyó en la National Geographic, en los que las personas eran sometidas a ceremonias extremas que al final les mejoraban el espíritu. Enseguida, le cuenta su plan a Rebecca: fingir la muerte de Rita a manos de su padre y luego huir a Nueva York. Confiesa al fin que su padre es un borracho, y señala que, si él matara a alguien, la policía estaría en problemas, pues es responsable de no haberlo encerrado antes. Rebecca ignora la propuesta de huir juntas, pero pregunta de manera sugerente quién matará a la señora Polk. Eileen dice que la matará ella misma; piensa que no puede ser tan terrible y, de todas formas, la mujer ya no tiene razones para estar viva. Entonces Rebecca le dice a Eileen que lleve a la señora Polk a su casa mientras ella se queda limpiando el lugar, con el objetivo de no dejar ninguna pista. Eileen está entusiasmada y le da las indicaciones a Rebecca para reunirse con ella en su casa antes de huir. Pero Rebecca apenas la escucha y vuelve a la casa de los Polk.
Análisis
La revelación de Rebecca no altera demasiado a Eileen, lo cual expone de manera rotunda la dificultad de entendimiento de la protagonista. La narradora recuerda que ella siempre ha sido indiferente a los conflictos, y este caso no parece ser una excepción a esa apatía. Sin embargo, obsesionada por agradar a Rebecca, se deja manipular por aquella, que sabe cómo tratarla para conseguir su cometido: “Todo un carácter” (248), “Formamos un buen equipo” (246): estas expresiones afectadas envalentonan a Eileen, quien, a pesar de sus dudas, prefiere ayudar a Rebecca con el fin de garantizar su amistad. Es en este punto que cobra sentido la advertencia inicial de la narradora para que el lector compadezca su inocencia. Mediante una ironía dramática, el lector sabe identificar que Rebecca se aprovecha de la desesperación de Eileen por ser su amiga y, en último término, para que sea ella quien termine haciéndose cargo del desenlace macabro de la señora Polk. Porque no solo Eileen decide usar la pistola de su padre para amedrentar a Rita Polk y hacerla confesar, sino que termina siendo ella la que empuña el arma y se cubre la cara, como una criminal dispuesta a cualquier cosa.
El descenso de Eileen y Rebecca al sótano se describe mediante imágenes sórdidas que remiten a la oscuridad y la muerte, haciendo de la escalera un descenso simbólico de Eileen hacia la perversión moral: “tuve la impresión de que bajábamos al fondo de un viejo barco o una tumba. Se balanceaba la luz de la bombilla desnuda, y proyectaba afiladas sombras negras que se extendían y contraían sobre el suelo de tierra” (249). Efectivamente, la imagen de Rita Polk atada y amordazada en el frío sótano resulta de alto impacto, y, sin embargo, Eileen no consigue dimensionar la gravedad del asunto. Primero, se refiere a ella con crueldad; no la ve con pena sino con asco: “Las lágrimas le mojaban la cara, roja como un cerdo que se asa al horno” (252). Eileen es incapaz de advertir la gravedad de lo que ocurre y, por eso, lo vive como si se tratara de un juego. Por ejemplo, se sorprende de sí misma al dirigirse violentamente a Rita, y hay algo de esa impostura que le gusta, pues le da una fuerza que ella habitualmente no tiene. De manera disparatada, se le ocurre también que esa escena se parece al juego “siete minutos en el cielo”, en el que dos personas ingresan a un cuarto y pueden hacer lo que quieran en ese rato, generalmente actividades de orden sexual, y, cuando salen, todo vuelve a la normalidad. La alusión a este juego sexual, con su nombre celestial, contrasta dramáticamente con lo siniestro de esta escena, dejando en evidencia cuán distorsionada está la percepción de Eileen en este punto.
Pues cuanto más extrema se vuelve la situación en el sótano, mayor se hace la ensoñación disparatada de Eileen y su afirmación de que todo eso es por una buena causa. Cuando logra distinguir el sufrimiento de la señora Polk, se convence de la inocuidad de su estado en comparación con los ritos que leyó en la National Geographic. Incluso se atreve a pensar que esa violencia aplicada sobre la señora Polk para que confiese tendrá efectos positivos para Rita, y también para ella: “Podría reencontrarse con su hijo y establecer una nueva relación. Podría volver a vivir. Y de resultas de ello Rebecca y yo seríamos buenas amigas para siempre. Todo sería hermoso” (250). Por su parte, Rebecca también está totalmente desubicada de lo que ocurre. Su idea de redactar un contrato en el que Rita se comprometa a no denunciarlas resulta completamente absurda, puesto que el secuestro y la tortura que sufre Rita son crímenes graves que exceden en mucho el eventual incumplimiento de un contrato escrito.
Resulta significativo que, recién cuando Rita confiesa su complicidad con los abusos sufridos por su hijo, Eileen consigue compadecerse de ella, pues comprende que semejante aberración estuvo motorizada por un deseo profundo de ser querida. Se trata precisamente de lo mismo que explica el accionar de Eileen en este asunto: su necesidad imperiosa de que la quieran y la reconozcan la ha llevado a este extremo monstruoso. Como si no alcanzara, cuando Rebecca le dispara accidentalmente a Rita, Eileen propone sacrificar a su propio padre con tal de ofrecerle una solución a Rebecca. En ese punto, la narradora vuelve a dirigirse al lector, anticipándose a lo que aquel pueda pensar de ella: “Podéis pensar lo que queráis, que yo era una persona cruel y maquinadora, que era egoísta, que sufría delirios, que era tan retorcida y paranoica que solo la muerte y la destrucción me satisfacían y hacían feliz (...)[,] lo que queráis” (261). Es evidente que la narradora sigue conservando la constante preocupación de Eileen por lo que pensarán los demás. En cualquier caso, si este descargo tiene el objetivo de justificar su accionar, implicando que hay razones de fondo más importantes que esa apariencia de criminalidad, el efecto es el contrario: la narradora no está sino confirmando toda la monstruosidad que el lector acaba de presenciar.
Incluso Eileen se ofrece a ser ella misma quien mate a la señora Polk, completamente inconsciente de lo que eso implica: “—Lo haré yo —propuse. No parecía tan terrible. De todos modos, la mujer no tenía ningún motivo para vivir” (265). No solo es monstruosa la insensibilidad de Eileen, sino también la naturalidad con la que Rebecca acepta y se desentiende del asunto. Finalmente, la que hace todo el trabajo sucio es Eileen. A cambio, esta propone que ambas huyan juntas. Pero la narradora advierte al lector que Rebecca pasa por alto esa sugerencia y, prometiendo reunirse con ella más tarde, se aleja dando un portazo, con la excusa de ir a limpiar la evidencia del sótano. Mientras Eileen se lleva el cuerpo inerte de Rita, conserva la esperanza de reunirse con Rebecca, pero el lector ya sabe que eso no ocurrirá.