Resumen
Luego de despertarse en el auto, Eileen se acerca a su casa, pero encuentra la puerta cerrada con llave. A través del vidrio, ve a su padre durmiendo con los zapatos puestos, lo que es poco habitual, porque Eileen siempre le esconde los zapatos en el maletero. Ella llama al timbre con insistencia y luego nota que su padre se ha levantado de la butaca donde dormía y ahora parece esconderse de ella. Eileen está apurada por entrar para limpiar el vómito y sacar el auto de la nieve. Si bien en el barrio ya los consideran dos locos, ella quiere evitar dar pie a nuevas habladurías. Pero entonces comprende que fue su padre quien quitó las llaves del contacto del auto esa noche, evitando que muriera envenenada con el monóxido de carbono de la calefacción. Eileen sabe que es probable que él haya tomado las llaves para tomar unos zapatos del maletero, pero prefiere creer que él quiso salvarle la vida.
Finalmente, consigue entrar por una ventana. Teme la reacción de su padre, pues él siempre desaprueba que ella haga cosas por fuera de cuidarlo, como si fuera su enfermera o asistente. Entonces se lo encuentra en el descanso de la escalera, sobrio y furioso, con un palo de golf en la mano. Ella le pide las llaves del auto y él le arroja un ejemplar de Oliver Twist. Le dice que no podrá salir hasta que no haya terminado de leerlo. Eileen se niega a acatar lo que él le dice. Entonces su padre, sospechando de ella, le dice que es una sinvergüenza, y le pregunta cómo se llama el chico con el que salió anoche. Eileen le miente y le dice que se llama Lee.
Luego, la muchacha toma las llaves del auto y se dirige a O’Hara’s, donde le pide a Sandy una botella de ginebra para su padre. Sandy la trata de manera diferente ahora: le sonríe, le dice que se merece algo mejor que una ginebra y le acaricia el rostro. Eileen se va enseguida y piensa que, evidentemente, hay recuerdos con Sandy de la noche anterior que ha borrado de su mente, pero imagina que quizás sus manos, su boca o su lengua estuvieron involucradas.
Ya en su casa, Eileen recibe la visita de un policía que le anuncia que la tarde anterior recibieron quejas de que su padre estaba sentado en la ventana apuntando con su pistola a los niños que salían de la escuela. Eileen reconoce que, antes de Rebecca, ella era nerviosa y se avergonzaba con facilidad, pero ahora siente hartazgo y le dice al policía que hable directamente con su padre. El policía le responde que ya habló con él, y que acordaron que Eileen custodie el arma de su padre, para que la misma no esté a su alcance. De camino al trabajo, Eileen piensa de qué puede servirle esa arma. Considera guardarla en la guantera del auto, pero allí tiene el ratón muerto, de modo que prefiere esconderla en su bolso y llevarla a Moorehead.
En el trabajo, Rebecca invita a Eileen a pasar la Nochebuena juntas, si bien le dice que es una fecha que no le importa en absoluto. Eileen siente que ella y Rebecca son iguales, y se pregunta si estará dispuesta a irse con ella de X-ville. Esa tarde trabaja como autómata. Llega un chico nuevo, acusado de infanticidio por ahogamiento, y Eileen lo observa con indiferencia y superioridad moral, comparando al chico con el ratón muerto de la guantera. La narradora piensa que entonces ella era rara y la gente lo notaba. Después de todo, el hecho de que trabajara en la cárcel ya decía mucho de ella.
Por la tarde, Eileen sale de Moorehead por última vez. Desde el presente, trata de imaginarse quién la habrá reemplazado y piensa que tal vez Rebecca, de haber vuelto, la haya encubierto, inventando alguna historia para explicar su ausencia.
De vuelta en casa, piensa usar con su padre las pastillas de su madre, aquellas que esta usaba para calmar su dolor. La noche que murió, Eileen se había tomado algunas de esas pastillas también, y estaba tan drogada que recién por la mañana, al despertar, notó que su madre estaba sin vida.
Eileen se va a dormir y pone la pistola bajo su almohada. Recuerda, entonces, la primera vez que se le cayó un diente y cómo por la noche su madre o su padre intercambiaron los dientes por dinero. Recuerda también que a la mañana siguiente se preguntó qué más le habrían hecho mientras dormía. En general, Eileen tiene pocos recuerdos de su infancia: no hay caras en sus recuerdos; solo sombras. Lo que más recuerda de su madre es lo poco que pesaba la mañana que murió y la temperatura fría de su cadáver cuando se apoyó en él y lloró.
Análisis
Este capítulo marca un cambio de actitud en Eileen luego de su encuentro con Rebecca. Por un lado, se evidencia un cambio de roles entre ella y su padre, puesto que es ella la que ha sido encontrada borracha en condiciones lamentables, y su padre se ha puesto zapatos, como símbolo de que ahora está haciéndose cargo de su hija. Eileen entiende que fue él quien quitó las llaves del auto, evitando así que el monóxido de carbono la matara durante la noche. Nuevamente, Eileen se debate entre el deseo oculto de que su padre la quiera (“me gusta pensar que, de algún modo, aquella noche su instinto paternal hizo acto de presencia”, 173) y la intuición de que solo sacó las llaves para poder quitar sus zapatos del maletero, es decir, que salvarla no fue voluntario, sino una casualidad. En cualquier caso, Eileen teme cuál pueda ser la reacción de él y lo que pueda pedirle a cambio de haberla salvado.
A propósito de su padre, Eileen evoca otras veces en que la policía asistió a su casa para quejarse de la mala conducta de su padre y se refiere irónicamente a ellos: “Esos policías eran «lo mejor de los Estados Unidos», los guardianes del mundo civilizado” (170). En verdad, ella desprecia a la policía y denuncia su inoperancia e hipocresía. Está convencida de que ellos solamente disfrutan de avergonzarla, pero si su padre hubiera sido un asesino, no se tomarían las molestias que se toman ahora, sino que lo habrían dejado impune.
El padre de Eileen se muestra muy enojado y violento cuando ella consigue entrar en la casa. La amenaza con un palo de golf y luego le arroja un ejemplar de Oliver Twist y ordenándole que lo lea, a modo de castigo. Resulta significativo que su padre, para aleccionarla, le recomiende esa novela de Charles Dickens, que trata sobre las peripecias de un niño pobre y huérfano que sufre maltrato y, entre otras cosas, cae en la delincuencia. Su padre le dice que Oliver estaría encantado de vivir en una casa como la de Eileen, mientras que ella desprecia esa vida y se comporta inmoralmente. Si bien sus intenciones son otras, la comparación que el padre hace de Oliver y Eileen pone de relieve el maltrato del que su hija también es objeto y la vida desgraciada que él le propina como padre. De todas formas, en lo que va de la semana (que es, a su vez, el tiempo que la novela retrata), Eileen ha experimentado una transformación que la posiciona en otro lugar respecto de su padre: “Una semana antes no habría puesto ningún reparo (...). Aquel día, sin embargo, lo único que hice fue volver a dejar el libro en el suelo” (175). Incluso se atreve a jugar con su padre y le miente, diciéndole que la noche anterior salió con un muchacho llamado Lee Polk. De cierta forma, Eileen aprovecha el desafío a su padre para poner en juego una de sus fantasías, la de salir con un muchacho como Polk.
El consumo excesivo de alcohol de la noche anterior hace que Eileen no recuerde muchas de las cosas que ocurrieron. Resulta inquietante que parte de esa elipsis parezca involucrar a Sandy, el dueño del bar. El trato diferente que recibe de él, cariñoso e incluso lascivo, da a entender que algo ha pasado entre ellos, pero Eileen no lo recuerda, o elige no hacerlo: “En los años transcurridos desde entonces, me he preguntado qué recuerdos de Sandy habré enterrado de aquella noche” (178). Incluso agrega algunas especulaciones que, por lo específicas que resultan, advierten al lector que, más bien, podrían tratarse de fragmentos de recuerdos: “Quizás sus grandes manos manchadas de cerveza toqueteándome, quizá su boca en alguna parte de mí, una lengua agria hurgando en mi garganta” (178). Una vez más, Eileen retrata escenas de abuso, en las que ella es víctima de un trato sexual que no consiente, y lo hace con una indiferencia que resulta inquietante. Su falta de agencia en esos relatos anticipa una falta de entendimiento que signará el carácter de los acontecimientos por venir.
Eileen retrata sus sufrimientos y sus traumas, aunque lo hace de manera lateral. Es el lector el que debe darles un sentido. Esto es así, por ejemplo, cuando Eileen evoca la pregunta que se hizo de niña la mañana en que encontró unas monedas bajo su almohada a cambio de los dientes caídos: “Recuerdo la pregunta que me formulé aquella mañana: ¿qué más me han hecho mientras dormía?” (194). No hace ningún comentario al respecto, solo reproduce la pregunta, pero el lector comprende que hay un tormento en esa niña que, en el fondo, comprende que su casa no es un espacio seguro. Ahora, este miércoles previo a la Nochebuena, Eileen ya no oculta sus dientes bajo la almohada, sino la pistola de su padre, que funciona, así, como símbolo de un crecimiento, del fin de una inocencia y el comienzo de una etapa atravesada por la violencia.
En este sentido, la imagen macabra de un ratón muerto y congelado guardado en la guantera del auto da un tono sórdido al capítulo. Hay un goce en Eileen por tener allí ese animal. Incluso, compara su aspecto con el de los niños de Moorehead: “Como cuando había observado el ratón muerto de la guantera, la foto del chico me levantó la moral. «Me alegro de no ser tú», fue lo que pensé” (189). Nuevamente, Eileen compensa su sentimiento de inferioridad y vulnerabilidad ejerciendo algún tipo de poder sobre seres más vulnerables que ella.