Mi nombre era Eileen

Mi nombre era Eileen Resumen y Análisis 1964

Resumen

La narración comienza con una evocación que hace Eileen, la protagonista, de sucesos que le ocurrieron hace cincuenta años, en los últimos días de diciembre de 1964. En ese pasado, Eileen Dunlop tiene veinticuatro años y vive en un pueblo de Nueva Inglaterra, donde trabaja como secretaria en un reformatorio privado para adolescentes. Es una muchacha poco especial, ansiosa y con tics nerviosos; una versión joven e insignificante de la mujer que narra. Es muy delgada, huesuda, con marcas de acné en el rostro y gestos que evidencian una clara inseguridad. Tiene escasa inteligencia y tendencias impacientes. En suma, es una muchacha infeliz. Si bien la narradora dice que Eileen es una más del montón, la muchacha se considera fea, desagradable, ridícula, con escasas aptitudes para enfrentarse al mundo.

Dice la narradora que aquella del pasado es una versión invisible de ella; en realidad, no es ella, sino otra persona, llamada Eileen. El objetivo de su relato, anuncia, es evocar los últimos días en los que ella desempeñó el papel de Eileen, que coincidieron con los días previos a la Navidad.

En la semana previa a Navidad, el pueblo está cubierto de nieve. Cada mañana Eileen debe echar sal para que la nieve que cubre el sendero que va del porche a la calle se derrita. De la viga sobre la puerta de entrada cuelgan pedazos de hielo puntiagudos, y la muchacha suele imaginarse que esos carámbanos caen sobre ella y le atraviesan el pecho o el cráneo.

Eileen vive con su padre, un hombre miedoso y algo loco, adicto al alcohol. Mientras ella sale a trabajar, el padre se pasa el día entero bebiendo en su casa. Eileen vive preocupada por su futuro y con miedo de lo que pueda suceder con su padre mientras ella no está en casa. Viven los dos solos, pues la madre de Eileen murió hace años y su hermana, Joanie, se fue de casa. Luego de la muerte de la madre, han descuidado mucho el hogar; todo está sucio y desordenado, y casi todas las habitaciones permanecen desocupadas. Cuando su madre enfermó, Eileen se mudó al frío desván, y su padre se instaló en una butaca en la cocina, donde pasa días y noches.

Su padre la desprecia, la insulta y la trata con crueldad. Eileen fantasea con encontrarlo muerto, pero ante él se muestra muy sumisa y servicial. Todos los días se encarga de ir a la licorería a comprar las bebidas con las que el hombre se embriaga.

La narradora reconoce que Eileen tiene aspecto de tímida y amable, aburrida e indiferente, pero, en realidad, oculta un fuerte enojo y rencor; aparenta un aire deprimido pero tiene pensamientos frenéticos, como los de un asesino. Disfruta de lecturas sórdidas, sobre asesinatos, muertes y enfermedades truculentas. Asimismo, es un espíritu soñador: se deja llevar por sus fantasías constantemente, para contrarrestar una vida gris e infeliz.

Eileen maneja el viejo Dodge de su padre. En la guantera guarda un ratón de campo muerto que encontró congelado en la puerta de su casa, y se divierte observando su descomposición. El auto tiene el caño de escape roto, pero ella no se encarga de arreglarlo. Para Eileen, ese auto es una esperanza: constituye una vía de escape a esa vida horrible. Disfruta de manejarlo, mientras recorre su pueblo imaginando que todas las casas que ve son mejores que la suya. En esa época, Eileen piensa que todo el mundo está mejor que ella.

La noche en que comienza el relato, Eileen se dirige en el Dodge hasta la licorería del señor Lewis y compra unas botellas de ginebra para su padre. La narradora aclara que esa no es una noche especial, pero es la que elige tomar como referencia para empezar su relato. En una semana, anuncia la narradora, Eileen se escapará de su casa para siempre. Así da comienzo al relato de su desaparición.

Análisis

La novela se inicia con la voz de una narradora que tiene el objetivo de contar la historia de su pasado, la de aquella muchacha llamada Eileen. Desde ese momento, la narradora toma distancia de esa versión pasada de ella, pues ya no se reconoce en aquella: “Yo era como Juana de Arco, o Hamlet, pero nacida en una vida equivocada: la vida de una don nadie, una marginada, alguien invisible. No hay mejor manera de decirlo: en aquella época no era yo misma. Era otra persona. Era Eileen” (10). Con ello, la novela introduce el tema de la identidad, que será central en todo el relato. La protagonista encarna una doble identidad: una primera, identificada con el nombre de Eileen, y otra, la de la narradora, que narra los hechos cincuenta años después, y que constituye una versión más auténtica de esta mujer. La muchacha cuyas experiencias se relatan se muestra constantemente en una crisis de identidad, preocupada por quién es y queriendo ser otra persona más interesante, despreciando su carácter y su físico, e imaginando ser otra. La voz que relata, en cambio, dice ser una versión auténtica de aquella mujer que de joven habitaba el rol de Eileen. Así, las primeras líneas dan sentido enseguida al título de la novela, pues identifica el nombre “Eileen" con el pasado.

En línea con la cuestión de la identidad, la narradora identifica su pasado con un juego de roles, como si su juventud se hubiera tratado de la impostura de un papel, del que recién puede liberarse una vez que se escapa, y que la lleva al estado presente desde el que narra: “Mis últimos días en el papel de esa furiosa e insignificante Eileen tuvieron lugar a fines de diciembre” (10). Por lo tanto, la novela se construye en la superposición de dos tiempos, que van alternándose constantemente: el tiempo narrado y el tiempo en que se relatan los hechos, cincuenta años después de que tuvieran lugar.

Desde que se abre la novela, la narradora se dirige en segunda persona al público lector: “De haberme visto entonces, probablemente me habrías tomado por una de esas chicas que se ven en un autobús cualquiera…” (9), “Creo que vosotros mismos os podéis imaginar los detalles” (12). Ese uso de la segunda persona hace que el lector quede íntimamente involucrado en el relato, como si la narradora ingresara en sus pensamientos y en su modo de juzgar lo que lee. Es una estrategia narrativa que luego le servirá a la narradora para narrar acontecimientos escabrosos y tomar distancia de ellos, como excusándose con el lector.

La cuestión de la identidad también está en juego en las características intrínsecas de Eileen. La narradora llama la atención sobre su condición dual, tensionada entre la apariencia y la realidad. Se construye como un personaje complejo: siente enojo, desprecio y odio por su padre, pero, a la vez, actúa de manera sumisa y obediente, como una criada: “yo no era el tipo de chica que le dice no a nadie” (15). Constantemente se debate entre el desprecio por los otros y la necesidad de aprobación, la obediencia a su padre y los deseos de encontrarlo muerto, un afán de vida y una indagación constante sobre la muerte. La narradora corporiza esa tensión en la siguiente cita:

Me vi aburrida, anodina, inmune e indiferente, pero lo cierto es que estaba furiosa, hervía de rabia, mis pensamientos eran frenéticos y mi mente era como la de un asesino. Resultaba fácil esconderse detrás de aquella cara tan sosa, con aquel aire deprimido. La verdad es que creía poder engañar a todo el mundo. Y en realidad no leía libros sobre flores ni economía doméstica. Me gustaban los libros sobre cosas horribles: asesinatos, enfermedades, muerte (15).

La narradora advierte a sus lectores de que Eileen, detrás de esa apariencia sosa y aburrida, oculta una monstruosidad. Por un lado, señala que la joven tiene la mente de un asesino, lo cual predispone al lector a una desconfianza del personaje. Por otro lado, destaca el disfrute por lo morboso y truculento, lo cual se evidencia en numerosas veces en que Eileen imagina para sí muertes trágicas. Todo esto da cuenta de una subjetividad atormentada que será clave para el desarrollo de los acontecimientos que vendrán.

Para evadirse de su existencia miserable, la muchacha desarrolla una personalidad fantasiosa e imagina escenarios que no ocurrirán, lo que también es un factor que habilita el curso de la trama. Por ejemplo, imagina desenlaces trágicos: “De haber dado un fuerte portazo (...) se habría partido uno de los carámbanos que tenía sobre la cabeza. Imaginé que uno de ellos caía a plomo, me atravesaba el hueco de la clavícula y me llegaba directamente al corazón. O (...) podría haberme apuñalado la garganta (...) y seguido hasta mis entrañas…” (17). También Eileen encuentra un disfrute en imaginar escenarios miserables en los que ella es la víctima y la que más sufre. Además, disfruta de lecturas horribles y de prácticas sórdidas, como guardar un ratón muerto en la guantera del auto y divertirse observando su descomposición: “Creo que de alguna manera me hacía sentir poderosa” (17), dice la narradora, dando cuenta de cómo Eileen compensa su sentido de inferioridad con ese goce cruel.

En medio de esa vida monótona y sumisa, Eileen valora mucho la presencia del auto de su padre, porque constituye un símbolo de la posibilidad de escapar: “El coche era lo único de mi vida que me daba cierta esperanza. Era mi única vía de escape” (18). Con ello, la novela anticipa que el auto será fundamental en su salida de ese mundo del pueblo.

Desde este primer capítulo nos encontramos con pasajes metanarrativos, sello que encontraremos en toda la novela. En ellos, la narradora expone las decisiones que toma para su narración y se las hace conocer al lector. Por ejemplo, aclara que la noche en que empieza su relato no fue una noche especial, sino la que ella eligió tomar como referencia para dar inicio a su relato. Aún más, anuncia que este es el relato de cómo escapó de su casa: “En una semana me escaparé de casa y nunca volveré. Esta es la historia de cómo desaparecí” (20). Así, la novela se configura como el relato anticipado de una huida. Desde el principio, el lector conoce el desenlace. Sin embargo, lo que no se revela y permanece oculto hasta el final es cómo se produce ese escape, los pormenores sórdidos que este involucra. Esta omisión se sostiene hasta el final, generando un efecto de alta expectativa y suspenso. La narradora va deslizando pequeños detalles que no terminan de develar el desenlace, pero alertan al lector sobre su inquietante oscuridad.