Resumen
La narradora cuenta que, de joven, no sabía que los demás también sufrían. Eileen cree que la única que sufre es ella. Ni siquiera logra atender los rumores sobre el trato violento que los guardias tienen hacia los jóvenes internados: los hacen luchar entre ellos por diversión, los fuerzan a defecar en sus almohadas, los obligan a desnudarse y los golpean, entre otro tipo de abusos. Pero Eileen es incapaz de sentir compasión por nadie que no sea ella, de modo que la mañana del martes ella está enfrascada en sus pensamientos sobre Rebecca: cree que ella es un billete a una nueva vida y la encarnación de todas sus fantasías.
Ese día, Eileen se ha esmerado con su atuendo: ha tomado, del guardarropas de su madre, un conjunto que, cree, la hace verse cosmopolita. Al llegar Rebecca con su aspecto avasallante, le pide a Eileen que vuelva a ayudarla con su taquilla, y esta cree que es una forma de coqueteo. Eileen mide sus palabras y evalúa cada cosa que dice, temiendo que Rebecca descubra su esfuerzo por agradar. Incluso se culpa por ser lenta y obtusa, y no captar rápido los chistes de aquella.
Es día de visitas en Moorehead. Eileen describe los protocolos y las normas del internado, que ella sigue con total obediencia. La narradora se defiende: aunque de joven robaba, era una pervertida y mentía, eso nadie lo sabía; entonces se empeñaba en cumplir las normas para aparentar que vivía de acuerdo a un elevado código moral. Eileen admite que las normas de Moorehead no se orientan a cuidar a sus internos, sino a adoctrinarlos. Por ejemplo, la regla de que los familiares no deben dar regalos a sus hijos en Moorehead (y que Eileen debe hacer cumplir) busca mantener a los jóvenes en un estado de desesperación. Este estado, según el alcaide, generaría el remordimiento por los pecados cometidos, lo que haría que los jóvenes se dieran por vencidos y quedaran predispuestos a reformarse. La narradora agrega que ella jamás encomendaría esa misión reformadora al alcaide o al doctor Frye, y mucho menos a Rebecca, quien, hablando en retrospectiva, resultó ser la peor.
En cualquier caso, Eileen acata las órdenes, y no se sensibiliza por el hecho de que los niños no puedan recibir regalos, pues tampoco ella recibe tratos especiales. De todas formas, los encuentros entre madres e hijos suelen ser muy dramáticos. Cuando se siente muy afectada por ellos, Eileen se va a una habitación vacía y da patadas en el aire y se pellizca los pezones para distraerse.
Ese día, Leonard Polk recibe la visita de su madre. Eileen observa a los guardias y repara en que ya no está enamorada de Randy, cautivada como está por Rebecca. Al recibir a la señora Polk y revisarla, Eileen piensa que, como aquella tiene sobrepeso, debe ser una idiota. Incluso se pregunta cómo puede ser que un muchacho con un presunto complejo de Edipo elija matar por una mujer tan fea. Luego observa el encuentro entre madre e hijo y concluye que es imposible comprender a Leonard Polk, pues su máscara mortuoria es inmutable. En eso aparece Rebecca, dispuesta a presenciar el encuentro entre ambos, y comienza a tomar notas en su cuaderno. Entonces la señora Polk se pone a llorar y le pregunta a su hijo cómo pudo hacerle algo así, pero el joven no responde. Entretanto, Eileen observa a Rebecca y a Randy, y se avergüenza de pensar que él seguro preferiría a Rebecca por sobre ella. Finalmente, se acaba el tiempo de visita y, antes de retirarse, la señora Polk afirma que la culpa es suya.
Luego de acompañar a la señora Polk, Eileen vuelve a la sala y ve que Rebecca está muy cerca de Lee y lo consuela, poniéndole la mano en la rodilla mientras él llora. Eileen no sabe cómo interpretar esa cercanía cómplice y la comodidad con la que el joven se deja abordar por Rebecca. También queda impresionada al ver que el chico tiene tatuada la palabra “amor” en la mano. Cuando Eileen les dice que tienen que despejar la sala, Rebecca invita a Polk a seguir hablando en su despacho.
Durante las visitas siguientes, Eileen no puede parar de pensar en Leonard y Rebecca en su despacho, y se imagina una escena sexual entre ellos. La posibilidad de perder a Rebecca la desespera, y se imagina matándose en un accidente de auto para aleccionar a todos sobre su valor. Entonces se le ocurre ir al despacho de Rebecca, con la excusa de devolverle su cuaderno, y aprovechar para espiar lo que hacen. Como desde afuera no escucha nada sospechoso, llama a la puerta. Rebecca la recibe, agradeciéndole por el cuaderno. Antes de que Eileen se vaya, Rebecca la invita a tomar una copa esa noche. Lo hace de manera muy forzada, pero a Eileen no le importa porque se siente halagada, como si le hubieran dicho que la aman. La narradora, entonces, les recuerda a los lectores que ella era entonces una fracasada y una chiflada, y que jamás había salido de noche. Le habían enseñado que era indigno para una muchacha salir sola y de noche.
Eileen arregla con Rebecca para ir a O'Hara's, el único bar del pueblo, al que su padre siempre iba a emborracharse. Eileen recuerda que, cuando estaba en la universidad, su madre la mandó una vez a buscar a su padre, como era habitual. Mientras lo llevaba borracho, él le dijo que era una buena chica y que lamentaba no poder ser mejor padre con ella. A continuación, le puso la mano sobre los pechos, y cuando Eileen lo rechazó, él la llamó por el nombre de su hermana y le dijo que no se hiciera la difícil. Eileen nunca le contó eso a nadie.
Esa tarde, de camino a casa, Eileen se compra un vermut porque está tan nerviosa que necesita beber antes de su encuentro con Rebecca. La narradora aclara que ella no era lesbiana, sino que le atraían la atención y la aprobación de Rebecca. Se baña y se esmera en su vestuario para gustarle. Al llegar a O’Hara’s, encuentra a Rebecca hablando desenfadadamente con cuatro hombres que la observan, extasiados. Al ver a Eileen, la recibe como si fueran buenas amigas y le pide algo de beber. Eileen nota que Rebecca desentona con ese lugar y también con ella, porque es evidente que proviene de otra clase social, con lo cual hace esfuerzos por estar a la altura de la conversación.
La narradora evoca ese encuentro y la manera en que Rebecca consigue ganarse su confianza, primero generándole envidia, luego cautivándola. Rebecca habla con soltura y Eileen se limita a escucharla. En un momento, dice que en ese pueblo las personas carecen de fantasías e imaginación, y Eileen piensa para sí que no es así, que en Nueva Inglaterra la gente tiene una imaginación poderosa. A continuación, Rebecca habla del encuentro entre la señora Polk y su hijo. Sugiere que el chico se quedó callado para cuidar a su madre, y agrega que hay familias enfermas, en las que la única vía de escape es que alguien muera. Entonces agrega que, para ella, hay un desvío de naturaleza sexual que explica el asesinato del padre de Leonard en manos del chico.
Las interrumpe un hombre para preguntarles su nombre. Rebecca dice que su nombre es Eileen, y que Eileen se llama Rebecca. Eileen observa cómo su amiga se muestra seductora y divertida con los hombres, y se siente afortunada de que por una vez la gente, y especialmente un hombre, se fije en ella. Entonces Rebecca la invita a bailar. Bailan pegadas y Eileen la observa con fascinación, como si fuera a la vez un ángel y un demonio.
Al salir del bar, Rebecca la mira y le dice que es poco agraciada pero fascinante, como si ocultara sueños brillantes. Enseguida, toma su auto y se va. Eileen no tiene ganas de irse a su casa aún; ahora que alguien la quiere, se siente importante. Vuelve a entrar en el bar, se sienta en la silla que ocupó Rebecca y pide más whisky. Lo siguiente que recuerda es despertar por la mañana en su auto, que ha quedado aparcado en un banco de nieve frente a su casa. A su lado hay un charco de vómito. Las llaves del auto no están, el maletero está abierto y le falta su bolso.
Análisis
El capítulo se abre con un contrapunto entre la falta de empatía de Eileen y los horribles abusos que sufren los jóvenes en Moorehead. La narradora reconoce esa falta de compasión que la caracterizaba en su juventud (“mi desarrollo estaba muy atrofiado”, 131), advirtiendo así sobre su predisposición a no interpretar correctamente lo que sucede a su alrededor. Esta advertencia funciona como un anticipo. Enfrascada en sus propios asuntos, fantasías y tormentos, Eileen es incapaz de entender el sufrimiento de esos jóvenes, al punto tal de que pone sus propios problemas a la altura de los de aquellos: “Que lloren los niños. A fin de cuentas, a mí nadie me ofrecía ninguna ternura. ¿Por qué alguno de esos chavales iba a tener más o algo mejor que lo que yo tenía?” (140). Sin embargo, también vemos que Eileen sufre. Admite que los encuentros entre madres e hijos en Moorehead son muy dramáticos, y metaforiza el dolor de las madres como “una especie de cicatriz: una insignia del dolor que daba fe de que tenía[n] el corazón roto” (141). Ella misma necesita alejarse en esos momentos, pellizcarse los pezones y dar patadas para desprenderse de la angustia. De modo que vemos que hay cierta impostura en la indiferencia de Eileen.
Eileen cree que la llegada de Rebecca le ha cambiado la vida: “parecía la dulce promesa de Dios de que mi situación podía mejorar. Ya no estaba sola” (132). Para dimensionar la importancia de esa llegada, capaz de abrirle la puerta a algo diferente, la describe mediante metáforas: “un billete a una nueva vida” (132), “un diploma que me sacaba de mi desventura” (135). De manera hiperbólica, incluso, define a Rebecca como “la encarnación de todas mis fantasías” (132). En este punto, es posible advertir la obsesión de Eileen, que a solo un día de conocer a su compañera ya cree poder hacer afirmaciones de ese tipo. Unas líneas después, sus sensaciones se condensan en una imagen que ejemplifica con dramatismo la intensidad con la que Rebecca impacta a Eileen: “los ojos [de Rebecca] como dagas que después de atravesarme el corazón me llegaran a las entrañas” (132). Eileen condensa la llegada de Rebecca a su vida con una frase en latín que ve en la tabaquera de aquella: “Per aspera ad astra”, que significa “a través de las espinas hacia las estrellas”. Con ella parece metaforizar cómo su vida, hasta ahora instalada en el plano del sufrimiento y la dificultad (metaforizadas en las espinas), está por dar un vuelco hacia la grandeza (las estrellas).
La escena en la que Eileen quiere agradar a Rebecca resulta a la vez cómica y dramática. Hace unos esfuerzos aparatosos por ser algo que no es, por aparentar tener una personalidad que, en el fondo, no le cuadra, y que muy probablemente la otra advierte. Por ejemplo, se viste con un conjunto de su madre que la hace “sentir más cosmopolita” (135), y cuando no logra entender un chiste de Rebecca se lamenta y piensa: “Quería explicarle que era inteligente, instruida, que había ido a la universidad, que sabía quién era Freud” (137). Una vez más, la novela trata el tema de la identidad, tensada entre la apariencia y la realidad. Para Eileen, es fundamental conquistar a Rebecca: añora haber encontrado una amiga con la que al fin puede ser ella misma, pero, irónicamente, eso cree conseguirlo alejándose de quién es. Como señala la narradora, la Eileen de ese entonces tiene muchas capacidades de sociabilidad atrofiadas, y es por eso que debe pretender: “Yo no era de ingenio vivo como ella. Era una persona sin gracia, pedestre, lerda (...). No tenía modales. Yo no sabía hacer amigos” (137). Dramáticamente, el lector conjetura que los intentos de Eileen por impresionar a la mujer son inútiles, pues ya ha advertido que su sentido está muy distorsionado por la fantasía y la falta de juicio que ha venido demostrando.
En este capítulo, Eileen deja al descubierto, también, la hipocresía de su entorno. Al contar cómo procede en Moorehead, cuenta que ella sigue las reglas al pie de la letra para dar una apariencia obediente, aunque sabe que no se corresponde con la verdad: “Podéis decir que mangaba en las tiendas, que era una pervertida y una mentirosa, desde luego, pero nadie lo sabía. Y ello me impulsaba a hacer cumplir aún más las normas, pues ¿no indicaba eso que vivía según un elevado código moral? ¿Que yo era buena?” (139). Vemos cómo solo importa lo que en apariencia se ve, no lo que en el fondo se hace. Como nadie repara en sus delitos y defectos, Eileen actúa de acuerdo a la norma para que parezca que es una buena muchacha. Aun más, Eileen deja al descubierto la hipocresía del internado: las normas no están hechas para cuidar el bienestar de sus internos sino, al contrario, para desesperarlos y conseguir someterlos. Incluso declara que ninguna de las personas encargadas de cuidar a los jóvenes en Moorehead está verdaderamente capacitada para tal fin: “Las últimas personas de la tierra a las que yo encargaría transformar a nadie serían el alcaide y el doctor Frye, o el doctor Morris, aunque no lo conocía, o, lamento decirlo, Rebecca. Quizás ella era la peor de todos. Pero ahora hablo en retrospectiva” (140). Con ello, la novela anticipa que Rebecca, a pesar de la apariencia maravillosa que ostenta, no es de fiar, y se construye una ironía dramática que advierte al lector sobre cómo la enorme expectativa que invade a Eileen se frustrará completamente.
Durante la visita de la señora Polk, Eileen despliega sus prejuicios discriminatorios sobre ella: “Al tener sobrepeso, supuse que era una idiota –tiendo a considerar a los gordos glotones, bobos” (143). Incluso usa un símil muy cruel para describirla: “Parecía tan poca cosa, tan digna de lástima, como una cerda en el matadero” (143). También analiza el presunto complejo de Edipo de Leonard desde una perspectiva racional, sin entender cómo el muchacho podría matar por una mujer tan fea. Es evidente que Eileen confunde lo racional y el desequilibrio psicológico. Esa regla aplica para ella misma y también para su incapacidad para identificar los peligros que Rebecca puede traerle.
Eileen observa el trato especial y cómplice que tiene Rebecca con Leonard y se imagina una escena sexual entre ellos: “Di rienda suelta a mis fantasías, primero celosa de Rebecca, luego de Lee, y pasando de uno a otro mientras consideraba sus papeles respectivos y cómo me habían traicionado, pues ya había decidido que Rebecca era mía. Era mi premio de consolación. Era mi billete de salida” (148). Eileen se deja llevar por sus fantasías perversas. Significativamente, lo que le molesta es que Rebecca la traicione con Polk, pero pasa por alto que ese encuentro significaría el abuso de un menor de edad por parte de una mujer adulta. Por otra parte, el lector siente incomodidad al captar que el trato de Rebecca con el joven de catorce años no pareciera ser del todo adecuado. Entre la mirada desviada de Eileen y la alusión a cómo la directora ejecutiva le toca la pierna al chico, se construye un equívoco inquietante que no termina de resolverse.
En línea con la mirada desviada de Eileen, más adelante el lector asiste a una escena de abuso, que la protagonista narra sin reparar en su gravedad: ella cuenta cómo hace años, estando borracho, su padre le tocó los pechos y la confundió con su hermana. La escena, contada con la característica ambigüedad de Eileen, no solo expone el abuso que sufrió a manos de su padre, sino también algo más inquietante: el hecho de que el padre le diga: "No te hagas la difícil, Joanie" (152) sugiere que la hermana de Eileen sufría ese tipo de abusos de su padre sistemáticamente. Así, la preferencia del padre por Joanie asume para el lector una dimensión perturbadora, que Eileen es incapaz de identificar. La protagonista jamás le contó ese suceso a nadie; ni siquiera parece advertir la gravedad del asunto.
También la imaginación abundante de Eileen le permite alejarse del dolor de su realidad cotidiana, a la vez que le impide capturar la densidad de lo real. Por eso resulta irónico cuando, en el bar, Rebecca sostiene que la gente de ese pueblo no tiene imaginación, puesto que el lector sabe que Eileen tiene una muy profusa.
La protagonista tiene tanta necesidad de que le presten atención que ignora todas las pistas que advierten sobre la verdadera condición de Rebecca. Cuando esta la invita a tomar algo, no le llama la atención que lo haga con falsedad e impostura, porque le importa más sentirse tenida en cuenta. La narradora se excusa, advirtiendo: “Tenéis que recordar que yo era lo que llamaríais una fracasada, una pringada, una chiflada” (151). Con ello, el lector puede intuir que la narradora está preparando el terreno para un desenlace dramático, al que Eileen llega debido a esa ciega disposición a agradar.
En el bar se produce un llamativo cambio de roles entre las dos mujeres: Rebecca se hace pasar por Eileen y a Eileen la hace llamarse Rebecca. En este intercambio, se juega otra vez el tema de la identidad en la novela. Como si Rebecca fuera consciente del efecto que genera en su “amiga”, se espeja artificiosamente con ella y confunde la identidad de una con la de la otra. Entonces, la narradora anticipa que así fue como Rebecca logró ganarse su confianza. Efectivamente, consigue que Eileen se sienta importante, porque es la primera vez que la gente, especialmente los hombres, se fijan en ella. A modo de presagio, el capítulo se cierra de manera negativa: la elevación que Eileen cree haber alcanzado con su nueva amiga es frustrada cuando por la mañana se despierta desencajada, sin acordarse de nada. Esa parece ser la implicancia de juntarse con Rebecca.