Los detectives salvajes

Los detectives salvajes Resumen y Análisis Parte II: Los detectives salvajes (1976-1996), Capítulos 6-10

Resumen

Capítulo 6

Rafael Barrios, café Quito, calle Bucareli, México DF, mayo de 1977.

Rafael hace una lista exagerada de todo lo que hicieron en el DF luego de que Belano y Ulises Lima se fueron a Europa. "Escritura automática, cadáveres exquisitos, performances de una sola persona y sin espectadores, contraintes, escriturados mano, a tres manos, escritura masturbatoria (...)" (p.273); así enumera Rafael sin parar. "Hicimos de todo lo que pudimos... Pero nada salió bien" (p.274), remata.

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, marzo de 1977.

Quim recuerda a una amiga suya, Dolores Pacheco, que le enseñó a cronometrar a ojo. Cronometraba los orgasmos. A partir de ese aprendizaje, dice que cronometra sus recuerdos de Laura Damián. Todos los días la recuerda al menos una vez.

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

Cuando encontró el ejemplar de la revista Caborca, dice Amadeo que lo acunó en sus brazos. Encontró también, entre sus papeles, la hoja de Manuel Arqueles Vela, Actual N°1. Cita textualmente una buena parte de la hoja de Manuel. Arturo y Ulises lo escucharon hablar de 1921, del estridentismo, mientras tomaban mezcal Los Suicidas. Amadeo cuenta que ese día incluso enumeró el Directorio de Vanguardia, una larga lista de más de doscientos poetas que cerraba la hoja Actual N°1 y que terminaba con la palabra "etcétera", abierta a incluir poetas en el futuro. Ante eso, Amadeo dice que Belano y Lima se arrodillaron, brindaron por todos los muertos con él y bebieron lo que quedaba del mezcal.

Felipe Müller, bar Céntrico, calle Tallers, Barcelona, mayo de 1977.

Cuando Felipe llegó a Barcelona, cuenta que visitó a la madre de Arturo y le llevó un libro que había publicado su hijo. Ella estaba muy mal, muy enferma y sin dinero. Felipe dice haberle escrito a Arturo innumerables veces diciéndole esto, pero que no tenía mucho éxito consiguiendo que el hijo mandara dinero o fuera a buscarla.

Un día Carmen, la madre de Arturo, lo fue a buscar a Felipe para mostrarle una carta de su hijo. Dice Felipe que en ella había una carta de presentación escrita por Vargas Pardo, un novelista ecuatoriano. La carta iba dirigida al escritor catalán Juan Marsé. Él la ayudaría a conseguir trabajo. Efectivamente, el escritor lo hizo. Según Felipe, la madre de Arturo obtuvo una beca para estudiar educación especial gracias a esta recomendación. Para cuando Belano llegó a Barcelona, su madre ya estaba mucho mejor.

Capítulo 7

Simone Darrieux, rue des Petites Écuries, París, julio de 1977.

En su entrevista, Simone narra su encuentro con Arturo Belano. Ella estaba becada en la ciudad de México cuando lo conoció. Un día, en su departamento, ella le dijo "nunca te acuestes conmigo, porque soy masoquista" (p.287). Sin embargo, según la francesa, tuvieron sexo. Arturo accedió a golpearla en las nalgas y a abofetearla. Hablaron del Marqués de Sade, ambos lo habían leído. Fueron amantes por unos meses.

Simone cuenta que, ya en París, la visitó Ulises Lima. Se acordaba de él de su tiempo en México y se alegró de verlo en Europa. Ulises le contó sus planes de ir a Israel "a ver a una amiga" (p.291). Dice que Ulises era irónico, pero respetuoso. También sereno y distante, pero no frío.

Hipólito Garcés, avenue Marcel Proust, París, agosto de 1977.

Hipólito, Polito, dice haberse alegrado mucho cuando Ulises llegó a París. Le alquiló una habitación y se encargaba de hacer las compras y cocinarle cada día, aunque no queda claro por su declaración si en esas comidas no se llevaba un dinero de más estafando a su supuesto amigo. Aparentemente esto es lo que Ulises sospechaba, y un día le dijo a Polito que se iría. Polito dice haber sentido terror de su amigo que, convertido en una especie de estatua, lo miraba mientras él no paraba de hablar, nervioso.

Roberto Rosas, rue de Passy, París, septiembre de 1977.

Roberto cuenta que una vez, en la buhardilla en la que vivía con otra gente en París, se apareció Polito con un joven mexicano llamado Ulises Lima. Se hicieron amigos instantáneamente y frecuentaron juntos a los poetas franceses, entre ellos Michel Bulteau.

Simone Darrieux, rue des Petites Écuries, París, septiembre de 1977.

Simone dice que Ulises llegó con dinero, pero que nunca consiguió algo parecido a un trabajo. Tenía amigos peruanos que a veces le daban algún trabajo eventual, pero no más. Para Simone, Ulises parecía una persona que no exigía nada.

Sofía Pellegrini, sentada en los Jardines del Trocadero, París, septiembre de 1977.

No era amiga de Ulises, pero recuerda que en París, una vez, ella estaba encerrada en su chambre angustiada porque estaba deprimida y las cosas iban mal, y Ulises fue hasta allí y se paró junto a ella hasta que dejó de llorar. Por eso dice tener un buen recuerdo de él.

Simone Darrieux, rue des Petites Écuries, París, septiembre de 1977.

Ulises se duchaba, según Simone, en su casa. Una vez le comentó que le gustaban los baños públicos, "esos lugares a donde iban a bañarse los extranjeros" (p.302). Era un tipo extraño para Simone: Ulises se duchaba con un libro; es decir, leía en la ducha.

Michel Bulteau, rue de Teherán, París, enero de 1978.

En su declaración, Michel Bulteau dice que Ulises Lima lo llamó una noche para encontrarse. Caminaron por París, conversaron con dificultad ya que el francés de Ulises era muy malo y su inglés, lengua en la cual decidieron conversar, era solo un poco mejor.

Capítulo 8

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

Amadeo le dio la dirección a Ulises para ir a buscar más mezcal Los Suicidas. Dice que en ese momento estaba bastante mareado y no podía ver a Arturo, pero escuchaba su dedo que revisaba la biblioteca. En un momento Amadeo se quedó dormido. Cuenta que de repente vio la plaza de Santo Domingo y a una mujer caminando apurada en dirección a la Alameda. Amadeo dice: "Veo la espalda de esta mujer que se aleja de mi sueño, y le digo ¿a dónde vas, Cesárea?" (p.310).

Felipe Müller, bar Céntrico, calle Tallers, Barcelona, enero de 1978.

Felipe cuenta que fue con su pareja a casa de Ulises en París unos días. Allí, aparentemente, Ulises Lima les contagió sarna. De vuelta en Barcelona, iban a bañarse Felipe y su pareja a la casa de Arturo. Para esa época, Arturo había conseguido trabajo cuidando un camping. Según Felipe, aquel verano decidieron separarse definitivamente del real visceralismo. No renegaban del movimiento, solo estaban "ocupados trabajando e intentando sobrevivir" (p.311).

Mary Watson, Sutherland Place, Londres, mayo de 1978.

Mary Watson es una inglesa que en el verano de 1977 se va con su amigo Hugh de viaje. Cuenta que ese verano primero fueron a Francia y, haciendo autostop, conocieron a Hans, un alemán que viajaba con su mujer y su niño. Levantaron también a otros dos jóvenes, Steve y John. Hans les ofreció la posibilidad de conseguirles un buen trabajo en la vendimia. Ese trabajo no pudo ser, la vendimia no empezaba hasta dentro de un mes. De viaje a Barcelona, segundo destino al que según Mary el grupo decidió ir unido, recogieron a Erica. Con ella completaron el cupo de la camioneta Volkswagen.

Una vez en Barcelona decidieron ir a un camping en las afueras. Allí Mary cuenta que conoció a Arturo Belano, que en ese momento era el cuidador nocturno del camping de Castelldefels en el que decidieron quedarse. Tuvieron un breve romance que terminó cuando Mary se fue con el grupo a trabajar a Rosellón, Francia. Aún así, Arturo fue a visitarla sorpresivamente. Allí pasaron cosas extrañas: en primer lugar, Hans y Arturo tuvieron un entrevero. Además, una noche en la que Mary se había ido a dormir, Hugh dice que Arturo se echó encima suyo con las manos al cuello e intentó ahorcarlo. Luego, lloró como un niño. Mary dice que después de eso volvieron con Hugh a Inglaterra. Le escribió muchas cartas a Arturo que no tuvieron respuesta. Tiempo después ella conoció a alguien más y lo olvidó.

Alain Lebert, bar Chez Raoul, Port Vendres, Francia, diciembre de 1978.

Alain Lebert dice que por aquellos días vivía en las cuevas de El Borrado en Port-Vendres, con el Pirata y Mahmud. Cada uno tenía su propia cueva. Trabajaban en el Isobel y por las noches bebían en el bar de Raoul. Estaban teniendo muy mala racha con la pesca, hasta que llegó Arturo Belano. Lo conocieron en el bar de Raoul, leyendo poemas. Esa noche Arturo los siguió silenciosamente y ocupó una cueva vacía en El Borrado. Al otro día dijo que estaba buscando a un amigo, Ulises Lima. Alain dice que se marchó y volvió dos veces, hasta que un día en el muelle casualmente encontró a su amigo. "Joder, dijo, ese es Ulises Lima" (p.339) dijo Arturo, pero luego la forma en que se saludaron fue sorprendentemente casual.

Arturo le pidió a Lebert que le consiga trabajo a su amigo Ulises, y Alain así lo hizo. Lima salió a la pesca con ellos en el Isobel, y según Alain la racha repentinamente se cortó: la pesca fue más que abundante. Una vez que Ulises consiguió el dinero que necesitaba para irse a Israel, como planeaba, se fue. Lo despidieron en la estación de tren Arturo, el Pirata y Alain. Al día siguiente Arturo también se había ido.

Capítulo 9

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

Amadeo cuenta que aquel día les dio a los jóvenes el ejemplar de la revista Caborca y ellos, en lugar de leer a Manuel Maples Arce, a Germán List Azurbide, "los cosmopolitas" (p.347) fueron directo a las traducciones de Tristán Tzara, André Breton. Según Salvatierra, Cesárea traducía reinventando los poemas tal como los sentía. En ese tiempo, era amiga de Encarcación, una poetisa no muy virtuosa, pero por la cual Cesárea "era capaz de quitarse la tortilla de la boca" (p.349). Cesárea fue una vez a una reunión de las tantas que tenían los estridentistas y sus simpatizantes, y allí Manuel Maples Arce, en medio de un cruce de opiniones, calló a Encarnación. Fue a partir de ahí que, según Amadeo, luego de poner en su lugar a Manuel, Cesárea no volvió a frecuentar esas reuniones.

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, marzo de 1979.

Quim dice que en el año 78 fue a visitarlo un desconocido que se llamaba Álvaro Damián y que decía ser su amigo. Quim, para calmarlo, simuló recordarlo. En un encuentro posterior, un mes después, Álvaro Damián le dijo que había estado visitándolo durante más de dos meses. Quim, al siguiente encuentro, hizo el esfuerzo y lo recibió diciéndole "cómo está usted, señor Álvaro Damián" (p.352).

Jacinto Requena, café Quito, calle Bucareli, México DF, marzo de 1979.

En su testimonio, Jacinto repone una conversación que tuvo con Rafael Barrios. Según Jacinto, desde la ausencia de Arturo y Ulises, en México había más poetas. Incluso había alguien ocupándose de hacer una antología con todos los poetas de México. Esa persona contactó en su momento a Jacinto, pero no a Rafael, porque no quería trato con los real visceralistas. Jacinto no creía que eso fuera tan así, ya que él mismo había sido contactado para publicar en la antología. Pero no lo haría, se había negado. ¿Por qué? Porque si no se publicaban poemas de Ulises Lima entonces él tampoco quería ser publicado.

Luis Sebastián Rosado, estudio en penumbras, colonia Coyoacán, México DF, marzo de 1979.

Luis confirma en gran parte lo que Jacinto dijo: en México hubo una "explosión demográfica de poetas" (p.353) en esos años. Según sus palabras, Ismael Humberto Zarco se llamaba el sujeto que quería hacer la antología de la poesía mexicana del siglo XX. La idea de Luis, su tentación oculta, era sugerirle a Zarco que incluya poemas de Piel Divina. Lo intentó, pero sin éxito. Dice que cuando volvió a ver a Piel Divina le comentó lo que había querido hacer por él, y Piel Divina se mostró agradecido. Así y todo, dijo que si ninguno de los real visceralistas iba a estar en la antología, era mejor que él tampoco estuviera.

Angélica Font, calle Colima, colonia Condesa, México DF, abril de 1979.

Ernesto San Epifanio fue internado a finales de 1977 para extirparle un aneurisma del cerebro. Angélica cuenta que fue la única que lo acompañó durante todo aquel largo proceso luego de la cirugía. Los primeros días no hablaba, ni siquiera reconocía a la gente a su alrededor. Con el tiempo fue recuperándose. Su voz había cambiado mucho, y su madre le decía a Angélica que por fin su hijo de había "curado" (p.361) la homosexualidad. Según Angélica "Ernesto siguió siendo homosexual aunque a veces no recordaba muy bien en qué consistía eso" (p.361).

Ernesto no recordaba sus propios poemas. Cuando murió, al poco tiempo, solo Angélica fue a su entierro. Ningún poeta, ningún examante, ni siquiera alguno de sus viejos amigos asistió.

Capítulo 10

Norman Bolzman, sentado en un banco del parque Edith Wolfson, Tel- Aviv, octubre de 1979.

Norman cuenta que un día toca el timbre de su casa el poeta Ulises Lima. Ulises era amigo de su pareja, Claudia. En la casa, en Tel Aviv, vivían Claudia, Daniel y él. Los tres eran estudiantes universitarios. Recibieron a Ulises con alegría.

Según Norman, Ulises sufría por Claudia, ya que estaba enamorado de ella. Ella, por su parte, con el correr de los días, irritada, le exigía que consiguiera dinero, que trabajara. Era hostil con el miserable Ulises. Por las noches Norman escuchaba al mexicano llorar en la oscuridad. Finalmente, Ulises se marchó de Tel Aviv. Llegaron cartas y postales con noticias de Ulises, desde el kibbutz Walter Scholem, desde Hebron, desde Eliat. Norman se preocupaba por Ulises y sentía que Claudia, su pareja, era algo insensible con la situación.

Un mes después, Ulises Lima volvió a Tel Aviv con un tipo gigantesco, un austríaco llamado Heimito. Se marcharon al poco tiempo y Norman fue junto con Claudia a despedirlo al aeropuerto. Claudia lloró por él.

Análisis

Mientras Ulises baja a comprar otra botella de mezcal Los Suicidas, Amadeo Salvatierra revuelve algunos papeles y escucha a Arturo recorriendo su biblioteca: “¡yo escuchaba el ruido que hacía su dedo recorriendo el lomo de mis libros! Pero no lo veía (...). Tenía la cabeza agachada y los ojos un poco nublados y el muchacho chileno se movía por mi biblioteca en silencio (...)” (pp.308-309). Nuevamente la inquietud que provoca la presencia de esos jóvenes sigilosos. De repente, Amadeo se duerme. Cuando despierta, (ya leemos esto en el testimonio siguiente), los dos jóvenes están frente a él nuevamente con una botella de mezcal.

Amadeo tiene en ese lapso un sueño con Cesárea. El sueño, inquietante también, es de una mujer escurridiza, apurada, con hermosas piernas: Cesárea camina por las calles del DF en los años 20 en dirección a la Alameda o al Correo. “yo veo el pasado, veo el pasado de México y veo la espalda de esta mujer que se aleja de mi sueño, y le digo, ¿adónde vas, Cesárea?” (p.310). Entre sus pertenencias, un rato antes, Amadeo Salvatierra encuentra el manifiesto Actual N°1. Lo lee junto a los jóvenes. Hay una cita textual, una reproducción, de una parte del manifiesto y luego un repaso por todo el “Directorio de vanguardistas” que cerraba este texto redactado por Maples Arce en 1921. Se detiene sobre varios nombres y apellidos Amadeo, hace acotaciones. Al finalizar brindan los tres por todos esos “compañeros caídos en combate” (p.281). Entre todos esos nombres, todos esos “muertos” según Amadeo por los cuales brindan, no figura el de Cesárea Tinajero. Sin embargo ella es la figura fantasmal que él persigue en su sueño por el DF, aquella por la cual se pregunta, y por la cual se preguntan los jóvenes que lo entrevistan.

La partida de Cesárea en aquel momento, especialmente al tratarse de una partida al desierto, puede ser interpretada como la idea de un fracaso de ese proyecto estridentista, de su espacialidad cosmopolita (recordemos que el estridentismo ensalzaba la idea de modernidad, ciudad, tecnología; pensemos en algunos de sus títulos más famosos, Andamios interiores, Urbe). El proyecto de Cesárea de irse al desierto, el proyecto de, en cierta medida, volverse invisible, fracasa. Porque allí están Arturo y Ulises tras sus pasos. Y, además, encarnando ellos también presencias análogas a la de Cesárea, es decir, presencias fantasmáticas e inquietantes como la de la fundadora del real visceralismo, pero cincuenta años después. Pensemos que ellos por momentos también son “invisibles” al desaparecer de sus respectivos entornos una y otra vez. Volveremos sobre esto más adelante, pero nos referimos en este caso a una constante en muchos de los testimonios que conforman esta segunda parte, que mencionan el hecho de que tanto Arturo como Ulises “desaparecían” cada tanto. Además, varios hacen alusión también a la sensación que transmitían, estando frente a ellos, de presencia-ausencia, de estar pero no estar a la vez, como fue el caso de Logiacomo en el capítulo 1 y será más adelante en el caso de Amadeo Salvatierra o Alfonso Pérez Camarga.

Aparecen en esta parte tres testimonios de Simone Darrieux, uno de julio y dos de septiembre de 1977. Simone, por un lado, además de contar cómo conoció a Arturo y sus experiencias sexuales con él, y a partir de ahí cómo conoció a Ulises, brinda información: sabemos por su testimonio que Ulises vive en París en una habitación que a Simone le da náuseas, tiene libros y sobrevive; que ella sepa Ulises no trabaja, tiene planes de irse a Israel a ver a una amiga. De este modo vamos reconstruyendo sus itinerarios.

Pero, además, Simone dice algo interesante que abona el vínculo entre poetas y detectives: recuerda que a Arturo le gustaba mucho Agatha Christie, y juntos jugaban a adivinar en sus textos quién era el asesino de las novelas policiales de la autora inglesa. También la ex novia de Belano, Perla Avilés, en su testimonio al comienzo de la segunda parte menciona que a Arturo le gustaban mucho las novelas policiales. Los poetas se identifican con los detectives, con las fuerzas del orden. “Arriba las manos, poeta García Madero” dice al comienzo de la novela el joven en su diario que lo sorprendieron Ulises y Arturo en el baño de un bar. Incluso puede pensarse que salvando (y llevándose) a Lupe es que los dos poetas intentan restaurar el orden.

A pesar de este intento, al partir los jóvenes en su coche hacia Sonora, Quim tiene una crisis que, según lo que indican las fechas de sus testimonios (enero de 1977), lo llevan a una internación en un hospital psiquiátrico. Ya podíamos identificar mucho antes en Quim Font, a través del diario de García Madero, discursos marcados por el delirio paranoide y conductas erráticas o disruptivas. Desde su presentación, Pancho Rodríguez le había dicho a García Madero que Quim estaba, directamente, loco: “Loco y arruinado. Hasta hace poco tenían dos coches, tres sirvientas y daban fiestas por todo lo alto. Pero no sé qué cables se le cruzaron al pobre diablo y un día perdió la chaveta. Ahora está en la ruina” (p.39). Los encuentros de García Madero con Quim también dejaban constancia de algún tipo de condición psiquiátrica en el arquitecto: “La mano le temblaba, el brazo extendido le temblaba, el otro brazo, que colgaba a su costado, también le temblaba y con la cara hacía visajes horribles que me obligaban a mantener la vista ocupada en cualquier otra parte” (p.102). Sin embargo, Quim toma decisiones que no son para nada irracionales: ante la situación compleja en la que se encuentra Lupe, idea un plan que tiene mucho sentido y que es, además, un gesto de solidaridad muy grande.

Quim Font no es un poeta de oficio, es decir, al igual que Pancho Rodríguez y tantos otros, no escribe. Pero es de algún modo un real visceralista. No sólo porque estaba, antes de su internación, planeando la salida de la revista de poesía para el grupo de amigos de sus hijas, sino porque, como tantos otros poetas real visceralistas en Los detectives salvajes, Quim Font también está destinado a la soledad y la locura. Como Barrendoáin, un escritor a cuyo testimonio nos enfrentaremos llegando al final del texto, ha asumido un riesgo estético y ético en su vida y ha pagado con su cordura. Quim reconfigura los límites entre la razón y la locura, de algún modo, para bien de su entorno. A pesar de que la locura de Quim es lo que, según varios críticos, fractura la familia Font, no hay evidencia en el texto para sostener esta hipótesis bajo la cual la ruina económica tenga relación directa con la condición psiquiátrica de Quim. Y decimos que esta condición revisa los límites entre lo racional y lo irrisorio porque es gracias al plan que él idea que Lupe, una joven víctima de un proxeneta violento, se salva.

A su vez, Quim Font se refiere a Ulises Lima como un “extraterrestre” y advierte sobre Ulises lo que paradójicamente otros perciben sobre él mismo “El bueno de Ulises era una bomba de relojería y lo que, socialmente hablando, es peor: todo el mundo sabía o intuía que era una bomba de relojería y nadie, como es obvio y disculpable, lo quería tener demasiado cerca” (p.230). García Madero había dicho sobre Quim Font que “el pobre señor Font estaba al borde del colapso nervioso” (p.101). La locura de Quim es el primero de los signos que le dan forma a uno de los temas fundamentales de Los detectives salvajes: la idea de la literatura como una maldición que destruye a quien se relaciona con ella. Dice Bolaño en una entrevista: “La única experiencia necesaria para escribir es la experiencia del fenómeno estético. Pero no me refiero a una cierta educación más o menos correcta, sino a un compromiso o, mejor dicho, a una apuesta, en donde el artista pone sobre la mesa su vida, sabiendo de antemano, además, que va a salir derrotado. Esto último es importante: saber que vas a perder” (Braithwaite, 2011, p.25).

Una de las formas de esta derrota es la locura. La otra es la muerte. En esta parte del texto se encuentra también el testimonio de Angélica Font en el cual relata los últimos tiempos de Ernesto San Epifanio. El joven, operado de una aneurisma y víctima de un caso de mala praxis médica, se encuentra en franca decadencia física y psíquica. En la operación estuvo al borde de la muerte y junto a él, de los viejos amigos, solo se encontraba Angélica: “¿Cómo era posible que Ernesto San Epifanio se estuviera muriendo solo en un hospital del DF?” (p.359) se pregunta Angélica. Ernesto, al recuperarse levemente de la operación, ha olvidado no sólo su homosexualidad o sus poemas, sino también cómo comer. Su voz es diferente, su vocabulario limitado. En el funeral de Ernesto, Angélica no ve a nadie conocido: “No vi a ningún poeta, a ningún examante, a ningún director de revistas literarias” (p.364). Si en esta parte Quim Font encarna el destino de la locura al que puede arrastrar la literatura, Ernesto encarna la soledad y el destierro. La literatura degrada, física y psíquicamente, a quienes la alojan.