Los detectives salvajes

Los detectives salvajes Resumen y Análisis Parte II: Los detectives salvajes (1976-1996), Capítulos 1-5

Resumen

Esta segunda parte de la novela consiste en una recopilación de diferentes testimonios en los cuales se recogen las voces de diferentes personas vinculadas en mayor o menor medida con Cesárea Tinajero o con Arturo Belano y Ulises Lima.

Capítulo 1

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

En su testimonio, Amadeo Salvatierra invita a los dos jóvenes que han venido a entrevistarlo a pasar. Toma mezcal mientras conversan. "¿Quién les dio mi dirección, muchachos? ¿Germán, Manuel, Arqueles?" (p.179) les dice. Le responden que fue List Azurbide. Uno de los entrevistadores le pregunta por Cesárea Tinajero. El otro pregunta por la revista Caborca. Cuando nombran a Cesárea, Amadeo Salvatierra dice haberlos mirado y haber sentido que estaban través de una cortina de gasa. Pide que no lo llamen señor.

Perla Avilés, calle Leonardo da Vinci, colonia Mixcoac, México DF, enero de 1976.

Perla dice haber conocido a Arturo en la Prepa Porvenir en 1970, una institución educativa que pertenecía al Opus Dei. Ella en su momento le dijo que iba a estudiar Letras, él le dijo que era escritor. Perla dice que invitó a Arturo a montar a pelo en el caballo de su padre una vez, y recuerda que el joven, volviendo del campo, sugirió que bajo esas tierras yacían pirámides.

Laura Jáuregui, Tlalpan, México DF, enero de 1976.

Antes de conocer a Arturo dice haber sido novia de César Arriaga, un joven que formaba parte junto con ella de la revista Lee Harvey Oswald. Luego conoce a Arturo, viven juntos inclusive, y tiempo después se separan. Laura Jáureguí cree que ahí es cuando surge el asunto de los real visceralistas en la cabeza de Arturo. Una noche, a Laura se dio cuenta de que el real visceralismo es un mensaje para ella, una especie de carta de amor, "vulgar y sin importancia" (p.189), dice.

Fabio Ernesto Logiacomo, redacción de la revista La Chispa , calle Independencia esquina Luis Moya, México DF, marzo de 1976.

Fabio es argentino y llega a México en noviembre de 1975. Había ganado el premio Casa de las Américas y ya en el D.F. acepta una invitación de Arturo y Ulises Lima para tomar unas copas y tener una entrevista. Los jóvenes llevan una grabadora, pero la dinámica no funciona, no pueden exponer las ideas con claridad. El resto de la noche pasean. Logiacomo dice haberlos sentido algo distantes, "como si estuvieran allí y al mismo tiempo no estuvieran" (p.191). Conversan sobre el premio Casa de las Américas, sobre literatura, hasta que Logiacomo comienza a alucinar con un lago y una cascada en medio del parque. Se despide pronto y asustado.

Luis Sebastián Rosado, cafetería La Rama Dorada, colonia Coyoacán, México DF, abril de 1976.

En su testimonio se advierte que desprecia absolutamente a los real visceralistas. Cita a Monsiváis y dice que, como los estridentistas, este movimiento nunca superó el mero entretenimiento infantil. Cuenta cómo una noche está junto con Julita y Alberto Moore en un bar y se les unen los real visceralistas. Luis ya sabe que no son de fiar estos jóvenes, se inquieta. Luego de beber, leer poemas y bailar, Luis se encuentra de repente bailando un bolero con Piel Divina en un local llamado Priapo's. Dice, perturbado, que se da cuenta de que es "un bochorno" (199) estar bailando de ese modo con ese joven. Siente que todo es una especie de trampa de los real visceralistas para hacerlo avergonzar delante de la gente. Llora, vomita y se siente incomprendido por sus amigos Alberto y Julia.

Alberto Moore, calle Pitágoras, colonia Narvarte, México DF, abril de 1976.

Alberto niega en su testimonio muchas de las cosas que dice Luis Sebastián Rosado. Los real visceralistas, esos seres de temer, no le parecen finalmente tan terribles como esperaba. Aquel día en Priapo's, ambos, Moctezuma y Piel Divina, intentan seducir sin éxito a Julita, su hermana. Ulises Lima les cuenta un relato que le resulta interesante: según Ulises, el poema "Le Coeur Volé" es un texto autobiográfico que narra el viaje de Rimbaud a París para unirse a la Comuna. En ese viaje el poeta es violado por un grupo de soldados, uno de ellos, el caporal, veterano de la invasión francesa a México. Cuenta Ulises Lima que ese mismo caporal fue secuestrado en México, torturado y violado junto con parte de su tropa por los notables del pueblo y el jefe del ejército en Villaviciosa. Solo él ha sobrevivido para contarlo.

Carlos Monsiváis, caminando por la calle Madero, cerca de Sanborns, México DF, mayo de 1976.

Defenestra con su relato a Ulises Lima y Arturo Belano. Le parecen poetas sin talento demasiado ocupados en criticar a Octavio Paz; poetas de una terquedad infantil y capaces de "negar lo evidente" (p.204). Comenta que le sugiere a Ulises Lima en aquel encuentro escribir una reseña sobre Octavio Paz y, de ser buena, él mismo se la publicaría. Ulises le promete que lo hará, pero esa reseña nunca llega a casa de Monsiváis.

Capítulo 2

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

Este es un segundo fragmento del testimonio de Amadeo Salvatierra que abre esta segunda parte de la novela. Nos encontraremos con 13 fragmentos de una misma entrevista a Amadeo intercaladas con el resto de los testimonios.

Amadeo relata que bebe mezcal Los Suicidas con Ulises Lima y Arturo Belano mientras conversan. Ellos le cuentan cómo dieron con la historia de Cesárea Tinajero. En principio pensaron que era una estridentista, pero Maples Arce en un encuentro anterior los sacó de su error. El cabecilla del estridentismo no recordaba a Cesárea como parte del movimiento, pero sí como poeta. Aún así, nadie tiene textos suyos, y eso es lo que los jóvenes están buscando.

Perla Avilés, calle Leonardo da Vinci, colonia Mixcoac, México DF, mayo de 1976.

Perla dice haber tenido amigos antes de conocer a Ulises, y luego ya ninguno. Dice también haber conocido la casa y a la hermana de Ulises. Cuando él deja sus estudios, ella sigue yendo a la Prepa Porvenir, el colegio en el que se conocieron. Ulises en ese momento iba mucho a la casa del director, hasta que una vez tuvieron una pelea con respecto a las diferencias entre Pablo Neruda y Nicanor Parra. Perla dice haber entablado una relación con el director

Piel Divina, en un cuarto de azotea de la calle Tepeji, México DF, mayo de 1976.

Piel Divina cuenta que en su momento Ulises Lima lo quiso, pero Arturo Belano no. Saca algunas conclusiones sobre las razones de este rechazo de parte de Belano hacia él: tal vez sea porque Belano es muy amigo, desde antes de irse a Chile a hacer la revolución, de Ernesto San Epifanio. Piel Divina se acostó con Ernesto algunas veces y luego lo dejó. Piensa que Belano también lo miró mal cuando se acostó con María Font o que lo hubiera expulsado del grupo si se acostaba con Luis Rosado aquella noche en Priapo's. Delante de Belano, Piel Divina se ocupaba de hacer las cosas bien, pero dice que todo le salía mal. A veces le daban ganas de ponerlo en su lugar, pero siempre se contenía. Tal vez, dice, porque esperaba su reconocimiento.

Laura Jáuregui, Tlalpan, México DF, mayo de 1976.

Laura continúa hablando con desprecio de Arturo Belano. Lo compara en su testimonio con un "pavorreal presumido y tonto" (p.215). Desprecia también a todo el grupo, le resultan falsos, "ratoncitos hipnotizados por Ulises y llevados al matadero por Arturo" (p.215).

Luis Sebastián Rosado, fiesta en casa de los Moore, más de veinte personas, jardín con luces a ras de césped, colonia Las Lomas, México DF, julio de 1976.

Luis declara que, contra toda lógica, volvió a ver a Piel Divina luego del episodio de Priapo's. Piel Divina lo citó en un café. No tenía dinero, así que Luis le invitó unas tortas de jamón. Hablaron del pasado, de la infancia, de poesía. Piel Divina lo invitó a su casa, pero Luis le respondió que al otro día tenía que recibir a J.M.G. Archimboldi, un poeta reconocido francés del que Piel Divina no tenía idea. "Ay, estos real visceralistas realmente son unos ignorantes" (p.217) pensó Luis en ese momento, y dijo que tenía las llaves del estudio de un amigo pintor. Fueron allí, Luis se fue a duchar, Piel Divina entró con él a la ducha. Omite los detalles sexuales en su declaración porque dice ser un romántico.

Más tarde Luis dice que le preguntó a Piel Divina si se acostó con María Font. "Me he acostado con todos los poetas de México" (p.220) fue la repuesta.

Angélica Font, calle Colima, colonia Condesa, México DF, julio 1976.

Angélica dice que por aquellos tiempos ella era novia de Pancho Rodríguez, que poco antes había ganado el premio Laura Damián y que con Pancho perdió la virginidad. Nunca lo quiso realmente, pero por momentos se sintió enamorada. En el sexo no sintió dolor, pero tampoco placer. Al poco tiempo lo dejó. Dice que Pancho no se lo tomó a mal, pero tampoco supo mucho más de él porque dejó de frecuentar a los real visceralistas.

Angélica dice que ella también dejó de frecuentar a los real visceralistas en aquel momento, porque comenzó a trabajar en una compañía de teatro universitario. Tenía un libro inédito, pero ni siquiera quiso llevar a editoriales. Cuenta también que decían que Belano y Lima habían desaparecido por el norte, pero que ella no estaba preocupada. El único amigo que le quedaba del grupo era San Epifanio.

Capítulo 3

Manuel Maples Arce, paseando por la Calzada del Cerro, bosque de Chapultepec, México DF, agosto de 1976.

El célebre estridentista dice haber sido entrevistado por Belano y otros jóvenes. En su momento les pidió que no usen el magnetófono, lo abominaba como su amigo Borges abominaba los espejos. Belano se sorprendió de la amistad de Maples Arce y Borges, y Maples Arce se sintió ofendido por esta sorpresa. Belano le redacta las preguntas y se las deja, para pasar a buscar las respuestas al día siguiente.

Dice Maples Arce que las preguntas de Belano eran las típicas de un joven ignorante y entusiasta. A la mañana siguiente le deja un paquete en la recepción de su casa a Belano con las respuestas al cuestionario y dos libros suyos, Urbe y Andamios interiores. "Todos los poetas necesitan un padre" (p.255) dice el estridentista; así y todo, Belano nunca volvió.

Bárbara Patterson, en una habitación del Hotel Los Claveles, avenida Niño Perdido esquina Juan de Dios Peza, México DF, septiembre de 1976.

La norteamericana amiga de los real visceralistas comienza su testimonio insultando de pies a cabeza a Maples Arce: "Y luego va el viejo puto y dice que no le gusta el magnetófono, con lo que me costó conseguirlo (...)" (p.226), dice Bárbara. Luego de esa situación en la que, para colmo, Maples Arce le hacía notar su desprecio a la joven, ella quería, necesitaba, hablar con su pareja, Rafael Barrios. Ya fuera de la casa de Maples Arce, Rafael también la trata con desprecio. Bárbara pasa la tarde llorando.

Dice que en aquel tiempo ella había llegado a México para hacer un curso de posgrado sobre el escritor Juan Rulfo. Allí conoció a Rafael, de quien se enamoró inmediatamente, y a los demás real visceralistas, aunque aún no se llamaban a sí mismos de ese modo. Todos le cayeron muy bien, salvo "el puto de San Epifanio" (p.226). Su impresión con respecto a Belano y Ulises Lima es que eran asexuales; su impresión con respecto a Rafael es que estaba con ella sólo porque ella ponía el dinero.

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

Amadeo pregunta qué dijeron Arqueles Vela, List Azurbide y Maples Arce sobre Cesárea Tinajero. Los jóvenes le responden que poca cosa: "Maples Arce apenas la recordaba, lo mismo Arqueles Vela" (p.229). List solo la conocía de nombre, pero recordaba que él, Amadeo, había formado parte del grupo de Cesárea, del realismo visceral. Salvatierra dice que por eso mismo los jóvenes han llegado a entrevistarlo a él, y porque también les hablaron de una revista que publicaba Cesárea, llamada Caborca.

Joaquín Font, calle Colima, colonia Condesa, México DF, octubre de 1976.

En su testimonio, Joaquín califica a Belano de "romántico" (p.229) y a Ulises de ser más "radical" (p.230). Recuerda que Belano olía muy mal, "¡Un olor verdaderamente inquietante!" (p.230). Por su parte, Ulises Lima, era sabido según Joaquín, era una especie de bomba de relojería a punto de estallar. Recuerda también que Ulises escribía. Todo el tiempo. Arturo y Ulises todavía le deben dinero, dice.

Jacinto Requena, café Quito, calle Bucareli, México DF, noviembre de 1976.

Jacinto, el compañero de Xóchitl, de origen muy humilde, dice que Belano y Ulises Lima a veces desaparecían, pero no por tanto tiempo. Jacinto y Xóchitl estaban por tener un hijo, y vivían en una habitación de hotel que les pagaba el padre de ella. Disfrutaban de las noches del DF, de los talleres literarios, de caminar por la ciudad y comer sándwiches de jamón que hacían en casa. A Xóchitl le gustaba ser cortejada, por Piel Divina, por Pancho Rodríguez. Pero Jacinto dice en su testimonio que algo diferente pasó cuando Xóchitl conoció a Arturo Belano, que ella estaba realmente encantada de estar a su lado en el autobus. De todas formas, no pasó a mayores.

Según Jacinto: "Ulises y Belano a veces desaparecían del DF. A algunos eso les parecía mal. A otros les daba igual" (p.236). Según él, con o sin Belano y Ulises, el realismo visceral seguiría en el DF, y así se lo dijo a Rafael en su momento.

María Font, calle Colima, colonia Condesa, México DF, diciembre de 1976.

María relata que a su padre, Quim, tuvieron que internarlo en una clínica psiquiátrica, poco antes de que Ulises Lima y Arturo Belano volvieran de Sonora. Ellos se habían ido con el coche de Quim, el Impala. María dice que cuando los vio por primera vez nuevamente en el DF, fue en el café Quito, y ellos no la saludaron en un principio. Entonces, empezó a pensar en cómo su madre le decía que el Impala había sido robado por esos dos poetas "con la mayor sinvergüenzura" (p.239), que había que ponerles una denuncia policial. Ella nunca quiso hacerlo, decía que ya volverían. Pero luego, al verlos en el bar y darse cuenta de que ellos no la veían o, lo que era peor, no la querían ver, comenzó a irritarse. Sin embargo, antes de que hiciera nada, María dice que Arturo se levantó y fue hasta ella, a saludarla e invitarla a la mesa que compartían con un extraño hombre vestido de blanco. María no quiso. Al rato Arturo se acercó y le dijo que partirían nuevamente, pero esta vez más lejos. Ulises se iría a París y Arturo a España. Estaban sucios, ojerosos y sin embargo María cuenta que los vio hermosos, que sintió ganas de acostarse con ambos. De todos modos no lo hizo.

Capítuo 4

Auxilio Lacouture, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México DF, diciembre de 1976.

Auxilio se llama a sí misma la madre de la poesía mexicana, a pesar de haber nacido en Uruguay. Conoció a Arturo Belano cuando llegó a México, él tenía dieciséis años. Allá por el 65 ella frecuentaba a los poetas españoles; limpiaba sus casas, les cocinaba, mecanografiaba textos, los atendía. A veces conseguía algún trabajo remunerado con algún profesor en la UNAM.

En su testimonio, Auxilio cuenta su experiencia en julio del año 68, cuando las fuerzas de seguridad irrumpieron en la Universidad. Dice que se encontraba en el wáter, es decir, el inodoro, cuando escuchó la llegada de los granaderos. Se quedó allí escondida, leyendo poemas de Pedro Garfias, pensando, recordando su vida en México, temiendo que la metan presa y la deporten, arengándose a sí misma para resistir, escribiendo con una bic en papel higiénico. Dice que se dijo a sí misma que debía, llegado el caso, "defender el último reducto de autonomía de la UNAM" (p.246). Auxilio fue rescatada unos días después; apenas la encontraron se desmayó. Dice que su historia se cuenta, tergiversada, por toda la UNAM.

Auxilio dice también que conoció a la familia de Arturo, a su madre, a su hermana. Que lo vio crecer bajo sus ojos. Cuenta que un día se encontró con otros real visceralistas por la calle, se conocían hacía tiempo. Sufrió cuando ellos le dijeron "Arturo Belano se marchó de México. Y añadieron: esperemos que esta vez no vuelva" (p.250).

Capítulo 5

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

Amadeo dice que les preguntó a los jóvenes poetas si sabían cómo se ganaba él el pan. Les contó que se ganaba la vida escribiendo, como Octavio Paz, pero escribiendo solicitudes, rogativas y cartas, en la Plaza Santo Domingo. Todos se rieron juntos. Y Amadeo cuenta que allí se levantó y encontró el archivador que buscaba; se los dio y les dijo que allí estaba lo que quedaba de su vida y de la vida de Cesárea Tinajero. Ellos en lugar de lanzarse sobre los libros le preguntaron qué tipo de cartas escribía en su trabajo. Amadeo mientras tanto les buscó el único ejemplar que tenía de la revista Caborca, la que Cesárea había dirigido con tanta ilusión.

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977.

Quim Font está en una clínica de salud mental. Allí es entrevistado, y habla sobre los diferentes tipos de literatura que hay: la hay para cuando se está calmado, la hay para cuando se está aburrido. Dice que Ulises Lima y Belano quisieron hacer una literatura para cuando se está desesperado. Los desesperados son lectores limitados, solo pueden leer literatura para desesperados. El paso a la vida adulta es el paso a la lectura tranquila. El lector tranquilo, igualmente, puede leer literatura desesperada, pero no se conmueve como con una literatura de técnica perfecta. Culpa a los real visceralistas, a sus hijas y a Laura Damián por su locura.

Joaquín Vázquez Amaral, caminando por el campus de una universidad del Medio Oeste norteamericano, febrero de 1977.

El traductor cuenta que en su viaje a México en 1975 para la presentación de su traducción de los Cantares de Ezra Pound, los real visceralistas fueron a verlo. Lo llevaron de paseo, lo llevaron a caminar por el DF, a un bar también. Siempre con la intención de conversar de literatura. No dejaron que pague por las copas.

Lisandro Morales, calle Comercio, enfrente del Jardín Morelos, colonia Escandón, México DF, marzo de 1977.

Dueño de una editorial, Lisandro Morales dice que fue presentado a Arturo Belano por un novelista ecuatoriano. El novelista, Vargas Pardo, quería que la editorial financie la revista de los real visceralistas. La revista promocionaría la editorial. Lisandro dice que le pareció que en la revista había demasiada poesía, "y la poesía no vende" (p.262) dijo. Cuenta que tuvo una iluminación, una intuición, allí reunido con Belano: mirándolo, se dijo a sí mismo que no publicaría absolutamente nada de ese poeta. Sin embargo, Vargas Pardo entró de repente en la habitación y de algún modo lo convenció. Lisandro dice que no entiende bien cómo se dieron los eventos, pero la revista saldría, y no sólo eso, sino que también la editorial publicaría un libro de Arturo Belano.

Laura Jáuregui, Tlalpan, México DF, marzo de 1977.

Laura cuenta que antes de marcharse, Arturo la visitó. Parecía algo drogado, aunque ella sabía que Arturo no se drogaba. Le contó que había estado en Sonora, y que ahora que se marchaba pensaba que siempre había querido viajar con ella, con Laura. Laura cuenta que entendió en ese momento que nada de lo que Arturo tuviera para decirle le interesaba. Arturo le dijo que la amaba, ella no respondió. Arturo se levantó y le dio una bofetada. Laura dice que reaccionó y le dio un puñetazo en plena cara, y luego otro y otro. Arturo no se defendió. Luego se fue, con la nariz aun ensangrentada.

Análisis

Esta segunda parte de la novela, que hemos dividido a su vez en cinco partes para optimizar la lectura y el análisis, ocupa 533 páginas de las 785 que tiene el texto. “Los detectives salvajes (1976-1996)” está compuesto por 26 capítulos subdivididos a su vez en 96 fragmentos o módulos. Cada módulo es un testimonio, con formatos que más adelante veremos son variados, que corresponden a una gran cantidad de testigos; algunos que concuerdan con ciertos personajes verídicos (Manuel Maples Arce, Carlos Monsiváis, Piel Divina), otros ficticios, y otros ficticios también pero basados en personajes reales (tal es el caso de Rafael Barrios, María Font y tantos otros; para ver estas correspondencias ir a la sección “Personajes”). Todos estos testimonios rompen con el punto de vista único del narrador que acompañaba al lector hasta ahora, García Madero, quien, además, no aparecerá en toda la segunda parte de la novela.

Estos testimonios tienen una doble función: por un lado son, en clave de investigación, la única evidencia otorgada al lector sobre el camino emprendido por Ulises y Arturo luego del episodio con Alberto, el proxeneta, que cierra la Parte I. Por otro lado, la evidencia es tan fragmentaria y plural que se contradice, se superpone. Volveremos sobre esto más adelante, pero cabe adelantar que el grupo de personas que componen este relato coral es tan heterogéneo que no otorga certezas; por ende la otra función de estos testimonios no es en la novela la de clausurar sentidos y guiarnos a una solución unívoca de un enigma, sino la de abrir el sentido, hacer proliferar las historias y de ese modo organizar este mapa, que es el de los poetas de la generación de los ‘50.

Cuando nos referimos a “relato coral” queremos decir que estamos frente a un relato que no tiene, como en la primera parte, una voz que lleva la narración de modo unívoco. Además, generalmente, se entiende que estamos frente a un texto en el que no hay personajes principales o en el que ninguna voz sobresale de las demás. Solo con respecto a esto último podemos decir que no es nuestro caso. En todo momento la figura de Belano y Ulises como protagonistas escurridizos, sostendrán este mapa, este entramado de voces, ya que es la única constante entre los módulos o testimonios. Esto a pesar de que, inclusive, por momentos los narradores se dispersen. Es decir: muchas veces Ulises y Arturo son solo una pequeñísima anécdota en un relato mayor. Tal es el caso, en esta primera parte, del testimonio de Luis Rosado (sobre todo el de julio de 1976): Ulises Lima aparece mencionado en el testimonio de abril, se lo describe recitando un poema de Rimbaud, pero ya en el testimonio de julio de Luis, el romance entre él y Piel Divina copa por completo el relato y no se menciona a Ulises o a Arturo Belano. Podría decirse entonces que, si tomamos los testimonios de Luis, inclusive los testimonios por venir, los protagonistas de esa historia son él y Piel Divina. Los protagonistas secundarios probablemente Albertito Moore y Julita. Por ende, lo único que resta para la figura de Ulises o Arturo es ser una mínima anécdota en la historia mayor. El asunto es que, al repetirse en mayor o menor medida este gesto (habrá historias en las cuales sí Ulises y Arturo cobren mayor protagonismo), por más pequeña que sea la alusión, la presencia-ausencia de ambos poetas es el sostén del entramado, el patrón que podemos encontrar entre los fragmentos.

El testimonio de Auxilio Lacouture, como otros que leeremos más adelante, es de aquellos que abonan la idea de algunos críticos de que Los detectives salvajes es un gran compendio de cuentos independientes. Esta idea fue rotundamente desterrada por Bolaño en entrevistas posteriores:

(...) quiero puntualizar que Los detectives salvajes no es un conjunto de historias: es una novela, y una novela con una estructura dificilísima y una unidad tremenda. Que de ahí salga una historia no tiene nada que ver. En una novela puede caber absolutamente todo, sí. Pero una novela es una novela. Tiene unas reglas: en una novela, una historia que esté totalmente aparte, como en un cuerpo, o se convierte en un cáncer que tienes dentro, o se convierte en algo que sale, como un hijo, pero en mi novela no sale nada. Hay enlaces, hay incluso autopistas que te llevan lejísimos, pero luego siempre hay un camino de vuelta. (Braithwaite, 2011, p.55).

Pero además, el libro Para Roberto Bolaño de José Herralde recupera lo que fue el proyecto inicial de Los detectives salvajes. En ese viejo documento, esta segunda parte en la que nos adentramos ahora se llamaba “Esquema de Polifemo”, y Roberto Bolaño la describía en sus notas de este modo: “transcurre desde 1975 hasta 1995 y mediante un discurso conformado por múltiples voces se dibuja el destino de una generación de jóvenes latinoamericanos, los nacidos en la década de 1950” (Herralde: 2005, p.86). Nos enfrentaremos una y otra vez a testimonios como el de Auxilio Lacouture, en el cual, según las palabras de Bolaño, nos dejaremos llevar lejísimos por su autopista. Pero jamás hay que perder de vista que hay un mapa, hay un vínculo entre todos esos testimonios y es trabajo del lector mantenerse atento y aferrado a ese hilo conductor.

Ahora, volviendo al testimonio de Auxilio, el aporte que hace su relato con respecto a la construcción de Arturo Belano, que encarna junto a Ulises la generación del 50, es oblicua, lateral. La historia principal que se cuenta en el módulo de Auxilio es la de su propia llegada a México, su vínculo con los poetas, su amor desinteresado por la literatura y, sobre todo, su resistencia en el baño de la UNAM durante la ocupación militar de 1968. A partir de sus palabras, solo podemos recuperar algunos datos de Arturo: que Auxilio conoció a Arturo cuando él era un jovencito, antes de irse a Chile; que se hizo amiga de su hermana y su madre y frecuentaba la casa de Arturo; que lo aprecia mucho y que conoce a sus amigos, los otros real visceralistas. Es decir, ella sabe que debe reponer de dónde conoce a Arturo, y a su vez puede el lector reponer que eso es exactamente lo que se le ha preguntado a Auxilio y lo que motiva que ella tenga voz en esta novela. A partir de ahí la historia se desvía constantemente, se abre.

Otros relatos se centran en encuentros anecdóticos casi intrascendentes. Es el caso de Joaquín Vázquez Amaral, que conoció a los real visceralistas en un viaje que hizo a México para presentar “en sociedad” (p.258) su traducción de los Cantares de Ezra Pound. De Ezra Pound conversaron en un bar Joaquín y estos jóvenes que se quedaron junto a él luego de la presentación de su libro. Lo único llamativo que recuerda es que Belano y sus amigos no dejaron bajo ningún concepto que él pague nada de lo que se bebió esa noche. Este tipo de relatos o testimonios mínimos también volverán a aparecer más adelante en la novela (es el caso de Michel Bulteau o de Abel Romero). Es lógico que, al enfrentarnos al género testimonial, esperemos a través de las voces recuperadas encontrar información relevante para una investigación. Podemos decir que este casi nunca es el caso de Los detectives salvajes. La información es mínima, lateral, siempre fragmentaria y muchas veces aparentemente absurda: si va cobrando forma es solo a través del conjunto.

Amadeo Salvatierra abre esta parte de la novela y, podemos adelantarnos, la cierra también. El suyo es el primer testimonio y es también el primero de 13 módulos que encontraremos con su voz. Esos 13 módulos datan todos de enero de 1976. Es decir, es una misma declaración fragmentada en 13 partes en la que Amadeo cuenta su encuentro con Arturo Belano y Ulises Lima en el DF. Los jóvenes habían recurrido a él en busca de información sobre Cesárea Tinajero. Él conserva un ejemplar de la revista Caborca, dirigida por Cesárea, y es de las pocas personas que la conoció personalmente. Amadeo les pregunta a los jóvenes: “¿Quién les dio mi dirección, muchachos? ¿Germán, Manuel, Arqueles?” (p.179). La pregunta refiere a tres de los referentes más célebres del estridentismo mexicano, un movimiento multidisciplinario vanguardista de los años 20. Dice Amadeo sobre Arturo y Ulises: “(...) uno de ellos me explicó que estaban haciendo un trabajo sobre los estridentistas y que habían entrevistado a Germán, Arqueles y Maples Arce, y que habían leído todas las revistas y libros de aquella época, y entre tantos nombres, nombres de hombres cabales y nombres huecos que ya no significan nada y que no son ni siquiera un mal recuerdo, encontraron el nombre de Cesárea” (p.206). No está claro si la figura de Cesárea en Los detectives salvajes está o no inspirada en una sola persona, pero, por el contrario, se utilizan los nombres reales tanto del estridentismo como de sus referentes. Inclusive su fundador, Manuel Maples Arce, da testimonio en el capítulo 3 sobre su encuentro con los jóvenes real visceralistas. (Otros escritores como Carlos Monsiváis, Bulteau y Octavio Paz también aparecen con sus nombres reales en la novela).

Los muchachos creen que Cesárea Tinajero formaba parte del movimiento estridentista, a pesar de la negativa de Maples Arce. Arturo, a quien en todo momento Amadeo llama “el chileno”, dice que probablemente a Maples Arce le falle la memoria cuando niega la participación de Cesárea. Esto es todo lo que, por ahora, creen saber, y llegan a Amadeo en busca de los poemas de Cesárea Tinajero, según ellos siempre comentados, para bien o mal, pero nunca publicados, a pesar de que revisaron todas las hemerotecas del DF en su búsqueda.

En esta conversación aparece algo que ya en el diario de García Madero se percibió y comentamos: cierto aire fantasmático, pero que ahora no es atribuido a la ciudad o al ambiente, sino específicamente a Amadeo y Ulises. Hay algo perturbador, desde la perspectiva de Amadeo, en los dos muchachos que lo entrevistan. Están “interconectados”, dice; “un escalofrío me recorrió el cuerpo (...) y luego me senté en el borde del sillón y en las meras nalgas sentí, lo juro, como si me hubiera sentado en una hoja de afeitar” (p.207). Así culmina el segundo módulo del testimonio de Amadeo que abre el capítulo 2. Esta sensación inquietante se repetirá a lo largo de todo el diálogo, lo siniestro inexplicable en este caso es percibido por Amadeo no por el ambiente o algo externo a ellos, sino como parte de esos jóvenes que lo interrogan. No comprende sus motivaciones, el modo en que le hacen preguntas como si fueran una sola persona le resulta amenazador. Siente “su respiración en la nuca” (p.255), o como se miran y sonríen “como si estuvieran conectados” (p.206), cosa que sucede con frecuencia.

El retrato de esa generación de poetas que se forma en la lectura de Los detectives salvajes está encarnada en la figura de Arturo y Ulises en primer lugar, pero también en la de muchos otros personajes secundarios. Así, por ejemplo, Jacinto Requena narra sus noches en el DF con Xóchitl, su pareja, dando a través del caso particular un panorama de usos y costumbres de todo un grupo de jóvenes de aquella época:

Porque estudiar, lo que se dice estudiar, no estudiábamos, pero no hubo taller al que no nos asomáramos por lo menos una vez, fue como una fiebre la que nos dio por los talleres, nos hacíamos un par de tortas y allí nos presentábamos tan contentos, escuchábamos la lectura de poemas, escuchábamos las críticas, a veces también nosotros criticábamos, Xóchitl más que yo, y luego salíamos, ya de noche, y mientras nos encaminábamos a la parada del camión o del metro o bien echábamos a andar directamente a casa, pues entonces nos comíamos nuestras tortas, disfrutando de la noche del DF, una noche que a mí siempre me ha parecido preciosa, generalmente las noches aquí son frescas, brillantes, pero no frías, noches hechas para pasear o para coger, noches hechas para platicar sin apuro, que era lo que yo hacía con Xóchitl, platicar del hijo que íbamos a tener, de los poetas a los que habíamos escuchado recitar, de los libros que estábamos leyendo. (p.232)