La vida del Buscón

La vida del Buscón Resumen y Análisis Libro tercero, Capítulos IV-VI

Resumen

Capítulo IV: “En que trata los sucesos de la cárcel, hasta salir la vieja azotada, los compañeros a la vergüenza y yo en fiado”

La pandilla de pícaros y Pablos son engrillados y metidos en un calabozo. Pero Pablos, aprovechando el dinero que lleva consigo, soborna al carcelero para que, por la noche, lo lleven a él solo a una celda especial destinada a los nobles.

Cerca de su celda está el baño, que muchos usan durante la noche, haciendo mucho ruido y dejando muy mal olor. Enojado, Pablos arroja una pretina a uno de los presos que, por levantarse deprisa, deja derramar el contenido del baño en el suelo, dando lugar a un olor mucho más intenso y desagradable. El alcaide, enojado, lo vuelve a mandar a la celda de abajo, con los demás.

En el calabozo hay un hombre llamado el Jayán, que es homosexual, y Pablos hace comentarios homofóbicos. Jayán y los otros presos antiguos, que comparten calabozo con la pandilla de pícaros, se enojan al ver que los nuevos no han contribuido económicamente con la celda y, por la noche, les dan una paliza con sogas. Uno de los que más sufre es Toribio. Para zafarse de los golpes, los pícaros aseguran que pagarán la patente con sus vestidos. Sin embargo, al reunir todas sus vestimentas, los otros se dan cuenta de que no pueden hacer nada con tanta miseria. Los pícaros, por su parte, quedan desnudos; se envuelven en sus mantas pero, al sentir las mordidas de los piojos, se deshacen de ellas.

Enseguida, Pablos soborna al carcelero para que le permita hablar con el escribano. Luego soborna también al escribano para que favorezca a sus amigos y el escribano le sugiere que, para tal fin, soborne también al relator y al alcaide, que le aliviará su estancia allí. Gracias al soborno, Pablos es liberado de los grilletes y termina viviendo en casa del alcaide, Blandones de San Pablo.

Por fin, el escribano consigue sacarlos a todos de prisión. La vieja es conducida por la calle y azotada públicamente. Los pícaros son exhibidos para la vergüenza pública, y luego desterrados por seis años, mientras que Pablos sale bajo fianza.

Capítulo V: “De cómo tomé posada y la desgracia que me sucedió en ella”

Pablos sale de la cárcel y, si bien sus amigos lo invitan a ir a Sevilla con ellos, él prefiere no seguirlos. Se aloja en una posada conducida por una moza rubia y blanca llamada Berenguela de Robledo y por su madre. Junto con él se hospedan un portugués y un catalán.

Pablos desarrolla un interés por la joven y comienza a cortejarla. Le cuenta cuentos inventados para entretenerla y le inventa que sabe encantamientos y nigromancia. La muchacha y su madre creen esas historias, pero no alcanza para que aquella se enamore, pues Pablos no va muy bien vestido, aunque ha conseguido ayuda del alcaide para vestirse.

El joven arma una serie de trucos para que ellas crean que él es rico. Por ejemplo, se da el nombre de señor Ramiro de Guzmán y envía a un amigo suyo a preguntar por él, tratándolo de hombre rico, de negocios y allegado al Rey. Pero madre e hija, si bien reconocen el nombre de su inquilino, consideran que esa descripción grandiosa no se corresponde con el aspecto pobre y feo de Pablos. Sin embargo, como el amigo insiste, ellas terminan por creer en su riqueza y comienzan a considerar a Pablos un candidato matrimonial.

Pablos se alegra del cambio en la actitud de las mujeres, generado por su ficticia riqueza. Para refrendar su grandeza, aprovecha que la pared que divide su habitación de la de ellas es muy fina y se pone a contar una y otra vez cincuenta monedas. Las mujeres lo oyen a través de la pared y, en función de la repetición, creen que él ha contado seis mil monedas, toda una fortuna.

Por su parte, el portugués, llamado Vasco de Meneses, está enamorado de Berenguela y se complota con el catálán para hablar mal de Pablos: dicen que es un piojoso, un pícaro, cobarde y vil. Sin embargo, la muchacha sigue acercándose a aquel por su dinero.

En una oportunidad, para alimentar su imagen poderosa, Pablos alquila una mula y, disfrazado, pregunta por él mismo, llamándose señor del Valcerrado y Vellorete. Codiciosa de un marido tan rico, la muchacha invita a Pablos a hablar en privado a la una de la madrugada. Pablos acepta y, por la noche, intenta treparse a la habitación de la joven, pero por equivocación cae en el techo de un vecino escribano y quiebra todas las tejas. Creyendo que se trata de ladrones, el escribano y sus criados suben al techo y lo muelen a golpes frente a la dama, que también ha acudido. En eso, a Pablos le suenan unas llaves que lleva en el bolsillo y el escribano deduce que se trata de ganzúas para robar. Junto a esa presunción y a falsos testimonios de los presentes, el letrado arma una causa falsa y captura a Pablos.

Capítulo VI: “Prosigue el cuento, con otros varios sucesos”

Pablos se lamenta de su desgracia, que es haber caído en manos del escribano. Pasa la noche lamentándose y tratando de escapar, porque el escribano lo ha dejado atado en su casa. Por la mañana, el escribano lo azota con una correa, reprendiéndolo por el intento de robo. El joven está a punto de ofrecerle dinero para que deje de golpearlo cuando los interrumpen el portugués y el catalán, que han acudido en su ayuda, a pedido de Berenguela. Apenas los ve, el escribano quiere sumarlos a la causa como cómplices. Pero los dos hombres logran desatar a Pablos y este le entrega ocho reales al escribano y se va junto al portugués y al catalán, agradeciéndoles su libertad.

Una vez en la posada, los dos hombres se burlan de Pablos. Como este se da cuenta que que su reputación de rico empieza a ponerse en duda, comienza a planear su huida, porque no quiere pagar la comida y el alojamiento que les debe a las mujeres. Consigue que el licenciado Brandalagas y unos amigos se presenten en la posada, fingiendo venir a llevarse al nigromante que allí se hospeda. Las mujeres exigen embargar a Pablos por sus deudas impagas, pero Brandalagas les dice que esos son bienes de la Inquisición, con lo cual las mujeres no se atreven a discutir.

Con la ayuda de Brandalagas y sus amigos, Pablos se viste bien y alquila un caballo, con el fin de aparentar riqueza y casarse con una mujer adinerada. Pero aún le falta un lacayo. Mientras admira una montura cubierta en plata, se cruza con dos hombres a caballo que lo invitan a pasear por los jardines del Prado. Para aparentar, Pablos le dice al vendedor de la montura que, cuando vea a sus lacayos, los envíe al Prado, y parte junto a los hombres. En el camino, Pablos finge que esos dos hombres que lo acompañan son sus lacayos.

En el Prado, los dos caballeros conversan con unas jóvenes, mientras Pablos se dedica a halagar a la madre y la tía de aquellas. Les cuenta que él está en Madrid porque escapa de sus padres, que quieren casarlo con una mujer fea y estúpida pero muy rica. La tía le dice que su sobrina no tiene una dote tan abultada pero es de buena sangre. Finalmente, Pablos les propone encontrarse al día siguiente en la Casa de Campo, y se ofrece a llevar él la merienda.

Al final del día, Pablos devuelve el caballo alquilado y regresa a su casa, donde encuentra a sus nuevos amigos jugando. Les cuenta del engaño que ha hecho a las mujeres y, por lo promisorio de la situación, acuerdan poner dinero entre todos para pagar la merienda. En la cama, Pablo no logra dormir porque piensa en todo lo que podrá hacer con la dote de la muchacha.

Análisis

En el capítulo de la cárcel, Quevedo construye una sátira despiadada de la justicia, exponiendo su corrupción: carceleros, alguaciles, escribanos y relatores aceptan los sobornos que Pablos les ofrece y deciden sobre el destino de los criminales en función de lo que reciben. Del carcelero, Pablos dice que “sus palmas estaban hechas a llevar semejantes dátiles” (137), valiéndose de una metáfora para hablar de los sobornos que, en manos del carcelero, son como frutos sabrosos que él está ávido de comer. También se trata de un juego de palabras, pues la palabra “dátiles” remite al verbo “dar”.

El dinero es un elemento decisivo en este capítulo, al punto tal que subvierte hasta a las máximas autoridades. Además, el dinero es un divide aguas entre quienes parecían ser pares, los estafadores y Pablos, ya que gracias a aquel Pablos puede acceder a privilegios dentro de la cárcel. Irónicamente, luego de sobornarlo, le pide al carcelero que ayude a “un hombre de bien” (137) como él. El trato diferencial que el dinero habilita, propiciado por los códigos injustos de una justicia corrupta y discriminatoria, determina un desenlace muy dispar entre los presos: la vieja, posiblemente por ser mujer, es azotada y humillada públicamente; los miembros de la pandilla de pícaros son expuestos a la vergüenza pública y desterrados; Pablos, amparado en su dinero, sale bajo fianza, y se gana el favor del alcaide.

En la cárcel, la violencia no se ejerce tanto por los carceleros como entre los presos. Así, los presos antiguos se levantan contra la pandilla de amigos de Pablos porque no han pagado su contribución económica, y los azotan salvajemente. Pablos compara a Toribio con San Esteban, mártir cristiano que murió apedreado. Mientras que Pablos puede zafarse porque posee dinero, los demás de la pandilla deben contribuir con sus vestidos, lo único que tienen. Sin embargo, con todos sus pobres vestidos juntos “no se podía hacer una mecha a un candil” (141). Para sumar a su tragedia y humillación, los pícaros se quedan desnudos y recurren a las mantas de sus camas para taparse, pero deben desnudarse porque sienten las mordeduras de los piojos. Así, la situación miserable de los pícaros desentona con los privilegios que Pablo consigue gracias a su dinero.

La violencia también se hace presente en la homofobia que los personajes muestran hacia el Jayán, un presidiario homosexual que está preso, justamente, “por puto” (139). Dice Pablos con brutalidad que los presos se cuidan sus espaldas y hasta se privan de las flatulencias, por miedo de hacerle saber al Jayán dónde tienen sus traseros: “traíamos todos con carlancas, como mastines, las traseras, y no había quien se osase ventosear, de miedo de acordarle dónde tenía las asentaderas” (139). Esta representación satírico-burlesca de la homosexualidad masculina es un signo de la época de Quevedo, y reproduce un prejuicio sobre los homosexuales: el temor a ser penetrado por ellos.

Al salir de la cárcel, Pablos elige separarse de sus amigos pícaros, pero se encarga de aplicar en su nueva vida toda la picardía aprendida con ellos. Decidido a conquistar a Berenguela, hija de los dueños de la posada, pone en práctica numerosas estrategias para hacerle creer a la familia que es un hombre rico y poderoso. El efecto logrado es muy divertido, porque es opuesto al esperado. Cuando uno de sus amigos, a pedido de él, se acerca a la posada preguntando por “un hombre de negocios, rico, que hizo ahora dos asientos con el Rey” (146), esa apariencia que Pablos intenta abonar es desacreditada por ellas: “respondieron que allí no vivía sino un don Ramiro de Guzmán, más roto que rico, pequeño de cuerpo, feo de cara y pobre” (146). No obstante, Pablos insiste y logra, por fin, convencer a las mujeres de su riqueza.

Otra vez, el dinero es una herramienta poderosísima. Si en la cárcel fue el medio para un trato privilegiado y para recuperar la libertad, en la posada es la llave para ganarse la confianza y la atracción de las mujeres: “Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero, me decían que todo me estaba bien. Celebraban mis palabras; no había tal donaire como el mío” (147).

De todas formas, de acuerdo al estilo de la novela picaresca, el triunfo del pícaro es efímero y pronto vuelve a caer sobre él la desgracia: “El diablo, que es agudo en todo…” (148), dice Pablos, y cuenta así su accidente en los tejados. Significativamente, justo cuando parecía que Pablos consumaría su vínculo con la muchacha, visitándola de noche en su habitación, un accidente le desbarata todos sus planes y lo deja humillado frente a ella.

Como si fuera poco, el accidente involucra a otro escribano, funcionario de la justicia, que se maneja de manera corrupta. La escena le sirve a Quevedo para insistir en la satirización de las instituciones judiciales. El escribano, decidido a inculpar a Pablos, monta una causa penal con pruebas y testimonios falsos: “porque me sonaron unas llaves en la faldriquera, dijo y escribió que eran ganzúas y aunque las vio, sin haber remedio de que no lo fuesen” (148). Al respecto, Pablos se lamenta: “echaba de ver que no hay cosa que tanto crezca como culpa en poder de escribano” (151). La apreciación resulta cómica por su inocencia, pues es claro que la culpa no crece porque sí, sino que es manipulada por la corrupción, que dibuja las pruebas a su favor. La situación se agrava cuando el escribano, por la mañana, aprovecha que están solos para golpearlo con una correa, “reprendiéndome el mal vicio de hurtar” (151). Si bien Pablos no hace una crítica directa a este tipo de justicia por mano propia, aclara que el escribano actúa en soledad, como si hiciera algo prohibido: “a hora en que toda su casa no había otros levantados sino él y los testimonios” (151). Por último, para zafarse, Pablos reconoce la posibilidad de sobornar al escribano: “dineros, que es la sangre con que se labran semejantes diamantes” (151). Con esta metáfora, se refiere a cómo el dinero es como la sangre que da vida a semejantes personas. Es evidente que la caracterización como un diamante es irónica, pues la corrupción del escribano no refleja valores positivos sino viles.

El accidente con el escribano termina finalmente poniendo en crisis su identidad de rico, e inmediatamente Pablos planea huir, como hizo al irse de Alcalá, para evitar pagar las deudas contraídas con las dueñas de la posada. El plan involucra a un nuevo grupo de atorrantes, Brandalaga y su grupo, que usan los argumentos más extremos para mentirles a las mujeres de la posada: aseguran que vienen de parte de la Inquisición, con la gravedad que eso implicaba en la época.

Estos nuevos amigos convencen a Pablos de seguir mintiendo para encontrar una mujer con dinero con la que casarse. Pablos se muestra ávido de conquistar a una mujer: “Yo, negro codicioso de pescar mujer, determinéme” (153). En la expresión “pescar mujer” se hace evidente la mirada misógina de Pablos, quien no considera a las mujeres dignas de respeto, sino más bien objetos o animales que él puede pescar, ajeno a la voluntad de aquellas. Efectivamente, el joven se aprovecha de la credulidad de la madre y la tía que conoce en el Prado y consigue una oferta para casarse con su hija y sobrina, respectivamente. Lo crucial para Pablos en ese casamiento reside en la dote de la muchacha: en la época, la dote era el conjunto de bienes que la mujer entregaba a su marido al casarse, y que el marido la recibía en propiedad. De ahí el interés de Brandalaga y sus secuaces por favorecer la causa de Pablos y contribuir económicamente a pagar la merienda con la que Pablos cortejará a las mujeres.