La vida del Buscón

La vida del Buscón Resumen y Análisis Libro segundo, Capítulos III-IV

Resumen

Capítulo III: “De lo que hice en Madrid, y lo que me sucedió hasta llegar a Cercedilla, donde dormí”

En la posada, el clérigo le pide a Pablos que lea en voz alta la premática contra los poetas y él va comentándola. El primer capítulo del documento dispone para los malos poetas que, al igual que las prostitutas, durante la Semana Santa no salgan de su casa salvo para asistir al sermón, con el fin de lograr el arrepentimiento. También manda a quemar las coplas de los poetas y quitarles su dinero. El último capítulo señala que hay tres géneros de gentes miserables en la república que necesitan de los poetas: los farsantes, los ciegos y los sacristanes. Apiadándose de ellos, el documento habilita la existencia de algunos oficiales públicos de ese arte, pero les exige limitarse en las rimas tontas y los giros lingüísticos obvios.

El clérigo se espanta al escuchar la premática y Pablos lo tranquiliza, diciendo que ha sido hecha en tono jocoso y no por una autoridad. Sin embargo, el clérigo se la toma en serio y, al escuchar lo de los ciegos, cree que es una sátira directa contra él, con lo cual comienza a defenderse, diciendo que él sabe lo que hace y presumiendo de haber conocido a los mejores poetas españoles.

Por la tarde, Pablos abandona la posada y se despide del poeta. En el camino, se cruza con un soldado, al que llaman el Mellado, por la mella que lleva en los dientes. El soldado despotrica contra la Corte porque estuvo allí seis meses pidiendo reconocimientos y premios, luego de veinte años de servicios y de haber puesto en peligro su vida por el Rey, y no obtuvo nada. Como demostración de su servicio, comienza a exhibir a Pablos todas sus heridas y cicatrices de batalla, y a contar historias de hazañas sorprendentes que Pablos sospecha que son mentiras. En eso, se cruzan con un ermitaño, y juntos los tres se dirigen a una posada en Cercedilla.

En la posada, el ermitaño saca una baraja de naipes y propone jugar a algo. El soldado sugiere jugar apuestas. Pablos, codicioso, acepta, y el ermitaño, fingiendo no saber jugar, pide que le enseñen. Luego de unas manos de prueba, el ermitaño gana y se queda con todo el dinero de Pablos y del soldado. Cuando ambos se quejan de la trampa, el ermitaño les dice que es solo un entretenimiento y se pone a rezar. Sin un centavo, Pablo le pide que le pague la cena de esa noche y el alojamiento en Segovia, y el hombre accede.

Finalmente, llega la hora de dormir. El soldado le pide al huésped de la posada que le guarde bajo llave unos documentos que acreditan sus servicios al Rey. Todos duermen menos Pablos, que especula con robarle al ermitaño el dinero que le ganó. Al día siguiente, dispuestos a partir, el soldado pide de vuelta sus documentos, pero el huésped le trae otros papeles. Desesperado, el soldado pide a gritos sus servicios y el huésped, malinterpretando el pedido, le acerca un orinal donde defecar. Ante el equívoco, el soldado se abalanza contra el huésped, creyendo que está burlando el valor de sus servicios al Rey. Luego de esa rencilla, el ermitaño les entrega algo de dinero, pero anuncia que se quedará en cama, argumentando que le hizo mal el susto de la pelea. Así, Pablos y el soldado parten, habiendo perdido todo su dinero. En el trayecto, se cruzan con un banquero genovés muy adinerado, que habla de negocios y de dinero, y dice estar en quiebra.

Llegan por fin a Segovia y Pablos se emociona de volver a su tierra, a pesar de los malos momentos vividos junto a Cabra. A la entrada del pueblo, dice ver a su padre en el camino, descuartizado, esperando el Juicio Final. Abandona a sus acompañantes y se pone a buscar a su tío, Alonso Ramplón.

Enseguida, ve venir una procesión de reos, conducidos por el pregonero, que va anunciando sus delitos, y por su tío, que azota a los delincuentes con una penca. Su tío lo ve y, emocionado, se dirige a él y lo abraza, asegurándole que le dará techo y comida. Pablos se avergüenza mucho del espectáculo y piensa para sí mismo que, si no dependiera de su tío para cobrar su hacienda, no le hablaría nunca más.

Luego de la procesión, Alonso Ramplón y Pablos se dirigen a la casa del primero.

Capítulo IV: “Del hospedaje de mi tío, y visitas, la cobranza de mi hacienda y vuelta al corte”

El alojamiento de Alonso Ramplón es un lugar miserable, ubicado junto al matadero. Al subir la escalera, Pablos siente estar subiendo hacia una horca, y, al llegar a la habitación, el techo es tan bajo que hay que andar con la cabeza gacha.

Su tío le anuncia que espera a unos amigos para almorzar, y le asegura un banquete. Pronto llegan sus amigos: un animero, un porquero y un corchete. Pablos escucha la conversación de los cuatro hombres. El animero cuenta que se queda con parte del dinero de las limosnas que pide por las ánimas de los difuntos, el corchete confiesa que sobornó al verdugo para que los azotes que le da sean suaves, y Alonso Ramplón declara suavizar sus azotes a quienes le ofrecen dinero a cambio.

Pablos relata que al ver cuán honrada es la gente que habla con su tío, se pone colorado y no logra disimular su vergüenza. Por eso, está urgido por comer, cobrar su hacienda y marcharse. Pero al llegar el banquete, se lleva una sorpresa: abunda el alcohol, no hay agua para beber y la comida está hecha a base de carne humana. Los hombres rezan una oración por las ánimas de aquellos difuntos que están a punto de comerse, y Alonso Ramplón le recuerda a Pablos lo que le mencionó sobre los restos de su padre.

Pablos no prueba bocado y ve cómo los cuatro hombres comen y beben hasta que terminan vomitando uno encima de otro y acaban inconscientes. El joven los levanta del suelo y los lleva a dormir, y sale a dar un paseo durante la tarde, en el que aprovecha para pasar por casa de Cabra, donde se entera de que ya ha muerto.

Por la noche, regresa a lo de su tío y encuentra a los cuatro hombres aturdidos, sin haberse dado cuenta de su borrachera. Al escuchar que el animero se vanagloria de haber reunido mucho dinero a costa de las ánimas, Pablos siente rechazo y decide alejarse de personas tan viles, pues aspira a verse rodeado de gente principal y caballeros. De modo que, al día siguiente, le pide a su tío que le entregue su hacienda. El tío no le entrega todo pero sí una gran parte, y lo insta a estudiar y convertirse en alguien importante, ofreciéndole su apoyo en lo que necesite. Sin embargo, por la noche, Pablos abandona la casa de Ramplón, dejándole a este una carta en la que le anuncia que no quiere volver a verlo.

Análisis

Quevedo fue un aficionado de escribir premáticas burlescas sobre distintos tópicos de la sociedad. En este caso, escribe una premática contra los malos poetas, que impone castigos para los poetas malos que se dedican a escribir poemas dedicados a las distintas partes del cuerpo de la mujer amada, lo cual era práctica común en los poetas cortesanos (“que todo el año adoran cejas, dientes, listones y zapatillas”, 88). Con un tono serio, propio de los textos institucionales, la premática de El buscón alude a los malos poetas como “secta infernal de hombres condenados a perpetuo concepto, despedazadores de vocablos” (88). El efecto resultante de la formalidad aplicada a apreciaciones tan negativas es burlesco. Y, provocativamente, dedica castigos similares a poetas y prostitutas: el encierro, el sermón y la posibilidad de ser llevados a “casas de arrepentidos” (88).

Ante el horror del clérigo, Pablos le reconoce que se trata de un documento burlesco, sin autoridad, pero no logra apaciguar al hombre, que cree que ese documento es una sátira a su persona. Por eso, se vuelca fervorosamente a una autodefensa. Presume de haber conocido a los mejores poetas españoles, entre ellos a Lope de Vega, y, además, como si se tratara de un respaldo a su virtuosismo, confiesa que compró los calzones de Padilla (famoso poeta del siglo XVI), y les enseña a los presentes que en ese momento los lleva puestos. El resultado, una vez más, es paródico y burlesco, y todos los que lo escuchan se retuercen de risa.

En estos capítulos, el buscón continúa su viaje hasta llegar a lo de su tío. Camino a Segovia se cruza con otros dos personajes que se sumarán a la lista de rufianes y pícaros que recorren la novela: un soldado y un ermitaño. El soldado dice haber entregado veinte años de su vida a servir al Rey y, para demostrarlo, exhibe a Pablos todas sus cicatrices. El joven, en respuesta, le muestra las marcas de sus sabañones, protuberancias en la piel provocadas por las bajas temperaturas. Este gesto de Pablos parodia el gesto heroico del soldado, que ostenta sus heridas de guerra como símbolos de su lealtad al Rey, y pronto llega a la conclusión de que las historias del soldado son mentiras.

Por su parte, el ermitaño es un hombre solitario que vive aislado en una ermita, dedicándose al sacrificio y la oración. Sin embargo, irónicamente, revela una personalidad que ni Pablos ni el soldado previeron: finge que desconoce las reglas de un juego de cartas y termina ganándoles. Así, contrariamente a la austeridad que profesa, el ermitaño se queda con todo el dinero de sus compañeros, e hipócritamente se hace el desentendido: “tras haberme ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado los ciento, dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos, y que no había de tratar de otra cosa” (94). En este punto, Pablos paga el precio de su codicia y pierde todo el dinero que llevaba consigo. Durante la noche en Cercedilla, piensa cómo hacer para robarle al ermitaño su dinero, pero luego desiste.

Para coronar estos sucesos, el soldado sufre la humillación del huésped de la posada. Luego de confiarle los papeles que acreditan sus servicios al Rey para que los guarde bajo llave, el huésped finge perderlos. Al pedir a gritos por sus servicios, el huésped “fue corriendo y trajo tres bacines, diciendo: —He ahí para cada uno el suyo. ¿Quieren más servicios?—. Que él entendió que nos habían dado cámaras” (95), es decir, que les había dado diarrea. De este modo, mediante un equívoco que confunde los servicios al rey con los servicios sanitarios, la escena pasa de lo dramático a lo burlesco: los símbolos de la lealtad del soldado quedan asimilados a lo escatológico de la diarrea y el orinal. Y, por si fuera poco, el ermitaño saca provecho de esta pelea para hacerse el enfermo (“diciendo que le había hecho mal el susto”, 95), y se queda en la posada con todo el dinero de Pablos y el soldado.

Finalmente, Pablos llega a Segovia, donde se encuentra con su tío, para cobrar su herencia. El encuentro con el tío es vergonzoso para el protagonista, ya que Ramplón está participando de una procesión de reos como verdugo, pero entiende que tiene que disimular, porque el tío es su único recurso para obtener dinero: “me aparté tan avergonzado, que, a no depender de él la cobranza de mi hacienda, no le hablara más en mi vida ni pareciera entre gentes” (97).

La casa del tío de Pablos es un miserable paraje al lado del matadero. Por sus características -la escalera como una horca; el techo bajo, que obliga a agacharse-, el alojamiento de Alonso Ramplón parece identificarse con la profesión oscura y degradante del verdugo. Los amigos del hombre, por su parte, son un conjunto de pícaros: un animero, encargado de pedir limosna por las ánimas de los difuntos, que confiesa quedarse con parte de esas limosnas; un porquero, y un corchete, es decir, un agente de la justicia, que también confiesa haber sobornado al verdugo para que le dé azotes más suaves. Por su parte, Alonso Ramplón confiesa su picardía también: haber recibido sobornos para suavizar los azotes que él mismo da.

Al escuchar estas conversaciones, Pablos se siente avergonzado: “Yo que vi cuán honrada gente era la que hablaba con mi tío, confieso que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza” (101). Nos encontramos aquí, nuevamente, con una ironía verbal en el discurso de Pablos: es evidente que la conversación del tío y sus amigos no es nada honrada, sino todo lo contrario. Con su habitual tono jocoso, el joven rechaza esas bajezas. Algo similar sucede cuando los ve comer y beber, en lo que resulta ser un banquete grotesco y monstruoso, donde la comida es a base de carne humana. Irónicamente, los hombres dedican una oración a las ánimas de los difuntos que están a punto de comerse. Como si fuera poco, el tío le hace un guiño macabro a Pablos, recordándole que los restos de su padre corrieron el mismo destino: “Ya os acordáis, sobrino, lo que os escribí de vuestro padre” (101).

Finalmente, Pablos decide alejarse de tanta vileza: “Yo que vi la bellaquería (...) escandalicéme mucho, y propuse de guardarme de semejantes hombres. Con estas vilezas e infamias que veía yo, ya me crecía por puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros” (103). Ante los horrores que esos cuatro rufianes le muestran, Pablos elige reafirmar en la senda de la honra, retomando el motivo de la búsqueda de un destino grandioso, junto a gente importante. En pos de ese objetivo, decide marcharse de la casa de su tío, dejándole una carta en la que le anuncia que no quiere verlo nunca más. Sin embargo, recién puede irse cuando concreta su objetivo más importante: conseguir el dinero de su herencia.