Don Quijote de la Mancha (Primera parte)

Don Quijote de la Mancha (Primera parte) Resumen y Análisis Cuarta parte, Capítulos 49 - 50

Resumen

Capítulo 49: Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote

Sancho le explica a don Quijote que si estuviera encantado no tendría las necesidades que tiene, y este replica que los tipos de encantamiento cambian con el tiempo. El escudero insiste y le propone intentar salir de la jaula. El hidalgo acepta, y entonces el primero habla con el cura para liberarlo, explicándole que su amo tiene que hacer sus necesidades. El cura accede y lo liberan. Lo primero que hace don Quijote es estirarse e ir a hablar con su caballo Rocinante.

El canónigo, maravillado con la locura del hidalgo, le pregunta a éste cómo fue posible que los libros de caballerías lo hayan conducido al estado en que se encuentra y cómo puede haber entendimiento humano que crea las mentiras que esos libros contienen. Además agrega que cuando se da cuanta del contenido de esos libros siente deseos de quemarlos, y que merecen esa pena por ser falsos y hacer creer a los ignorantes tantas necedades. Finalmente le aconseja que cambie la lectura de esos libros por otros más provechosos.

Don Quijote lo escucha atentamente y muestra entender punto por punto lo que el canónigo le dice. Sin embargo, lo acusa a él de falto de juicio por las blasfemias que pronunció contra los libros de caballerías. Asimismo afirma que no hay ingenio en el mundo que pueda pensar que son mentira las historias que contienen, y que merecerían la misma pena que él le daría a los libros el que lo negara. Luego hace una extensa enumeración de personajes y hazañas, de las cuales algunos son ficciones y otros reales.

El canónigo se sorprende de la manera en que don Quijote mezcla los hechos ficticios con los reales, y explica qué cosas cree que son ciertas y cuáles no. Finalmente le dice que no aprueba que un hombre tan honrado como él y de tan buen entendimiento crea que son reales todos los disparates que cuentan los libros de caballerías.

Capítulo 50: De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

Don Quijote continúa con su defensa de los libros de caballerías frente al canónigo. En primer lugar advierte que están impresos con licencia de los reyes, y que los leen personas de todas las edades y clases sociales. Luego cuestiona que su contenido pueda ser falso, puesto que narran punto por punto la vida y las hazañas de los caballeros. A continuación narra el posible argumento de un libro de caballerías, con descripciones detalladas. Imagina que el caballero atraviesa un lago hirviente, más allá del cual hay un sitio apacible, doncellas y un castillo donde se sienta a comer manjares y donde habita una doncella encantada.

Luego le recomienda al canónigo que lea estos libros y le dice que el ejercicio de la caballería andante a él lo ha hecho más virtuoso. También dice que en poco tiempo espera ser rey, para mostrar su agradecimiento y liberalidad. También señala que el pobre no puede mostrar liberalidad, aunque la posea, ni puede hacer cosas en muestra de agradecimiento, y que él desea ser emperador para hacer el bien a sus amigos, especialmente a Sancho Panza, a quien quiere darle el condado que le prometió.

Sancho afirma que sabrá gobernar el condado, o que lo arrendará pera que alguien lo gobierne por él, y entonces se desentenderá de todo y disfrutará de la renta. El canónigo le advierte que puede dejar la administración en manos de otro, pero no la justicia, y para eso es importante tener habilidad y buen juicio. Sancho replica que no entiende sobre filosofía, pero que tiene cuerpo y alma para gobernar como cualquier otro, que siendo rey hará las cosas como quisiese, estará contento y no tendrá otra cosa que desear. Don Quijote agrega que él se guía por lo que hizo Amadís de Gaula, quien hizo a su escudero conde de una ínsula. El canónigo se queda sorprendido los disparates que dicen don Quijote y su escudero.

Luego todos se sientan a comer sobre el césped a la sombra de unos árboles. Escuchan ruidos, y de entre la maleza sale una hermosa cabra. Un cabrero la sigue y le da órdenes para que se detenga y vuelva a donde está el rebaño. La cabra llega a donde están los otros comiendo y se detiene. El cabrero la toma de los cuernos y le habla, llamándola “Manchada”, y como si el animal entendiera. Le dice que por ser hembra no tiene sosiego, porque es así su condición.

El canónigo lo tranquiliza y le ofrece comida y bebida. Él agradece y les dice que no quiere que lo tomen por loco, y que aunque es “rústico”, entiende cómo tratar a los hombres y a los animales. El cura dice que él sabe por su experiencia “que los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos” (p. 368) . A continuación el cabrero les ofrece contarles su historia. Sancho se va a comer a un lugar apartado, donde hay un arroyo, y los otros se disponen a escuchar el relato. El cabrero le dice a Manchada que se siente, y ésta parece entenderlo, se sienta y lo mira con atención.

Análisis

Como en los capítulos anteriores (47 y 48), continúa el debate literario, pero ahora es Don Quijote quien confronta con el canónigo. El debate gira en torno a los libros de caballerías, el único asunto que hace perder la cordura al hidalgo, tal como insiste el narrador: “solamente venía a perder los estribos, como otras veces se ha dicho, en tratándole de caballería” (p. 361).

El canónigo acusa a estos libros de contener necedades y falsedades, y de darle lugar al vulgo a creer en ellas. Su acusación tiene elementos que aluden al proceso de inquisitorial, lo cual recuerda a la alegoría de los capítulos 6 y 7, donde se trazaba una comparación entre la quema de los libros de la biblioteca de don Quijote y la ejecución de los sentenciados por herejía en los actos públicos. El canónigo dice:

(…) cuando caigo en la cuenta de lo que son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego, si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser falsos y embusteros y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da ocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades como contienen” (p. 362)

En este pasaje se compara a los libros nuevamente con herejes (“inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida”) y se los condena al fuego una vez más. Además, en la enumeración que hace el canónigo de personajes y elementos que contienen los libros de caballerías, encontramos un personaje que ya había sido mencionado en el capítulo 6 y que el cura había ordenado arrojar al fuego: “Felixmarte de Hircania”, llamado anteriormente “Florismarte de Hircania” (p. 51).

Por otra parte, en las palabras del canónigo también resuenan las del prólogo del libro. Allí, en un diálogo con el autor, el amigo expresa la intención, real o aparente, del libro que se presenta describiéndolo como “una invectiva contra los libros de caballerías” (p. 16). Además, el amigo dice que el deseo del autor no ha sido otro que el de “deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías” (p. 16).

El canónigo acusa a los libros de caballerías de “turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos” (p. 362) y le propone a don Quijote nuevas lecturas, como la de libros sobre personajes históricos, que, según su opinión, serían más beneficiosas y con las cuales “saldrá erudito en la historia” (p. 362), entre otras cualidades. Así, como en el capítulo 32, queda planteada una vez más la cuestión de la lectura de libros históricos frente a los ficticios libros de caballerías. Allí, el cura, en el diálogo con el ventero, sostenía que estos últimos “son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos” (p. 234). Su perspectiva confrontaba con la del ventero, quien creía que las historias de estos libros eran reales y no podía distinguir entre ficción y realidad. Al hidalgo le sucede lo mismo y la idea se reproduce, esta vez, en el diálogo entre él y el canónigo. Sin embargo, en esta ocasión, don Quijote invierte la acusación del canónigo y termina acusándolo y condenándolo a él a la hoguera, por sus blasfemias contra cosas verdaderas:

Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recebida en el mundo y tenida por tan verdadera, que el que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. (p. 363)

En su defensa de los libros de caballerías, el hidalgo mezcla personajes ficticios con personajes reales, como caballeros españoles del siglo XV, como Juan de Merlo y los otros caballeros que menciona a continuación. Finalmente, el canónigo, sorprendido por esta confusión, hace una distinción entre los personajes ficticios y reales: “No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes españoles” (p. 364). Y también explica que a algunos personajes históricos se les atribuye hazañas ficticias, como a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, el famoso héroe protagonista del cantar de gesta el Cantar de mio Cid, cuya historia fue material de numerosos relatos y crónicas en los que se mezclaban hechos ficticios y reales: “En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio; pero de que hicieron las hazañas que dicen creo que la hay muy grande” (p. 364).

En el comienzo del capítulo 50 continúa el debate entre el canónigo y el hidalgo. Este último argumenta a favor de la veracidad de los libros de caballerías diciendo que “están impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron” (p. 365). Este es el mismo argumento que había utilizado anteriormente el ventero en el diálogo con el cura (capítulo 32): “¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas, y tantos encantamentos, que quitan el juicio!” (p. 235)

La cuestión de la veracidad de los libros de caballerías queda sin resolverse. Don Quijote imagina el argumento de un libro de caballerías utilizando muchos de sus elementos recurrentes, como el del desafío de atravesar un lago temible o el del castillo con una princesa encantada. Además, en su relato, utiliza el tópico del locus amoenus (“lugar ameno”), con el que describe la belleza de un sitio. Este tópico literario consiste en describir un lugar idealizado, tranquilo, a la sombra de árboles, con agua y abundante vegetación. En este caso también incluye el canto de los pájaros:

Ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por los intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan (…) (pp. 365-366)

Finalmente el hidalgo vuelve a tratar el tema del ejercicio de las armas, por medio del cual afirma que puede alcanzarse el perfeccionamiento personal: “De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos (…)” (p. 366), y repite su deseo de hacer bien a sus amigos, especialmente a Sancho.

Sancho aprovecha la ocasión para afirmar sus condiciones para gobernar un condado, aunque en realidad muestra su codicia y su indiferencia por el bien común. Afirma que puede dejar el gobierno en manos de otro a cambio de una renta y se desentiende cuando el canónigo le advierte que deberá administrar la justicia con habilidad, buen juicio y buenas intenciones. Sancho solo se preocupa por su satisfacción personal: “tan rey sería yo de mi estado como cada uno del suyo: y siéndolo, haría lo que quisiese; y haciendo lo que quisiese, haría mi gusto; y haciendo mi gusto, estaría contento; y en estando uno contento, no tiene más que desear; y no teniendo más que desear, acabóse, y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego a otro” (p. 367).

A continuación se presenta una nueva y última interrupción de la historia principal. Se introduce el relato que el cabrero narrará en el capítulo siguiente, antecedido por la persecución de una cabra a la que, por su condición de hembra, le atribuye la cualidad de no poder estar sosegada.