El llano en llamas

El llano en llamas Resumen y Análisis “El hombre”, “En la madrugada”, “Talpa” y “Macario”

Resumen

“El hombre”

La primera de las dos partes de esta historia está narrada en tercera persona y alterna entre las descripciones de dos personas diferentes, dos hombres: un fugitivo y su perseguidor -“el que lo seguía” (30)-. La perspectiva cambia de un hombre a otro, por lo que aquí se referirá al fugitivo por el "hombre" y al otro como el “perseguidor”.

Mientras el fugitivo camina por la arena, su perseguidor lo sigue a distancia. El perseguidor observa que a aquel le falta el dedo gordo de un pie, lo que facilita seguirlo. El perseguidor dice en voz alta que el hombre está utilizando un machete para despejar su camino. Es evidente que el valor del hombre está desapareciendo a medida que avanza.

Aunque el narrador no lo señala explícitamente, la narración retrocede en el tiempo hasta una secuencia anterior, en la que el hombre está fuera de una casa de noche con su machete y es recibido por dos perros en la oscuridad. La narración salta entonces a la perspectiva actual del perseguidor, que habla consigo mismo sobre lo que ocurrió después en la casa: dice que el hombre no despertó a los habitantes de la casa; llegó hacia la una de la madrugada en el momento en que, tomado por el sueño, el cuerpo está completamente desprevenido. En seguida, el hombre se dice a sí mismo: "No debería haberlos matado a todos" (31).

Nuevamente en el presente, el hombre se acerca a un río. La perspectiva retoma entonces el momento en que el hombre llega a aquella casa. El hombre pide perdón y luego emprende su trabajo. Aunque no está del todo claro para el lector lo que está sucediendo exactamente, más tarde comprendemos que está matando con el machete a tres personas mientras duermen. Luego, el narrador vuelve a enfocar en el perseguidor, quien señala que en este punto del camino, el hombre decide sentarse junto al río para esperar a que salga el sol. Dice que él se acuerda de aquel día porque fue el día en que enterró a su hijo recién nacido.

La perspectiva se desplaza entonces al hombre fugitivo, que sigue su camino, muy apesadumbrado. Se dice a sí mismo que ha tenido que abandonar el camino para evitar a los demás y entiende que tiene que tener cuidado al cruzar el río, pues podría llevarlo de vuelta a donde no quiere estar.

La narración vuelve a centrarse en el perseguidor, que se imagina hablando con los miembros de su familia muerta mientras camina. El perseguidor revela entonces el significativo detalle de que el hombre que huye solo intentaba vengar el asesinato de su hermano. Explica que el hombre se llama José Alcancía y es el hermano de un hombre al que él mató. El perseguidor dice que, sabiendo que José vendría a matarlo, lo esperó durante un mes. Sin embargo, José llegó a su casa justo cuando él estaba enterrando a su hijo recién nacido, y no pudo evitar que aquel matara a su familia.

La perspectiva se desplaza de nuevo hacia el hombre, que se siente culpable por haber matado a toda una familia, dando a entender que está seguro de haber matado al perseguidor. Mientras tanto, sigue preocupado porque no logra encontrar una salida del cauce del río. En paralelo, el perseguidor se da cuenta de que el hombre está bloqueado por el río y no tendrá más opción que volver sobre sus pasos, y se sienta a esperarlo, planeando pegarle un tiro. Efectivamente, el hombre, impedido de avanzar, decide regresar.

La historia pasa entonces a su segunda parte, narrada en primera persona por un pastor. Su narración parece ser la transcripción de un interrogatorio en la que solo se registran las respuestas del entrevistado. El pastor describe cómo vio al hombre desde la distancia, vagando por el cauce del río. Un tiempo después, vio al hombre volver, más delgado que antes. El hombre se acercó al pastor y le preguntó si las ovejas eran suyas antes de dar vuelta a una de ellas y comenzar a mamar de sus ubres. Luego, el hombre dijo que venía de lejos y que hacía días que no comía. El pastor afirma que lo habría matado si hubiera sabido de los asesinatos. Sin embargo, el hombre no parecía malvado y hablaba con tristeza de su mujer y sus hijos.

El tono del relato se vuelve entonces más urgente cuando el pastor comienza a defenderse de la acusación de haber encubierto al hombre, y asegura que ha venido a denunciar que encontró al hombre muerto en el río. Dice que, cuando lo encontró, pensó que el hombre se había ahogado en un charco, pero luego vio que la nuca estaba llena de agujeros de bala.

“En la madrugada”

La narración comienza con una descripción del pueblo de San Gabriel y de cómo este se oculta de la vista gracias a la niebla, las nubes y el humo negro de las cocinas. En seguida, la descripción se dirige al protagonista de la historia, el viejo Esteban, que avanza por el camino de Jiquilpan montado en el lomo de una vaca, seguido por su rebaño. Al escuchar la campana de San Gabriel que suena al amanecer, el viejo se baja de la vaca, se arrodilla y se persigna con los brazos extendidos. Luego vuelve a subirse a la vaca, se quita la camisa para que la brisa le quite el susto y sigue rumbo a San Gabriel.

A continuación, el viejo Esteban explica en primera persona que llegó al corral y no le abrieron la puerta, a pesar de que estuvo golpeando con una piedra. Pensó que su jefe, don Justo, estaba dormido. Como sus vacas esperaban detrás, entró al corral por un hueco en la valla y abrió la puerta desde dentro. Justo cuando lo hacía, vio a don Justo salir del desván llevando en brazos a su sobrina Margarita, que estaba durmiendo. El hombre cruzó el corral sin ver a Esteban, o al menos eso le pareció.

El narrador describe entonces cómo Esteban ordeña las vacas, y luego se dirige a una vaca y le dice que la dejará entrar para ver a su ternero por última vez, pues ella está a punto de parir de nuevo y deberá ocuparse de la nueva cría. Al ver que el ternero aprovecha para chupar de las tetas de su madre, Esteban comienza a golpearlo.

La narración vuelve al testimonio en primera persona de Esteban, que explica que le habría roto el hocico al ternero si don Justo no hubiera llegado y no le hubiera empezado a pegar a él. La paliza es tan fuerte que lo deja inconsciente. Dice Esteban que luego de eso no volvió a trabajar para don Justo porque este murió ese mismo día. Cuenta que unas personas llegaron a su casa -donde se recuperaba de los golpes bajo el cuidado de su mujer- para anunciarle la muerte de su jefe, y lo acusaron de haberlo matado él mismo, pero Esteban dice que no recuerda haberlo hecho. Señala que, como ahora está en la cárcel, tal vez eso signifique algo sobre su culpabilidad. Pero solo recuerda el momento en que don Justo se acercó a él para pegarle, y luego haberse despertado y ser atendido por su mujer. Esteban explica que lo han acusado de matar al hombre con una piedra y que esta información es relativamente verosímil porque si hubieran dicho que usó un cuchillo, sabría que es falso porque hace años que no lleva un cuchillo.

La narración es retomada por el narrador en tercera persona, que describe cómo Justo Brambila ha dejado a su sobrina Margarita en su cama, en la habitación contigua a la de su madre lisiada. La madre oye la respiración de su hija y le pregunta dónde estuvo anoche. Justo Brambila sale silenciosamente de la habitación, justo antes de que empiecen los gritos.

Justo Brambila se dirige entonces al corral para abrirle la puerta a Esteban, mientras piensa en la posibilidad de volver a subir al desván para alisar la cama donde han dormido él y Margarita. Don Justo piensa para sí que, si el cura lo autorizara, él se casaría con Margarita, pero seguro dirá que es incesto y los excomulgará, razón por la cual el hombre entiende que es mejor mantener el secreto. En eso, don Justo ve a Esteban lastimando al ternero y se le acerca para pegarle, pero mientras lo hace empieza a sentirse mareado, hasta que siente que se desvanece y una oscuridad lo envuelve.

Esteban despierta horas después y se dirige a su casa, goteando sangre. A las once de la mañana Margarita entra en el corral buscando a don Justo, llorando porque su madre la ha acusado de ser una prostituta, y lo encuentra muerto.

La narración vuelve a centrarse en la confesión de Esteban, quien afirma que podría ser cierto que él mató a su jefe. Pero también reconoce que pudo haber muerto de ira, pues tenía mal carácter. Piensa que ahora las autoridades lo tienen y lo juzgarán por haber matado a su jefe. Esteban especula que quizás ambos estaban ciegos y no se dieron cuenta de que se estaban matando.

La narración se traslada entonces a la niebla que avanza sobre San Gabriel por la noche. Esa noche no encienden las luces porque don Justo era el dueño y la iglesia se ilumina con velas para el velatorio del muerto.

“Talpa”

El cuento está narrado por un personaje sin nombre, hermano de Tanilo y amante de la esposa de este, Natalia. La historia comienza en lo que técnicamente es su final: una descripción de Natalia arrojándose a los brazos de su madre y sollozando a su regreso a Zenzontla. El narrador nos dice que ella ha estado guardando estas emociones durante todo el viaje y que no ha podido llorar antes porque estaba lidiando con el estrés de enterrar a Tanilo en Talpa. Esto lo han hecho ellos dos, con sus propias manos y con mucho apuro, dado el estado de putrefacción del cadáver de Tanilo. Enseguida, el narrador sorprende con la confesión de que él y Natalia mataron a Tanilo Santos, al insistirle que fuera con ellos hasta Talpa, sabiendo que no resistiría el viaje.

La perspectiva del relato pasa entonces al pasado, al viaje a Talpa. El narrador dice que la idea de viajar a Talpa fue de Tanilo. Él llevaba años esperando que alguien lo llevara, desde que empezó a tener ampollas en sus brazos y piernas, y luego estas ampollas se convirtieron en heridas que desprendían pus. Tanilo dijo que sabía que la única cura disponible era viajar para que la Virgen de Talpa lo curara. El narrador explica que él y Natalia alentaron esta idea.

El narrador nos dice que él y Natalia sentían algo por el otro, pero que mientras Tanilo estuviera vivo nunca podrían estar juntos porque ella tendría que cuidar de él. Tanto el narrador como Natalia se sienten culpables por su papel en la aceleración de la muerte de Tanilo. Lo que los hace sentir especialmente mal es la forma en que empujaron a Tanilo cuando ya no quería caminar y decía que quería volver a casa. Ellos le respondieron que no podían regresar porque Talpa estaba ahora más cerca que Zenzontla. Esto era mentira, pero ellos querían que Tanilo muriera.

El narrador recuerda que durante las noches del viaje, él y Natalia esperaban a que Tanilo se durmiera para escabullirse y hacer el amor. Luego de veinte días de viaje solitario, los tres llegaron al camino principal rumbo a Talpa, donde se les unieron muchos peregrinos y formaron una masa similar a un río, empujándose unos a otros. La corriente de gente era difícil de navegar con Tanilo, y el polvo levantado por la multitud y el sol que azotaba dificultaban aún más el viaje.

El estado de Tanilo empezó a empeorar y cuando sus pies empezaron a sangrar dijo que se quedaría allí un par de días y luego regresaría a Zenzontla. Pero Natalia le frotó los pies con alcohol y lo animó, diciendo que sólo la Virgen de Talpa podía curarlo.

Así, finalmente, llegaron a Talpa. Inspirado por el clima religioso de Talpa, Tanilo decidió hacer penitencia: se ató los pies para que fuera más difícil caminar y quiso llevar una corona de espinas; más tarde se vendó los ojos y decidió caminar de rodillas, llegando así a adoptar un aspecto deshumanizado. Cuando entraron en la iglesia, Tanilo comenzó a rezar a la Virgen de Talpa, gritando para poder oírse por encima de los demás peregrinos. Pero el narrador concluye que eso no importó, porque Tanilo murió de todos modos: cuando el cura cerró su oración, Natalia y el narrador descubrieron que Tanilo ya estaba muerto.

El relato vuelve entonces a su perspectiva inicial, luego del regreso de Talpa. El narrador cuenta que luego de enterrar a Tanilo, Natalia cambió su actitud hacia él. Ahora ambos han empezado a tener miedo del otro y no pueden quitarse de la cabeza la imagen del cadáver de Tanilo. El narrador concluye con la observación, a modo de confesión, de que al enterrarlo, tuvieron que echarle tierra y piedras para que no lo desenterraran los animales salvajes.

“Macario”

Este cuento está narrado desde la perspectiva de Macario, un niño que al comienzo del relato se encuentra sentado en una alcantarilla, esperando que salgan ranas para matarlas. Su madrina tuvo problemas para dormir la noche anterior, debido al canto de las ranas, y le pidió al chico que las mate. Macario hace una distinción entre sapos y ranas: los sapos tienen ojos como los de la madrina, y no pueden comerse; en cambio, las ranas, que tienen ojos verdes como Felipa, sí son buenas para comer. Esta observación anticipa el vínculo de Macario con ambas mujeres.

Macario nos dice que quiere más a Felipa que a la madrina, pero que la madrina es la que paga la comida, por lo que él y Felipa siguen sus órdenes. Felipa compra y cocina para Macario y la madrina, con lo cual entendemos que se trata de un ama de llaves. Asimismo, Macario nos dice que su trabajo en la casa es lavar los platos y llevar leña para la estufa.

El protagonista comienza entonces a decir que él siempre padece hambre y nunca se sacia, razón por la cual la gente en la calle cree que él está loco. Macario, sin embargo, solo sabe eso a través de su madrina, pues él no es consciente del efecto que tiene sobre el mundo exterior, y su madrina intenta cuidarlo. Es por eso que en la iglesia le ata las manos con su chal, para que no haga locuras. Macario también cuenta que lo han acusado de ahorcar a una señora, aunque él no lo recuerda, y que las personas suelen tirarle piedras. Por todo esto, él prefiere la vida encerrado en su casa.

A continuación, Macario describe el placer que le da la leche de los pechos de Felipa, a la cual compara con el gusto de las flores del obelisco. Relata cómo Felipa solía entrar todas las noches a su habitación y se inclinaba sobre él para darle de mamar, mientras le hacía cosquillas en todo el cuerpo. Luego, ella dormía junto a él hasta la mañana.

Una de las razones por las que Macario aprecia la compañía de Felipa es porque no teme ser condenado al infierno si está en su presencia. Ella tranquiliza su miedo, diciendo que cuando vaya al cielo le contará a Dios los pecados de Macario y le pedirá que lo perdone. Además, ella se confiesa todos los días para ayudar a liberar a Macario de los demonios que tiene dentro.

A continuación, Macario comienza a hablarnos de su dura cabeza y de cómo le gusta golpearla contra diferentes superficies, para hacerla sonar como un tambor. También cuenta que necesita tener las manos atadas después de que los desconocidos le tiren piedras porque le gusta rascarse las costras de sus heridas. Dice que la sangre tiene un buen sabor, como el de la leche de Felipa. Por eso no sale de casa. Además, le gusta cerrar la puerta de su habitación para que sus pecados no le encuentren en la oscuridad. Por la noche, cuando se va a dormir, siente caminar las cucarachas por su cuerpo y se divierte con el ruido que hacen al aplastarlas con la mano. Recuerda que a Felipa le picó una vez un escorpión en una nalga y él la frotó con saliva toda la noche.

Luego vuelve al tema de conversación original y dice que no han salido ranas de la alcantarilla mientras él ha estado hablando. Dice que la madrina se va a enojar si las ranas vuelven a cantar y rezará a los santos para que lo envíen directamente al infierno sin purgatorio, allí donde están su mamá y su papá. Por último, vuelve a hablar de Felipa y dice que le gustaría poder tomar unos tragos de su leche.

Análisis

En los cuentos de esta sección pueden rastrearse varios puntos en común. En primer lugar, en todos ellos se introduce un tema muy desarrollado por Rulfo en su narrativa: la perversión y destrucción de los lazos familiares, en general producto de la perversión de los lazos humanos que suscita la enorme violencia que marcó al período revolucionario en México. En “El hombre”, las familias de José y de Urquidi quedan fisuradas por el asesinato de algún familiar, lo cual moviliza a los protagonistas a vengarse. Las familias están fragmentadas: en el caso de Urquidi, primero perdió a un hijo recién nacido y luego, por encontrarse en el entierro de ese hijo, perdió al resto de su familia a manos de José; en el caso de este último, tuvo que abandonar a su familia por darse a la fuga. En los otros tres cuentos los vínculos familiares están de alguna manera desviados: en “Talpa”, un hombre es traicionado por su propio hermano y esposa, que lo fuerzan a hacer un viaje que le cuesta la vida con tal de poder dar rienda suelta a su amorío; en “En la madrugada” y “Macario”, se dan vínculos equívocos e incestuosos entre familiares: un tío y su sobrina en el primero, un niño y su niñera en “Macario”, con la connivencia de su tía. En todos los cuentos, la violencia, en sus distintas formas, es un elemento preponderante.

En “El hombre” Rulfo explota al máximo la multiplicidad de perspectivas, lo cual complejiza bastante al relato: se dan en paralelo la perspectiva de José, la de Urquidi y la del pastor. En la primera parte, la alternancia entre la mirada de “el hombre” y de “el perseguidor” hace que resulte para el lector bastante difícil distinguir a quién se enfoca. En esa ambigüedad, Rulfo juega con la ambivalencia entre la figura del perseguido y del perseguidor, pues si bien primero José es perseguido por el perseguidor Urquidi, pronto nos enteramos de que la historia fue también la inversa: José perseguía a Urquidi y asesinó a su familia. De este modo, las historias se espejan: ambos persiguen al otro y matan a un miembro de la familia, y el motivo que los moviliza es el deseo de venganza de un familiar asesinado.

Por su parte, la tercera perspectiva, la del pastor que da su testimonio, adopta un tono similar al de muchos otros cuentos de El llano en llamas: el de la confesión de un personaje que revela información respecto de un crimen violento e intenta despegarse, de manera dudosa, de la responsabilidad que se le adjudica en ese crimen. En efecto, el pastor es sospechoso de haber colaborado con la muerte de José: “¿De modo que ora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo de encubridor? ¿Y dice usted que me va a meter en la cárcel por esconder a ese individuo?” (38). El cuento exhibe cómo la intervención de las fuerzas jurídicas oficiales no resuelve los problemas, sino que crea más víctimas, con lo cual se introduce una nueva crítica al gobierno posrevolucionario en México.

A lo largo de esta historia, la imposibilidad de escapar a la violencia emerge como un tema dominante. La lucha armada de la Revolución inició un ciclo de violencia del que ninguno de los personajes puede desprenderse. Evidentemente, la violencia se ha convertido en algo tan frecuente que ya no necesita justificación. De ahí la naturalizada falta de información en torno a los acontecimientos que desencadenaron el conflicto entre José y Urquidi: nunca se explica por qué Urquidi mató al hermano de José. El ciclo de violencia comenzó en algún momento y cada uno de ellos se ve obligado a continuarlo. Asimismo, se expone en este cuento, y en muchos de la serie, la negligencia de la justicia estatal y, muchas veces, su total ausencia. Ante la evidencia de un Estado ausente, que no interviene ni para ayudar a los habitantes ni para hacer cumplir la ley, la población se ve en la necesidad de acudir a una ley individual y a la justicia por mano propia. En “El hombre”, frente a la ley estatal, se ve cómo José y Urquidi se manejan en pos de la ley de la sangre: sus vidas se ponen en riesgo con tal de vengar la vejación familiar. De este modo, se expone el modo en que la violencia circula, armando una cadena de venganzas que nunca termina y que es capaz de destruir las vidas de las personas.

“En la madrugada” comparte con “El hombre” la multiplicidad de perspectivas narrativas: hay dos voces que tejen el relato, la del narrador y la del viejo Esteban. Para acercarse a una real comprensión de los hechos, hace falta recoger la información de ambos narradores y combinarla para rellenar los huecos de sentido. Nuevamente, nos encontramos con un personaje acusado de un crimen, que, a modo de confesión, cuenta su versión de los hechos e intenta argumentar a favor de su inocencia: “¿cómo no iba a acordarme de que había matado a un hombre? Y, sin embargo, dicen que maté a don Justo” (44). No obstante, el mismo Esteban termina poniendo en duda su relato, pues reconoce que no recuerda realmente lo que sucedió: “Que dizque yo lo maté. Bien pudo ser. Pero también pudo ser que él se haya muerto de coraje” (46). Resulta muy significativo cómo el propio personaje asume que es capaz de cometer un acto de violencia de esa magnitud.

Si en "El hombre" la violencia se comete voluntariamente, y pone en marcha un ciclo de destrucción que acaba por herir a los más inocentes, en "En la madrugada" la violencia es una fuerza que está latente en nuestro interior y que a menudo escapa a nuestro control. La violencia se ha convertido en algo tan natural que los protagonistas no pueden precisar lo que motiva sus acciones, ni siquiera reclamar la plena responsabilidad de las mismas. Además, en ambos relatos se evoca el ámbito de la justicia, tomando interrogatorio a sospechosos. En ambos relatos nos damos cuenta de que cuando las instituciones de la justicia posrevolucionaria están involucradas, la culpabilidad del acusado se asume desde el principio.

“En la madrugada” retrata, aunque de manera lateral, la relación incestuosa que mantiene don Justo con su sobrina Margarita: “Justo Brambila dejó a su sobrina Margarita sobre la cama, cuidando de no hacer ruido” (45). El hecho de que lo haga a hurtadillas acentúa el grado de perversión que caracteriza estos vínculos familiares. El hombre sabe que hay que ocultar esa relación, y aprovecha que su hermana está postrada hace años para llevar adelante su amorío; no sabemos la edad de Margarita, pero el hecho de que la lleve dormida en brazos nos permite intuir que se trata de una menor, lo cual resulta aún más incómodo. Sin embargo, una vez más, Rulfo no narra esto desde una tercera persona que emite un juicio de valor, solo expone la situación, para que el lector saque su propia impresión al respecto. Algo similar sucede con “Macario”: aquí, quien narra es un niño con algún tipo de discapacidad intelectual. El lector se entera por él, con toda naturalidad, de que Felipa, la mujer que lo cuida en la casa de su madrina, suele acostarse en su cama y darle de tomar leche de sus senos, y luego hacerle cosquillas toda la noche. Con horror, el lector se permite dudar de esa perspectiva inocente y repone, incómodamente, las señales de abuso que hay en esa dinámica. Nuevamente, los lazos familiares están degradados.

La religión es un tema importante a lo largo de El llano en llamas, pero adopta una posición especialmente central en "Talpa". Lo que impulsa la historia es el peregrinaje de Tanilo a Talpa con el fin de que la Virgen de Talpa lo cure de su enfermedad. Aunque Natalia y el narrador inician el viaje con la intención de acabar con el moribundo Tanilo para poder estar juntos, en el camino hacen todo lo posible por alimentar su esperanza de un milagro religioso, aunque solo sea para conducirlo hacia una muerte temprana. Irónicamente, Tanilo buscaba un milagro de vida renovada cuando emprendió la peregrinación que resultó en su muerte. Pero esa muerte no es sorpresiva para el lector porque el narrador la anuncia desde el comienzo de su relato. Es muy usual este tipo de estrategia narrativa en Rulfo: en lugar de generar una expectativa que luego se frustra, el narrador comienza la reconstrucción del pasado por su desenlace: “Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera” (50). Pero en lugar de acabar así con la intriga, la fuerte declaración del narrador alerta al lector y lo convoca a seguir ansiosamente la cadena de acontecimientos que condujeron a tal nivel de violencia.

En cierto modo, la peregrinación a Talpa tuvo como resultado un milagro, aunque no el que Tanilo esperaba. El viaje tiene un efecto sobre su esposa y su hermano, que salen de él avergonzados y abandonan su relación pecaminosa, golpeados por la culpa. En efecto, antes de llegar a Talpa, la imagen que despliega el narrador de Tanilo es animalizada y desagradable: “aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto” (57). Eso y su deseo de estar juntos les impide a Natalia y el narrador sentir empatía por él. Sin embargo, una vez en Talpa, la imagen de Tanilo se transforma, en pos del sacrificio a la Virgen, y eso conmueve finalmente a sus acompañantes: “aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo” (59). A partir de este cambio que se operó en el narrador, su discurso adopta la forma de una confesión pero esta vez de acuerdo al culto católico, orientada a expurgar la culpa.

Durante la peregrinación, Tanilo, Natalia y el narrador parecen hacer todo lo posible por interpretar el relato religioso ideal al que aspira el enfermo. En particular, Tanilo pide llevar una corona de espinas hacia el final del relato. Además, el narrador y Natalia deben llevarlo a cuestas: “Tanila se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros” (56). Estas descripciones evocan el vía crucis, en el que Jesús se esforzó por llevar la cruz. Por otro lado, en cuanto al narrador, su comportamiento traidor podría compararse con la traición de Judas a Jesús o con la forma en que Caín llevó a Abel al campo para matarlo.

De este modo, "Talpa" puede leerse como una alegoría religiosa pero que resulta incompleta o incluso contradictoria, en la medida en que los personajes involucrados se disponen a imitar unos ideales que saben que los exceden. La desesperación los lleva a recurrir a elementos de una serie de relatos bíblicos en un esfuerzo por trascender su entorno. Sin embargo, el tono épico queda frustrado con la imagen final de Tanilo, su cadáver lleno de moscas.

Por otra parte, en “Talpa” acudimos nuevamente al poder arrollador y opresor de la naturaleza, que azota cruelmente a los viajantes durante su peregrinación y los reduce a la condición de gusanos: “Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba (...) y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba” (54).

“Macario” tiene rasgos particulares que no se presentan en el resto de los cuentos del libro. Se trata del monólogo de un niño, como si se tratara de un fluir de la conciencia, y es una de las pocas historias en las que no interviene un narrador externo. Si en la mayoría de los relatos se presentan personajes envueltos en luchas con la tierra, la naturaleza o la política, aquí Rulfo se limita a explorar la psiquis de un niño discapacitado.

"Macario" es, sin duda, el más difícil de resumir de los cuentos de Rulfo debido a su estilo narrativo. La historia es más un monólogo que un relato corto, y es pronunciada por el protagonista, Macario, en un largo párrafo en primera persona. La naturaleza fluida del discurso de Macario se asemeja a la técnica del "flujo de conciencia", ya que el personaje asocia libremente, saltando de un tema a otro y de vuelta en muy poco tiempo. Las frases son cortas y sencillas, como en otros relatos de Rulfo. La diferencia es que, además de captar la voz de la gente sencilla del campo, aquí el lenguaje de Rulfo también comunica la naturaleza infantil de Macario.

Como se ha dicho, el papel de Felipa en la vida de Macario es ambiguo y también ambivalente. A pesar del trasfondo erótico y equívoco que caracteriza su vínculo, se entiende también que ella oficia como madre sustituta de Macario. Nuevamente, en el retrato de esta familia disfuncional conformada por Macario, Felipa y la madrina, se filtran los rasgos del contexto político mexicano y la desesperada situación económica que ha desplazado y marginado a estos personajes. A partir de esas inclemencias, los personajes lograron construir una familia improvisada a partir de los restos de la posrevolución. Este hecho convierte a Macario en el personaje más feliz de Rulfo; de hecho, quizás su único personaje feliz.