Panza de burro

Panza de burro Resumen y Análisis Sus pisadas en el piche - Ese día solo había potaje coles

Resumen

Sus pisadas en el piche

Se acercan las fiestas del barrio. La comisión organizadora pasa por las casas pidiendo dinero. La abuela y el tío Ovidio se esconden para no tener que darles los cuatro euros que tienen, pero finalmente son descubiertos.

La narradora se va a andar en bicicleta a la calle. Se encuentra con Isora y, juntas, caminan por la carretera. Allí se topan con dos niños, Mencey y Ayoze. Son un año más chicos que ellas, pero, según Isora, son muy despiertos. Las invitan a jugar al “tocaculos”. Isora los rechaza y la narradora admira su determinación.

Flaquita como unos perros de caza

Las niñas juntan cosas que pueden vender con el fin de juntar dinero y comprar un balón intragástrico que les permita ser flacas. Algunas de esas cosas son robadas del almacén de Chela, otras son dibujos y otras, nimiedades que encontraron andando por ahí. La empresa es un fracaso absoluto.

Estregarse

La narradora cuenta cómo se masturba junto a Isora. Lo que hacen es refregarse contra diferentes objetos como las sillas del colegio, las cabezas de las barbies o los bolígrafos. Según la narradora, desde niñas Isora y ella hacen eso, pero la acción de “estregarse” se volvió más frecuente cuando comenzaron los anuncios de que el volcán que queda cerca de sus casas podía entrar en erupción en cualquier momento. A partir de entonces, decidieron disfrutar al máximo antes de morir. Cada vez que terminan de masturbarse, las niñas rezan con todas sus fuerzas para que el volcán no erupcione.

Mi santa con heridas en las rodillas

La narradora habla de la tristeza que suelen sentir Isora y ella cuando termina la telenovela de la tarde. Isora se angustia tanto que a veces dice que quiere quitarse la vida. Sabe incluso que la mejor forma de suicidarse es cortándose las venas en una bañera llena de agua caliente.

Para combatir la tristeza, las niñas juegan a marearse y caerse hasta que les sangran los codos y las rodillas. Entonces se lamen la sangre mutuamente.

La carita de Jesucristo

La narradora cuenta que la casa de Isora tiene dos plantas. Arriba está el cuarto de la madre de Isora, que ha fallecido hace años. Chela no quiere que las niñas entren ahí, pues desea que todo se mantenga igual a como era cuando su hija vivía.

Sin embargo, Isora a veces sube y se prueba alguna de las bragas que pertenecían a su madre. Un día, le propone a la narradora que ambas hagan eso. La narradora acepta. Las niñas, semidesnudas, se tiran en la cama y se frotan entre ellas. La narradora siente algo que nunca sintió: algo caliente que nace dentro de su cuerpo. Siente también ganas de ser la madre de Isora para cuidarla por siempre. La mira a los ojos y entonces Isora cambia la actitud: le dice que tienen que bajar porque la abuela se puede enojar.

Ese día solo había potaje coles

La narradora come en casa de Isora. Allí, a diferencia de lo que sucede en su casa, es obligatorio comerse todo lo que se sirve. Ese mediodía, la narradora come muchísimos coles y siente muchas ganas de defecar. Sin embargo, decide aguantar porque la presión en el estómago le hace sentir felicidad.

Pasa un rato largo jugando a las Barbies con Isora hasta que no aguanta más. Isora le dice que no puede usar el baño porque Chela no deja que lo usen los invitados, así que le da una cajita. La narradora hace allí sus necesidades, frente a la mirada atenta de su amiga.

Cuando termina, percibe que se manchó la bombacha. Isora, entonces, le hace una compresa con papel higiénico para que se la ponga en el trasero. A la caja la esconde en un rincón del almacén de Chela.

Una semana después, Chuchi descubre la caja. Chela castiga a Isora y la pone a dieta rigurosa, ya que su abuela considera que hay muchas heces en la cajita, y eso es señal de que está comiendo mucho.

Análisis

En estos capítulos, Abreu profundiza lo que viene construyendo desde el inicio: un mundo donde las niñas crecen sin red, sin protección institucional ni afectiva suficiente; un mundo donde la sexualidad emerge como una fuerza intensa y confusa, y donde el cuerpo aparece como el único territorio verdaderamente propio. Aquí se hace visible cómo sobre las protagonistas se superponen distintas formas de desamparo: el familiar, el estatal, el económico y el que deriva de crecer siendo mujeres en un entorno hostil.

Pero vamos por partes. En "Sus pisadas en el piche" reaparece el abandono estatal del que hablamos en las secciones previas. Las fiestas del barrio (único acontecimiento colectivo que promete cierta alegría) no están garantizadas ni financiadas por ninguna institución estatal, sino que dependen de una comisión barrial que recorre las casas pidiendo monedas a quienes menos tienen. La escena en la que la abuela y el tío Ovidio se esconden para no entregar sus pocos euros (que están destinados a pagar las deudas con el almacén) da cuenta de cómo la comunidad debe sostener, con recursos mínimos, aquello que el Estado no provee. La narradora se ve obligada a mentirles a los recaudadores y cerrar la puerta en sus narices, pero finalmente la verdad sale a la luz y los cuatro euros de la familia quedan en manos de los organizadores de la fiesta.

En este contexto, la casa deja de funcionar como refugio y se transforma en un escondite precario. Cuando la narradora sale, los peligros aparecen de inmediato. Los organizadores de la fiesta ya se han marchado (dejando a todo el barrio sin dinero), pero Ayoze y Mencey se hacen presentes con su propuesta de jugar al "tocaculos", anticipando la violencia sexual que más adelante sufrirá la narradora. El hecho de que las amenazas estén encarnadas en unos simples organizadores de fiesta (con la capacidad de quitar el dinero que ha de usarse para comprar alimento), y unos niños de once o doce años demuestra hasta qué punto el riesgo en el que viven las niñas es estructural y transversal. Va desde lo más grande hasta lo más pequeño.

Esta vez, sin embargo, las niñas se salvan. La rotunda negativa de Isora a los niños funciona como un gesto de determinación excepcional, casi heroico. La narradora la admira profundamente. La fortaleza y la seguridad de Isora contrastan con ese entorno en donde no hay ni adultos ni normas que las protejan. El cuerpo de las niñas, nuevamente, aparece como el único terreno que les es verdaderamente propio. Pero está en riesgo, y no solo por lo que puedan hacerles los demás.

En "Flaquita como unos perros de caza", las niñas se proponen llevar a cabo una empresa absurda y desesperada: juntar dinero para comprar un balón intragástrico. La fantasía médica, escuchada al pasar en el almacén, funciona como promesa mágica de salvación corporal. Las niñas creen que si logran ser flacas como las actrices de "Pasión de gavilanes" podrán cambiar su situación y tendrán una vida soñada, como las que viven las mujeres de telenovela. Recordemos que esta obsesión por la delgadez lleva a Isora a vomitar constantemente.

Esa violencia contra el propio cuerpo también aparece en "Estregarse". Aquí, la sexualidad de las niñas irrumpe, pero no como descubrimiento gozoso sino como una descarga corporal desbordada, inseparable del miedo y de la muerte. Las niñas no se masturban con amor ni cuidado, sino que se frotan desesperadamente contra todo tipo de objetos. Se frotan hasta el dolor (de hecho, más adelante, la narradora sangrará al masturbarse). La masturbación de las niñas aparece asociada directamente a la amenaza del volcán: si todo puede terminar, hay que "estregarse" más fuerte y más seguido. El deseo sexual no está separado del entorno. El volcán que no explota funciona como metáfora de una sexualidad a punto de desbordar; una sexualidad siempre contenida, siempre peligrosa. Por eso, cada vez que terminan de masturbarse, las niñas rezan. La religión aparece aquí como un gesto desesperado, supersticioso e infantil. Las niñas rezan para que el cuerpo y el mundo no estallen.

Ese cruce entre religión, cuerpo y dolor se intensifica en "Mi santa con heridas en las rodillas". La tristeza de Isora es profunda, persistente y adulta. Habla de suicidio con una precisión que asusta a la narradora. Por supuesto, no hay contención familiar, no hay escucha de los adultos, ni ningún tipo de acompañamiento terapéutico que le permita lidiar con esa angustia. La única que está con Isora es la narradora. El desamparo afectivo por parte de los adultos es total. Para salir de esa angustia, las niñas, como los Flagelantes de la Edad Media, llevan a cabo rituales físicos: juegan a lastimarse hasta sangrar y luego se lamen mutuamente las heridas. El relato de San Antón y su perro introduce una religiosidad popular profundamente corporal: la curación no viene de Dios, sino del animal que lame la herida. La narradora desea ser ese perro para Isora: cuidarla, curarla con su lengua. La relación entre ambas ya no es solo amistad o deseo: es una forma primaria y desesperada de cuidado mutuo ante un mundo que no las protege.

"La carita de Jesucristo" va aún más allá. Aquí, el cruce entre sexualidad, religión y muerte llega a su apoteosis. El cuarto de la madre muerta de Isora es un espacio sagrado y prohibido que las niñas transgreden para llevar a cabo sus juegos sexuales. Isora se pone la ropa interior de su madre fallecida y las niñas se frotan en la cama materna, mientras miran la imagen de Cristo que está tallada en el cabezal de la cama. Lo sexual, lo materno y lo religioso coexisten aquí sin jerarquía ni separación. La excitación de la narradora se mezcla con un impulso maternal extremo: quiere ser la madre de Isora, protegerla, alimentarla.

Finalmente, "Ese día solo había potaje coles" muestra con claridad cómo la violencia se infiltra incluso en los actos cotidianos más nimios. Comer en casa de Chela es una experiencia de sometimiento. La abuela de Isora las obliga a comer todo lo que les sirve sin que le importe si tienen o no tienen hambre, o si les gusta o no les gusta la comida (la sopa de coles, particularmente, no les gusta). La escena en que la narradora defeca en la caja de regalices, mientras Isora la observa con solemnidad, lleva al extremo la fusión entre plano material y simbólico del que hablamos previamente. Los excrementos de la narradora (como el vómito de Isora al principio de la novela) las unen, dan cuenta de la intimidad, la confianza y el amor que tienen la una por la otra.