Panza de burro

Panza de burro Resumen y Análisis Como cuando no existía Isora - Los papelitos de colores puestos encima de la plaza

Resumen

Como cuando no existía Isora

La narradora se pasa dos días encerrada en su casa, jugando con la gameboy. Ignora la constante sugerencia de su abuela de que salga a ver el sol. El tercer día, sin embargo, la abuela la manda al almacén de Chela a hacer unas compras y no puede decir que no. Además, tendrá que pedir fiado, porque no tienen dinero.

La narradora decide entonces demostrarle a Isora que ya no la necesita como amiga, y que su presencia le es indiferente. Al verla en el almacén, se sorprende. Le parece que está más grande y más linda. Isora la ignora totalmente.

lo último que le queda a una

La narradora imagina diferentes maneras de desaparecer de la faz de la tierra, como, por ejemplo, cavar un agujero con sus uñas, enterrarse y convertirse en una raíz que posteriormente sea comida por un animal.

Así parecíamos mariposas de noche

Tras pasar varios días encerrada, y por insistencia de su abuela, la narradora sale a caminar en dirección de las casas rurales. Allí se encuentra con una niña madrileña que está de vacaciones y la invita a jugar al monte con ella. Las dos niñas se adentran en los pinos, y caminan más allá de los sitios conocidos. Se sientan juntas en unos riscos, entre helechos, cogidas de la mano. En un momento, la narradora le pide a la niña que le muerda la vagina y la niña accede. Luego de que lo hace, la narradora extraña más que nunca a Isora, y advierte que no existen dos niñas como ella.

Estregarse sola

La narradora ve a Isora por todas partes. Su obsesión la lleva a masturbarse sola por primera vez, imaginando que está con ella. Mientras se masturba, llora, y cuando termina, está sangrando. Entonces imagina que el volcán se despierta, que todo el pueblo debe ser evacuado de emergencia y que, en ese momento de crisis, se reencuentra con Isora, vuelven a ser amigas como antes, huyen juntas hacia el mar y, desde allí, ven cómo la isla se hunde en la lava y no queda nada.

Lagarta arrastrada

La narradora va a buscar a Isora. Está dispuesta a humillarse y a ser una "lagarta arrastrada" con tal de recuperar su amistad. La encuentra en el baño de su casa. Isora, como si nada, le propone caminar hasta el límite del barrio. La narradora acepta.

Isora actúa como si fuera una guía experta, como si conociera los caminos a la perfección. Sin embargo, al llegar al terraplén de Redondo, se detiene y confiesa tener miedo de seguir y salir del barrio. Vuelven. De regreso, la lluvia las sorprende y corren. Se refugian de la tormenta bajo un alero. Estando allí, se besan apasionadamente.

Los papelitos de colores puestos encima de la plaza

El día después de la reconciliación, la narradora llama a Isora, pero le dicen que su primo la llevó a la playa y que no volverá hasta la noche. A pesar de que es temprano, la narradora decide ir a esperar a Isora a la carretera. Usa un puñado de piedras para contar mentalmente las horas. Pasan la tarde y la noche. Finalmente, se resigna y se va a dormir.

A la mañana siguiente, la narradora se levanta antes del amanecer y corre hacia la venta de Isora. Extrañamente, está cerrada. Aparece Eufracia y, entre balbuceos y lamentos, le entrega un rosario fosforescente y le dice que Isora se ha ahogado en el mar. En lugar de volver a casa, la narradora se va caminando más allá de los límites del barrio; deja atrás la neblina de la panza de burro y logra ver con claridad la playa.

Análisis

En sus últimos capítulos, tras el clímax alcanzado con la violación de Ayoze y la pelea de la narradora con Isora, la novela comienza a caer lentamente en el vacío. El tono enérgico, propio de la peripecia, que viene dominando la narración, se apaga y es reemplazado por un tono existencial, angustioso. La narradora intenta ensayar una vida “como cuando no existía Isora”, pero ese intento fracasa rotundamente. Su encierro con la gameboy en casa no es ocio sino anestesia: jugar mal "a los pokémon", repetir combates sin sentido, leer una y otra vez los mismos diálogos entre los personajes del videojuego es la forma que encuentra de suspender el pensamiento, de no enfrentar su pérdida. La narradora ya no puede jugar como antes. Su infancia, luego de todo lo que le pasó, ya no existe más.

Para intentar seguir adelante, la narradora pretende entrar, entonces, en el mundo adulto. Va al almacén con la idea de coquetearle a su amiga a través de la indiferencia. Pero aquí también fracasa: Isora es y siempre ha sido más madura que ella. La narradora intenta demostrarle que su presencia no le importa, pero el cuerpo la traiciona: la sorpresa ante la belleza de Isora y la percepción de que “parece otra persona”, una mayor, la dejan estupefacta. La indiferencia de Isora es entonces más violenta que el puñetazo que le dio días atrás. Al mismo tiempo, esta escena vuelve a inscribir la historia en el marco de precariedad material que atraviesa toda la novela: la narradora debe pedir fiado, pero la deuda de su familia en el almacén es demasiado grande y termina siendo humillada por Chela y Chuchi. El desamor y la pobreza se superponen. La narradora vuelve a su casa entendiendo que, en el mundo adulto, también está perdida.

El capítulo "lo último que le queda a una" narra este vacío de sentido a través de la ruptura del lenguaje. La angustia de la narradora irrumpe como un flujo de imágenes corporales extremas, autodestructivas, casi obscenas. Desaparecer, enterrarse, convertirse en raíz, ser comida por un animal... Su fantasía no es morir de forma limpia, sino degradarse, volverse desecho, como el vómito, como los excrementos, como la sangre, como todos esos elementos que alguna vez la unieron a Isora.

Instada por su abuela, la narradora sale de su casa en "Así parecíamos mariposas de noche". Sale sin fe ni esperanza de que algo bueno le pueda suceder. Sin embargo, en el camino conoce a una niña madrileña y, por un momento, llega a creer que es posible intimar con otra persona que no sea Isora. Cree que puede reemplazarla. Pero, nuevamente, fracasa. El encuentro sexual con la madrileña, violento como todos los encuentros sexuales de la novela, carece de cualquier singularidad afectiva. La sexualidad aparece totalmente desligada del amor: es posible el acto, pero no la comunión. El recuerdo de Isora irrumpe de inmediato y, con él, la certeza de que no hay equivalencias. Esta experiencia no expande su mundo, sino que lo reduce: todo conduce inevitablemente a Isora.

¿Qué hace, entonces, la narradora? Fantasea con estar con Isora y se masturba a solas, compulsivamente. En "Estregarse sola", el cuerpo vuelve a presentarse como el único espacio a través del que puede procesarse la pérdida. La narradora se masturba con violencia hasta hacerse sangrar, mientras fantasea con que el volcán erupciona, la isla desaparece, y se reencuentra con Isora en un espacio nuevo. En dicha fantasía, el plano material (la lava, la isla, las casas, los objetos) y el simbólico (el amor) se funden definitivamente. Todo está arrasado, aniquilado.

En "Lagarta arrastrada", la narradora acepta humillarse con tal de reconciliarse con Isora. El recorrido que hacen juntas hasta el límite del barrio es profundamente significativo: Isora, que parecía guía absoluta, confiesa su miedo a salir (he aquí un presagio de lo que ocurrirá cuando efectivamente lo haga). El barrio se presenta, entonces, como cárcel y refugio a la vez. No hay mundo posible más allá. El beso de las niñas bajo la lluvia es su primer gesto amoroso que no aparece desbordado por la vehemencia de los cuerpos. Es un beso pasional que demuestra que, prematuramente, la infancia va terminando, y ahora pueden entrar juntas en otra etapa.

Por un momento, la novela parece encaminarse hacia un final feliz. Pero esta ilusión dura poco. Abreu no cae en romanticismos. No nos deja olvidarnos de que durante toda la obra construyó un mundo en el que no es posible que las niñas se salvaguarden a través de su amor o su amistad. El último capítulo, "Los papelitos de colores puestos encima de la plaza", nos da el golpe final. Isora cruza el límite, sale del barrio, va a la playa, al territorio de los otros, y muere. Su muerte aparece ligada directamente al desamparo que atraviesa toda la novela: nadie la cuidó.

La última escena de la novela, con la narradora saliendo del barrio y dejando atrás la panza de burro, no es una promesa de salvación, sino un gesto de supervivencia mínima. Ver la playa con claridad no implica entender ni superar lo ocurrido. Implica, apenas, seguir hacia adelante. La amistad, el amor y la sexualidad no se clausuran con la muerte de Isora: quedan como marcas imborrables en su cuerpo y en su memoria. Panza de burro termina así reafirmando su apuesta más dura: crecer no es aprender a estar a salvo, sino aprender a cargar con la pérdida. Y sobrevivir.