Panza de burro

Panza de burro Citas y Análisis

Yo me levanté y la seguí. La hubiese seguido al baño, a la boca del volcán, me hubiese asomado con ella hasta ver el fuego dormido, hasta sentir el fuego dormido del volcán dentro del cuerpo.

Narradora, "Tan echadita palante, tan sin miedo", 17.

En esta cita, la narradora expresa su devoción absoluta por Isora, dejando en claro que su vecina es mucho más que una amiguita de la infancia. La imagen del volcán, elemento central del paisaje isleño, funciona como metáfora del cuerpo y de la pasión latente. El “fuego dormido” representa el deseo sexual de la narradora, mientras que el impulso de seguirla, incluso hasta el borde de la muerte, da cuenta de su dependencia emocional por Isora.

Yo quería comerme a isora y cagarla pa que fuera mía guardar la mierda en una caja pa que fuera mía pintar las paredes de mi cuarto con la mierda pa verla en todas partes y convertirme en ella yo quería ser isora dentro de isora isora isora isora.

Narradora, "comerme a isora", 54.

Esta cita también da cuenta del deseo de la narradora por Isora, un deseo enloquecedor, que desborda toda forma racional o socialmente aceptable. La ausencia total de puntos, comas y mayúsculas crea una corriente ininterrumpida de pensamiento, un flujo verbal que emula el fervor del deseo y la obsesión. La sintaxis se descompone a la vez que el yo se disuelve. No hay pausas, jerarquías ni límites entre acción y pensamiento, entre el cuerpo y la palabra.

Voy aserte caricias ke no san inventao.

Narradora, "Voy aserte caricias ke no san inventao", 55.

Esta frase es una cita que proviene de la canción "Obsesión", del grupo bachatero Aventura, que la narradora e Isora escuchan todo el tiempo. Las faltas de ortografía, por un lado, emulan la oralidad del habla del barrio, y, por el otro, demuestran cómo las niñas se apropian de los elementos de la cultura popular a su manera, integrándolos a su cosmovisión. De hecho, la narradora reinterpreta esas “caricias que no se han inventado”. No piensa esa frase como una propuesta erótica, sino que se imagina acariciando a Isora en lugares extraños, como las rodillas o las uñas.

Me encantaba la capacidad de Isora para decir que no a la gente. Ella no tenía miedo de que la dejasen de querer.

Narradora, "Sus pisadas en el piche", 57.

En esta cita, la narradora proyecta sobre Isora todo aquello que ella misma no puede ser. La narradora vive la aprobación de los demás como una necesidad vital. Teme que cualquier negativa la vuelva invisible o indigna de cariño. En cambio, Isora se mueve por el mundo con una seguridad casi salvaje. No le importa nada de lo que piensen o digan los otros.

Esta cita adquiere un peso terrible en el capítulo "Edwin Rivera", en el que la narradora es violada por Ayoze y en ningún momento es capaz de negarse a lo que el niño le pide que haga.

Yo soñaba con curarle la tristeza a Isora, quería ser su perro y ella mi santa con heridas en las rodillas.

Narradora, "Mi santa con heridas en las rodillas", 66.

En esta cita, la narradora expresa su devoción por Isora reproduciendo la imaginería religiosa que reina en los adultos que la rodean. Por un lado, su deseo de ser el perro de Isora remite a la anécdota que le contó su abuelo sobre el perro que curó las heridas de San Antón (cabe aclarar que, en realidad, el abuelo de la narradora confunde aquí a San Antón con San Roque, pero nadie lo advierte). Por otro lado, la narradora convierte a Isora en una santa, pero una santa terrenal, corporal, “con heridas en las rodillas”. La santidad de Isora es sucia y cotidiana. En ella se mezclan lo sagrado con lo escatológico, lo ideal con lo físico, lo elevado con lo más mundano y sencillo.

La religiosidad en Panza de burro es siempre algo vivido desde el cuerpo, nunca desde la doctrina, y esta cita lo demuestra a la perfección.

Sentí el peso de sus tetitas y pensé que me estaba naciendo una cosa caliente en la zona de abajo del cuerpo, como un potaje que hervía y el caldero iba botando agua pafuera.

Narradora, "La carita de Jesucristo", 67.

Esta cita proviene de la escena en la que la narradora e Isora, por primera vez, se desnudan y se "esfregan" la una contra la otra. Como siempre, la narradora expresa lo que siente utilizando el lenguaje que le es propio a su cosmovisión y su corta experiencia vital. El símil culinario (“un potaje que hervía”) no solo nace de la imaginería doméstica y rural propia del universo de Panza de burro, sino que traduce la sexualidad infantil en algo material, cotidiano y casi cómico, muy alejado de cualquier sofisticación o erotización adulta. Además, la falta de tecnicismos y el uso de la oralidad (“pafuera”) dejan en claro que la niña no comprende aún lo que siente, y solo puede nombrarlo a través de comparaciones sensoriales que pertenecen a su mundo inmediato.

Me di cuenta de que Isora estaba en otro lugar, un sitio del que yo no alcanzaba a ver ni el principio y por un momento tuve miedo, miedo de que se diera cuenta de mi inocencia, de que se cansara de mi cabeza asintiendo y mi boca cerrándose.

Narradora, "La musiquita de Pepe Benavente", 76.

Aquí, por primera vez, la narradora percibe una distancia irreductible entre ella e Isora. Ese “otro lugar” no es geográfico, sino emocional y vital: Isora vive experiencias y tiene deseos que la narradora ni siquiera comprende. El miedo que siente entonces no es solo a perder a su amiga, sino a que Isora descubra su ingenuidad y considere que no está a su altura.

El estilo de la cita (frase larga, sin pausas) reproduce el flujo de pensamiento ansioso de la narradora, que trata de comprender lo que está sintiendo antes de que la emoción la desborde.

Los niños siempre me daban asco pero creía que tenía que enamorarme de ellos.

Narradora, "Edwin Rivera", 83.

El asco que siente la narradora hacia los niños no es solo un rechazo a los varones de su edad, sino una forma física de expresar que su deseo no coincide con las expectativas sociales. La frase pone en evidencia la presión normativa que pesa sobre la narradora (y las niñas de su entorno), quien debe enamorarse de los niños porque así funciona el mundo heterosexual del barrio, de la escuela, de las canciones, de las amigas. En lugar de deseo, lo que experimenta la narradora es repulsión, señal de que su afectividad no se dirige hacia los niños, sino hacia una niña: Isora.

Aquí, Abreu expone la violencia silenciosa de la heteronormatividad en la infancia y adolescencia: la narradora intenta encajar en un molde que le es ajeno, mientras su deseo verdadero lo vive en secreto y con culpa.

El mar y el cielo parecían la misma cosa, la misma masa gris y espesa de todos los días. Se me ocurrió que la tristeza de la gente del barrio eran las nubes, las nubes clavadas en la punta del cogote.

Narradora, "Medio kilo a cada papa", 90.

En esta cita, la narradora establece un paralelismo entre el paisaje y el estado emocional de los personajes de la novela. La panza de burro que cubre al barrio es un símbolo de la tristeza colectiva. Esta cita da cuenta de que, en la novela, el entorno natural no es decorativo, sino una manifestación exterior de un estado de ánimo interior. Además, deja en claro que la pobreza, el encierro y la falta de expectativas no son solo condiciones sociales, sino una experiencia atmosférica que se respira y se soporta sobre la nuca.

Isora ya no era mi amiga. Yo estregándome sin Isora. Yo estregándome y llorando al mismo tiempo.

Narradora, "Estregarse sola", 104.

Este es uno de los momentos más desgarradores de la novela. La narradora se ha peleado con Isora y la tristeza le ha tomado el cuerpo. La masturbación (que otrora era vivida con placer junto a Isora) aparece aquí asociada a la ausencia. La repetición de la frase funciona como un lamento rítmico, como un rezo roto. La estructura fragmentada de la cita, sin verbos conjugados ni conectores, registra la descomposición emocional de la narradora. El lenguaje pierde cohesión del mismo modo que ella ha perdido a Isora. La masturbación se vuelve un intento desesperado de retener algo del vínculo, una forma de buscar en el cuerpo una cercanía que ya no existe en la realidad.