Panza de burro

Panza de burro Imágenes

Isora

Esta imagen visual muestra la fascinación y la envidia que siente la narradora por la precoz madurez femenina de Isora. El lenguaje utilizado relaciona lo íntimo y lo sexual (las "tetitas" y el "pepe") con la pobreza y la fealdad del entorno en el que viven las niñas (la "gomita con azuquita blanca" y el "césped falso"). Dice: "La envidiaba por sus tetitas redondas y blanditas como una gomita con azuquita blanca, aunque a ella no le gustaban. Y porque tuviese la regla y porque tuviese pelos en el pepe. Isora tenía un monte de pelo negro tieso y picudo, como el cespe falso de las casas rurales" (20).

La cura del mal de ojo

Esta imagen pertenece a la escena en que Eufracia cura del mal de ojo a Isora. Introduce un elemento fundamental en el universo de la novela: la religiosidad popular y las supersticiones.

Le hizo la señal de la cruz a Isora y empezó a decirle que en cruz padeció y en cruz murió y en cruz Cristo te santiguo yo, e Isora la miraba con los ojos abiertos como chernes, y la mujer movía la boca y se estregaba los dedos arrugados como troncos de viña seca, retorcidos, cuarteados de los años de lejía y tierra. Y señor mío Jesucristo, por el mundo anduvistes, muchos milagros hicistes, mucho a los pobres sanastes, a María Magdalena perdonastes, al santo árbol de la cruz, y los ojos de la mujer se iban poniendo más blancos que una carta, se estregaba las manos más rápido, más fuerte y yo miraba a Isora, yo la miraba y su cara era tranquila pero atenta, con la cadenita de la Virgen de Candelaria dentro de la boca, de alegría por estar siendo curada. Y yo pensaba se va a morir, se va a morir, la va a matar Lucifer cuando le salga por los ojos a Eufracia (23).

La panza de burro

En esta imagen, la autora describe de manera magistral el paisaje opresivo en el que viven las niñas, utilizando el lenguaje y la percepción infantil de la narradora: "Ese día tampoco se veía el sol en el cielo, pero se podía sentir que estaba metido detrás de las nubes. El cielo era como una pared blanca con un círculo amarillo pintado con creyones que alguien había tapado después con más pintura blanca" (45).

El puñetazo de Isora

Esta extensa imagen pertenece a una de las escenas más violentas y significativas de la novela. El momento en que Isora le da un puñetazo a la narradora en la boca marca un quiebre definitivo en la relación entre ellas y da inicio al desenlace de la novela:

Isora levantó el puño pesado, lo arrastró desde el borde del cuerpo hasta mi cara. Lo colocó suspendido en el aire tan solo un poco, tan solo para que se me quedase grabada en la memoria la forma de sus dedos morenos encogidos. Lo dejó caer. Lo dejó caer como en el jocico de un cochino, como cuando atontaban a un cochino pa después matarlo. Me quedé sentada en el piso. Miré las nubes del cielo y eran como plomos. Enormes, lentas, casi plateadas de tan grises. Alguien gritó ay Dios, ya baldaron a la niña! Vi la sangre caer sobre mis muslos. Era brillante, como boliches derretidos de brillantina roja, como el pintaúñas viejo de mi madre. La boca me sabía al jarro dagua de tío Ovi, la boca me sabía a la boca de Isora cuando nos besábamos detrás del centro cultural (93).