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Ficciones Resumen y Análisis "Funes el memorioso"

Resumen

El argumento de “Funes el memorioso” puede resumirse en unas pocas líneas: se trata de una semblanza que hace el narrador de Funes, un joven uruguayo capaz de recordar con lujo de detalles absolutamente todo lo que ha vivido, soñado e imaginado.

En el cuento, el narrador se propone hacer una descripción de Ireneo Funes a pedido de un editor que está compilando testimonios de quienes han conocido a este fallecido personaje. El narrador lo ha visto por primera vez en 1884, una tarde tormentosa, cuando regresaba a caballo del campo junto a su primo, Bernardo. Este le preguntó la hora al muchacho, quien respondió con total precisión. Ese rasgo quedó marcado en el narrador gracias a un comentario de su primo, y lo recordaría mucho tiempo después.

En 1887 el narrador vuelve a veranear en Fray Bentos y se entera de que Funes se ha caído del caballo y ha quedado paralítico. Con 19 años, Ireneo se pasa el día tendido, absorto en pequeños detalles de lo cotidiano. En ese viaje, el narrador lleva consigo los libros de latín con los que está aprendiendo de manera autodidacta. Al enterarse Funes de esto, le envía una carta en la que refiere con asombrosa precisión los detalles del encuentro de 1884, y le pide prestado algún libro en latín y un diccionario, para poder aprenderlo. El narrador, burlándose en parte de la simpleza de Funes, que pretende aprender latín tan solo con un diccionario, le envía la Naturalis Historia de Plinio y el diccionario de Quicherat.

Al tiempo, el narrador recibe un telegrama de Buenos Aires solicitando su pronto regreso, ya que su padre no se encuentra nada bien. Cuando arma sus valijas para partir a la mañana siguiente, recuerda los libros que ha prestado a Funes y se dirige esa misma noche a pedírselos. La madre de Funes lo recibe y le indica que el joven tullido está en una pieza al fondo del patio, tendido en su catre, a oscuras. Mientras el narrador atraviesa el patio, escucha la voz del uruguayo recitando con precisión en latín. Como se enterará durante el largo diálogo de esa noche, Funes recita el primer párrafo del capítulo 24 del libro 7 de Plinio, dedicado a la memoria.

Cuando entablan conversación a oscuras, Funes le cuenta con asombro que ha leído sobre todas aquellas personas de la antigüedad que han mostrado poseer una memoria prodigiosa. Luego, confiesa haber vivido hasta sus 19 años totalmente desmemoriado. Tras la caída del caballo, sin embargo, puede recordar absolutamente todo con total nitidez; frente a ese don, haber perdido la movilidad de las piernas le parece un precio razonable.

Funes puede describir con claridad las nubes de una mañana de 1884 o reconstruir un día entero de su vida, detalle por detalle. Esto lo ha hecho solo tres veces, y en cada caso ha necesitado de un día entero para hacerlo. Con su prodigiosa memoria, ha desarrollado nuevos sistemas para contar (llegando hasta 24.000 antes de abandonarlo): a cada número le ha otorgado un nombre. Por ejemplo, en lugar de 7014 dice “el ferrocarril”; en vez de 7013, “Máximo Pérez”. El narrador le explica que otorgar denominaciones aleatorias es justamente lo contrario a establecer un método, pero Funes no parece entenderlo. Así, su interlocutor llega a la conclusión de que Funes no piensa; solo recuerda: para pensar, reflexiona, es necesario olvidar, puesto que el pensamiento requiere olvidar diferencias, generalizar y abstraer, todas operaciones que el recuerdo constante de las percepciones concretas anula.

La charla continúa hasta el amanecer. Cuando, a la luz del día, el narrador observa el rostro de Funes, lo percibe milenario, antiguo, cargado con el peso de la historia. El narrador se despide y regresa a Buenos Aires. En 1889 se entera de que Funes ha muerto de una afección pulmonar, a los 21 años.

Análisis

Tal como anuncia el mismo Borges en el prólogo de "Artificios", Funes puede leerse como “una larga metáfora del insomnio” (p. 121), en tanto que el relato reconstruye la vida de Ireneo Funes, un joven uruguayo que, tras caerse del caballo y quedar paralítico, puede recordar absolutamente todo lo que ve y piensa. Así, el personaje se pasa las noches perdido en su memoria, reconstruyendo los detalles del día con la misma claridad que tendrían si estuvieran efectivamente ante sus ojos.

Sin embargo, esa primera lectura del cuento como una metáfora del insomnio no es la que más ha interesado a los estudiosos de la obra de Borges, quienes han leído este cuento desde muchas perspectivas diversas, encontrando en él desde una postulación sobre el intento del ser humano de comprender y aprehender al universo (es decir, de ganarle al caos infinito que es el mundo y ordenarlo de forma comprensible) hasta un tratado sobre la memoria y el olvido que precede a las neurociencias.

En la primera lectura mencionada, se puede pensar este cuento como una reflexión metafísica de la condición humana y, más precisamente, sobre la actitud del hombre frente al mundo, el concepto de dios y el universo. El relato introduce a un narrador que se propone recordar y poner en palabras su encuentro con Ireneo Funes. “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera” (p. 123). A esta primera frase le siguen otras cinco que repiten la misma estructura: al verbo recordar se le agrega aquello recordado y, tras una interrupción que hace el narrador para desprestigiar su testimonio, vuelve sobre la idea de recuerdo.

El recuerdo aparece sacralizado desde el comienzo del relato y lo coloca, desde una perspectiva filosófica, asociado a la idea de conocimiento. Esto introduce también el proyecto del relato: escribir un testimonio que formará parte de un libro sobre Funes; el conocimiento que se tendría sobre este personaje sería, entonces, la suma de estos recuerdos. El segundo elemento que se introduce, en contrapunto con la idea de recordar es la contemplación: el narrador recuerda a Funes contemplando una pasionaria, “viéndola como nadie la ha visto” (p. 123). En esta contemplación tan particular radica una de las claves de interpretación del texto.

Desde el título del relato, a Funes se lo presenta no por su nombre sino por su capacidad extraordinaria de percibir y recordar, que lo eleva sobre el resto de hombres. La aptitud perceptiva y la memoria infalible transforman a Funes en una máquina de registros sensoriales: “Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. (…) Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. (…) Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo” (p. 131). Estas hazañas portentosas, sin embargo, no transforman a Funes en un héroe dentro de la narrativa borgeana, sino prácticamente todo lo contrario.

El materialismo de Funes, esa capacidad de recordar todo lo percibido y, entonces, de estar hecho de puras percepciones del mundo material, hace que su memoria sea su tormento y su condena: Funes queda reducido a lo anecdótico y no puede elaborar pensamientos más allá de la puesta en palabras de sus percepciones. “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos” (p. 135). En este contraste se resuelven las tesis filosóficas del relato: el empirismo versus el platonismo.

Funes representaría una suerte de máquina capaz de almacenar todos los datos empíricos de la realidad física, material, del mundo. En este sentido, sería la representación del empirismo radical de Hume, una corriente filosófica que Borges discute, y que postula que nuestro conocimiento solo puede basarse en impresiones obtenidas mediante los sentidos y que las ideas solo pueden ser copias de estas impresiones. Los conocimientos de Funes acerca de la realidad se basan exclusivamente en ideas o representaciones inmediatas, o en los recuerdos que tiene de percepciones aisladas.

Sin embargo, el narrador indica que Funes “era incapaz de ideas generales, plátonicas. No solo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)” (p. 134). Y allí radica la derrota de Funes como súperhombre, puesto que no puede razonar, solo sentir. El conocimiento de Funes queda solo en la apariencia.

En las descripciones que desliza el narrador de la habitación en la que descansa Funes aparecen muchos rasgos que sugieren la idea de una caverna y nos remiten al mito platónico. Funes vive en un espacio pequeño, oscuro y húmedo y desde allí es que conoce la realidad. El mito platónico de la caverna es una metáfora del conocimiento humano: Platón describió un espacio cavernoso en el que se encuentra un grupo de hombres, prisioneros desde su nacimiento, con cadenas que les sujetan el cuello y las piernas de forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la caverna, sin poder nunca girar la cabeza. Justo detrás de ellos se encuentra un muro con un pasillo y seguidamente, y por orden de cercanía respecto de los hombres, una hoguera y la entrada de la cueva que da al exterior. Por el pasillo del muro circulan hombres portando todo tipo de objetos cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver. Estos hombres encadenados consideran entonces como verdad las sombras de los objetos. Debido a las circunstancias de su prisión se hallan condenados a tomar únicamente por ciertas todas y cada una de las sombras proyectadas, ya que no pueden conocer nada de lo que acontece a sus espaldas.

Esta asociación del mundo empírico de Funes al mito de la caverna es una forma más de sugerir la derrota de la capacidad memoriosa de Funes como una forma de acceder al conocimiento del universo: no es mediante la percepción absolutamente detallada del entorno que el ser humano puede lograr el conocimiento y la comprensión del mundo que lo contiene.

Para finalizar, cabe mencionar también la lectura que las neurociencias han hecho de este cuento. El neurocientífico argentino Rodrigo Quain Quiroga ha analizado “Funes, el memorioso” y lo ha comparado con los resultados de sus propias investigaciones. Para él, una de las preguntas más interesantes de las neurociencias es cómo hacen las neuronas para codificar y almacenar la información que recibimos del mundo exterior. En busca de respuestas, descubrió un tipo de neuronas del hipocampo capaces de generar representaciones abstractas de conceptos como la identidad de una persona. En experimentos con electrodos que registraban la actividad de estas células, pudo comprobar que la misma neurona se activaba cuando, por ejemplo, la persona estudiada veía diferentes imágenes de una actriz famosa, oía su nombre o lo leía.

En este sentido, las neurociencias siguen trabajando para descubrir en qué medida la producción de pensamiento requiere de la memoria y del olvido. En "Funes el memorioso" Borges ya había postulado esta relación necesaria: al recordar todo, el protagonista es incapaz de pensar, de generar ideas abstractas. Hoy en día, el conocimiento científico sigue buscando respuestas para saber qué sucede a nivel neuronal cuando se activan los procesos de recuerdo y de pensamiento.