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Ficciones Resumen y Análisis "El Sur"

Resumen

Juan Dahlmann, secretario en una biblioteca municipal en Buenos Aires, siente en su sangre el criollismo que le despierta ser, por parte materna, nieto de Francisco Flores, soldado que murió en un enfrentamiento con los indios de Catriel. Empujado por ese sentimiento, ha logrado salvar el casco de una estancia en el Sur que había pertenecido a los Flores.

Los últimos días de febrero, cuando está volviendo a su casa tras haber adquirido una edición de Las mil y una noches, Dahlmann se golpea la cabeza con el batiente de una ventana; en el momento no le presta importancia al golpe, pero esa noche se despierta con fiebre y entra lentamente en lo que califica como un infierno. Ocho días pasan hasta que los médicos deciden trasladarlo a un sanatorio e intervenirlo.

Dahlmman despierta con nauseas en una celda que se asemeja a un pozo. En los días que siguen, se da cuenta de que ese es realmente el infierno, y comienza a odiarse por su debilidad y su enfermedad. Cuando el cirujano le explica que estuvo a punto de morir por una septicemia (una infección generalizada a partir del golpe en su cabeza), Dahlmann se echa a llorar. Otro día, el cirujano le dice que está reponiéndose y que pronto podrá ir a convalecer a la estancia del Sur.

Ese día llega. Juan Dahlmann se dirige bien temprano a la estación Constitución para tomar el tren que lo llevará al Sur. En el tren, el paisaje de la llanura se confunde y se mezcla con sus sueños. El día pasa y Dahlmann siente que ese viaje hacia el Sur también es un viaje hacia el pasado. Parece incluso notar que el tren en el que se encuentra ahora es otro.

Un guardia le explica que el tren no va a detenerse en la estación en la que él debería bajarse, por lo que le conviene hacerlo en la siguiente y, de allí, conseguir otro medio para llegar a su estancia. Dahlamann desciende entonces en una estación casi en medio del campo. Unos hombres le indican dónde puede encontrar un coche, y el recién llegado camina unas doce cuadras hasta un almacén de campo. Entra y se dirige a quien parece ser el dueño, aunque rápidamente se da cuenta de que lo ha engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre le dice que mandará a preparar un carruaje. Mientras espera, Dahlmann decide comer. En una mesa un tanto alejada, unos jóvenes comen y beben. En el suelo, contra el mostrador, ve a un gaucho viejo que parece estar fuera del tiempo.

Mientras termina de comer, Dahlmann siente un leve roce en su cabeza y ve una miga de pan sobre la mesa. Preguntándose quién se la ha arrojado, se vuelve hacia los jóvenes alegres que juegan a las cartas, pero los ve concentrados en lo suyo. Sin darle importancia, saca Las mil y una noches y comienza a leerlo. Otra miga lo golpea, y esta vez los jóvenes se ríen. Entonces, para evitar una pelea, Dahlamnn se levanta y se dirige a la salida, pero el dueño del almacén lo llama por su nombre y le dice que no les haga caso a esos jóvenes, que están pasados de copas y solo quieren divertirse.

Dahlmann entiende que el patrón lo conoce y que aquellos jóvenes también, por lo que la ofensa se torna repentinamente personal y entiende que debe enfrentarlos. Despacio, se aproxima a la mesa y les pregunta a los jóvenes qué andan buscando. Uno de ellos se levanta, le grita, lo insulta, saca un cuchillo y amenaza a Dhalmann. El patrón interviene y hace notar a los jóvenes que el forastero no está armado. Frente a esa sentencia, el viejo gaucho le arroja a Dahlmann un cuchillo, que cae a sus pies.

Dahlmann levanta el puñal y comprende que con ese gesto ha aceptado el duelo. Sabe que no puede ganar, pues desconoce cómo usar un cuhillo en una pelea, y no tiene idea de cómo defenderse. Sin embargo, comprende que es mejor morir allí, en el Sur, antes que haberlo hecho en el sanatorio. Con este pensamiento, sale a la llanura para enfrentarse a su rival.

Análisis

“El Sur” se revela indudablemente como un relato fantástico. En el prólogo a la segunda parte de Ficciones ("Artificios"), Borges indica, sobre este cuento, “que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo” (p. 122). Ese “otro modo” posible implica considerar que todo lo que vive Dahlmann desde que sale del sanatorio es, en verdad, una alucinación: el personaje principal muere en la clínica y su viaje al sur es el sueño de la forma en que le gustaría haber muerto realmente.

La fantasía de Dahlman despliega también el tema de lo gauchesco, recurrente en Borges. El personaje regresa a un pasado mítico de la Argentina y se encuentra con un escenario cargado de motivos gauchescos en el que muere en un duelo a cuchillo. Esta muerte -imaginada en el hospital- es el último recurso dentro de las posibilidades de Dahlmann para inscribirse en ese pasado ilustre en el que la historia de su familia se mezcla con la historia de la República naciente.

En una entrevista con James Irby, Borges ha reconocido explícitamente esta lectura posible: “Todo lo que sucede después de que sale Dahlmann del sanatorio puede interpretarse como una alucinación suya en el momento de morir de septicemia, como una visión fantástica de cómo hubiera querido morir”. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento y esta declaración, los críticos siempre han desconfiado en parte de las explicaciones que Borges hace de sus propios cuentos, pues estas a veces están cargadas de ironía y de juegos de sentido. En el caso de “El Sur”, es evidente que hay otras capas de significados que componen el texto y que no lo limitan a la mera categoría de “sueño fantástico”.

Existe, en primer lugar, una dimensión autobiográfica del relato que es inevitable señalar: Dahlmann guarda muchas similitudes con el propio Borges. Al comienzo del relato, se describe su ascendencia: “Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel; en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulsos de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico” (p. 205). El abuelo paterno de Dahlmann, Johannes, llega a Buenos Aires en 1871 y es un pastor de la iglesia evangélica. En Borges, por su parte, confluyen la sangre inglesa, por parte de su madre, y el criollismo de la familia de su padre. Su abuelo, Francisco Borges, fue coronel durante las guerras civiles que sucedieron a la independencia de la Argentina, y su nieto escritor exalta en más de un texto este pasado patricio de su familia, en el que encuentra un culto al coraje que él mismo dice no poseer y admirar.

Dahlmann se golpea la cabeza con una ventana al subir las escaleras hacia su departamento. Dicho accidente deriva en una infección que lo deja postrado y tras la cual deben internarlo. El propio Borges, en 1938, tuvo un accidente al tropezar en las escaleras y golpearse la cabeza. La crítica ha contemplado este momento como un punto de inflexión en la vida del escritor. Borges sufrió una septicemia que lo dejó al borde de la muerte. Durante semanas estuvo luchando entre pesadillas contra la fiebre y, tras su recuperación, debió pasar muchos meses de convalecencia. Ese accidente también aceleró un problema congénito en la vista que Borges había heredado de su padre y que lo dejaría ciego a sus 55 años.

Así como, para Borges, el golpe y la convalecencia implican una nueva etapa de su vida, signada principalmente por la escritura de sus ficciones de carácter fantástico, el accidente implica, para Dahlmann, la entrada en una nueva dimensión de significados. A partir del momento de la internación, las fronteras espacio-temporales se vuelven vagas e imprecisas; el sueño se confunde con la realidad y, paulatinamente, el lector comienza a dudar del carácter de realidad de los hechos que se narran. Muchos estudiosos de la obra de Borges han interpretado en este pasaje el despliegue de un tiempo y un espacio míticos sobre el tiempo cronológico y el espacio real. En este tiempo mítico, el personaje vive una experiencia singular y profunda, fuera de lo cotidiano, que lo hace partícipe de un orden universal que ordena y justifica su existencia.

El momento textual que introduce este desdoblamiento sucede cuando llega el día en que –parece –a Dahlmann le dan el alta en el sanatorio. A partir de este momento, en la narración de la secuencia de acciones que realiza el personaje principal, se van a introducir pequeños detalles incongruentes que delatan el desdoblamiento de la acción en ese espacio mítico en el que Dahlmann se introduce. “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución” (p. 208). En ese viaje a Constitución, la ciudad se presenta a los ojos de Dahlmann como una visión recuperada, como un símbolo de su destino rescatado de la muerte y la fiebre.

Mircea Eliade, gran estudioso del mito, indica que vivir los mitos implica una forma de experiencia magnificada que difiere de la experiencia ordinaria de la vida cotidiana. Quien se adentra en el mundo mítico deja de existir en el mundo de todos los días y penetra en una dimensión de sentidos exaltados, donde cada acción remite a una conexión con el orden del universo. La experiencia mítica, como la experiencia religiosa, refleja la unión del sujeto tanto a su entorno como a su historia y a los planos espirituales. Este existir magnificado donde las experiencias atraviesan al sujeto profunda, íntimamente, queda perfilado cuando el coche cruza la Avenida Rivadavia: “Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme” (p. 209). El mundo que se despliega ante Dahlmann toma cuerpo en el viaje en tren. El simple hecho de ser, en esa mañana de viaje, se le presenta como un portento maravilloso, tanto como las historias de genios que puede leer en Las Mil y una noches.

El desdoblamiento se postula incluso en su pensamiento en aquel viaje, cuando, en retrospectiva, su vida en el sanatorio parece haberle sucedido a alguien más. “Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres” (p. 210). Si este viaje al Sur se da en el plano de los sueños, Dahlmann es, a la vez, dos hombres: el enfermo en el hospital y el que se ha adentrado en un mundo magnificado, aunque solo sea una fantasía que ordena su muerte según sus deseos.

El tren que se detiene en otra estación y no en la correspondiente también marca esta disyuntiva: Dahlmann no va a recuperarse en su estancia del Sur; ha entrado a otro tiempo para morir honrando su criollismo y a sus antepasados. El almacén de campo aparece entonces como el escenario posible para esa muerte trascendental: habilita la conexión con el criollismo que, lo ha dicho el narrador, había exaltado los ánimos de Dahlmann. Esto también demuestra que lo que está viviendo el personaje no es un simple sueño: los sueños presentan espacios imprecisos, cambiantes y con poca conexión causal. En cambio, este nuevo espacio que se ha calificado como mítico está cargado de sentidos y de lógicas; es meticuloso, detallado, y los personajes guardan similitudes con la gente de la clínica, pero remiten a otros sentidos. En ese espacio mítico, el duelo a cuchillo -un motivo recurrente en la obra de Borges que también aparece en "El fin"- es el desenlace que conecta a Dahlmann con las hazañas cometidas por sus abuelos en las guerras de la república naciente.

El tiempo mítico en el que se adentra Dahlmann es una imagen especular y magnificada de lo que el Sur representa para Borges en su propia mitología familiar. Tanto Dahlmann como Borges son de ascendencia gaucha (patrióticos) y extranjera (letrados); para Borges, la historia Argentina era un asunto de familia, un conflicto que se equiparaba a la tensión familiar entre la civilización (representada por la cultura letrada que heredó de su padre) y la barbarie del linaje de su madre, que era sinónimo de acción y de lucha. El viaje al Sur se carga con este trasfondo e implica, para Dahlmann, recuperar esa conexión con su abuelo.

Esa dimensión cultural encarna en la figura del viejo que descansa en el piso, contra la barra del bar: “los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur” (p. 213). Este gaucho atemporal es quien le entregará el cuchillo para que pueda batirse a duelo y morir. Así, es el pasado cultural, histórico y familiar el que viene a asistir a Dhalmann en su momento final, encarnado en la figura mítica del gaucho viejo y fuera del tiempo.

Cuando el propietario del lugar lo llama por su nombre, el lector comprende que esta información imposible solo implica que, en verdad, Dahlmann está todavía en el sanatorio y que todo el escenario desplegado en las últimas páginas es una construcción de sus sueños delirantes. Al final del relato, Dahlmann sale a la llanura a enfrentar su muerte. En ese gesto valeroso, el personaje se encuentra con su historia familiar y se justifica, aunque no sea más que en su sueño, como miembro de una estirpe.