Mujercitas

Mujercitas Resumen y Análisis Capítulos 31-36

Resumen

Capítulo 31: Nuestro corresponsal en el extranjero

Nos enteramos del viaje de Amy a través de las cartas que envía a su hogar. Ella describe el barco rumbo a Irlanda y el tren a Londres con detalles pintorescos, compartiendo lo que su mirada artística absorbe de las escenas que observa. Amy disfruta mucho del viaje y de las atenciones de varios caballeros que conoce en el camino. A pesar de ser Londres lluviosa, ella aprovecha para hacer compras con su tía. Se sorprende al recibir de visita a Fred y a Frank Vaughn, con quienes se divierte recordando el campamento Laurence y yendo al teatro.

Los Vaughn son muy buenos anfitriones en Londres: acompañan a Amy y a su sobrina Florence a museos y a picnics, y se entristecen cuando la joven March y los Carrol parten a Francia, aunque tienen la esperanza de poder reencontrarse en Roma. Amy disfruta particularmente de Fred, quien luego la sorprende yendo a París. Ella y sus tíos agradecen que Fred los acompañe y les sirva de traductor mientras pasean por el Louvre y otros lugares. Amy disfruta de su compañía cada vez más.

Navegando por el Rhin, Fred se hace amigo de unos estudiantes con quienes les canta una serenata a Amy y a Flo bajo la luz de la luna. En Alemania, mientras Amy se lamenta de no haber leído más, en particular a Goethe, Fred pierde dinero jugando y Amy le dice que él necesita casarse con alguien que lo cuide. Se da cuenta de que Fred le tiene afecto, y siendo práctica como es ella, decide que si él le pide matrimonio ella dirá que sí. Fred proviene de una familia adinerada, es relativamente agradable, y Amy cree que podrán aprender a apreciarse mutuamente. La menor de los March prefiere vivir cómodamente a estar enamorada. Fred debe marcharse porque su hermano Frank está enfermo, pero le pide a Amy que no lo olvide, y los dos planean volver a verse en Roma.

Capítulo 32: Tiernas inquietudes

Marmee nota que algo preocupa a Beth, porque hace un tiempo que se la ve triste, y le pide a Jo que descubra cuál es su secreto. Después de observarla, Jo cree descubrir que Beth está enamorada de Laurie. Jo se convence de que conseguirá que su amigo corresponda a su hermana, pero Laurie ha estado intentando demostrar lo que siente por Jo, aunque ella se esfuerza por ignorarlo o negarlo.

Mientras piensa qué hacer, Jo conversa con Laurie sobre flirtear, cosa que él hace a menudo con varias muchachas sin darle mucha importancia, aunque no le gusta que las mujeres muestren su coquetería en exceso. Jo le aconseja que busque una chica modesta, pensando en Beth, pero que espere a terminar sus estudios y ser digno de ella. Laurie cree que Jo se refiere a sí misma y se siente alentado a mejorar para merecer su amor. Empieza a comportarse más seriamente y habla de pasar a una nueva página en su vida.

Aquella noche, mientras duermen, Jo encuentra a Beth llorando. Ella no quiere contar qué pena le aqueja porque Jo no puede ayudarla, pero le promete que cuando llegue el momento se lo dirá. Jo, creyendo que su corazón adolece por Laurie, la conforta. Al día siguiente, decide que pasará el invierno en Nueva York, trabajando como institutriz en la pensión para las hijas de la Sra. Kirke, una amiga de Marmee. Jo le cuenta a su madre que teme que Laurie le esté tomando un cariño que ella no puede corresponder. A Marmee le alegra que eso sea lo que Jo siente, porque cree que los dos son demasiado parecidos en su temperamento para ser pareja. Jo le confiesa que cree que Beth gusta de Laurie, lo que Marmee no cree cierto, aunque igual piensa que Jo debería irse lejos para el bien de Laurie.

Jo le pide a Beth que cuide de Laurie por ella. El muchacho simplemente le dice que no le hará ningún bien que ella se aleje.

Capítulo 33: El diario de Jo

En sus cartas, Jo describe su vida en la pensión, donde instruye a sus dos pupilas. La Sra. Kirke es muy amable, aunque está siempre atareada, y Jo se siente un poco tímida en esa gran casa. Le llama mucho la atención el profesor Bhaer, un alemán pobre de casi 40 años que enseña allí, donde vive con sus dos sobrinos, a quienes ha adoptado. Como la habitación donde Jo cuida a las niñas Kirke es contigua al estudio del Sr. Bhaer, Jo observa a menudo sus lecciones y sus juegos con los chicos, y lo oye silbar melodías, ser amable con los criados y discutir de filosofía con hombres más jóvenes. Tanto ella como el profesor tienen un buen espíritu y disfrutan tanto de los niños como de la literatura, por lo que se hacen buenos amigos. Jo también se hace amiga de la señorita Norton, una mujer soltera y rica que vive en la casa. En gratitud por su amabilidad, Jo enmienda la ropa del Sr. Bhaer, qué el arregla por sí solo, y el profesor le devuelve el favor con lecciones de alemán. En vísperas de Año Nuevo intercambian regalos y su amistad florece. Jo, a quien no le agradan los “mequetrefes” (486) de la pensión, se siente muy agradecida de poder contar con el Sr. Bhaer. En el baile de mascarada, ella asiste y es muy sociable e histriónica, por lo que muchos se sorprenden al descubrir a Jo detrás de la máscara, quien se mostraba en la gran casa seria y distante.

Capítulo 34: El amigo

Por mucho tiempo, Jo ha deseado tener dinero para cuidar de Beth, viajar al exterior y tener siempre lo necesario para compartir con otros. Después del éxito de su primer relato sensacionalista, continúa escribiendo este tipo de historias en Nueva York para el periódico Weekly Volcano. El editor acepta la primera historia solo si quita todas las partes morales, lo que preocupa a Jo, pero accede por los 25 dólares que recibe. Para que las tramas sean vívidas y apasionantes, Jo incluye material cada vez más extravagante, que busca en artículos de periódicos y en relatos antiguos. Sabiendo que su familia no aprobaría estas historias, las publica de forma anónima y no les cuenta nada del asunto. De esta manera, Jo se focaliza más en el fin que en los medios para obtener las ganancias que desea.

Jo se pone a estudiar diferentes personajes, tanto reales como imaginarios, y descubre que el profesor Bhaer es un héroe de los de carne y hueso. Se pregunta por qué todo el mundo lo quiere, sin ser rico ni joven ni hermoso, y concluye que es por su benevolencia, su sencillez, su alegría y su buena voluntad para con los otros. Ella se entera de que en Alemania es un reconocido y honorable profesor, mientras en Estados Unidos es un tutor humilde que nunca menciona su verdadero intelecto y posición. Cuando Jo asiste a una conferencia de literatura con el profesor y la señorita Norton, se desilusiona al ver a autores, científicos y músicos cuyas obras ella admira comportarse como cualquier persona normal, coqueteando, rumoreando y comiendo sin delicadeza. Jo se fascina con una conversación sobre filosofía que cuestiona la religión, poniendo en su lugar la razón y el intelectualismo. El profesor Bhaer, preocupado por ella y por otros jóvenes presentes que se sienten atraídos por este sistema de pensamiento vacío, se pronuncia en defensa de la religión y la moral. Al oír esto, Jo siente que su mundo está de nuevo en orden y su respeto y admiración por el Sr. Bhaer se acrecientan.

Durante una de las lecciones de alemán, el Sr. Bhaer critica los relatos sensacionalistas de los periódicos, como los que Jo escribe en secreto. Le cuenta el disgusto que le genera que esas porquerías ingresen en los hogares y su desprecio hacia quienes las escriben. Jo se sonroja y le dice que esas historias pueden ser tontas pero no hacen daño y a la gente le gustan. El Sr. Bhaer se da cuenta de que Jo debe ser una de esas escritoras y, como sabe que ella está lejos de la brújula moral que es su familia, le contesta que no todas las demandas deben ser satisfechas, y que aquella no es una forma honesta de ganarse el pan. De regreso en su habitación, Jo relee sus historias y descubre que el Sr. Bhaer tiene razón, por lo que decide quemarlas. Luego intenta escribir historias morales y relatos para niños, pero no encuentra quien se los publique. Finalmente, decide dejar de escribir por el tiempo que le queda en Nueva York. Su amistad con el Sr. Bhaer se profundiza y todos se entristecen cuando Jo abandona la pensión, en junio. Mientras se despiden, Jo le pide al profesor que la visite, pero luego se ruboriza sin querer cuando habla de Laurie y el Sr. Bhaer tiene la impresión de que Jo está enamorada del joven. Aquella noche, solo en su habitación, el Sr. Bhaer se lamenta pensando que Jo no es para él.

Capítulo 35: Mal de amores

Laurie, que ha estado trabajando duro mientras Jo estaba ausente, se ha graduado de la Universidad con honores y todos se sienten muy orgullosos de él. También se dejó crecer el pelo como a Jo le gusta y ha dejado de jugar al billar. El día que regresa de la Universidad se encuentra con Jo, quien teme que Laurie le proponga matrimonio. Y está en lo cierto: Laurie le confiesa que la ama desde el momento en que la conoció y le cuenta lo mucho que ha trabajado para ganarse su amor. Jo le dice que lo siente; que ha intentado amarlo de la misma manera pero que no puede engañarse. Laurie la acusa de amar al Sr. Bhaer, lo que hace reír a Jo, ya que aquello está lejos de su mente. Ella intenta que Laurie entre en razón, pero el joven se siente herido y trata de convencerla, diciendo que todos esperan que se casen y que no deben decepcionarlos. Sin embargo, Jo acuerda con Marmee en que son demasiado parecidos para ser pajera, por ser ambos obstinados y poseer un carácter fuerte. Según Jo, Laurie debería casarse con una mujer más refinada y encantadora; esto enfurece a Laurie, que se aleja diciendo que se va “al infierno” (516). Alarmada, Jo se va directo a hablar con el Sr. Laurence para contarle lo sucedido. El abuelo de Laurie se siente desilusionado pero es comprensivo. Comparte la preocupación de Jo por la impetuosidad de su nieto y diseña un plan para viajar con él al exterior, donde Laurie podrá visitar los lugares que le plazcan mientras él se ocupa de negocios en Londres y visita unos amigos en París. Aquella noche le cuenta el plan al descorazonado Laurie, que finalmente accede a pesar de que nada le entusiasma. Jo siente que ha clavado una daga en el corazón de su mejor amigo y que su muchacho regresará del viaje siendo un hombre cambiado.

Capítulo 36: El secreto de Beth

De regreso en su hogar, Jo nota un cambio en Beth, como si su condición mundana estuviera desapareciendo, dejando entrever un brillo celestial. Le propone hacer un viaje a las montañas con las ganancias del periódico, pero Beth le pide ir a un lugar más carca de casa, por lo que ambas se van a la playa por unas semanas. Mientras están allí, Jo se da cuenta de que el secreto de Beth era que, de a poco, su hermana está muriendo. Le confiesa que creía que sufría de amor por Laurie, cosa que Beth nunca sintió, aunque espera que el joven sea en algún momento su hermano; Jo señala que la única que queda para ser esposa de Laurie es Amy.

Beth le explica que durante el otoño estuvo triste porque había perdido la esperanza de vivir. No quería hablar de ello entonces, pero ahora ha hecho las paces con su destino, esperando con valentía y piedad el momento de despedirse. Jo todavía tiene la esperanza de que se recuperará, pero Beth le dice que siempre tuvo el presentimiento de que no viviría mucho, puesto que nunca fue ambiciosa ni tuvo planes a futuro, como sus hermanas. No cree que pueda mejorar pero desea disfrutar pacíficamente los días que le quedan, y le pide a Jo que consuele a sus padres. Jo acepta y decide dedicarse en cuerpo y alma al bienestar de su hermana.

Cuando vuelven de su descanso, el Sr. y la Sra. March se dan cuenta del cambio de Beth, y comprenden la verdad sin necesidad de palabras.

Análisis

Las cartas de Jo y de Amy nos invitan a comparar y contrastar sus experiencias, lo que Jo hace a menudo. El paralelismo se hace evidente cuando las chicas se refieren una a la otra: Amy, por ejemplo, dice: “me duele no sentir nada, aunque Jo opine que no tengo corazón” (449), y Jo afirma que Amy se hubiera escandalizado de ver al Sr. Bhaer engullir la comida. También se refuerza este paralelismo cuando ambas hacen alusiones similares, como cuando mencionan a Goethe. Asimismo, estando lejos de casa, las dos comprometen su moral a cambio de dinero: Amy piensa en casarse con Fred para vivir cómodamente, y Jo decide escribir relatos sentimentales que venden bien, aunque no le gustan, porque les falta moral. Tanto Jo como Amy quieren conseguir dinero para ser independientes y poder ayudar a los demás, pero en su búsqueda se olvidan de las enseñanzas de sus padres, que prefieren que sus hijas estén orgullosas de sus logros y se casen con personas que quieran antes que por dinero.

Por otro lado, las dos hermanas hacen amistad con posibles pretendientes, si bien estos son muy diferentes entre sí. Fred no es un joven honrado, pero es rico, mientras el profesor Bhaer es pobre pero muy virtuoso. Este contraste permite que el lector comprenda que todas las mujercitas deben afrontar retos similares en este punto de sus vidas, si bien las elecciones varían según el contexto y las necesidades de cada una. Que Amy termine rechazando a Fred Vaughn, y Jo casándose con el Sr. Bhaer, demuestra que en el matrimonio es más importante el amor y el respeto mutuo que las ventajas económicas.

La lucha de Jo con la moral está contenida en su escritura. Al igual que Amy, es llevada a comprometer su ética a cambio de dinero. En su caso, esto lo hace escribiendo historias sensacionalistas sin moral. No obstante, a diferencia de su hermana, quien en última instancia está decidiendo sobre su futuro individual, la decisión de Jo tiene un impacto negativo en la sociedad, como le advierte el Sr. Bhaer: “Me gustaría que estas publicaciones no entraran en la casa; no es algo que un niño deba ver ni un joven leer. No está bien” (500). Arrepentida, Jo termina quemando sus manuscritos y abandona la escritura por un tiempo.

En una velada que se celebra en honor a varias personalidades, Jo se sorprende al ver las fallas humanas de los autores que ella admira. Alcott ha asistido a varios eventos como este, por lo que es posible que la desilusión de Jo provenga de las experiencias de la autora. En esta reunión, un grupo de filósofos se reúne a conversar sobre Hegel y Kant, pensadores admirados por los trascendentalistas como el padre de Alcott. Al principio, Jo se siente atraída por esos discursos, que entiende a duras penas, mientras siente “que la religión perdía fuerza ante la razón y que el intelecto se convertía en el único Dios verdadero”. Ante esto, el Sr. Bhaer, a quien le preocupan Jo y los otros jóvenes “atraídos por el resplandor de aquel ejercicio de pirotecnia filosófica”, participa en la conversación para restituir la filosofía cristiana. Luego de su intervención, “Jo comprendió que los valores son mucho más importantes que el dinero, la posición social, la formación intelectual o la belleza” (498-499). En este sentido, dentro de la moral de Mujercitas, no solo son dañinos los relatos sin moral, sino también la filosofía sin cristianismo, con lo cual Alcott también cuestiona los principios filosóficos de su padre.

Jo aprende alemán con el Sr. Bhaer, en una situación similar a la de Meg leyendo alemán con el Sr. Brooke. La canción que el profesor Bhaer silba y que Jo oye es la misma que más tarde le pedirá que cante, cuando él visite su casa, canción que cobrará entonces un nuevo sentido.

Cuando Jo regresa de Nueva York, centra su atención en Beth. Jo es la primera que presagia que Laurie se casará con Amy, lo que ayuda a convencer al lector de que ellos hacen una mejor pareja, un argumento difícil de plantear. Desafortunadamente, Jo le da esperanzas a Laurie por equivocación, alentándolo a trabajar duro para ganarse el afecto de una chica modesta; ella piensa en Beth, aunque Laurie cree que se refiere a sí misma. Este caso de ironía dramática hace que el lector se prepare para oír la respuesta negativa de Jo, cuando Laurie le confiese su amor. La conversación de Marmee y Jo sobre Laurie también nos da una explicación de por qué Jo no debería casarse con Laurie.

El secreto de Beth nos revela que el conflicto principal de la primera parte continúa en la segunda. La hermana más tímida y abnegada de los March nunca pudo recuperarse de la escarlatina que tuvo años atrás, y después de mucho sufrir ha aprendido a aceptar su muerte inminente. Esta aceptación tiene algo de resignación espiritual, puesto que Beth confiesa que siempre supo que no viviría mucho tiempo, y que eso es lo que siempre la distinguió de las demás: “No soy como vosotras, nunca he hecho planes de futuro. Nunca he pensado en casarme, como hacéis vosotras. La verdad es que siempre me he imaginado como la pequeña Beth, trabajando en casa y sin servir para nada más” (529). Esta consciencia del propio destino no hace sino reforzar el carácter celestial del personaje, a quien todos tienen como un ejemplo sin igual de virtud, como si Beth fuese un ser más angelical que terrestre.