El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia Resumen y Análisis . Quinta parte: La experiencia en el pueblo

Resumen

Capítulo 1: De viaje

Unos días después de la larga conversación filosófica con su tío, a Andrés Hurtado lo nombran médico titular en un pueblo situado entre Castilla y Andalucía llamado Alcolea del Campo. Inmediatamente, viaja hacia allí en un tren nocturno. Comparte coche con un hombre de origen extranjero y un joven rubio. Cuando pasa el revisor a controlar los billetes, le reprocha al extranjero que su pasaje es de una categoría inferior. El viajero comienza a quejarse, porque dice que se trata de un error, ya que ha avisado en la estación su deseo de cambiar de clase. Enojado, insulta a España y a los españoles. En ese momento, el joven rubio se levanta y le ordena que deje de hablar así de España. Asustado, el extranjero se retracta y comienza a dar explicaciones. Andrés queda admirado con la forma de actuar del joven. Por la mañana, el tren llega a una estación cercana a Alcolea.

Capítulo 2: Llegada al pueblo

Ya entrada la mañana, la diligencia de Andrés parte hacia Alcolea por un polvoriento camino de viñedos. Tres horas después, llega al pueblo que le parece enorme. Desciende en la Fonda de la Palma. Allí le asignan un cuarto espacioso y almuerza con tres viajantes de comercio. Luego va al casino con ellos y, más tarde, vuelve a la fonda para dormir la siesta y guarecerse del calor sofocante. A las seis de la tarde, hora en que ya se puede encontrar gente despierta nuevamente en el pueblo, visita al secretario del Ayuntamiento y al otro médico, el doctor Sánchez. Este tiene una modesta casa y lo primero que hace es hablarle sobre la ganancia: le dice que el doctor Tomás Solana, el médico aristócrata del pueblo, es el que se lleva toda la clientela rica. Luego recorren algunas calles y el secretario lleva a Andrés a la cima de un cerro para ver el pueblo de casas blancas y viñedos desde lo alto.

Capítulo 3: Primeras dificultades

Andrés y el doctor Sánchez dividen Alcolea en dos secciones, separadas por la calle Ancha, y llegan a un acuerdo para no tener que recorrer todo el pueblo. Durante un mes, uno visita el lado derecho y el otro el izquierdo; al mes siguiente, intercambian lados. Si alguna familia pide por alguno de los dos en particular, la visita profesional se hace según los deseos del enfermo. Por lo general, Andrés atiende a seis o siete pacientes por la mañana y le quedan las tardes libres.

El primer verano lo pasa en la fonda, pero pronto se cansa de la comida pesada de allí y de las dificultades para bañarse por la falta de agua. Con el régimen de carne y el calor excesivo, Andrés está constantemente excitado. Por las noches, pasea solo por las calles desiertas. A principios de septiembre, decide dejar la fonda. Consigue una casa en las afueras, en el barrio del Marrubial, porque no quiere que se mude a la mejor fonda del pueblo, la céntrica, en la que puede conocer clientes. Andrés le solicita al ama de la casa un cuarto en el piso de abajo, una tinaja para bañarse a diario y que en las comidas haya legumbres. Allí la vida le parece mejor que en la fonda. Por las tardes, conversa con la gente de la casa: el desagradable Pepinito, su hermosa esposa Dorotea y la hija de doce o trece años.

Capítulo 4: La hostilidad médica

Don Juan Sánchez hace más de treinta años que vive en Alcolea. Llega como médico cirujano y, después de pasar unos exámenes, se licencia. Durante bastantes años está en una relación de inferioridad con relación al antiguo médico, hasta que este muere y, entonces, cree que tiene derecho de hacer pasar por lo mismo que él pasó a su sucesor. Es aficionado a los toros y, por ello, Andrés lo considera un bruto.

El primer roce que tienen los dos médicos se produce tras una noche en la que, ausente el doctor Sánchez, debe acudir Andrés a atender a la hija del molinero que yace en cama con el vientre hinchado. Al llegar, el padre de la paciente, un hombre rico y orgulloso, se enoja por la presencia del médico nuevo y por no ver allí al doctor Sánchez o al doctor Tomás Solana. Andrés accede a ver a la enferma con la condición de que su padre se calle y deje de ser tan grosero. Como la muchacha está muy grave, decide no esperar que regrese su médico de cabecera y hacerle él mismo una punción abdominal. Esto recompone de forma inmediata a la chica, pero, de todas formas, recomienda a su familia que la lleven con un especialista en Madrid, dado que es probable que reproduzca nuevamente su estado. Es por esto que, al día siguiente, Sánchez recrimina a Andrés: cree que hace esa recomendación para perjudicarlo.

Tras el caso de la hija del molinero, en Alcolea comienza a hablarse de Andrés como un conocedor de procedimientos modernos. Enterado de esto, Sánchez comienza una campaña en su contra. Al notarlo, Andrés empieza a tomar mayores recaudos y cuando hay que intervenir en casos quirúrgicos envía a los enfermos con su colega. Además, recomienda medicamentos en dosis pequeñas para no correr riesgos.

Capítulo 5: Alcolea del Campo

En este capítulo, el narrador critica las costumbres de la gente del pueblo de Alcolea en los siguientes términos: “Eran españolas puras; es decir, de un absurdo completo” (211). Describe a los habitantes como seres carentes de sentido social, aislados y egoístas. Se han enriquecido mientras está vigente un tratado de vinos con Francia, pero con el fin de este acuerdo, en lugar de volver a los cultivos originales y usar las riquezas obtenidas de forma previsora, han aceptado la ruina con resignación. Todos obedecen a la moral católica. Sus gobiernos son ineptos. Hay dos bandos: el de los liberales, conocidos como Ratones, y el de los conservadores, llamados Mochuelos. Ambos son malos.

En ese contexto, Andrés suele discutir con su patrona, quien no comprende por qué Hurtado afirma que es mayor delito robar a la comunidad que a un particular. Es que en Alcolea casi todos los ricos defraudan a la Hacienda, pero no se los tiene por ladrones por ello. Cuando habla con ella, Andrés le dice que sería una hermosa una revolución que colgara a los dos bandos. Sin embargo, cuando los jóvenes del Centro republicano le hablan de política a Andrés, este les dice que es imposible cambiar algo allí y, por lo mismo, rechaza dar conferencias sobre higiene.

Andrés pasa sus días allí tranquilo, con una rutina diaria que consiste en trabajar por la mañana y pasar las tardes en su casa. Pepinito, el dueño, trata muy mal a su mujer y a su hija. Sus temas de conversación, además, son desagradables. Un día, la patrona lo invita a visitar la bodega y a bajar a la antigua cueva del sitio. Él no teme, a pesar de que Dorotea le dice que allí habitan duendes. Unos días después, al comenzar la vendimia, le produce una impresión desagradable ver la forma en la que los hombres pisan las uvas para hacer el vino. Recuerda, entonces, a su tío Iturrioz, por su creencia de que solamente lo artificial es bueno. Concluye en que tiene razón.

Capítulo 6: Tipos de casino

Con la llegada del invierno, Andrés comienza a frecuentar el casino del pueblo para distraerse. Allí conoce a dos personajes que le resultan pintorescos: un pianista de aspecto eclesiástico y Blas Carreño, un hidalgo de buen pasar económico que se identifica con la vida antigua y está convencido de que la gente actúa como en las obras españolas clásicas que conserva en su gran biblioteca. El pianista admira a Carreño y trata de imitarlo. A pesar de las excentricidades de Carreño, Andrés lo aprecia. Además de conocer a estos dos hombres, Andrés toma contacto con un abogado joven al que detesta por petulante.

Capítulo 7: Sexualidad y pornografía

Un día, al ir a la librería del pueblo, Andrés se sorprende por ver entre quince y veinte tomos de novelas pornográficas. El librero le dice que es lo único que se vende por allí. A pesar de que en Alcolea la vida está reñida a una moral terrible, se leen libros de pornografía grotesca. Reflexiona sobre este hecho y cree que es lógico: mientras en lugares como Londres, de gran libertad sexual, se censura la pornografía; en espacios como Alcolea, donde la vida sexual es poca, la pornografía aumenta.

Capítulo 8: El dilema

Poco a poco, en el pueblo se va formando alrededor de la figura de Andrés una mala reputación: se lo considera violento, orgulloso y malintencionado. Al notar la hostilidad, deja de frecuentar el casino y se dispone a cumplir solamente sus deberes profesionales. Pasa el resto del tiempo en su cuarto y se refugia en los libros. Con el tiempo, comienza a experimentar dolores articulares y pierde pelo. Se diagnostica artritis. Cree que su estado puede remediarse si abandona la castidad, pero no quiere casarse con ninguna de las mujeres de allí ni asistir a un burdel. Prefiere, entonces, limitar su alimentación, mantenerse bien hidratado y caminar al aire libre. Al cabo de un mes, está mejor: incluso se calma su espíritu agresivo con los habitantes de aquel pueblo. Por las noches charla con los miembros de la casa.

Capítulo 9: La mujer del tío Garrota

Una noche llaman a Andrés por la grave caída de una mujer en la calle. Al llegar a ver a la paciente, la encuentra con la cabeza llena de sangre y sin conocimiento. Le realiza una sangría en el brazo y la mujer, que es la esposa de un hombre conocido como el tío Garrota, comienza a respirar con mayor facilidad. En ese momento, llegan el juez, el actuario y dos guardias. Cuando la mujer parece cobrar un poco de conocimiento, el juez le pregunta quién la ha tirado y otra serie de cuestiones vinculadas con el hecho. Ante toda pregunta, ella pronuncia "Garro... Garro..." (232). Creen que está inculpando al marido, pero Andrés determina que tiene una afasia o sordera verbal que hace que no pueda articular más que aquella palabra. Los hombres comienzan a elaborar hipótesis sobre cómo pudo ser la agresión y detienen al esposo minutos después de que ella muera. Garrota confirma que los tratos con su mujer no son muy buenos, pero niega su participación en el hecho. Sin embargo, el juez lo envía incomunicado a la cárcel. Andrés sostiene que es inocente. Sánchez y Andrés deben hacer la autopsia del cuerpo, y Andrés solicita que también esté presente el doctor Solana como árbitro. Al terminar la autopsia, Sánchez opina que Garrote es culpable y Andrés, inocente; Solana no determina nada. En el pueblo no se habla de otra cosa y casi todos juzgan, como Sánchez, que Garrota es el asesino. Después de varios interrogatorios en los que llegan a emborrachar a Garrota para que confiese sin éxito, el juez lo deja libre. En el pueblo critican esta decisión y también a Andrés Hurtado: "Habrá que ver lo que habrán cobrado el médico y el juez" (237).

Capítulo 10: Despedida

Andrés comienza a percibir que incluso la gente pobre es hostil con él, por lo que decide marcharse y dimitir el cargo. Antes de irse se despide de Blas Carreño y del juez y, tiene un altercado con Sánchez.

La última tarde allí, Pepinito, su hija y la abuela no están en casa. A la hora de la cena, le dice a Dorotea que tiene una muy buena opinión de ella y que su esposo le parece un imbécil. La invita a pasar la noche juntos y ella, a pesar de sus temores, accede. Por la mañana, ella se levanta con remordimientos y abandona el cuarto. Él, por su parte, se siente abatido y se va pensando en lo absurdo de todo aquello.

Análisis

Aquí comienza el período de experiencias de Andrés Hurtado, quizás inspirado en la propia vida del autor que, tras recibirse de médico, pasa una estancia de dos años trabajando en un pueblo llamado Cestona, en la zona de Guipúzcoa. En la novela, el sitio al que llega el protagonista es Alcolea del Campo, un pueblo ficticio que funciona como símbolo de la España rural: las críticas a la sociedad de Alcolea serán las críticas a la región rural del país. El periodo de Andrés allí, de casi dos años, queda enmarcado por dos viajes en tren: el de salida de Madrid y el de salida de Alcolea. Estos márgenes le otorgan unidad a las experiencias atravesadas por el personaje.

Además de mencionar esos márgenes espaciales que tienen que ver con la zona en la que se ubica la acción, es menester hacer una comparación cuantitativa. Es destacable que en estos diez capítulos se narre lo sucedido en un año y medio de la vida del protagonista, mientras que, por ejemplo, en la primera parte, se narre, en once capítulos, lo sucedido en cuatro años. Es decir que aquí hay un mayor detenimiento en los hechos, algo que tiene que ver con el tempus narrativo del relato. Este concepto hace referencia a un elemento de la temporalidad narrativa que mide la duración de los acontecimientos en el espacio de la obra, del ritmo narrativo. En este caso, esta característica temporal, en esta cantidad de capítulos, si comparamos lo que sucede con la primera parte, evidencia un ritmo del relato mucho más lento durante los episodios de Alcolea. Esto es una forma de simbolizar cómo pasa el tiempo para Andrés durante su estadía aquí: "El tiempo en Alcolea le resultaba a Andrés muy largo" (215).

Como sucede cuando viaja a Valencia, aquí también el paisaje cambia con respecto a Madrid, y la percepción del personaje se agudiza. Toda esta parte presenta una series de imágenes sensoriales que construyen y dan consistencia al paisaje de este pueblo del interior del país. El narrador utiliza la técnica impresionista para la creación de estas imágenes y todos los sentidos aparecen representados. Esta técnica consiste en hacer énfasis en la percepción del espacio y la impresión que se tiene de él. Aquí se hace énfasis en la luz y en los blancos de las construcciones y se hiperboliza el efecto que causan en el personaje a partir de figuras como el símil y la exageración: "No se podía mirar a derecha y a izquierda; las casas, blancas como la nieve, rebozadas de cal, reverberaban esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno ciego" (196). Se hace hincapié, a través de la reiteración, la adjetivación y el uso de símiles y metáforas, en señalar la cálida temperatura del sitio: "Hacía en la calle un calor espantoso; el aire venía en ráfagas secas como salidas de un horno" (Ibid.); "Al salir a la calle, la misma bofetada de calor le sorprendió a Andrés" (197); "Hacía un calor horrible, todo el campo parecía quemado, calcinado" (198). El sentido del olfato también aparece aludido para dar cuenta de la quema de orujo en las alquitaras de la zona: "En el aire había un olor empireumático, dulce, agradable" (199). "El viento levantaba ráfagas de polvo en la carretera; las campas comenzaban a tocar de nuevo" (Ibid.), menciona el narrador y con esas campanadas se menciona la presencia de la Iglesia sin necesidad siquiera de nombrarla.

En relación con este último punto, el de la religión, debemos mencionar que su presencia es una constante en el pueblo de Alcolea. Cuando Andrés realiza su paseo de bienvenida con la autoridad del Ayuntamiento y su colega médico, pasan por la plaza y divisan la iglesia. Luego caminan por una calle de caserones blancos que llevan la característica cruz de Calatrava, una cruz griega medieval que simboliza la fe en la religión y la autoridad real. En un patio, ven a un grupo de hombres y mujeres vestidos de luto rezando el rosario en un funeral. Más tarde, al ingresar los vendedores a las casas para ofrecer sus productos, advierte que tienen la costumbre de anunciarse exclamando "¡Ave María Purísima!" (215). Esta omnipresencia de la religión sobre la vida de los habitantes de Alcolea es una de las críticas que se le hace, a través de la novela, a la España rural finisecular. Hurtado cree, como vimos en el capítulo anterior, que la religión es una ficción cuya utilidad es que las personas no indaguen sobre los problemas del mundo y continúen movilizándose en torno a la fe. Por tanto, en esta representación de Alcolea hay una crítica a la religión en relación con el atraso y estancamiento que genera en esa sociedad atada a valores antiguos que impiden su libertad: "Muchas veces a Hurtado le parecía Alcolea una ciudad en estado de sitio. El sitiador era la moral, la moral católica" (212).

Hurtado, como buen observador, da cuenta de las costumbres de los habitantes del pueblo y sentencia que son "españolas puras; es decir, de un absurdo completo" (211). Lo que describe es una serie de falencias que nota allí y que se denuncian como males de España: la moral católica; la hipocresía; la falta de solidaridad entre los habitantes; la resignación colectiva y resistencia al cambio; el ventajismo; la inequidad de género, dado que las mujeres solo salen para ir a misa, mientras los hombres trabajan y tienen tiempo de ocio en el casino; la torpeza que les impide modernizarse; el caciquismo político, la corrupción y la ineptitud para gobernar.

Alcolea es un pueblo que ha crecido económicamente gracias a un evento fortuito: un tratado de vinos firmado por el gobierno español y el francés en 1882. Antes de este hecho, los pobladores cultivaban trigo y cereales, pero a partir de este tratado, se lanzan en masa al negocio del vino: "Pronto el río de vino de Alcolea se convirtió en río de oro" (211), menciona el narrador para dar cuenta, a través de esa metáfora, del importante progreso económico. El problema que critica Hurtado es la falta de previsión: no planifican y, al terminar el tratado, no tienen qué hacer y aceptan la ruina con resignación. Andrés lo atribuye a la falta de solidaridad y lazos entre ellos.

El caciquismo también está relacionado con la ignorancia y la pasividad del pueblo. El término caciquismo hace referencia al clientelismo político, que supone un intercambio de favores que se produce de manera extraoficial. En Alcolea hay dos agrupaciones políticas y las dos son caracterizadas como bandidas. Se utiliza una metáfora relacionada con la agricultura para dar cuenta, irónicamente, de la forma en la que allí se elige al gobernante: "La ley de selección en pueblos como aquél se cumplía al revés. El cedazo iba separando el grano de la paja, luego se recogía la paja y se desperdiciaba el grano" (212). En el campo, para recoger los granos se utiliza un cedazo, que es una especie de colador que no permite que pase la paja. De esta forma, lo que expresa el narrador, focalizado en Hurtado, es que, en lugar de elegir al más hábil para el puesto, seleccionan al peor.

Hay una tercera postura política mencionada aquí, además de la de los conservadores y los liberales, que es la de los republicanos. Paradójicamente, cuando estos piden consejo a Andrés, este les dice que no hagan nada. Andrés, quien le dice a Dorotea que deberían hacer la revolución para cambiar el estado de situación vigente allí, cuando es consultado, les dice que hagan eso que él critica de todos los pobladores.

La forma en la que se ejerce la medicina también es causa de una crítica. Hurtado y Sánchez aparecen uno como contracara de otro en la atención de la medicina. Andrés reconoce sus límites profesionales y, por ello, recomienda a una paciente viajar a Madrid a ver a un especialista. En contraste, Sánchez se siente perjudicado por ello porque entiende la medicina como un negocio. Sánchez concibe la enfermedad de sus pacientes como una oportunidad para ganar dinero: "Que el tío Fulano cogía un catarro fuerte, pues eran seis visitas para él; que padecía un reumatismo, pues podían ser hasta veinte visitas" (209).

En este pueblo, con este estado de situación, Andrés se indigna y enfurece. Pero también filosofa para sí a partir de ello: en Alcolea puede ver todas las manifestaciones del árbol de la vida, como "la expansión del egoísmo, de la envidia, de la crueldad, del orgullo" (213). Es decir, nadie se preocupa por cambiar el estado de cosas y por conocer la verdad, sino que todos siguen allí por su fuerza de voluntad de vivir. Y eso lo hace pensar que quizás, en lugar de indignarse, Alcolea sería un espacio propicio para lograr el estado de indiferencia intelectual aludido por Schopenhauer: "Llegar a la abstención pura, completa, en la pequeña vida social de Alcolea, le parecía la perfección" (226). Aunque también lo tienta la acción y abandonar la filosofía. Como vemos, luchan en su ser la fuerza de la voluntad y la ciencia.

Con el tiempo, Andrés comienza a sentirse enfermo y cree que ello se debe a su castidad. La cura estaría en el sexo, pero casarse implica someter su espíritu y asistir a un burdel, y le hiere el orgullo por la promiscuidad del asunto. Como médico que es, se diagnostica e impone un tratamiento que lo acerca al ascetismo: "Comenzaba a vislumbrar ese estado de ataraxia, cantado por los epicúreos y los pirronianos" (230). Hay un hecho que lo saca de ese estado de tranquilidad y es la opinión popular tras su participación en la autopsia de la mujer del tío Garrota. Que el pueblo continúe con una postura ridícula sobre los hechos, a pesar de estar comprobados, le resulta insoportable y por ello se va de Alcolea.

Al final de esta parte, Andrés no queda satisfecho con su decisión de haber mantenido relaciones sexuales con Dorotea, y necesita tres días para calmar los nervios. Seguramente, lo que le preocupe sea haberse entregado a la fuerza de voluntad, haber seguido sus instintos más bajos en lugar de practicar la ataraxia.