Cuentos de Silvina Ocampo

Cuentos de Silvina Ocampo Resumen y Análisis El crimen perfecto

Resumen

El protagonista del cuento, que también es el narrador, tiene un amorío con una mujer casada, Gilberta Pax. A pesar de sus ruegos e insistencias, la mujer se niega a dejar a su familia y mudarse con él. Un día, ella le cuenta el motivo: no se trata de su marido, sino del cocinero. Resulta que la mujer vive en una casa con cinco personas más, además de su esposo: un tío, una hermana del marido y sus dos hijos. Según dice la mujer, son todos muy exigentes con la comida, por lo que tienen un cocinero que se llama Tomás Mongorsino. Tomás trabaja hace 8 años en la casa, pero en un momento comenzó, adrede, a cocinar mal.

Gilberta, desesperada, se dio cuenta de que el cocinero sentía algo por ella y decidió seducirlo para que mejorara su desempeño en la cocina. Así lo hizo y funcionó, solo que cocinaba bien exclusivamente para ella. Un día, Gilberta intentó pedirle que cocine unos hongos para su marido y una pavita para los niños, y Tomás se enfureció. A partir de ese momento, ella comenzó a percibir gestos amenazantes por parte del cocinero y a sentir miedo.

Al conocer toda esta historia, el protagonista le dice a su amante que no tema y que él lo solucionará, sin decirle cuáles son sus planes. Así es que un día se disfraza de vendedor y va al mercado donde Tomás hace las compras. Le ofrece unos hongos a muy bajo precio y el cocinero se los compra. Al día siguiente, en el diario, sale la noticia de que una familia entera murió por intoxicación con hongos venenosos. Tomás también muere, ya que, antes de morir, la familia le hizo probar a él los hongos. La única que no comió y, por ende, queda viva, es Gilberta. El protagonista dice haber logrado así un crimen perfecto.

Análisis

“El crimen perfecto” es un cuento breve que pertenece al libro Las invitadas y corresponde al universo familiar e inquietante que la autora construye en toda la obra. En este caso, está muy presente el tono de sátira a dos mundos: por un lado, el mundo de la burguesía y su dependencia a la servidumbre; por el otro, el romance y el tópico del “crimen pasional”.

El narrador es el amante de Gilberta Pax y su punto de vista permite una perspectiva de la dinámica de esa familia “desde afuera”. Gilberta es una mujer madura, bien posicionada económicamente y con una familia numerosa, que vive en su casa junto a su marido. La primera descripción que hace de ella el narrador y la primera oración del cuento es: “Gilberta Pax quería vivir tranquila” (p. 263), presentando un doble juego de palabras en la elección de este nombre. Pax en latín quiere decir “paz”, por lo que, por un lado, hace referencia a la personalidad de Gilberta y, por el otro, funciona como un presagio del trágico final, ya que el vocablo latino se utiliza comúnmente en los cementerios, especialmente en los mausoleos de la gente rica, como la familia de esta historia.

La aparente tranquilidad de Gilberta aparece ironizada por la autora que demuestra, a medida que avanza la trama, que se trata en realidad de una pasividad casi patológica, que la lleva a la destrucción. Para empezar, es una mujer que tiene un amorío durante años sin intenciones de dejar a su marido, a quien evidentemente ya no quiere. Pero la situación es todavía más absurda. Al ser presionada y recibir un ultimátum de parte de su amante, el narrador, Gilberta confiesa que no puede irse de la casa por temor al cocinero. Se devela así el ridículo poder que detenta este personaje, quien en realidad pertenece a la servidumbre. Tomás Mangorsino, cocinero de oficio, se convierte paulatinamente en el amo y señor de la casa. Desde su espacio, la cocina, asume un dominio absoluto, no solo de las comidas, sino también de los gastos de la despensa, la decisión de los productos a comprar y la dieta de los habitantes.

Por su parte, Gilberta dice de su familia que “Todo lo quieren perfecto, especialmente la comida” (p. 264). Sin embargo, queda en evidencia la docilidad de estos personajes, quienes no reaccionan ante los ataques culinarios de Mangorsino: “El resto de la familia se retorcía de dolor de barriga, yo comía manjares suculentos” (Ibid.). De esta manera, la autora ridiculiza a este grupo de burgueses que tiene altas pretensiones, pero no son capaces de hacer nada, como cocinarse a sí mismos o enfrentar al cocinero. Todo el grupo familiar, que en verdad es el patrón en la relación económica, termina quedando a merced de su empleado. Tanto es así que la propia Gilberta está dispuesta a seducirlo y dejarse humillar con tal de recuperar el favor de Tomás: “De noche no duermo. Soy esclava de sus caprichos” (Ibid.). En suma, la sumisión de Gilberta y de su familia constituye una sátira de la moral burguesa y una crítica a la comodidad extrema de esos estratos sociales. El mensaje implícito es que la comodidad extrema puede ser peligrosa. Como sucede con los músculos atrofiados, los ricos han descansado tanto en las facilidades de su estilo de vida que no tienen ni siquiera instinto de supervivencia.

Cabe destacar, además, la sátira de los géneros asociados al crimen que introduce Silvina Ocampo. Aparecen dos tipos de crímenes en este relato, claramente identificables en la literatura, pero también en el saber popular: el crimen pasional y el crimen perfecto. El primero tiene un fuerte arraigo en el habla coloquial y se utiliza para referir a crímenes cometidos bajo los efectos de una emoción violenta, normalmente a causa del amor romántico. El segundo es un tópico clásico de la literatura policial y remite al motivo del crimen que no deja cabo sin atar y es imposible de descubrir.

En lo que se refiere al crimen pasional, es posible observar una ironía con respecto a la naturaleza de este tipo de asesinato y la forma en que el protagonista lo lleva a cabo. Tratándose de un acto de índole pasional, movido por un estado de conmoción e irracionalidad, contrasta fuertemente con el modo en que el protagonista lo realiza, con total parsimonia y frialdad. Es bastante común, en estos casos, que el asesino se entregue en el momento, que no haya planificado ni tenga una coartada, incluso que no se acuerde de lo que hizo, puesto que se trata de un impulso violento en un estado de conciencia perturbada. Sin embargo, el narrador parece haber planeado con toda tranquilidad los pasos a seguir: estudia los movimientos del cocinero, anota sus horarios, averigua el lugar donde compra y se disfraza. Además, utiliza toda la información que le brinda Gilberta: sabe que ella le había solicitado hongos para su marido, que a ella no le gustan, por lo que no los comerá, y que el cocinero se había negado por ser muy costosos. Es claro que, lejos de ser un arranque de ira, el asesinato fue cuidadosamente planificado. Incluso, después de realizado, el narrador mantiene la calma y la impasibilidad: “Nada le dije de lo que yo había hecho. Un crimen tan complicado y sutil no se confía al ser que uno más ama en el mundo, ni a la almohada” (p. 265).

Por otra parte, tenemos al tópico del crimen perfecto, aquel que da título al cuento. En la literatura policial existe una larga tradición en torno al mito del crimen perfecto, es decir, al enigma que no se puede resolver. La utopía del crimen perfecto permanece, sin embargo, en tensión con el trabajo del investigador, que —gracias a sus capacidades deductivas y a los descuidos de los delincuentes— logra revelar la verdad (sucede, por ejemplo, en "Los crímenes de la Rue Morgue", "El corazón delator" y "La carta robada" de Edgar Allan Poe). La moraleja siempre resulta en que los humanos cometen errores y, por ende, todo plan aparentemente perfecto puede tener alguna falla que un detective perspicaz es capaz de descubrir.

Al final del cuento, el narrador admite: “Mi crimen fue pasional y lo que es más raro, perfecto” (p. 265). Resulta contradictorio que un crimen pasional (caracterizado habitualmente por la imprevisibilidad y el impulso violento) pueda ser, al mismo tiempo, perfecto. Si la tradición literaria parece indicar que el crimen perfecto no existe, este desenlace añade que lo perfecto es posible solo por azar. El plan del narrador era convertir al cocinero en el asesino involuntario del marido de Gilberta, para deshacerse así de ambos (uno estaría muerto y el otro preso). Se trata, a las claras, de una planificación falible: Tomás podía recordar quién le había vendido los hongos y así buscarlo, denunciarlo o vengarse, por ejemplo. El asesino no podía de ninguna manera prever que la familia, ya moribunda, obligaría al cocinero a consumir los hongos envenenados (se entera de esto solo días después, a través del relato de Gilberta).

La muerte de Mangorsino es, de esta manera, un imponderable que, en lugar de condenar al criminal (como suele suceder), garantiza la imposibilidad de asociarlo con el asesinato. Lo perfecto del crimen, entonces, paradójicamente, no es producto de la pericia del criminal, sino, a fin de cuentas, de la casualidad.