Cuentos de Silvina Ocampo

Cuentos de Silvina Ocampo Resumen y Análisis El vestido de terciopelo

Resumen

La narradora y su amiga Casilda, la modista, llegan a Recoleta un día de mucho calor. Entran en una casa de la calle Ayacucho, donde vive la señora Cornelia Catalpina, a quien deben entregarle un vestido que le encargó a Casilda. Las atiende una sirvienta y luego las hace pasar al cuarto de la señora. El cuarto es muy elegante, con cortinas rojas y espejos con marco dorado. Cornelia las hace pasar y cree que la protagonista es una niña de 8 años y la hija de Casilda, cuando en realidad es su amiga. Ninguna la corrige.

Luego, Casilda le propone probarse el vestido para hacer los últimos ajustes. Es un vestido de terciopelo verde con un dragón de lentejuelas. El primer intento de probárselo fracasa porque el vestido no pasa por el cuello de la señora y esta dice que la asfixia. Intentan de nuevo poniéndole talco. Finalmente, lo logran, pero es un vestido muy pesado y Cornelia apenas puede moverse. Luego de hacer unos últimos retoques, Casilda intenta quitárselo con la ayuda de su amiga, pero es imposible. Cornelia dice que es como estar en una cárcel y que tendrá que dormir con el vestido puesto. Finalmente, se desploma y muere.

Análisis

“El vestido de terciopelo” es un cuento breve en el que pueden apreciarse varios elementos del universo de la autora: el humor negro, la niñez y la muerte. A todo esto se suman dos temas que involucran la cuestión de la diferencia de clase, la opresión femenina y las apariencias.

La narradora es una niña, amiga de Casilda, quien cuenta en primera persona lo sucedido. El relato toma, así, y como en muchos otros de Silvina Ocampo, la perspectiva de la infancia para contar un evento trágico.

Un hecho que llama la atención del lector desde el principio es que la narradora repite una y otra vez la expresión: ¡Qué risa! Esta repetición puede interpretarse como un leitmotiv, un término que viene del alemán y está formado por leiten (guiar) y motiv (movimiento musical). Como puede verse en su etimología, el concepto viene del campo de la música, donde se usa para referirse a una melodía que se repite muchas veces en una pieza, formando un motivo reconocible. En literatura, se utiliza para indicar expresiones, palabras, versos o figuras poéticas que se repiten adrede para generar un efecto puntual.

Se puede observar entonces que la repetición de esta expresión tiene un propósito que se va profundizando hacia el final. Si al principio no llama demasiado la atención del lector, rápidamente va desentonando, cada vez más, con el contexto: “Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!” (p. 154).

En este contraste entre lo que causa gracia y lo trágico de los acontecimientos puede observarse, además, una crítica a la sociedad burguesa de la época de Silvina Ocampo y a la que ella misma pertenecía, por su clase social. Sobre todo, en relación a su obsesión superficial y absurda por las apariencias. Ante la visión de la niña, que no pertenece al mundo de la señora Cornelia Catalpina —tanto por su clase, ya que vive en Burzaco, como por su edad, ya que todavía no entiende ciertos códigos de los adultos— la muerte de la mujer se vuelve absurda y ridícula. Así, Ocampo está apuntando hacia las prioridades de la clase alta argentina y sus valores, señalando que la manía por los bienes materiales puede resultar en una trampa mortal. En este sentido es que el vestido termina sintiéndose como una verdadera cárcel: “Es maravilloso el terciopelo, pero pesa —llevó la mano a la frente—. Es una cárcel” (p. 154).

El terciopelo es un motivo en toda la obra de Silvina Ocampo y aparece en muchos de sus cuentos. Se trata de un material pesado, costoso y exuberante, pero incómodo de usar, que en los comienzos del siglo XX fue símbolo de lujo y estatus social. Así, desde un punto de vista psicológico, la autora aborda la idea de que los objetos de deseo tienen siempre cierto grado de peligrosidad: pueden convertirse en obsesión y volverse en contra de uno al punto de aniquilarlo.

En línea con la crítica a la sociedad burguesa, la ubicación geográfica es muy importante en el relato y se hace hincapié varias veces en ello: por un lado, está el desplazamiento de las dos mujeres que tienen que atravesar la capital para llegar a la residencia (y la incomodidad que esto genera, el transporte público que toman, el calor que sufren); por el otro, la ubicación precisa de la casa de la señora Catalpina (frente a una fuente, una casa con jardín en la calle Ayacucho, en Recoleta). Además, se dice que el vestido es para ir a París y a Italia, trazando así el itinerario habitual de la aristocracia porteña, pero subrayando la impostación del viaje a Europa como lugar común. En este sentido, es un disparate que, con el calor del verano en Buenos Aires, la mujer se vista con ropas pensadas para el invierno europeo: “El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante” (p. 153). La idealización de París también corresponde a una idiosincrasia concreta y vinculada a la historia de la burguesía Argentina.

La visión de Casilda, por su parte, hace de contrapunto, representando la diferencia de clases en la oposición periferia/centro. Para la costurera es, a todas luces, una ridiculez y un capricho el hecho de querer un vestido con esa tela tan incómoda y pesada. De hecho, recomienda abiertamente a su clienta lo contrario: “–Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda” (p. 154). Sin embargo, la presión social sobre la apariencia de las mujeres de la alta burguesía es mayor que el sentido común, y el vestido cobra así un valor simbólico, representando el destino final que esta opresión puede ejercer sobre ellas.

El desenlace, con la muerte por asfixia de Cornelia Catalpina, cierra y ratifica el tono tragicómico del relato, que regresa, en sus últimas palabras, a la mirada absorta de la niña y su leitmotiv: "¡Qué risa!". Cabe destacar que el personaje de la niña mantiene durante todo el relato la ambigüedad habitual de los personajes de Ocampo. De esta manera, el leitmotiv va sembrando dudas al lector cada vez que aparece: ¿la niña ríe porque tiene una visión inocente o es simplemente cruel? ¿Es un mecanismo de defensa o se trata de una pequeña psicópata? Por supuesto, y tal como acostumbra la autora, no hay respuestas para estas preguntas.