Cantar de mio Cid

Cantar de mio Cid Resumen y Análisis Cantar segundo, Tiradas 64-87

Resumen

El Cid conquista Jérica, Onda, Almenar y las tierras de Burriana. Luego, cuando toma el castillo de Murviedro, los moros de Valencia lo sitian, y él reúne fuerzas de los territorios conquistados para enfrentarlos en una batalla. Luego, Minaya le pide al Campeador cien caballeros para atacar a los valencianos por un flanco, mientras el resto del ejército ataca por el frente. El Cid accede y, de esta manera, derrotan a los moros de Valencia, a quienes persiguen hasta las cercanías de su ciudad.

El ejército del Cid aumenta sus riquezas y permanece en Murviedro durante tres años, atacando villas aledañas a Valencia en correrías nocturnas. En Valencia, los moros sufren por el desabastecimiento que esto produce y piden el amparo del rey de Marruecos, pero no consiguen su auxilio.

El Cid conoce estas noticias y considera que es el momento propicio para conquistar Valencia. Entonces convoca a guerreros de las tierras de Aragón, Navarra y Castilla, quienes acuden a unirse a su ejército con el propósito de aumentar sus riquezas. Luego de nueve meses sitiando Valencia, el ejército del Cid entra en la ciudad y la toma. Los guerreros obtienen ganancias innumerables, de las cuales al Cid le corresponde un quinto, equivalente a treinta mil marcos.

El rey moro de Sevilla, al enterarse de la conquista de Valencia, ataca al ejército del Cid con treinta mil hombres. La guerra se extiende hasta la ciudad de Játiva y, finalmente, los moros retroceden, y Cid persigue al rey vencido.

La hueste cidiana se enriquece significativamente con esta nueva victoria, y el Campeador teme la deserción de sus guerreros. Por eso, aconsejado por Minaya, exige que ninguno de ellos se marche sin cumplir el rito de conclusión de vasallaje, bajo la amenaza de quitarle sus bienes y de ahorcar a quien no lo hiciera. Asimismo, el Cid dispone que se registre por escrito el número de hombres que componen su mesnada, y estos suman tres mil seiscientos.

Luego, el Campeador envía nuevamente a Minaya en una embajada a presentarse ante el rey Alfonso, para obsequiarle cien caballos y para que le peda autorización para que sus hijas y su mujer abandonen su reino. Además, el Cid le envía mil marcos de plata al abad don Sancho del monasterio de San Pedro, donde se encuentran ellas.

Poco después, llega desde tierras orientales don Jerónimo, un clérigo culto, ingenioso y buen guerrero, a quien Rodrigo Díaz nombra obispo de Valencia.

Minaya parte con una escolta de cien caballeros y, al llegar a Castilla, le informan que el rey Alfonso se encuentra en Carrión. Minaya se dirige entonces hacia allí y encuentra al soberano saliendo de una misa. A continuación, se arroja a los pies del rey, le besa las manos en nombre del Cid, detalla las tierras que este conquistó, y le obsequia los caballos como prueba de su vasallaje. El rey Alfonso se regocija con las noticias de las victorias del Cid y, cuando el conde García Ordoñez profiere comentarios en desmedro de este, lo detiene y exalta el valor del Campeador.

Enseguida, Minaya le pide al rey que le otorgue el permiso al Cid para que su mujer e hijas se dirijan a Valencia. El rey así lo hace, y dispone provisiones para el viaje de regreso de Minaya. Además, un oficial de la corte que los acompañará hasta Medina. El rey también les concede el perdón a todos los que acompañaron al Cid en el destierro, les devuelve sus bienes confiscados, e invita a marcharse a servirlo a quienes deseen hacerlo.

Los infantes del Carrión, al darse cuenta de que el prestigio del Cid aumenta, empiezan a creer que sería provechoso casarse con sus hijas, pero no se animan a proponerlo, puesto que sus familias son de diferentes estirpes. Sin embargo, le envían sus saludos al Cid a través de Minaya, y afirman que están de su lado.

Luego, Minaya envía a tres caballeros para informarle al Cid la decisión del rey y se dirige a San Pedro, donde se encuentran la mujer y las hijas de este. El Campeador, después de recibir la noticia, envía a Muño Gustioz, Pedro Bermúdez, Martín Antolínez y al obispo don Jerónimo, junto a cien caballeros, a Medina, para unirse a Minaya, mientras él permanece en Valencia para proteger la ciudad. También les indica que, en Molina, le pidan al moro Abengalbón, amigo y vasallo suyo, que los acompañe junto a otros cien hombres.

Abengalbón recibe gratamente a los enviados del Cid, les ofrece una cena y, al día siguiente, se une a ellos junto a doscientos hombres más. Minaya, al enterarse de que se aproximan los caballeros enviados por el Cid, marcha a su encuentro y, en Medina, los recibe con una gran cena. Luego, todos parten hacia Molina, donde nuevamente los recibe Abengalbón.

Después, todos parten hacia Valencia, donde el Cid sale a su encuentro montado sobre su caballo Babieca y, luego, abraza a las mujeres y llora, conmovido. Entonces se llevan a cabo juegos de armas para celebrar. Finalmente, el Campeador y su familia suben al alcázar, desde donde pueden contemplar la extensa ciudad, las huertas y el mar, y alzan las manos en alabanza a Dios por los bienes que obtuvieron.

Análisis

El Poema de Mio Cid, aunque en el único manuscrito conservado se encuentra copiado en una sucesión de versos ininterrumpida, puede dividirse en tres cantares. Los críticos consideran el comienzo del Cantar segundo el verso 1085 (tirada 64): “Aquí comienza la gesta de mio Cid el de Vivar”. Puede parecer curioso, y en efecto despertó numerosas discusiones, este verso, puesto que el poema tiene su inicio más de mil versos atrás. Así también, los versos 2276-2277, considerados el cierre del segundo cantar, señalan: “Las coplas de este cantar aquí se van acabando, / el Creador les valga, con todos sus santos”, mientras que el poema concluye casi mil quinientos versos después. Para explicarlo, la hipótesis más plausible propone que se trata de versos que indican el comienzo y el final de un cantar, por lo que nos encontraríamos frente a un poema organizado en tres cantares, de extensión semejante, cada uno de los cuales correspondería a una sesión de actuación juglaresca.

El Cantar segundo está dedicado principalmente a la conquista de Valencia por parte del héroe y a las bodas de sus hijas con los infantes de Carrión. Por otra parte, aunque el poema puede dividirse en tres cantares, la estructura argumental, no obstante, es bipartita: como señala Funes, “se narra un doble proceso de pérdida y recuperación de la honra” (2018, p.13). La primera línea argumental narra el injusto destierro del héroe, sus victorias en las tierras de los moros, el aumento de su riqueza y el crecimiento de su hueste, hasta que consigue su máximo triunfo, con la conquista de Valencia, y, finalmente, se reconcilia con el rey. La segunda línea argumental comienza con las bodas de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, quienes se revelan como cobardes y traidores. Luego de que golpean a sus esposas, el Cid reclama justicia, y los infantes, derrotados, pierden su honra, mientras que las hijas del Campeador se casan con los príncipes de Navarra y de Aragón.

En el plano ideológico, en conexión con el tema de la vida en la frontera, en este poema se ve enfrentada la alta nobleza con la baja nobleza, grupo en el que se experimenta el fenómeno de movilidad social, como consecuencia de los triunfos de los guerreros en el campo de batalla.

En la sociedad castellana de la época, la alta nobleza del interior del reino vivía fundamentalmente de las rentas de la tierra, y su posición de privilegio se basaba en la herencia y el prestigio de su familia. Este es el sector social al que pertenecen los enemigos del Cid, los infantes de Carrión. En cambio, los colonizadores de frontera, hombres pertenecientes a la baja nobleza y villanos, quienes habitaban la zona fronteriza entre territorios cristianos y musulmanes, debían su riqueza al botín de guerra que conseguían mediante sus incursiones en territorio musulmán y, en determinadas ocasiones, podían acceder a la condición de caballeros, gozando así de los privilegios nobiliarios y de mayor prestigio social. A propósito, en este canto, inmediatamente después de la conquista de Valencia, leemos: “Los que fueron a pie, caballeros se hacen” (v.1213).

En la obra se ponen en discusión, entonces, dos modos enfrentados de obtener riquezas y prestigio social: frente al poder de la vieja aristocracia, se presentan los ideales de los hombres de frontera, quienes aspiran al reconocimiento de su lugar social alcanzado por méritos propios, y no por prebendas de sus antepasados. Así, mientras se desprecia al noble que basa su valor en el linaje y en sus dominios territoriales, y que vive en las zonas seguras del interior del reino, se exalta el valor de la movilidad social alcanzada por logros personales. La oposición entre estos dos modos de vida y sus respectivas ideologías culmina al final del poema, cuando el Cid derrota a sus enemigos.

En relación con este tema, la alta nobleza se ve ridiculizada principalmente a partir de dos episodios: en el enfrentamiento del Cid con el Conde de Barcelona y en el episodio del león (este último lo veremos en el análisis del Cantar tercero, tiradas 112-132). Antes del enfrentamiento en el campo de batalla con el conde de Barcelona, de quien se dice que “es muy fanfarrón” (v. 960), el Cid contrasta la tropa barcelonesa, vestida con elegancia pero poco preparada para el combate, con sus propias fuerzas, vestidas sin lujo, pero en condiciones para la lucha:

Ellos vienen cuesta abajo y todos traen calzas;
sillas de carreras y las cinchas mojadas.
Nosotros montaremos en sillas gallegas, con botas sobre las calzas.

(vv. 992-994)

A propósito, más tarde, el conde se ve ridiculizado cuando, una vez capturado, se niega a comer y se muestra furioso por haber sido vencido por las fuerzas del Cid, aludiendo a su tropa como “malcalzados”:

No comeré un bocado por cuanto hay en toda España,
antes perderé el cuerpo y dejaré el alma,
porque tales malcalzados me vencieron en batalla.

(vv. 1021-1023)

En relación con el tema de la vida en la frontera, en este canto también podemos observar la dureza que supone esta forma de vida, cuando se narra la medida drástica que impone el Cid para impedir la deserción de sus hombres luego de la conquista de Valencia. Así, el Campeador dispone que a quien se fuera de su ejército sin cumplir el rito de conclusión de vasallaje (besar su mano), se lo capture, se lo despoje de sus bienes, y se lo ahorque:

Esto mandó mio Cid, con Minaya lo ha aconsejado:
que cualquier hombre de sus vasallos
que no se despidiese de él o le besase la mano,
si lo pudiesen aprehender o fuera alcanzado,
le quitasen sus bienes y lo pusiesen en un palo.

(vv. 1251-1254)