Cantar de mio Cid

Cantar de mio Cid Resumen y Análisis Cantar segundo, Tiradas 88-111

Resumen

El rey de Marruecos, Yúsuf, al enterarse de los triunfos del Cid, reúne un ejército de cincuenta mil soldados, con el que cruza el mar para dirigirse a Valencia. Cuando el Campeador recibe la noticia de su llegada, alaba a Dios porque ve en ella una nueva oportunidad para aumentar su riqueza. Al mismo tiempo, sus hijas y su mujer, que están presentes, se atemorizan, pero él las consuela afirmando que, con la ayuda de Dios, su ejército vencerá.

A continuación, cuando los moros atraviesan las huertas de la ciudad, tras una señal de alerta, el ejército del Cid sale al ataque. Ese día la hueste cidiana mata a quinientos moros y se prepara para un nuevo ataque al día siguiente. Para esa ocasión, Minaya le pide al Rodrigo Díaz ciento treinta caballeros para realizar el ataque por uno de los flancos. Antes del amanecer, el obispo don Jerónimo ofrece una misa y les da la absolución a los soldados. Además, le pide al Cid la gracia de “las heridas primeras” (v. 1709), esto es, el derecho de ser el primero en romper la batalla. El ejército cidiano, que cuenta con mil trescientos setenta hombres, derrota al ejército de Yúsuf, y el Cid persigue a este rey hasta Cullera.

De las innumerables ganancias que adquiere, el Campeador dispone que se le entregue al rey Alfonso la tienda de Yúsuf, que posee dos mástiles labrados en oro y doscientos caballos. Entonces, envía a Minaya y a Pedro Bermúdez en una nueva embajada a Castilla. Ellos encuentran al rey Alfonso en Valladolid, y este sale a recibirlos alegremente y se santigua. Mientras tanto, los infantes de Carrión, junto al conde don García, un enemigo del Cid, comienzan a cavilar.

Poco tiempo después, los infantes de Carrión, observando la prosperidad que alcanza el Cid, le solicitan al rey casarse con sus hijas. Luego de meditarlo, el rey accede, aunque no está convencido de que al Cid le agrade el ofrecimiento. A continuación, se reúne con Minaya y Pedro Bermúdez para decirles que ha perdonado al Campeador, que desea encontrarse con él en el sitio que él disponga, y que los infantes de Carrión solicitan casarse con sus hijas.

Los caballeros se dirigen entonces a Valencia, donde le comunican al Cid los mensajes del rey. Allí, el Campeador, agradecido, accede a concertar los matrimonios, aunque desconfía de su conveniencia. Dispone encontrarse con el rey a orillas del río Tajo y le envía cartas para comunicarle su resolución.

Tres semanas después, se celebra a orillas del río Tajo la reunión concertada. El rey y el Cid se presentan lujosamente preparados para la ocasión, acompañados por sendos séquitos de caballeros. El Cid, al divisar al rey, se detiene, se postra en la tierra de rodillas y manos, y arranca hierbas del campo con los dientes, en señal de acatamiento a la voluntad del soberano. El rey afirma que perdona al Cid, y este, agradecido, le besa las manos y la boca. Al amanecer del día siguiente, don Jerónimo celebra una misa, y luego, al salir de allí, el rey anuncia frente a la multitud que desea que el Cid case a sus hijas con los infantes de Carrión. Él acepta y luego intercambia espadas con los infantes. A continuación, le pide al rey que designe a un representante suyo para que entregue las manos de sus hijas en su nombre, y el rey elige a Minaya. Finalmente, el Campeador se despide del rey e invita a cuantos deseen asistir a las bodas de sus hijas a que se unan a su séquito.

Cuando el Cid llega a Valencia se encuentra con su mujer y sus hijas. Les informa que se celebrarán las bodas y les advierte que no fue él quien las concertó, sino el rey. Al día siguiente, cubren el palacio con tapices y se preparan para celebrar las bodas. El Campeador y su familia, junto a todos sus vasallos, reciben allí a los Infantes de Carrión. Minaya toma de las manos a doña Elvira y a doña Sol y se las entrega a sus prometidos. Luego, todos se dirigen a la iglesia, donde don Jerónimo celebra una misa, y finalmente se realizan juegos de armas. La celebración dura quince días, y luego el Cid despide a los invitados con abundantes regalos. Finalmente, los yernos del Campeador permanecen en Valencia aproximadamente dos años.

Análisis

Uno de los elementos indispensables para el análisis del Poema de Mio Cid son las marcas de oralidad que, aún mediadas por la escritura, son perceptibles en el texto. Estas marcas están directamente vinculadas con el modo de creación propio del espectáculo juglaresco y podemos observarlas, por ejemplo, en el empleo de recursos que permiten al juglar atraer la atención de su público, acercando el contenido del poema, haciéndolo más tangible para ellos.

Así lo vemos, por ejemplo, cuando en el poema se describe el salón decorado para celebrar las bodas de las hijas del Cid. El poeta allí asegura, dirigiéndose al público: “mucho les gustaría estar y comer en este palacio” (v. 2208). Como señala Rico, esto “equivale a una invitación a que los oyentes se sitúen con la fantasía en el centro mismo de la acción y compartan mesa y manteles con los protagonistas” (Citado en Funes, 2018, p. 57). De esta manera, el juglar convierte a los espectadores en testigos de los hechos que relata. Otro ejemplo lo encontramos (en la versión original) cuando el poeta narra el encuentro entre el Cid y su mujer, doña Jimena, en el monasterio de San Pedro de Cardeña: “Afevos doña Ximena con sus fijas do va llegando” (v. 262), lo que equivale a decir: “Miren ustedes cómo aquí viene entrando doña Jimena con sus hijas” (Funes, ibid, p. 58).

La utilización de estos recursos se explican porque, como señala Funes, “el poeta al componer su obra y el juglar al recitarla / cantarla / representarla no buscan narrar una historia sino actualizarla, es decir, revivirla ante los ojos de su público, ponerles en frente la corporización de personajes y situaciones” (Funes, ibid., p. 57).

Otro elemento que permite la actualización de la historia es la imagen que se recrea de los personajes, fundamentalmente del héroe. Así, aunque las únicas descripciones del Cid hacen referencia a su barba o a su vestimenta cortesana o de guerrero, el poeta evoca una imagen vívida de él. Por ejemplo, cuando finaliza la batalla contra Fáriz y Galbe, el poeta evoca la imagen del héroe esperando el regreso de sus guerreros:

Andaba mio Cid sobre su buen caballo,
con la cofia arrugada ¡Dios, cómo está bien barbado!
El almófar a cuestas, la espada en la mano,
vio a los suyos cómo van llegando (...)

(vv. 788-791)

El detalle de la cofia arrugada por la acción de la malla de acero durante el combate (el almófar) que se observa en este pasaje evoca una imagen muy familiar para cualquiera que hubiera estado involucrado en las campañas de frontera, y facilita al espectador recrear la imagen del guerrero regresando del campo de batalla.

Por otro lado, en este poema observamos patrones reiterativos en la presentación de algunos sucesos. Así, se emplea una estructura semejante para abordar los episodios que poseen un contenido similar. Por ejemplo, las tres embajadas que el Cid envía al rey Alfonso se desarrollan siguiendo el mismo esquema: encargo del Cid, partida del mensajero, viaje hasta la corte, presentación ante el rey, exposición del mensaje, respuesta del soberano y regreso del mensajero.

También, a propósito de las embajadas que el Cid envía al rey, se hace notorio el progresivo aumento de sus riquezas, lo que provoca la admiración del monarca y sus sucesivas concesiones, hasta otorgarle el perdón al héroe.

Por último, hacia el final de este canto, se nos presentan abundantes indicios de que al Cid no le complace el casamiento de sus hijas con los infantes de Carrión. Así, el protagonista insiste en señalar que fue el rey quien concertó las bodas, y no él, para quedar exento de responsabilidad en el asunto. De esta manera, se introduce el segundo núcleo temático del poema: la pérdida y recuperación de la honra de las hijas del Campeador, que se desarrollará en el cantar siguiente.

En el cierre del Cantar segundo, el poeta exclama: “¡Quiera Santa María y el Padre Santo / que se alegre de ese casamiento mio Cid o el que lo tuvo en algo!” (vv. 2274-2275). De este modo, se busca despertar el interés del espectador sobre el resultado de aquellas bodas, invitándolo a la audición del próximo cantar.