El mestizaje
El mestizaje es un tema central en el análisis propuesto por Anzaldúa. De hecho, se trata de una de las características principales de las identidades latinoamericanas en general, de acuerdo con muchísimos autores. Esto se debe al hecho de que, a partir de la conquista y colonización de las Américas, el continente pasa a ser un territorio donde se mezclan personas y culturas de diversos orígenes, fundamentalmente indígenas, europeos y personas africanas esclavizadas. Anzaldúa retoma esta línea de pensamiento para definir la identidad mexicana y chicana.
Los chicanos, como personas de la frontera, son un pueblo mestizo en varios sentidos. En primer lugar, descienden tanto de indígenas originarios de Mesoamérica como de los colonizadores españoles; en segundo lugar, tienen orígenes mexicanos pero viven en contacto permanente con lo estadounidense. Retomando parcialmente la propuesta de José Vasconcelos, esta autora defiende el mestizaje como potencia positiva: la hibridez, la ambivalencia y la mezcla ofrecen la capacidad personal y cultural de transformar el mundo y crear un futuro mejor. De hecho, uno de los conceptos destacados de Borderlands / La Frontera es la "conciencia mestiza", es decir, una percepción del mundo propia de las personas que habitan las fronteras, que nacen y crecen atravesadas por múltiples etnicidades, lenguas y orígenes ancestrales: "La Nueva Mestiza aborda esto desarrollando la tolerancia hacia las contradicciones, la tolerancia hacia la ambigüedad. Aprende a ser india en la cultura mexicana, a ser Mexican desde un punto de vista Anglo. Aprende a hacer juegos malabares con las culturas. Posee una personalidad plural, opera en un modo pluralista —nada se desecha, lo bueno lo malo y lo feo, nada se rechaza, nada se abandona—. No solo sostiene las contradicciones, convierte la ambigüedad en otra cosa" (136).
La ancestralidad indígena
Gloria Anzaldúa defiende la identidad y la conciencia mestizas, es decir, propone abrazar la mezcla, la hibridez, la ambivalencia, la contradicción. Así, invita a los chicanos a reconocerse como personas de la frontera por ser descendientes de españoles e indígenas, y por vivir en contacto tanto con la cultura mexicana como con la estadounidense.
Ahora bien, la autora también se encarga de destacar constantemente la ancestralidad indígena, buscando salvarla de la opresión colonial. Así, por ejemplo, comienza por reorganizar el relato histórico sobre los territorios de Mesoamérica y Norteamérica para dar cuenta de que las tierras que en la actualidad forman el sudoeste de Estados Unidos pertenecen, en realidad, a sus pueblos originarios, los indígenas y nativos americanos, y no a un Estado que se ha apropiado de ellas gracias a su poderío militar. Cabe resaltar que los únicos cuatro versos que se repiten dos veces en la obra, al abrir y cerrar la primera parte, claman: "Esta tierra fue mexicana una vez, / fue india siempre / y lo sigue siendo. / Y lo volverá a ser" (41; 151).
Por otra parte, en la dimensión autobiográfica de la obra también se destacan los elementos indígenas como grandes componentes de la identidad mestiza. Por ejemplo, al recuperar la teoría de Vasconcelos, Anzaldúa enuncia sobre sí misma: "Yo soy visible —vean esta cara india—" (145), destacando su rostro, la parte del cuerpo más relacionada con la identidad individual, como un rostro indígena. La nueva conciencia mestiza implica, pues, abrazar la mezcla resaltando siempre la ancestralidad indígena. En este sentido, también es importante notar que la autora engloba las figuras mestizas de la Virgen de Guadalupe, la Malinche y la Llorona como diferentes aspectos de la diosa indígena Coatlicue, destacando la persistencia de las culturas originarias en estos grandes símbolos de la identidad mexicana.
La sexualidad, el género y la orientación sexual
La sexualidad, el género y la orientación sexual constituyen un gran tema de reflexión constante al interior de Borderlands / La Frontera. Una de las apuestas fundamentales de Anzaldúa es la incorporación de una perspectiva feminista para desarrollar este análisis centrado en el pueblo chicano, su historia y su identidad. Mediante esta perspectiva, la autora propone desarmar tabúes en torno a la sexualidad, denuncia diversas formas de la violencia sexual y de género, cuestiona la división binaria en géneros fijos (hombres/mujeres) y narra escenas de amor y erotismo no heterosexuales.
Así, Anzaldúa sostiene que la lógica patriarcal también forma parte de la cultura chicana. El machismo chicano coloca a las mujeres en posiciones de vulnerabilidad y les quita su poder. Además, propone una interpretación misógina de la historia cuando, por ejemplo, se piensa en la Malinche como traidora. Para revertir esta visión del pasado, Anzaldúa nos invita a recordar que Malinche es entregada como esclava a los conquistadores, y propone evitar culpabilizarla. A partir de ello, decide honrar a esta figura histórica como símbolo de la sexualidad femenina, y sostiene que la derrota y la decadencia del pueblo azteca ante los invasores españoles no es culpa de mujeres que fueron violadas, sino que se produce "porque la élite gobernante había subvertido la solidaridad entre hombres y mujeres y entre la nobleza y el pueblo llano" (79).
Otro elemento del libro que elabora esta temática es la presencia constante de la serpiente como símbolo de la sexualidad, tanto masculina como femenina. Si la madre de Gloria le advierte que hay que tener cuidado de las serpientes porque, como representaciones de la genitalidad masculina, son amenazantes para la sexualidad de las niñas y mujeres, la propia autora, al adquirir su conciencia mestiza, pasa a entender este animal como símbolo del poder femenino, de la sexualidad, de la presencia de la diosa Coatlicue, de la creatividad.
En cuanto a la orientación sexual, cabe recordar que Anzaldúa es una autora lesbiana que elabora teórica y poéticamente la realidad social de las personas queer y de la disidencia sexual. Así, en este libro afirma que las personas queer son también personas que habitan las fronteras, en este caso entre lo masculino y lo femenino, y gracias a ello perciben y se aproximan al mundo de modos no violentos. La orientación sexual también se tematiza en algunos de los poemas más destacados de esta obra, como "Interfaz", que narra escenas de amor y erotismo entre dos figuras femeninas.
La escritura
A lo largo de toda la obra, Anzaldúa reflexiona sobre los modos y las funciones de la escritura, al tiempo que relata sus memorias como lectora y escritora, y pone de manifiesto las posibilidades y las dificultades que encuentra en sus propios procesos de escritura. Por ejemplo, recuerda que desde niña lee y escribe como actos de transgresión con los que gana libertad: en vez de planchar las camisas de su hermano, pasa las horas leyendo y escribiendo, y, por las noches, le lee a escondidas a su hermana. De acuerdo con Sonia Saldívar, para Anzaldúa escribir es "un acto de autocreación" que proviene de la lógica indígena náhuatl (24): se conecta con su conciencia y con su percepción del mundo a través del desarrollo de historias y las escribe.
Ahora bien, la escritura también es un proceso árduo para la autora:
Escribir produce ansiedad. Mirar dentro de mí misma y de mi experiencia, mirar a mis conflictos me genera ansiedad. Ser escritora se parece mucho a ser Chicana, o ser queer —mucho retorcerse, darse contra todo tipo de muros—. O lo contrario: nada definido o definitivo, un estado de limbo sin límites en el que floto y pateo con los talones, rumio, filtro, hiberno y espero a que suceda algo. Vivir en un estado de desasosiego psíquico, en un borderland, es lo que hace que los poetas escriban y los artistas creen. Es como una espina de cactus metida en la piel (128).
Escribir, por lo tanto, es un modo de habitar la frontera de manera positiva y productiva para poder, a pesar de los dolores y las dificultades, crear nuevas formas de entender y sentir el mundo.
Las funciones del arte
Anzaldúa ofrece reflexiones comparatistas sobre las funciones del arte en la cultura occidental, por un lado, y en las culturas indígenas, por el otro. En el sexto capítulo de la primera parte, "Tlilli, Tlapalli / El sendero de la tinta roja y negra", comienza presentando sus propias experiencias en relación con la creación artística. Luego, explica que, en Occidente, las obras de arte se destacan separándolas de la vida cotidiana: cuando una obra es considerada valiosa, pasa a estar expuesta en un museo, aislada del día a día, protegida del contacto humano, vigilada por cámaras y guardias. Por el contrario, en las culturas indígenas, las obras de arte están en el hogar y en otros espacios de la vida diaria; honrar la creación estética es incorporarla en la cotidianeidad. Esto se debe, también, a que el arte propone conexiones con la espiritualidad para los pueblos indígenas. Anzaldúa destaca que, de acuerdo con la perspectiva no occidental, el arte no se manifiesta en objetos muertos, cosificados, sino que se preserva de modo activo, performático, ya que las personas crean vínculos presentes y constantes con ellos.
La migración
La migración es uno de los grandes tópicos de este libro, que, a su vez, ofrece múltiples relatos sobre las experiencias de las personas migrantes, en especial, de aquellos que atraviesan la frontera entre México y Estados Unidos migrando hacia el norte en búsqueda de mejores condiciones de vida.
En efecto, desde sus páginas iniciales Borderland / La Frontera expone este tema. En "La patria, Aztlán", justo después de presentar la definición de su concepto de 'frontera', Anzaldúa ofrece una breve narración protagonizada por un niño chicano llamado Pedro al que "la migra", es decir, la Policía de Inmigración de Estados Unidos, deporta por considerarlo migrante ilegal, a pesar de que él ha nacido del lado estadounidense de la frontera, tal como cinco generaciones de sus antepasados. Con esto, Anzaldúa pone de manifiesto una gran ironía histórica: los chicanos son considerados migrantes ilegales por el mismo Estado que ha ocupado sus tierras, precisamente, de manera ilegal.
Ya en la segunda parte del libro, varios poemas tematizan la migración y la vida migrante. Por ejemplo, en "sobre piedras con lagartijos", "El sonavabitche" y "Los llaman greasers", se expone que los patrones blancos explotan el trabajo de migrantes; que mantienen a estos trabajadores en condiciones extremadamente precarias, incluso análogas a la esclavitud; que muchas veces no les pagan sus salarios, y que abusan de ellos de diversas maneras.
La reelaboración del pasado
Una parte sustancial del projecto de Anzaldúa en Borderlands: La Frontera es proporcionar una nueva narración de la historia del pueblo mexicano, del pueblo chicano y del territorio que hoy funciona como suroeste de Estados Unidos. Para la autora, hacer historia no es documentar hechos, sino crear un relato que recupere el pasado y explique, de manera ética y política, las problemáticas del presente. De esta manera, se pretende iluminar eventos y procesos históricos invisibilizados por la historia dominante, reproducida por aquellos que tienen el poder en la actualidad.
En su versión del pasado, Anzaldúa sostiene que Estados Unidos se ha apropiado de las tierras fronterizas del sudoeste por su poderío militar, y para explotarlas económicamente, pero que los habitantes legítimos de esos territorios son los indígenas y los nativos americanos. Este hecho histórico es importante, no solo porque es históricamente cierto que Estados Unidos ha usado la fuerza para invadir y colonizar el norte de México, sino también porque ayuda a crear historias nacionales diferentes, enraizadas en una ideología anticolonial, de ambos lados de la frontera.
En la misma línea, se propone una revisión de la figura de Malinali Tenépat, también conocida como Malinche o Malintzín, una mujer indígena que, tras la conquista de México, es entregada como esclava a los españoles. Malinche se convierte en traductora de Hernán Cortés, el conquistador de México, con quien también llega a tener un hijo. De modo general, se la recuerda como traidora por haber funcionado como pieza clave para la victoria colonial española, pero Anzaldúa sostiene que esa es la búsqueda de una mitología patriarcal. Por el contrario, la autora se propone honrarla como símbolo de la sexualidad femenina, y sostiene que la derrota y la decadencia del pueblo azteca ante los invasores españoles no es culpa de mujeres que fueron violadas, sino que se produce "porque la élite gobernante había subvertido la solidaridad entre hombres y mujeres y entre la nobleza y el pueblo llano" (79).