5. Cómo domar una lengua salvaje
Resumen
Vencer la tradición del silencio
En el capítulo 5, la autora evalúa sus vínculos con la lengua. Como mexicana en Estados Unidos, crece hablando español en la casa. Pero la cultura blanca dominante la fuerza a hablar inglés. Por ejemplo, en la escuela es castigada cuando se expresa en español, e incluso en la universidad se ve obligada a tomar un curso de pronunciación para deshacerse de su acento extranjero. A pesar de ser mexicana ella misma, la madre también la estimula a usar el inglés, porque es el modo de conseguir un buen trabajo y mejores condiciones de vida.
Anzaldúa sostiene que la lengua y las normas lingüísticas pueden funcionar como forma de la dominación patriarcal y colonial. De niña, Gloria es forzada a hablar en inglés, pero también se le pide que se mantenga silenciosa, que evite conversar demasiado y chismosear, que no conteste a los adultos. Nota que estas reglas solo son aplicadas a las mujeres: "Hocicona, repelona, chismosa, tener una boca muy grande, cuestionar, andar con cuentos son todos síntomas de ser una mal criada. En mi cultura son todas palabras que son despreciativas cuando se aplican a mujeres. Nunca las he oído aplicadas a hombres" (104). Por otra parte, se detiene en el término "nosotros", que en el español chicano es sistemáticamente usado como genérico, incluso cuando las mujeres quieren referirse en primera persona del plural a un grupo compuesto solo por mujeres. Anzaldúa queda impactada cuando escucha la palabra "nosotras" por primera vez. Las reglas del español chicano, pues, contribuyen a la invisibilización y el silenciamiento de las mujeres y las niñas.
Oyé como ladra: el lenguaje de la frontera
Continúa el estudio crítico sobre el español chicano. Se trata de una lengua de frontera, mezcla de inglés y español, surgida de modo espontáneo a partir de la presencia de mexicanos en territorios conquistados por Estados Unidos. Ni el inglés ni el español son estrictamente las lenguas nativas de los chicanos: "ni Spanish ni English, sino las dos cosas a la vez. Hablamos una especie de patois, un dialecto, una lengua bifurcada, una variante de dos idiomas" (106). En este análisis, se propone una diferenciación en ocho categorías lingüísticas, considerando lenguas, variantes regionales, acentos y registros. Por ejemplo, Anzaldúa considera no solo las variantes estándar, sino también categorías como el inglés de clase obrera y su argot, el español del norte de México y el español chicano. A partir de estas distinciones, se reconoce a sí misma como una hablante que se mueve estratégicamente entre lenguas, variantes y registros de acuerdo con quién esté hablando. Destaca que solo puede hablar de manera absolutamente libre y natural con otras chicanas de Texas y con mexicanos que viven al norte de la frontera entre México y Texas. También resalta el uso de "pochismos", es decir, de palabras del español distorsionadas por el inglés, y su adopción del "pachuco" como lengua reciente que mezcla el español con expresiones coloquiales del inglés oral.
Español chicano
En esta sección se describe con mayor detenimiento esta lengua. Anzaldúa exhibe cómo los hablantes del español chicano pronuncian determinados sonidos y sílabas de modos específicos, diferentes a las del español estándar mexicano. Los hablantes chicanos usan préstamos del inglés y dicen "bola" a partir de "ball", por ejemplo. También usan un sistema de pronombres propio y, por ejemplo, no expresan la segunda persona del plural mediante "vosotros/as" como en el español peninsular. Anzaldúa destaca aquí que la mayoría de los chicanos aprenden sus lenguas en la oralidad y no a través de la escritura, de forma escolarizada.
Terrorismo linguístico
Aquí Anzaldúa denuncia los impactos violentos de la vigilancia lingüística aplicada a las chicanas. Anzaldúa sostiene que las mujeres como ella, que crecen hablando el español chicano, internalizan la idea de que su lengua es una forma precaria del español. Esta vergüenza autoinflingida hace que las chicanas no confíen en sí mismas ni en otras chicanas, y se sientan incómodas al hablar su propia lengua con otras latinas, es decir, con mujeres provenientes de otros países americanos de habla hispana. Anzaldúa enfatiza el vínculo entre la identidad y la lengua al sostener que "Si una persona [...] tiene en baja estima mi lengua nativa, también me tiene a mí en baja estima" (110). Asegura que no volverá a aceptar sentirse avergonzada de su propia lengua ni de su propia existencia; se compromete a superar una tradición de silencio y a usar su voz.
Vistas, corridos, y comida: mi lengua nativa
Se narra cómo la autora ha crecido rodeada por la cultura y la literatura chicanas. Cuenta la emoción que siente al leer su primera novela chicana y su primer encuentro con la poesía chicana. A pesar de que se trata de textos marginalizados por las escuelas y universidades, la autora lucha por aprender de ellos, y también procura enseñárselos a sus estudiantes. Antes de estas lecturas, ya mira películas chicanas y escucha música típica de ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Los corridos, canciones originarias de la frontera entre México y Texas, que cuentan historias de héroes o hechos históricos, son destacados como importantes productos culturales. Por último, Anzaldúa comparte sus memorias sobre sabores y alimentos, resaltando la importancia de la comida para su sentido de la identidad chicana.
Hacia el final de la sección "Cómo domar una lengua salvaje", se examinan los términos que las personas chicanas usan para referirse a sí mismas. Primero, se establece que todos los chicanos se mueven entre el español mexicano y el inglés estadounidense. Luego indica que se identifican como mexicanos, y lo mexicano es, para ellos, una raza en lugar de una nacionalidad: "(al decir mexicanos, no queremos decir ciudadanos de México; no nos referimos a una identidad nacional, sino a una identidad racial)" (115). A veces, las personas chicanas se reconocen como "hispanas", destacando que son hablantes del español, pero esto es problemático, porque se borra la ancestralidad indígena. Otras veces se refieren a sí mismas como "Mexican-American" (116), dando cuenta de su compleja relación con la nacionalidad. En suma, los chicanos suelen percibirse como mexicanos (en cuanto a la raza y la ancestralidad), mestizos (afirmando las herencias indígenas y españolas) y chicanos (dada su conciencia política en tanto que personas nacidas o criadas en territorio estadounidense). Anzaldúa usa el concepto de "la raza" para referirse a todos los chicanos. A los chicanos que viven en Texas, por su parte, los llama "tejanos". Estas categorías distinguen la cultura y la identidad del pueblo chicano que espera el fin del control blanco sobre sus tierras.
Análisis
De modo general, "Cómo domar una lengua salvaje" es un capítulo más lineal, y se asemeja más a la prosa tradicional que los segmentos anteriores de Borderlands / La Frontera, caracterizados por una mayor heterogeneidad y mezcla de géneros. Aquí predominan las anécdotas y memorias de la autora. Así, Anzaldúa afirma su propia experiencia como un modo del conocimiento tan válido como otros. Este posicionamiento sobre la experiencia y el conocimiento es político: se rechaza la priorización de la racionalidad que, de acuerdo con la autora, tiene raíces coloniales y favorece lógicas blancas de entender el mundo.
En sintonía, se examinan con detenimiento diferentes aspectos de la lengua como expresión de la identidad. De hecho, el título del capítulo hace referencia, precisamente, a los idiomas que no se ajustan a las normas y estándares de las instituiciones coloniales, tal como la identidad del pueblo chicano es una identidad de fronteras, que no se limita a una norma u otra. Del mismo modo, para dar comienzo a este capítulo, se ofrecen dos epígrafes. El primero refiere a una anédota personal: un dentista le dice a la niña Gloria que será necesario "controlar su lengua" porque la mueve con mucha fuerza y obstinación. Esta memoria sirve como metáfora del idioma, de esa lengua incontrolable, rebelde y mestiza que Azaldúa defiende como el idioma fronterizo. De manera figurativa, la anécdota denuncia los esfuerzos de la cultura dominante por controlar los usos del lenguaje de otros pueblos e identidades.
En "Oye cómo ladra: el lenguaje de la frontera", leemos: "para personas que no se pueden identificar con el español estándar (castellano formal) ni con el inglés estándar, ¿qué les queda, más que crear su propia lengua? Una lengua a la que puedan conectar su identidad, una lengua capaz de comunicar las realidades y los valores auténticos para ellos, una lengua con palabras que no son ni español ni inglés, ni Spanish ni English, sino las dos cosas a la vez" (105). Si los chicanos hablaran solamente inglés estándar estadounidense se aculturarían, perderían su cultura híbrida de frontera. La mezcla que los caracteriza se manifiesta en su idioma también mezclado, ambivalente. En palabras de la autora, se trata de "una lengua bifurcada, una variante de dos idiomas" (106). Por otro lado, los recuerdos narrados en este capítulo permiten documentar los diferentes usos del lenguaje que hacen los chicanos según con quién se estén comunidando. Anzaldúa explica, por ejemplo, que con sus hermanos y amigos chicanos habla siempre en español mexicano estándar, en el dialecto español del norte de México, en el español chicano de Texas y en otras formas híbridas como el tex-mex y el pachuco. En cambio, en ámbitos académicos y laborales habla el inglés estándar y el inglés de la clase obrera.
Este libro propone que la opresión ejercida contra las personas de la frontera busca silenciarlas, quitarles la voz. Tal como el dentista buscaba domar su lengua y controlar sus movimientos, mecanismos como la educación pública, la universidad y la familia tienden a supervisar y restringir los usos espontáneos del lenguaje a lo largo de la vida de la autora y, sobre todo, durante la niñez. En general, estas instituciones defienden el uso del inglés y reprimen el español porque, al encontrarse en territorio estadounidense, la primera es la lengua que le ofrecerá mejores oportunidades de vida a la autora. Pero Anzaldúa asegura: "yo soy mi lengua" (111), y, por lo tanto, reprimir el español es un modo de oprimirla como ser humano.
Además, la dominación blanca del territorio fronterizo promueve el racismo, que muchas chicanas internalizan. Así, se avergüenzan de sí mismas y creen que hablan un español malo, incorrecto. En ese sentido, se destaca también la interseccionalidad con cuestiones de género. Las chicanas suelen decir "nosotros" en masculino incluso cuando se trata de un grupo compuesto únicamente por mujeres: "La primera vez que escuché a dos mujeres, una puertorriqueña y una cubana, decir la palabra nosotras, me quedé shockeada. No sabía que existiera esa palabra. Las chicanas usan nosotros tanto si somos hombres como si somos mujeres. Se nos roba nuestro ser femenino por el masculino plural. El lenguaje es un discurso masculino" (104). Apoyarse en otras comunidades, como las mujeres latinas, en este caso, también es modo de transformar los aspectos negativos de la propia comunidad.
En última instancia, Anzaldúa denuncia esta injusticia sistemática al reafirmar su propia lengua como lengua válida para escribir un libro. Una de las características principales de Borderlands / La Frontera es, precisamente, la mezcla de español e inglés y la combinación de diferentes registros más o menos formales. Esta alternancia de códigos (en inglés, code-switching) desafía las convenciones de la escritura académica monolingüe, que es la forma dominante de producción de conocimientos en países como Estados Unidos. Este mecanismo reafirma que las diversas lenguas, los diversos pueblos y las diversas culturas tienen su propio poder intelectual y sensible. De esta manera, el texto materializa en sí mismo el mestizaje defendido por la autora. Cabe destacar que, para Anzaldúa, la idea de mestizaje no tiene que ver con un esencialismo relacionado con la genética, sino que se trata de una forma de la conciencia, una forma de percibir el mundo y de interactuar con él, que puede manifestarse a través de diferentes formas de lo fronterizo.
6. Tlilli, Tlapalli / El sendero de la tinta roja y negra
Resumen
Invocar el arte
El capítulo 6 pasa a discutir las narraciones e historias relacionadas con el pueblo chicano. Anzaldúa recuerda que, de niña, por las noches le cuenta historias a su hermana a escondidas. En el presente, todavía siente que las contar y escuchar historias son prácticas nocturnas. A partir de ese punto, la autora contrasta distintas funciones de la narración y del arte en general en la cultura occidental, por un lado, y en las tradiciones indígenas, por el otro. Asegura que "mi pueblo, los indios, no separaba lo artístico de lo funcional, lo sagrado de lo secular, el arte de la vida cotidiana. Los fines religiosos, sociales y estéticos del arte estaban todos entrelazados" (120). En sintonía, las historias se desarrollan de manera orgánica: son formas culturales que los escritores transforman y modelan. A su vez, las historias transforman a los escritores y a los lectores, o a las audiencias que escuchan historias orales. Por otro lado, los objetos artísticos de las culturas indígenas buscan establecer conexiones espirituales y, por lo tanto, su lógica es contraria a la dinámica occidental de los museos. En los museos, el arte se separa de la vida cotidiana, ubicándose en un lugar específico y aislado. Anzaldúa sostiene, para terminar, que las personas blancas pueden aprender de las tradiciones indígenas, siempre y cuando no caigan en la apropiación cultural.
El estado chamánico
Se narra la experiencia personal de la autora con respecto a la escritura. Expone que debe privarse de toda estimulación sensorial para poder crear historias en su mente, proceso que describe como la proyección interior de voces y escenas, y que denomina "entrar en trance" (125). Escribir le produce cierta ansiedad, porque la obliga a rehacer su cuerpo para darle forma al cuerpo de la historia. Anzaldúa concibe la creación artística como una suerte de parto violento que siempre ocurre en momentos de transición y cambio.
Escribir es un acto sensual
Anzaldúa comenta que la escritura es una práctica corporal e íntima. Al describir el acto de escribir propone que "Las palabras son briznas de hierba que hacen retroceder los obstáculos, brotan en la página; el espíritu de las palabras que se mueve en el cuerpo es tan concreto y tan palpable como la carne; el hambre de crear tiene tanta sustancia como los dedos y la mano" (127).
In Xóchilt in Cuícatl
Aprender a vivir con estas experiencias corporales y a transitar las dificultades de los momentos creativos tiene que ver con habitar la frontera de manera productiva: "El estrés de vivir con la ambigüedad cultural, por un lado, me compele a escribir y, por otro lado, me bloquea" (130). La frontera dificulta la escritura, pero también la estimula.
Análisis
En el sexto capítulo se destacan dos grandes temas de la obra. Por un lado, Anzaldúa reflexiona sobre las funciones de la escritura y los procesos creativos, tal como ella misma los experimenta. Por ejemplo, comenta que desde pequeña se esconde para escribir como acto de rebeldía, y que prefiere la lectura y la escritura a otras actividades obligatorias para las niñas como ella, tales como planchar las camisas de los varones de la familia. En la introducción a Borderlands / La Frontera, la crítica Sonia Saldívar propone que, para Anzaldúa, escribir es "un acto de autocreación" que proviene de la lógica indígena náhuatl (24): se conecta con su conciencia y con su percepción del mundo a través del desarrollo de historias y las escribe. Es decir, la autora se conecta con su ancestralidad indígena al escribir.
Ahora bien, la escritura también es un proceso arduo para la autora:
Escribir produce ansiedad. Mirar dentro de mí misma y de mi experiencia, mirar a mis conflictos me genera ansiedad. Ser escritora se parece mucho a ser Chicana, o ser queer —mucho retorcerse, darse contra todo tipo de muros—. O lo contrario: nada definido o definitivo, un estado de limbo sin límites en el que floto y pateo con los talones, rumio, filtro, hiberno y espero a que suceda algo. Vivir en un estado de desasosiego psíquico, en un borderland, es lo que hace que los poetas escriban y los artistas creen. Es como una espina de cactus metida en la piel (128).
Escribir, por lo tanto, es un modo de habitar la frontera de manera positiva y productiva para poder, a pesar de los dolores y las dificultades, crear nuevas formas de entender y sentir el mundo.
Por el otro lado, aquí también se evidencia el tema de las funciones del arte. Anzaldúa observa un contraste entre las tradiciones occidental e indígena con respecto a las obras y los objetos artísticos. En Occidente, las obras valiosas se separan de la vida cotidiana: se las expone en museos, bajo vigilancia, y se las considera intocables. Por el contrario, en las culturas indígenas, las obras de arte están en el hogar y en otros espacios de la vida diaria. La autora defiende esta última lógica: asegura que honrar la estética es incorporarla en la vida diaria, puesto que el arte establece conexiones con la espiritualidad.