"La frontera entre Estados Unidos y México es una herida abierta donde el Tercer Mundo se araña contra el primero y sangra" (42) (Metáfora)
La definición inicial de frontera que Anzaldúa propone en las primeras líneas del libro se vale de una metáfora. La frontera es una herida abierta porque es un espacio que se separa de manera artificial y violenta para dividir a las personas, jerarquizándolas y clasificando a algunas como amenaza. Esta metáfora da cuenta del daño y el dolor corporales que produce la lógica de la frontera. Como leeremos de inmediato, los mexicanos y chicanos son brutalizados de diversas maneras por ser considerados "ilegales" de acuerdo con la lógica estadounidense. Pero, además, la frontera como herida abierta ofrece una posibilidad creativa, ya que, en ese territorio dañado, herido, se crea "un tercer país, una cultura de frontera" (42), que es la que Anzaldúa describe y defiende como modo alternativo de percibir e interactuar con el mundo de manera más sana y justa.
"La tensión se apodera de los habitantes de las tierras fronterizas como un virus" (42) (Símil)
Dando continuidad a la metáfora inicial, Anzaldúa resalta a lo largo de todo el libro los efectos físicos que la violencia de la frontera tiene sobre los cuerpos de aquellos que la habitan. Así, estos cuerpos, identidades y culturas tienen heridas abiertas y también se enferman, como contagiados por un virus, y viven en un estado de constante tensión, tal como expresa esta comparación. Significativamente, esta línea es elaborada con detenimiento y profundidad a lo largo de los poemas que conforman la segunda parte del libro. Por ejemplo, la mujer retratada en "sus plumas el viento" tiene los "pies hinchados" y "las palmas gruesas con nudos verduzcos" (170), siente sed y está cubierta de sudor. Algo semejante leemos en "Matriz sin tumba o 'el baño de la basura ajena'", poema donde el yo lírico femenino y migrante presenta su propio cuerpo dañado y en descomposición: "Padezco de un mal: la vida, / una enfermedad recurrente / que me purga de la muerte. / Me sangra, me sangra" (193).
"Como nosotras y nosotros hablamos con lenguas de fuego, se crucifica a nuestra cultura" (109) (Metáfora)
En el capítulo 5, "Cómo domar una lengua salvaje", Anzaldúa se vale de la metáfora de las "lenguas de fuego" para exponer su propia identidad lingüística. Como se ha mencionado, en tanto que chicana, la autora habla una lengua plural, híbrida, mestiza, que incorpora el español y el inglés, pero también diversos dialectos y registros de ambos idiomas. Es decir, su expresión no se rige por ninguna variante estandarizada, fija y uniforme. Es por ello que, como denuncia en "Terrorismo lingüístico", el habla de los chicanos suele ser entendida como "aberración" (109) y motivo de burla. La metáfora de las "lenguas de fuego" denota esta idea de peligrosidad y de rebeldía. Al mismo tiempo, da cuenta de la capacidad transformadora de una lengua mestiza.
"Acercarse a otra Chicana es como mirarse en un espejo" (110) (Símil)
A través de esta comparación, Anzaldúa exhibe una identidad colectiva propia de las chicanas: verse las unas a las otras es como verse a sí mismas, como mirarse a una misma en el espejo. Esta identificación, sin embargo, no se debe tanto al aspecto físico como a la conciencia, los sentimientos y pensamientos comunes. Se afirma que cada chicana, al verse a sí misma y a las demás, siente pena, vergüenza y baja autoestima. También, desde pequeñas son instruidas para considerar su propio idioma y su modo de ver el mundo como incorrectos, molestos o peligrosos. Así, son criadas para mantenerse en silencio y ser obedientes, sumisas y serviciales.
"El Chicano, sí, el Chicano, que anda como un ladrón en su propia casa" (117) (Símil)
Hacia el final del capítulo "Cómo domar una lengua salvaje", leemos: "Mientras tanto, tenemos que hacer la lucha. ¿Quién está protegiendo los ranchos de mi gente? ¿Quién está tratando de cerrar la fisura entre la india y el blanco en nuestra sangre? El Chicano, sí, el Chicano, que anda como un ladrón en su propia casa" (117). La comparación ofrecida en la última frase de la cita retoma la proclama fundamental de Anzaldúa: las tierras ahora apropiadas por Estados Unidos han sido siempre indígenas y, por eso, volverán a serlo. Aquí se reelabora la ironía histórica de que los chicanos sean considerados migrantes ilegales por el estado que ha ocupado esas tierras, precisamente, de manera ilegal.