El lobo estepario

El lobo estepario Resumen y Análisis Anotaciones de Harry Haller (Parte 3)

Resumen

Al día siguiente, Harry se reúne con Armanda en un café. Armanda le muestra un artículo periodístico donde lo defenestran por considerarlo antipatriótico. Se trata de una respuesta a algunos escritos suyos del pasado en los que llamaba a la población a reflexionar acerca de la responsabilidad individual de cada uno en la guerra. Armanda se ríe y lo invita a permitirse la alegría más allá del horror del mundo, puesto que considera vano luchar por un ideal y esperar alcanzarlo: “¿Es que los ideales están ahí para que los alcancemos?” (121).

Luego salen en busca de un lugar donde comprar el gramófono, lo cual hacen a costa del rechazo de Harry. Hechos con el aparato, se dirigen a la habitación de Harry, donde Armanda comienza a enseñarle el fox-trot muy a pesar de él, que no tiene ningún tipo de talento para el baile.

Días después, vuelven a tener otra clase. Esta vez, Harry da muestras de haber mejorado y eso convence a Armanda de ir a la noche siguiente a un baile. Harry no puede sino obedecer, pero pasa todo el día consumiéndose por los nervios y la ansiedad de bailar en público.

Llega el momento del baile y, a pesar de que Harry intenta convencer a Armanda de hacer otra cosa, termina acudiendo al punto de encuentro. Después de bailar tres rondas con ella, la joven le presenta a Pablo, un saxofonista “moreno, joven y bello, de origen español o sudamericano” (123). Harry se siente celoso del vínculo que tiene con Armanda; no porque él y ella tengan una relación amorosa, sino porque percibe algún tipo de conexión espiritual entre ellos. También menosprecia a Pablo, ya que lo considera musicalmente inferior, debido a que no parece saber nada sobre los grandes clásicos. Pablo no demuestra ninguna antipatía hacia él, pero poco le interesa andar comparando saberes.

Mientras Armanda se dedica a bailar con otras personas, Harry aprovecha para descansar en la barra. Eventualmente, la joven se aparece para regañarlo por no haber sacado a bailar a ninguna mujer y lo obliga a intentarlo con una joven muy bella. Harry obedece y se presenta ante la joven con torpeza. La mujer accede y bailan dos rondas. Poco a poco, Harry gana soltura y confianza. Armanda lo nota y le avisa que va a enseñarle nuevos bailes e irán juntos a una fiesta de máscaras en tres semanas. Luego siguen bailando juntos.

Más tarde, mientras conversan sobre la velada, Harry le dice que es una mujer extraordinaria y le pregunta si no lo encuentra aburrido. Ella sostiene que son iguales, que ella está tan sola como él en el mundo y que su vida está repleta de sufrimiento. Harry no comprende como una mujer tan conectada con la vida sea infeliz y ella responde que también admira sus conocimientos. Para ella, Harry es un sabio anciano en los asuntos del espíritu, pero tan solo un niño en las pequeñas artes de la vida. Luego le avisa que va a presentarle a María, la joven con la que estuvo bailando durante la noche, para que aprenda a amar de un modo más superficial y alegre, sin tanto idealismo y tragedia.

A partir de entonces, Harry comienza a pensar que es cierto aquello de que cada uno posee en su interior múltiples identidades. Mientras se redescubre como una persona que puede salir, bailar y divertirse, empieza a tomar distancia de la personalidad pretensiosa que lo caracterizó toda su vida.

Durante los días siguientes, Harry no solo se ve con Armanda, sino también con Pablo, con quien lentamente desarrolla una relación más íntima. Sin embargo, aún tienen posiciones encontradas respecto a la música. Cada vez que Harry intenta sacar el tema para saber cuál es la opinión de Pablo al respecto, este se guarda sus comentarios. Harry llega a enfurecerse por ello y, un día, alcanza tal estado de enojo que Pablo le ofrece una droga para que se relaje: “En efecto, pronto me refresqué y me puse más alegre, posiblemente había algo de cocaína en el polvo” (136).

Finalmente, Harry acusa a Pablo de nunca expresar su juicio sobre la música y este le responde que no tiene ninguna opinión porque él la practica, no la razona: “Yo soy músico y no erudito, y no creo que en música el tener razón tenga el menor valor” (136-137). Cuando toca música, no se interesa por Bach o Mozart, sino por la excitación y la alegría que provoca en las personas que lo oyen. Harry insiste, enojado, en diferenciar la música sensual de la espiritual, la “música divina y eterna” de “la barata música del día” (138). Ante su insistencia, Pablo se desinteresa de la conversación y le dice que puede tener la razón, si así lo desea: a él solo le interesa tocar “lo que la gente pide en cada momento” y hacerlo “tan bien, tan bella y persuasivamente como sea posible” (139).

Los días avanzan y Harry siente como una nueva versión de él, más joven, ingenua y entregada a la felicidad que florece en su interior. Esta nueva versión combate constantemente con la vieja. Todavía hay ocasiones en las que vuelve a pensar en el suicidio o se burla de todo lo que ahora cree experimentar.

Una noche, al llegar a su casa, se encuentra con que María, la hermosa mujer con la que había bailado, lo espera en su cama. Harry se siente incómodo y comprende que ha sido todo una idea de Armanda. Sin embargo, María parece estar a gusto con él y terminan teniendo relaciones sexuales.

A partir de entonces, Harry comienza a ver a María con regularidad y su vida sexual se revitaliza por completo. Además, empieza a visitar distintos bailes, cines y teatros, cosas que rechazaba fervientemente en el pasado. Harry aprende mucho sobre la vida de mujeres como María y Armanda, prostitutas que llevan una existencia completamente distinta a la de él, que tienen saberes de los que él carece. Ellas suelen tener un “fin triste y difícil” (145).

También María es una íntima amiga de Pablo. Ella es capaz de conmoverse por una canción americana del mismo modo en que un director de orquesta lo hace ante una composición clásica. Harry se atreve a pensar que quizá Pablo no estuviera tan equivocado. Un día, Harry le pregunta a María cómo es posible que pueda quererlo tanto a Pablo como a él mismo, siendo que es “viejo y aburrido” (146). María le hace entender que los quiere por cosas distintas y que no tiene por qué ser de otra manera a la que ya es.

Durante ese tiempo, Harry continúa tomando clases de Boston con Armanda con el objetivo de llegar a listo a la fiesta de máscaras. También alquila un cuarto para usar con María, a quien empieza a querer sinceramente. Él sabe que María tiene otros hombres y que también se ve con mujeres; de hecho, es íntima de Armanda. Así y todo, Harry sospecha que es a Pablo a quien más quiere. Por lo demás -y es posible que se deba a un pedido de Armanda-, la joven nunca le acepta dinero, aunque sí recibe regalos.

Finalmente, Harry se termina haciendo amigo de Pablo, quien muchas veces le regala drogas que saca de un pequeño maletín de cuero. Un día, después de consumir un extraño licor junto a él y María, Pablo le ofrece a Harry tener una orgía entre los tres. Harry se rehúsa con brusquedad y, aunque Pablo y María parecen decepcionados, continúan fumando opio y divirtiéndose.

Al día previo al baile, Harry tiene una conversación con Armanda en la que descubre que piensan del mismo modo. Harry le dice que se siente feliz como nunca antes, pero que eso no lo conforma. La vida apacible no es para un hombre como él, no lo hace sentirse realizado. Armanda dice comprenderlo y cree que el problema es que la época en la que viven no está hecha pera personas profundas, sino para los que tienen dinero y deciden el curso del mundo. Para ellos, sostiene, lo único que queda es la vida inmortal, aquella que viene tras la muerte: el reino de lo puro donde el tiempo no transcurre y existen las grandes obras de arte. Conmovido, Harry quiere quedarse con ella, pero debe dejarla porque tiene una cita con María.

Harry pasa una noche apasionada junto a María, aunque se menciona la posibilidad de que no vuelvan a estar juntos después del baile de máscaras. Como no descansó nada durante la noche, Harry se pasa durmiendo el día del baile. Al despertar, decide vestirse y salir a pasear, ya que no quiere llegar demasiado temprano a la fiesta. Primero visita uno de los bares que frecuentaba antes de conocer a Armanda, cuando era un hombre completamente desdichado. Luego, decide ir al cine a pasar el tiempo. Allí ve varias películas que recrean historias religiosas, y se extraña al comprobar que la gente las consuma de un modo tan artificial y mecánico. Cuando se hace tarde, Harry junta coraje y se presenta en la fiesta.

Al llegar, el baile ya ha comenzado. Harry deja su abrigo en el guardarropa y rápidamente se ve envuelto en un “violento torbellino de máscaras” (173). Pronto se abruma por la multitud enardecida, el sonido estruendoso y el caos que impera en el sitio. Siente que está viejo para tanto estímulo. Derrotado y decepcionado de sí mismo, decide volver a casa. Sin embargo, cuando llega al guardarropa no encuentra el ticket que necesita para retirar su abrigo.

En ese momento, “un pequeño diablo rojo y amarillo” (176) le ofrece su propio ticket y se esfuma. Cuando Harry observa el papel, lee la siguiente inscripción: “Esta noche, a partir de las cuatro, Teatro Mágico -sólo para locos-. La entrada cuesta la razón. No para cualquiera. Armanda está en el infierno” (176). La alegría invade a Harry en ese momento y comienza a caminar por el lugar en busca de Armanda. Eventualmente, una mujer enmascarada le pide un baile y él la besa: se trata de María. Harry se alegra de reconocerla y bailan juntos un buen rato, hasta que la abandona para seguir buscando a Armanda. María lo saluda y asegura que lo sigue queriendo.

Análisis

En esta sección somos testigos de un cambio radical en el modo de vida de Harry; un cambio que se evidencia, sobre todo, en el modo en que comienza a concebir su propia existencia. Para comprender esta transformación debemos retrotraernos al análisis realizado en el tema “El sentido de la existencia”. Allí desarrollamos la centralidad de la tradición existencialista en el total de la obra de Hermann Hesse. Esta corriente de pensamiento, que adopta diferentes formas a lo largo de los siglos XIX y XX, se presenta en esta novela bajo la premisa de que el ser humano es arrojado al mundo sin un propósito, sin ser parte de un orden divino superior, y esto lo lleva a una vida signada por la angustia y el absurdo.

En el caso de Harry, nos encontramos ante un personaje que encarna por completo la figura del filósofo sumido en la más completa crisis existencial, al punto en que considera seriamente la posibilidad suicidio. Sin embargo, este estado comienza a modificarse con la llegada de Armanda a su vida. Este personaje cumple la función de hacerle ver a Harry que, ante el sinsentido del mundo, tiene dos salidas posibles: abandonarse al quietismo, la desesperación y la muerte, o aceptar que el hecho de que no haya un orden universal no significa necesariamente que la vida no pueda ser disfrutada.

A su vez, Armanda asume la tarea de exponer lo ridícula que es la pretensión de Harry de que todo el mundo piense como él. Esto lo vemos, por ejemplo, cuando se ríe de las molestias que le provoca el hecho de que el profesor y su esposa no tengan una imagen de Goethe idéntica a la suya. Lo mismo sucede cuando se burla de su indignación ante la realidad de que las personas no asuman su responsabilidad individual respecto a los conflictos bélicos. Cabe aclarar que Armanda no se opone a los posicionamientos que defiende Harry, pero sí le ofrece una visión alternativa que le permite aceptar el mundo en el que vive y sortear, al menos temporalmente, la angustia del absurdo de la existencia: “¿Es que los ideales están ahí para que los alcancemos?” (121).

Su propuesta es, ante todo, práctica: Harry debe dejar de ser un hombre de pensamiento y transformarse en un hombre de acción; debe conectar con su cuerpo, con sus sentidos y su sexualidad. Debe dejar de reprimir al lobo estepario que vive en él, para conectar con su costado dionisíaco, y ello implica salir, aprender a bailar, recuperar su vida sexual y entregarse a los placeres de la vida. En suma: debe aprender a disfrutar.

Esta transformación interna de Harry debe comprenderse a la luz de la influencia de los postulados filosóficos de Friedrich Nietzsche en la obra de Hermann Hesse. En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche retoma las figuras mitológicas de los dioses griegos Apolo y Dionisio para pensar a través de ellas el desarrollo del arte en la cultura occidental. Mientras que lo apolíneo remite al dios griego Apolo, representante de la belleza ideal, perfecta y racional; lo dionisíaco remite a Dionisio, dios del vino y representante de lo terrenal, la sensualidad, el desenfreno y el éxtasis. Como podemos intuir, a lo largo de estas dos últimas secciones seremos testigos del modo en que Harry atraviesa un proceso de liberación a partir de su entrega hacia las fuerzas dionisíacas (ver sección "Lo dionisíaco y lo apolíneo: la polaridad nietzscheana en El lobo estepario”).

En este punto, el motivo “La música” -en íntima vinculación con el tema de “La amenaza del progreso”- ocupa en la novela un lugar fundamental: Harry es afín a los grandes compositores del siglo XVIII, entre los que prefiere a Mozart y Bach, y desprecia profundamente a los nuevos ritmos populares de principios del siglo XX, entre los que se encuentra el jazz, género preferido por Pablo. Como decimos, la polaridad nietzscheana opera a distintos niveles en esta novela, siendo la música uno de los principales. Cuando Harry acusa a Pablo de no hacer música elevada, por ejemplo, veamos como le responde el saxofonista:

Se trata de hacer música, señor Haller, de hacer música tan bien, tanta y tan intensiva, como sea posible. Si yo tengo en la cabeza todas las obras de Bach y de Haydn y sé decir sobre ellas las cosas más juiciosas, con ello no se hace un servicio a nadie. Pero si yo cojo mi tubo y toco un shimmy de moda, lo mismo da que sea bueno o malo, ha de alegrar sin duda a la gente, se les entra en las piernas y en la sangre. De esto se trata nada más. Observe usted en un salón de baile las caras en el momento en que se desata la música después de un largo descanso; ¡cómo brillan entonces los ojos, se ponen a temblar las piernas, empiezan a reír los rostros! Para esto se toca la música. (137)

A diferencia de Harry, Pablo tiene una concepción dionisíaca de la música. Para él, la música no es algo que debe poseerse intelectualmente, es un arte dionisíaco que tiene como objetivo el baile, la sensualidad y el éxtasis. En esta línea, Pablo ocupa en la novela el rol del instructor espiritual, aquel encargado de guiar a Harry a una nueva concepción vital.

Las mujeres de la novela, por su parte, ocupan un rol similar. Siguiendo el análisis de la crítica Irene Martínez Sahuquillo:

Las únicas relaciones significativas que aparecen en las novelas de desarrollo de Hesse son, así, las que establece el protagonista (masculino) con el maestro o los maestros iniciáticos y la que le une a alguna mujer que representa a la mujer-madre o la mujer-naturaleza capaz de ayudar al hombre a encontrarse y facilitarle, también, una vía para la anhelada unio mystica. (2011: 85)

La llegada de Armanda cambia por completo la vida de Harry, quien siente renacer su sexualidad, su autoconfianza, y redescubre gracias a ella los placeres más simples y terrenales. En palabras del propio personaje: “Ella era la pequeña ventanita, el minúsculo agujero luminoso en mi sombría cueva de angustia” (104).

Vale una última mención acerca del baile de máscaras antes de finalizar con el análisis de esta sección. En su libro La novela lírica, Ralph Freedman introduce la idea de que la producción de Hesse pertenece a un género del cual él es, a la vez, fundador y uno de sus mayores exponentes: la novela lírica. Estas novelas son textos híbridos, a medio camino entre los poemas en prosa y la prosa poética, que presentan toda una serie de características fácilmente atribuibles a El lobo estepario, sobre todo a partir del ingreso de Harry al baile de máscaras (ver sección "Hermann Hesse y la novela lírica").

Entre ellas destaca el hecho de que, al igual que con la poesía, no siempre ofrecen un sentido cerrado, sino que precisan de un lector activo que se abra a una interpretación sensible de la lectura sin la pretensión de codificarlo todo. A su vez, presentan una relación de identidad entre el autor, el narrador y el personaje principal, lo cual acerca a la voz narrativa a la figura del yo lírico típico de la poesía. Finalmente, las caracteriza una narración fragmentaria y poco lineal, que hace foco en el juego del lenguaje y las figuras retóricas, muchas veces más, incluso, que en la sucesión de los hechos narrativos.

Con esto en cuenta, resulta evidente que toda la situación del baile de máscaras puede ser comprendida en los términos del género de la novela lírica. Más aún si consideramos la cantidad figuras retóricas que se presentan en este episodio, cuyo objetivo es reforzar el carácter caótico, bullicioso y alucinatorio de la fiesta. Entre ellas encontramos metáforas -como cuando Harry se siente atrapado en “un violento torbellino de máscaras” (173)-, múltiples imágenes sensoriales -”Fui mecido y llevado por el calor, por toda la música zumbona, por el vértigo de colores, por el perfume de los hombros de las mujeres (…) por la risa, por el compás del baile” (177)-, además de sinécdoques y otro tipo de figuras -“Yo flotaba (…) rodeado de rostros, mejillas, labios, rodillas, pechos y brazos desconocidos” (184)-.