El cuento de la criada

El cuento de la criada Resumen y Análisis Parte XI: La noche - XII: El Jezabel

Resumen

XI: La noche

Defred se sienta en la ventana y mira cómo cae la noche. Ve a alguien en el jardín y se pregunta si será Nick. Sus pensamientos, se da cuenta, se están volviendo confusos. Recuerda la noche antes de escaparse con Luke. Tenían una gata, pero no podían simplemente dejarla, ni llevársela consigo ni dársela a nadie. Luke dijo que se ocuparía y Defred se lo permitió, entendiendo que "yo me ocuparé de eso" (p.267) en realidad significaba matarla. Al final fue inútil. Se pregunta quién los delató. Defred intenta orar, recordando cómo era obligada a orar en el Centro. Le pide a Dios que ayude a los demás y dice que intentará perdonar. Ella le dice a Dios que intentará creer, pero que simplemente no sabe cómo puede seguir viviendo.

XII: El Jezabel

Una vez más, Defred se despierta solo para recordar que no está en casa. Hace un esfuerzo por llevar un registro de los días, pero ahora mide el tiempo por la luna en lugar del sol. Su cuerpo está rígido, como si fuera vieja. Desearía poder tener una pelea con Luke, una pelea por algo sin importancia. Luego se sienta a esperar algo que hacer. Más tarde, ella y Deglen retoman su paseo habitual. Ese día hay dos cuerpos en el Muro. Uno tiene una "J" escrita en él. Ella sabe que la "J" no significa "judío", porque a los judíos se les permitió huir a Israel. Se detienen frente a un edificio llamado Memorial Hall. Recuerda que Moira le contó que en ese edificio no se permitía la entrada a las mujeres. Deglen susurra que aquí es donde los Ojos celebran sus banquetes. Le dice a Defred que la contraseña para entrar en la red clandestina de salvamento es "Mayday". A veces, la idea de una red le parece casi tonta a Defred, incluso infantil.

Cuando regresa a casa, se da cuenta de que el sombrero de Nick está torcido, la señal de que el Comandante desea verla a solas. Camina por el jardín y ve a Serena Joy, quien le dice que sujete su lana mientras la enrolla. Defred piensa en tejer. Serena Joy le pregunta si no ha pasado nada aún, y Defred confirma que no. Intenta imaginarse a sí misma con un bebé, pero no puede. Sin embargo, sabe que estaría feliz de haberlo logrado. Serena Joy le dice que puede ayudarla haciendo arreglos para que otro hombre lo intente con ella. Le dice a Defred que el bebé de Dewarren fue concebido con un médico y que estaba pensando en pedirle a Nick que la ayude a concebir. Defred se da cuenta de cuánto quiere Serena Joy un bebé. Acepta el plan y, a cambio, Serena Joy le dice que intentará conseguirle una foto de su hija. Luego le da a Defred un cigarrillo y le dice que busque una cerilla.

Defred entra y le pide una cerilla a Rita, diciéndole que Serena Joy dijo que podría tener una. Aunque protesta, Rita finalmente se la da. También le ofrece un cubito de hielo para chupar, y Defred se siente complacida con el gesto. Ella le dice a Rita que los rábanos que está cortando en rosas son bonitos. Defred luego se apresura para subir a su habitación, anticipando el cigarrillo. Se pregunta si debería guardar la cerilla en vez de usarla. Podría esconderla en el colchón e "incendiar la casa" (p.289). Recuerda la noche anterior con el Comandante. Él comenzó a beber mientras ella estaba allí. Gracias a Deglen se ha enterado de que él está en lo alto de la cadena de mando. Él le dice que, en el régimen anterior, el problema era tanto de hombres como de mujeres. Los hombres ya no tenían nada que hacer; el sexo era demasiado fácil. Ahora, sin embargo, vuelven a tener la capacidad de sentir. Intenta que Defred le diga lo que piensa, pero ella sabe que no le conviene. Él afirma que "Mejor nunca significa mejor para todos (...). Para algunos siempre es peor" (p.291). Más tarde, Defred se acuesta en la cama, deseando que llueva.

Al día siguiente, Defred camina hacia el Exhibirrezo con Deglen. Recuerda que no ha visto ningún diente de león en mucho tiempo. Entran en un edificio y encuentran sillas para las esposas y las hijas. Las galerías son para las mujeres de menor rango, que no están obligadas a venir, pero a menudo lo hacen. Las Criadas deben arrodillarse en el piso de cemento, y unas cuerdas de seda roja las separan del resto del público. Deglen le da un codazo a Defred, y ella mira hacia arriba para ver entrar a Janine. Deglen le dice que el bebé después de todo resultó ser un "harapo" (p.296), y que Janine se culpa a sí misma, por haber usado al médico. Defred se pregunta cómo se enteró Deglen. Recuerda una mañana en el Centro cuando Janine no se levantó para vestirse con las demás; estaba en una especie de catatonia, y Moira había tenido que abofetearla para hacerla volver en sí.

Entra el Comandante a cargo del servicio. Dice algunas oraciones y luego veinte Ángeles entran en la habitación. Se presentan veinte hijas con velo para casarse con veinte hombres. Defred se pregunta si estas chicas tienen la edad suficiente para recordar el tiempo "de antes"; algunas de ellas no tienen más de catorce años.

En su oficina, el Comandante insiste en que ahora es mejor: ahora toda mujer tiene un propósito, los hombres se mantienen a raya y las madres están protegidas. Esta vez, Defred le dice que el nuevo régimen pasó por alto el "amor", a lo que él responde con calma que "los matrimonios concertados funcionan igual de bien como mínimo, si no mejor" (p.302). En los primeros Exhibirrezos, a veces tenían lugar ceremonias especiales cuando alguna monja decidía "retractarse" (p.303), pero la mayoría había elegido las Colonias. El ritual termina y Deglen le susurra. Una vez más, Defred piensa en el Centro, y en cómo Moira insistía en hacer bromas groseras sobre La Tía Lydia y los demás, creyendo, con razón, que hacerlo "ayudaba". Ahora Deglen le susurra a Defred que Mayday sabe que no está viendo al Comandante solo durante las Ceremonias, y que debería averiguar todo lo que pueda y transmitirlo.

De vuelta en su habitación, Defred recuerda el día en que ella, Luke y su hija intentaron irse. Llegaron a la frontera y presentaron sus pasaportes falsos, que afirmaban, entre otras cosas, que Luke nunca se había divorciado. De repente, Luke entró rápidamente en el coche y aceleró, diciéndole que el guardia había cogido un teléfono. Llegaron al bosque, saltaron del coche y empezaron a correr. Defred no quiere pensar en esto.

Recuerda cómo ella y el Comandante hablaron sobre el amor, y se pregunta cómo pudieron haberlo dado por sentado ante el nuevo régimen. Recuerda cómo era el amor y lo que hacían los amantes. Golpean la puerta. Defred abre pero no es Cora; es Serena Joy, sosteniendo una foto de la hija de Defred; ahora es alta y está vestida de blanco. Defred desearía no haberla visto y, esa noche, cuando come, piensa en los cuchillos que no le traen.

Defred va a la habitación del Comandante y se da cuenta de que este ha estado bebiendo. Él le dice que tiene una sorpresa para ella, y le regala una prenda de plumas de colores y lentejuelas. Ella se pregunta de dónde la sacó, ya que se suponía que todas las prendas de lencería habían sido quemadas. Él le dice que tiene que ponérsela y maquillarse, porque la va a llevar a algún lado. Ella sabe que no debería ir con él, pero quiere hacerlo. Le pide que le dé la espalda, se viste y se maquilla un poco; casi ha olvidado cómo. El Comandante le da la capa azul de Serena Joy, le dice que se la ponga, y se van. Mientras Nick los conduce por las calles, Defred se pregunta cuánto sabrá él. Pasan por los puntos de control sin demora, pero cuando se acercan a su destino, el Comandante le dice a Defred que se agache al piso del automóvil. Cuando se detienen, el Comandante desliza una etiqueta alrededor de la muñeca de Defred y la lleva adentro.

Su destino es un hotel, uno en el que Defred ha estado con Luke. Mira a su alrededor y ve mujeres por todas partes, algunas con atuendos como el de ella, otras en trajes de baño y otras en uniformes de gimnasia. Incluso hay algunas animadoras. También hay hombres, todos con uniformes o trajes oscuros. El Comandante le muestra a Defred algunos hombres, y luego de que se sientan le cuenta sobre el club. Lo defiende explicando que "en el caso de los hombres, la naturaleza exige variedad (...). Es lógico, forma parte de la estrategia de la procreación" (p.324). Dice que el hotel es solo para oficiales y delegaciones comerciales. En cuanto a las mujeres, algunas eran prostitutas antes, mientras que otras son mujeres que prefieren este tipo de trabajo a las alternativas. Él sugiere que tome una copa y ella pide un gin tonic suave. De repente, Defred ve a Moira. Después de unos momentos, Moira reconoce a Defred, pero ambas fingen no haberse visto. Unos momentos más tarde, Moira le indica que se encuentre con ella en el baño. Defred se excusa, tratando de no llamar la atención.

Entra al área de descanso del baño de mujeres y, Moira sale de un cubículo. Se abrazan, y Defred comienza a llorar, pero Moira le dice que se detenga. Defred le cuenta cómo llegó hasta allí, y Moira comenta que el Comandante de Defred, "ese cabrón que te acompaña (...), es insoportable" (p.333). Moira le cuenta a Defred todo lo que pasó cuando dejó el Centro: se dirigió hacia el centro de la ciudad y se abrió camino a través de varios puestos de control. Acudió a una pareja cuáquera que conocía por su trabajo anterior, y la ayudaron, aunque claramente estaban asustados. La trasladaron a la casa de unos amigos que era "una de las estaciones del Tren Metropolitano de las Mujeres" (p.337). En ese momento, explicó, se centraban principalmente en personas que no eran cristianas o que se habían divorciado, por lo que los cuáqueros estaban razonablemente a salvo. Aun así, siempre estaba aterrorizada. Después de unos ocho o nueve meses intentaron llevarla al otro lado de la frontera, pero ella y la pareja con la que estaba fueron detenidos. Se niega a decirle a Defred lo que le hicieron; solo cuenta que le mostraron una película sobre las Colonias y le dijeron que podía ir allí o hacer esto. Eligió esto. Defred se ve triste, pero Moira intenta tranquilizarla, diciendo que es como "el paraíso de las tortilleras" (p.341). Después de esa noche, Defred nunca vuelve a ver a Moira.

El Comandante ha conseguido la llave de una habitación, y cuando Defred regresa del baño, suben las escaleras. Su interacción es exactamente la misma que antes. Piensa en algo más que Moira le dijo: que había visto a la madre de Defred en uno de los videos sobre las Colonias. No puede recordar la última vez que vio a su madre. Cuando las cosas se pusieron mal trató de llamarla, y finalmente ella y Luke fueron a su apartamento y convencieron al conserje de que los dejara entrar. La madre de Defred no estaba allí, y el apartamento estaba destrozado, pero Luke le dijo que no llamara a la policía. En la Universidad, recuerda Defred, Moira siempre hablaba de cuánto le gustaba la madre de Defred. Volviendo al presente, Defred mira la ruina de su apariencia en el espejo. Se lava las manos y sale. El Comandante está acostado en la cama y ella se acuesta junto a él, como sabe que se supone que debe hacerlo. Él comienza a tocarla, sugiriendo que será un buen cambio, pero ella no se atreve a responder. Se dice a sí misma que debe fingir, pero no sabe cómo.

Análisis

En esta sección, la fe de Defred y su creencia en el futuro parecen estar menguando. Sus recuerdos son cada vez más aleatorios y ella parece físicamente más débil. Aunque sabe mucho más sobre las debilidades del régimen y la presencia de elementos subversivos (como la red Mayday), parece menos convencida que nunca de que podría escapar. Esta sección de la novela puede resultar particularmente frustrante para el lector. Comparada con Moira y ahora con Deglen, Defred parece no estar dispuesta a correr riesgos reales para escapar de sus circunstancias. Sin embargo, su miedo revela mucho sobre su personaje y encaja con lo que el lector ya sabe sobre ella.

Antes de Gilead, Defred era una mujer relativamente corriente. No le importaban particularmente sus derechos políticos: quería enamorarse y casarse, y estaba dispuesta a tener una aventura con un hombre casado y esperarlo hasta que dejara a su esposa. Al mismo tiempo, disfrutaba de tener su propio trabajo y su propio dinero. No era indiferente; era simplemente complaciente. En otras palabras, Defred no es una heroína típica. No siente deseos de arriesgar su propia vida para ayudar a otros, y ni siquiera está segura de arriesgar lo que tiene ahora por la posibilidad de escapar. Atwood tiene la clara intención de que Defred sea una especie de mujer corriente, ni una "verdadera creyente" ni una potencial mártir.

No obstante, Defred no es un personaje tan dañado por el régimen como lo es, por ejemplo, Janine. En esta sección aprendemos más sobre esta Criada en su momento radiante (por estar embarazada), pero que “ya no sonríe con expresión triunfal” (p.297). Defred queda muy sorprendida por el estado de su antigua compañera del Centro Rojo, y empatiza con el dolor de parir un “harapo”. Sabe que Janine es la clase de persona que carga con la responsabilidad de una desgracia como esta. Reflexiona que “la gente es capaz de cualquier cosa con tal de no admitir que sus vidas carecen de sentido” (p.297). Esta observación sirve como disparador de un recuerdo sobre Janine en el Centro Rojo, en el que ella finge un estado de delirio en un intento de escapar de la realidad. Es Moira quien interviene con una bofetada para hacerla volver en sí. Luego le dice a Defred que “no hay que permitir que pierda la noción de la realidad” (p.299). Dados los acontecimientos posteriores, estas palabras resultan una amarga premonición, ya que, por el estado en el que se encuentra Janine, podemos ver que finalmente ha caído en la retórica del régimen, y representa el papel de Criada a la perfección.

En esta sección también descrubimos el trágico destino de otra de las compañeras de Defred: su mejor amiga, Moira. Cuando ella y Defred se reencuentran, es un momento agridulce. Si bien Defred se alegra de verla, el encuentro no deja de significar que su amiga no ha logrado escapar. Además, la imagen que se le presenta al lector de Moira es deplorable:

Está vestida con un absurdo conjunto negro de lo que alguna vez fue raso brillante y ahora es una tela desgastada. No lleva tirantes y en el interior tiene un alambre que le levanta los pechos, pero a Moira no le sienta bien; es demasiado grande, lo que hace que un pecho le quede erguido y el otro no. Ella tironea distraídamente de la parte superior, para levantarlo. Lleva una bola de algodón en la espalda, la veo cuando se pone de perfil; parece una compresa higiénica que hubiera reventado como una palomita de maíz. Me doy cuenta de que pretende ser un rabo. Atadas a la cabeza lleva dos orejas, no logro distinguir si de conejo o de ciervo; una ha perdido su rigidez, o el armazón de alambre, y está medio caída. Lleva una pajarita en el cuello, medias negras de tul y zapatos negros de tacón alto. Siempre ha odiado los tacones altos (p.327).

Su disfraz, una clara alusión a la vestimenta de las conejitas de Playboy, está maltrecho y deslucido, y se ve obligada a usar los tacones altos que tanto odia. A primera vista, parece que el régimen ha logrado someterla y ya no es quien solía ser. Esta sensación se confirma cuando las amigas mantienen una charla en el baño, en la que, tras contarle sus peripecias, Moira intenta convencer a Defred de que la situación en el Jezabel no es tan mala, enumerando ventajas, como la posibilidad de usar crema para la cara, fumar y drogarse, y el hecho de que solo se trabaje por las noches. Por otro lado, ella señala que "estarías bien dos o tres años hasta que se pasara tu oportunidad y te enviarían a la fosa común" (p. 340). Esto genera sentimientos muy dolorosos en Defred, quien admiraba su valentía y determinación, y no puede creer que su amiga hable en serio. Para ella, Moira representaba valentía y rebeldía por sobre todas las cosas, y verla en este estado hace que se derrumben completamente sus esperanzas. En su desesperación, Defred reflexiona:

¿Realmente le han hecho esto, le han quitado algo (¿el qué?) que solía ser primordial para ella? ¿Cómo puedo pretender que lo logre, que aún responda a mi idea de ella como una persona valiente, que sobreviva, si yo misma soy incapaz de hacerlo?
No quiero que sea como yo; no quiero que se dé por vencida, que se resigne, que se salve el pellejo. A eso quedamos reducidas (pp.340-341).

En contraste con las escenas desoladoras que nos brindan Janine y Moira, es una sorpresa positiva que Defred acepte la oferta de Serena Joy de ayudarla a quedar embarazada, dada su aversión al riesgo. Por un lado, esto parece increíblemente peligroso; por otro, su complicidad parece natural. Ella y Serena Joy tienen más en común, al menos, que ella y el Comandante, o ella y el Doctor. Además, para que Serena Joy traicione a Defred, necesitaría un testigo. La confianza de Defred, sin embargo, no parece estar basada en el pragmatismo. Toma su decisión rápidamente, sin considerar los riesgos, como hizo con el Doctor. Parece probable que a medida que avanza su relación con el Comandante, Defred comience a sentirse cada vez más como una mujer común y corriente, y comience a sentir algo así como un parentesco con Serena Joy. Por extraño que parezca, Defred se siente más cerca que nunca de Serena Joy. Esta le ha quitado mucho y, si puede, le quitará aún más (un bebé), pero ahora también ella le ha quitado algo a Serena Joy. El cambio en su relación sugiere que el gobierno realmente no quiere que las Criadas y las Esposas vivan en armonía. Crear divisiones entre ellas es una forma muy eficaz de introducir otra capa de protección para el régimen.

La impulsividad de Defred se ve también en el momento enque acepta la foto de su hija a cambio del trato con Serena Joy. Al mirar la fotografía, Defred siente que debería estar contenta de ver que su hija a crecido sana, pero no puede evitar reflexionar sobre cómo el régimen ha logrado anular su propia existencia: "Se ve en sus ojos: no estoy allí. (...) no soporto que me hayan borrado de esa manera. Habría sido mejor que no me trajese nada" (p.313).

Las conversaciones que Defred comienza a tener con el Comandante ofrecen otra pizca de comprensión acerca de la naturaleza del régimen. Admite que "mejor" nunca significa mejor para todos; siempre significa peor para algunos. Si bien parece claro que el régimen realmente cree que se necesitan medidas drásticas para garantizar la supervivencia de la población, no parece tan claro que estas nuevas reglas sean realmente mejores para nadie. La única respuesta posible es que son mejores para los Comandantes, quienes, como le dice el Comandante de Defred, habían perdido todo interés en el sexo porque les era muy fácil conseguirlo. Es tras esta reflexión que aparece en escena el Jezabel, un prostíbulo completamente ilegal diseñado exclusivamente para la élite de Gilead. Este sitio supone una "mejora" respecto de los Buggie de los Bollos o las Sensaciones Sobre Ruedas de la sociedad anterior, en tanto el sexo en el Jezabel es completamente ilícito a la vez que exclusivo.

El Comandante, tal como sucedía con tantos hombres en el pasado, necesita que su placer sexual sea ilícito y, en cierto modo, público. Al igual que un hombre que se jacta ante sus amigos de su amante, no basta con dormir con Defred en su estudio o en su habitación; debe mostrársela a los demás. Justifica romper las reglas argumentando que la naturaleza diseñó las cosas para que los hombres quieran más de una pareja, pero esta explicación pierde su validez cuando se considera que casi todas estas mujeres han sido claramente esterilizadas. El comportamiento sexual de los hombres en el nuevo régimen supone una violación mucho más grave de las normas culturales de lo que era antes de Gilead, porque subvierte todo el propósito del régimen: aumentar la población. Nuevamente, queda en evidencia la hipocresía de quienes detentan el poder.

A través del Jezabel se evidencia también cómo ciertas reglas de la sociedad no son más que mecanismos para la subyugación de las mujeres. En el prostíbulo, a las mujeres se les permite fumar y drogarse, hablar de cualquier tema, e incluso nadie se molesta por censurar la palabra escrita: en la puerta del baño "aún se lee la palabra «damas» escrita en letras doradas con adornos" (p.330). Las reglas desaparecen, porque las mujeres que allí trabajan están sometidas a tal punto que no es necesario un control extremo. En palabras de Moira, "no creas que les importa lo que decimos. Ya lo han oído casi todo, y además nadie sale de aquí si no es en una furgoneta negra" (p.332).