Variaciones en rojo

Variaciones en rojo Resumen y Análisis Variaciones en rojo (capítulos V-VI)

Resumen

Capítulo V

En medio de las especulaciones de los diarios, el comisario Jiménez anuncia la resolución del caso. Se realiza la reconstrucción de los hechos en el estudio, y Jiménez hace un preámbulo sobre los métodos del investigador moderno, la observación, el razonamiento y la simplicidad de las cosas. Establece que hay tres sospechosos: Peruzzi, Giardino y Baldung. Primero, descarta a Peruzzi y da sus razones, insistiendo en que hay un impedimento físico para cerrar la habitación estando adentro. Sobre Giardino, dice que no hay pistas que lo incriminen y que el detalle del pañuelo puede ser una casualidad; no lo acusa, pero tampoco lo descarta. En tanto, de Baldung indica que si bien no tenía motivos para matar a Carla de Velde, es el asesino.

Luego, Jiménez pasa a su argumentación: Baldung odia profundamente a Peruzzi porque este no lo valora y le quita el crédito y el protagonismo; además, lleva un nombre falso, en realidad se llama Otto Jenke; por último, sostiene que su plan era incriminar a Peruzzi para que terminara en la cárcel y así arruinar su carrera. El comisario también cuenta que ese día a la tarde interceptaron a Baldung cuando intentaba escapar a Montevideo. Agrega que hay dos testigos que lo vieron salir del lugar del crimen a las 23:45 del día en que ocurrió, cinco minutos después del asesinato.

Baldung reacciona queriendo huir del estudio, pero lo atrapan. Finalmente, el comisario Jiménez le pregunta si confiesa ser el asesinato de Carla de Velde y este responde que sí.

Capítulo VI

Jiménez le pregunta a Daniel qué piensa sobre su argumentación y, ante la sorpresa de todos, este responde que, aunque lógica, es errónea. A continuación, Daniel da su propia versión, en la que sostiene que Baldung es inocente del crimen, pero culpable de crímenes pasados.

Daniel descubre que Baldung —en realidad, Otto Jenke— fue colaborador en la Alemania nazi y tras la guerra escapó a Argentina. También confirma que Peruzzi lo sabía y que ese es el motivo por el cual aquel confiesa un crimen que no cometió, porque prefiere ir a prisión algunos años antes que ser enjuiciado por crímenes de guerra. Daniel acepta la declaración de los testigos que vieron a Baldung la noche del crimen, pero dice que esto no lo convierte necesariamente en testigo ni cómplice del asesinato. Luego, coincide con descartar a Giardino y revela que el verdadero asesino es Duilio Peruzzi. Señala que, si bien Peruzzi pretende hacerse pasar por un payaso, un delirante, es en realidad un hombre frío y calculador. Dice que llegó al descubrimiento al ver el cuadro sin terminar en la sala de exposiciones.

Posteriormente, Daniel empieza por demostrar las imposibilidades materiales del caso: que el cuarto estaba cerrado por fuera y que el arma se encontraba en el exterior. Explica que, como Baldung le tenía miedo a Peruzzi, salió corriendo tras ser amenazado por este. Peruzzi lo había citado la noche del crimen, habiendo dejado adrede la llave del lado de afuera; después lo amenazó y lo manipuló para que se fuera corriendo y cerrara instintivamente la puerta con llave, dejándolo a él encerrado con su víctima. Según Daniel, si bien Baldung no sabía nada del crimen en el momento, sí lo supo al otro día (ya que había visto a Peruzzi con el estilete y a Carla); por lo que es un “cómplice forzoso” (p. 101).

Respecto a la segunda cuestión material, Daniel indica que una vez que Baldung salió despavorido, Peruzzi mató a su amante con el puñal y pensó la manera de sacar el arma homicida de la habitación. Daniel cuenta que fue al observar la maqueta y el boceto del cuadro que descubrió cuál fue el elemento utilizado por el asesino: un camión de cuerda que llevó el arma hasta la escalera, cayó rodando y que luego Peruzzi recogió desde arriba. Finalmente, lo escondió en la cabeza de arcilla. En ese momento, Daniel rompe la escultura y, efectivamente, allí se encuentra el juguete a cuerda. Al final, Peruzzi dice que falta un detalle: al descartar el estilete lo limpió en la tela que usaría para pintar el boceto, dice que por encima de la sangre dio las primeras pinceladas.

Análisis

La oposición entre la constatación empírica de los hechos y la conjetura o la imaginación como método deductivo es una constante temática en todo el libro, que se deja ver con claridad en las discusiones entre Jiménez y Hernández, especialmente en este segundo relato. Cuando el comisario da su pormenorizada explicación de los hechos, se regodea de haber encontrado una explicación sustentada completamente en los indicios materiales. Incluso antes de empezar con su demostración, hace un largo preámbulo en el que defiende los “métodos oficiales de investigación” (p. 101), llama a Daniel un aficionado y dice que es un “intelectualista”. Luego, se jacta de ser él mismo un investigador moderno que “reúne en feliz conjunción ambas tendencias opuestas. Conoce el valor de la rutina, no desestima la importancia de la imaginación y el razonamiento” (Ibid.).

En efecto, el comisario se presenta, a través del narrador, como un hombre estructurado, pero abierto a otros saberes. Por eso, si bien se muestra reticente, le da un lugar a Daniel y lo respeta. También demuestra tener cierto conocimiento sobre la literatura, aunque lo desestime en lo que se refiere a otros saberes empíricos. Tanto es así que luego de ese preámbulo menciona a Edmond Locard, conocido como el padre de la criminalística, y lo parafrasea en una cita que grafica su idea acerca del lugar de la literatura en la investigación policial: “La ciencia policiaca ha nacido y se ha desarrollado en el gabinete de los escritores, pero comprende que sólo la larga experiencia permite la afortunada aplicación de la teoría” (p. 101).

Más adelante, introduce la ya mencionada referencia al problema del cuarto cerrado y constata también haber leído a “los clásicos”, pero no “quedarse con ellos”. Jiménez dice entonces que la solución es en realidad bastante simple y aunque existe la tentación de dejarse llevar por las especulaciones intelectuales fomentadas por la literatura “la realidad es siempre menos espectacular de lo que podemos imaginar” (p. 103). Pero Hernández no piensa así; al contrario, resuelve los casos desafiando las fronteras de lo verosímil y yendo más allá de lo visible gracias a su imaginación y su sensibilidad.

Jiménez tiene una perfecta explicación de los hechos: el asesino es Hans Baldung, ayudante de Peruzzi. El comisario cuenta no solo con pruebas, testigos y motivación, sino con la propia confesión de Baldung quien, al final de su exposición, admite haber cometido el crimen. Daniel Hernández desafía toda la evidencia y refuta la explicación del comisario, dejándolo atónito. Demuestra, una vez más, que una misma serie de hechos pueden ser interpretados de distintas maneras, dando nuevamente un lugar central a la lectura, en el sentido amplio del término, como interpretación, ejercicio de desentrañamiento de una verdad que no está a simple vista. De hecho, uno de los argumentos que dará Daniel en su explicación sobre la resolución del enigma recupera la importancia de las palabras y su oficio de corrector, cuya incumbencia el comisario había querido despegar del caso: “Yo no tengo muy buena vista para los indicios materiales, comisario, pero las palabras no se me escapan. Mi oficio está ligado a las palabras” (p. 111).

Al igual que en el primer relato, la verdad resulta para Daniel más desagradable que la explicación errónea del comisario: “Usted solo ha demostrado que la realidad es siempre más amarga de lo que tenemos derecho a suponer” (pp. 109-110). La verdad, esta vez, repugna a Daniel, quien debe declarar inocente a un hombre que es culpable de crímenes atroces, ya que Baldung es en realidad un ex colaborador del nazismo, y culpar a otro que le resulta admirable, Peruzzi. Así, podría quedarse callado y dejar que encarcelen a un cómplice del genocidio, pero su ética no se lo permite. Así, aun dudando de su sentido de justicia, actúa siempre en favor de la verdad: “No sé, a veces creo que hay algo fundamentalmente erróneo en nuestra idea de la justicia” (p. 110).

Este es un rasgo típico del policial clásico, un género que varios críticos consideran conservador. Es decir, es un género que da por sentado un sentido irrestricto del orden y una confianza en la justicia que será restablecida. En el universo cerrado del policial de enigma, el detective se limita, entonces, a analizar los hechos y develar el enigma, sin hacer una crítica hacia las instituciones policiales, judiciales ni civiles. Hay una confianza implícita en la existencia de un orden social regido por la verdad, orden que se podrá restituir una vez que se atrape al delincuente, entendido como un caso aislado: un desviado, un monstruo o un enfermo. Esto se entiende sobre todo si se contrapone con el género que sobrevino al policial clásico: el policial negro, un género con fuerte crítica social, donde reina el caos, la desconfianza en la humanidad y sus instituciones, y donde, a menudo, no se hace justicia.

La disertación final de Daniel, entonces, exhibe una verdad que lo incomoda, pero no tiene remedio. A continuación, como en todos los relatos de este libro, expone paso a paso el procedimiento que lo llevó a la solución. Lo que es notable de este caso en particular es que ese procedimiento está guiado mayormente por la intuición, y así lo reconoce el propio Daniel. Cuando explica por qué desconfió en primer lugar de Peruzzi, dice que no sabe cómo, pero percibió “una actitud, un estado de ánimo, una atmósfera” (p. 114) peculiar que lo llevó a desconfiar de los delirios de Peruzzi y a sospechar que su verborragia era una performance deliberada. Esto lo confirma con una apreciación que, de nuevo, no es empírica, sino estética: ve un cuadro que le “muestra” la verdadera esencia del artista, la lucidez que intenta ocultar haciéndose el payaso. Dice, refiriéndose a dicho cuadro: “Me guío por impresiones. Pero, ¿cómo negar la impresión tremenda, abrumadora que me produjo aquella alta muerte en soledad y el desbordarse por la herida el alma plural de un solo ser humano tendido en una roca?” (p. 115).

De modo que la observación de una obra de arte y la capacidad de ver ahí reflejada cierta humanidad del artista, lo que se podría llamar en el lenguaje cotidiano “su alma”, es lo que conduce a Daniel a la verdad, y no los indicios materiales que, como se ha visto, llevaron al comisario Jiménez a una respuesta incorrecta. Llama la atención, en este sentido, el planteo de Walsh, quien sugiere que puede haber mayor verdad en el arte que en los hechos materiales, aunque estos últimos sean innegables.

Finalmente, cuando Daniel cuenta el modo en que descubrió el elemento faltante en la maqueta —el camión de juguete que sirvió a Peruzzi para sacar el arma homicida del cuarto—, admite nuevamente que no tiene una explicación concreta de cómo lo hizo:

No sé si en este caso interesan para algo, además, mis procesos mentales, pero infortunadamente sólo puedo dilucidarlo recurriendo a ellos. Una de las primeras cosas que observé al llegar esta mañana fue que en la escenografía de Baldung faltaba algo. No una cosa en particular, sino cualquier cosa. Supongo que de algún modo intervino en ello eso que Duilio llama el sentido de la composición (p. 119).

Pero Walsh, al igual que su personaje, cree firmemente en las “pruebas indiciales” y no solamente en la intuición. Por eso, en el desenlace se devela la prueba material que confirma la hipótesis de Daniel: la pintura roja que tapa los rastros de sangre del arma homicida que Peruzzi limpió en la tela. Así se confirma también un nuevo sentido del título: estamos ante otra de las variaciones en rojo.