Los miserables

Los miserables Resumen y Análisis Segunda parte: Cosette (Libros V a VIII)

Resumen

Libro V: A caza de espera, jauría muda (Capítulo 1 “Los rodeos de la estrategia” a Capítulo 10 “Donde se explica cómo Javert había espiado en vano”)

Con Cosette junto a él, Valjean huye por los sinuosos callejones de París. Es perseguido por cuatro hombres, uno de ellos, Javert. Valjean y Cosette se encuentran de repente en una calle estrecha, con un guardia custodiando la esquina.

Al escuchar a Javert, ahora con un guardia militar detrás de él, Valjean escala una pared escarpada y usa una cuerda para jalar a Cosette con él. Valjean y Cosette están ahora en un jardín solitario y vacío, y se refugian en un cobertizo mientras Javert y su patrulla pasan corriendo.

La patrulla se aleja en la distancia y los dos fugitivos escuchan un canto sobrenatural, pero no pueden identificar de dónde viene. Se agachan en el cobertizo helado, hasta que Valjean ve a un hombre que lleva una campana. Está desesperado por llevar a Cosette adentro, temiendo que pueda morir por la exposición al frío. Este miedo resulta mayor que su terror a la captura, y pide ayuda al hombre de la campana, ofreciéndole cien francos si les da una cama. El hombre se sobresalta al reconocerlo y lo saluda emocionado refiriéndose a Valjean por su otro nombre, Señor Magdalena.

Se trata de Fauchelevent, el hombre que Valjean salvó de morir aplastado por su carro de caballos volcado. Lleva campana porque trabaja en un convento y al ser hombre, no se le permite conocer a las mujeres que viven allí. Está agradecido con Valjean por haberle salvado la vida y haberle dado un empleo remunerado como jardinero en el convento. A raíz de esto le ofrece refugio a él y a Cosette. Valjean, que acaba de descubrir que, en realidad, se encuentra en el jardín del convento, hace que Fauchelevent jure que no le contará a nadie sobre su presencia, y también le pide que no le pregunte nada sobre su pasado. Fauchelevent promete que se quedará callado y los tres se dirigen a la cabaña de Fauchelevent.

Javert se siente frustrado por haber perdido el rastro de Valjean. Primero llegó a sospechar que Valjean no estaba realmente muerto cuando se enteró del "secuestro" de una niña llamada Cosette, cuya madre se llamaba Fantina. Además Javert recuerda que Valjean le pidió unos días para poner a salvo a esta niña antes de que se lo llevaran a prisión. Javert entrevistó a los Thenardier, quienes le brindaron solo información vaga para que no se detectara su propia actividad criminal. Javert se resignó y dejó de pensar en Valjean y Cosette, hasta que un día escucha una historia sobre un "mendigo que da limosna", un hombre que vive con una joven de Monfermeil. Javert decide hacerse pasar por un mendigo para ver a este hombre por sí mismo y al instante reconoce a Valjean. Decide arrestarlo, pero Valjean emprende la huida cuando se da cuenta de que los hombres de Javert están llegando a la vivienda. Javert intenta atraparlo cuando Valjean trepa a un muro para escapar. Avergonzado por no haberlo podido atrapar, Javert regresa a la estación de policía.

Libro VI: El pequeño Picpus (Capítulo 1 “Callejuela Pipcus, número 62” a Capítulo 11 “Fin del pequeño Pipcus”)

Una verja oculta a Valjean y Cosette de la mirada de las monjas del Convento de las Bernardas de la Adoración perpetua. El autor nos ofrece una detallada historia de la orden: su establecimiento por Martín Verga, su relación con otras órdenes existentes, su forma de vestir y la práctica de la adoración perpetua, que consiste en meditar sobre la hostia consagrada. Las monjas poseen reglas estrictas; se levantan temprano, visten ropas gruesas y pesadas, y realizan estrictas penitencias físicas. El único hombre que aparece en el convento es el arzobispo.

Un internado de niñas forma parte del convento; las niñas comparten las prácticas religiosas de las monjas, pero iluminan sus vidas a través de su alegría. Otra parte alberga monjas ancianas que fueron desplazadas por la Revolución Francesa. El público solo puede ingresar a una parte del convento, para servicios, pero muchos invitados nobles están alojados allí.

El convento está destinado a existir por poco tiempo más: como cualquier otra institución en Francia, particularmente las religiosas, está siendo cambiado por la marea creciente de la democracia.

Libro VII: Paréntesis (Capítulo 1 “El convento como idea abstracta” a Capítulo 8 “La fe, la ley”)

El narrador propone una reflexión sobre los conventos: dice que son templos, que existen tanto en Occidente como en Oriente, y que todas las religiones los tienen. “Es uno de esos aparatos de óptica que el hombre dirige al infinito” (…) El reflejo de Dios en la pared humana” (p.325).

El narrador critica a los conventos por obstruir el progreso y ocupar el espacio de donde debería haber un centro de trabajo. El régimen monástico, dice, “no es bueno para la virilidad de los pueblos” (p.325). Desde el punto de vista del narrador, los claustros han concluido su misión.

El narrador compara esta obstinación de los claustros por seguir vigentes en pleno siglo XIX con “la pretensión del pescado podrido que quisiera ocupar un buen lugar en la mesa” (p.327). Se podría perdonar todo lo que el monaquismo ha generado, siempre y cuando se asumiera como anacrónico y no interfiriese con el progreso.

El narrador hace referencia a que el concepto de convento no es malo en sí mismo, después de todo donde hay comunidad, hay asociación, y donde hay asociación, hay derecho.

El narrador dice que hay un infinito fuera de nosotros al que llamamos Dios, pero que también hay un infinito dentro de nosotros. De alguna forma, este segundo infinito es un reflejo del primero. Rezar es conectar estos dos infinitos. Aquí el narrador resume su posición frente a lo religioso: “Destruir el fanatismo, venerar lo infinito: tal es la ley” (p.329). Y propone que las personas deben trabajar para el alma humana defendiendo el verdadero misterio frente al falso milagro.

Con respecto a la forma de orar, el narrador dice que todas son buenas, siempre y cuando sean sinceras. Aquí realiza una crítica al nihilismo por negar la existencia de Dios, es decir, del infinito. Luego concluye diciendo que el progreso es el fin que persigue el ser humano.

El narrador hace referencia a la dificultad de juzgar los conventos y las personas que deciden vivir en ellos. Esto es así porque un convento es un lugar de error, pero de inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; en síntesis, un convento es una contradicción “La toma del velo o del hábito es un suicidio que se paga con la eternidad” (p.331).

En este capítulo, el narrador confiesa que nunca podría vivir bajo esas condiciones que propone el convento, pero que sin embargo respeta que haya gente que sí. Si bien él, no cree en eso que las monjas creen, sí vive como ellas por la fe. En última instancia, el narrador confiesa que piensa con cierto “terror religioso y compasivo (…) en esas almas humildes y sublimes que se atreven a vivir en la orilla misma del misterio”.

Libro VIII: Los cementerios toman lo que les dan (Capítulo 1 “Donde se trata de cómo se puede entrar a un convento” a Capítulo 9 “Clausura”)

Juan Valjean, que se encuentra en la cabaña de Fauchelevent con Cosette, entiende que la mejor solución es que él y la niña permanezcan escondidos en el convento. Éste es un refugio seguro para él ya que a ningún hombre se le permite entrar y nadie esperaría encontrarlo aquí. Fauchelevent no está seguro de por qué el hombre al que conoce como Señor Magdalena quiere esconderse en un convento, pero reconoce su deuda con él y decide ayudarlo en todo lo que pueda. Para eso, debería lograr sacarlo de su cabaña sin que lo vean, algo que es sumamente difícil con las niñas de la escuela del convento por todas partes.

Una de las monjas ancianas ha muerto recientemente, y la priora (la jefa del convento) le pide a Fauchelevent que le haga un favor especial: han decidido enterrar a esta monja anciana debajo del altar, para que pueda permanecer en tierra santa. Tendrán que ocultar esto a las autoridades que llevarán el ataúd vacío de la monja al cementerio. Para eso deberán enviar un ataúd vacío al cementerio para que las autoridades no sospechen. La priora le pide a Fauchelevent que no diga nada. Aprovechando este favor, Fauchelevent le dice a la priora que se está volviendo mayor para sus deberes y le pide que deje que su hermano vaya a ayudarlo. Su hermano (con quien se refiere a Valjean) tiene una nieta pequeña que puede educarse en el convento. La priora acepta esto. Valjean ahora tiene un lugar para quedarse y trabajar. La priora le pide a Fauchelevent que vaya a la noche con una barra de hierro para ayudarla a enterrar a la monja bajo el altar.

La priora le da a Fauchelevent los detalles respecto de cómo quiere que entierre a la madre Crucifixión debajo del altar. También le pide que se haga cargo de enviar el cajón vacío al cementerio. Luego de asegurarse de que él cumplirá con su palabra, le dice que le agradece la ayuda y que puede traer a su hermano (Valjean) y a la niña al día siguiente.

Fauchevelent le cuenta a Valjean el favor que la priora le ha pedido. Dice que teme que al llenar de tierra el cajón vacío de la madre Crucifixión alguien se dé cuenta. Además, está el problema de cómo sacará a Valjean del convento para volver a ingresarlo como su hermano. Valjean tiene una idea que soluciona ambos problemas. Se ofrece a meterse en el cajón; de esta forma podrá salir del convento sin ser visto por las monjas y Fauchelevent evitará el problema de que alguien se dé cuenta de que el cajón está vacío porque la madre Crucifixión ha sido enterrada bajo el altar. Fauchelevent está horrorizado con esta estrategia arriesgada, pero entiende que es la única solución. Fauchelevent señala que conoce bastante bien al sepulturero y que puede sobornarlo con alcohol para que le permita sacar a Valjean del ataúd cuando estén en el cementerio, al anochecer. Por otro lado, sacarán a Cosette del convento en una cesta de frutas.

Todo va según lo planeado hasta que llegan al cementerio. El amigo de Fauchelevent, el sepulturero aficionado a la bebida, ha sido reemplazado por un hombre recto llamado Gribier que se niega a beber. Para horror de Fauchelevent, Gribier comienza a enterrar el ataúd con Valjean todavía vivo en él. Valjean, por su parte, cuando comienza a sentir las primeras paladas de tierra sobre el ataúd, pierde el conocimiento.

Fauchelevent debe pensar rápido para salvar a Valjean. Toma la decisión de sacar el documento de identidad de Gribier de su bolsillo sin que él se dé cuenta. Acto seguido, le pregunta casualmente al sepulturero si tiene su cédula. Gribier se sorprende al descubrir que le falta, y Fauchelevent le recuerda que hay una multa de quince francos si lo encuentran sin su identificación después del anochecer. Gribier entra en pánico y vuelve corriendo a su casa para encontrar su cédula. Fauchelevent desentierra a Valjean y lo libera del ataúd. Cuando se retiran del cementerio, Fauchelevent le pide a Valjean que lo espere unos minutos; va hasta la casa del sepulturero Gribier y le devuelve la cédula, diciéndole que se le cayó en el cementerio.

Valjean y Cosette son presentados en el convento por Fauchelevent. Luego de un extenuante interrogatorio de la priora del convento sobre Valjean, ella decide que se pueden quedar allí. A Valjean le cuelgan una camapana como a Fauchelevent, por ser hombre.

Valjean y Cosette se afianzan felizmente en la vida del convento. Cosette es alumna de la escuela conventual y Valjean se convierte en jardinero. Para Valjean, el convento es un oasis de paz y protección de la policía, pero también es un lugar que fomenta su crecimiento moral. Su fe en la humanidad (tan sacudida después de su segundo encarcelamiento) se restablece. Cosette se convierte en una mujer joven en este lugar feliz.

Análisis

Esta parte de la novela comienza con el obstinado Javert persiguiendo a Valjean y Cosette por las calles de París. La obsesión que siente Javert por atrapar a Valjean es directamente proporcional a esa concepción idealizada e inalterable que tiene respecto de la justicia. De alguna forma, Javert construye el sentido de su vida alrededor de ella y no es capaz de empatizar con ninguna situación que quede por fuera de los límites de lo legal. Su patológica relación con la idea de justicia se parece más a un fanatismo religioso que a una decisión racional.

Por otro lado, tenemos a Valjean, un fugitivo de la justicia pero bondadoso y con una fuerte moral. Esta bondad de Valjean lo ayuda a liberarse de su segundo encarcelamiento en el barco, pero, al mismo tiempo, le permite a Javert encontrarlo nuevamente. Javert sospecha profundamente de los informes que escucha sobre el "mendigo que da limosna", un hombre cuya edad coincide con la de Valjean, y que tiene bajo su custodia a una niña que coincide con la descripción de Cosette. Al mismo tiempo, es a partir de un acto bondadoso de Valjean (cuando lo rescató del carruaje volcado) que Fauchelevent se siente en deuda con él y decide ayudarlo, permitiendo que él y Cosette se escondan en su cabaña. De esta forma, la integridad moral y la bondad se presentan como atributos propios del hombre que ha logrado transformarse en una mejor versión de sí mismo, pero, al mismo tiempo, como un tesoro que hay que proteger en una sociedad plagada de miserables inescrupulosos y de mentalidades rígidas e irreflexivas como la de Javert.

Luego nos encontramos con el Libro VII, muchas veces pasado por alto en los análisis escritos sobre Los miserables. Esta sección está dedicada a reflexionar sobre el concepto de convento y, por carácter transitivo, también da cuenta de ciertos lineamientos planteados por Víctor Hugo en la novela con respecto a su idea de religión. En principio se plantea que los conventos son una obstrucción para el progreso de la sociedad ya que son anacrónicos y están ocupando el espacio de otras instituciones que podrían ser más productivas y progresistas. El narrador luego hace referencia a la dificultad de juzgar a los conventos ya que si bien no contribuyen en nada al progreso, nacieron y se sostienen de la fe. El narrador se reconoce como un hombre de fe, aunque no esté de acuerdo con la persistencia de los conventos. Cuando hace referencia a "destruir el fanatismo", se refiere justamente a esa forma hiperbólica de fe que puede relacionarse con el convento. Al mismo tiempo, podemos extrapolar este razonamiento y trasladarlo a otras cuestiones dentro de la novela. Por ejemplo, el problema de Javert no es creer en la justicia, sino la forma irreflexiva, fanática, de creer en ella. En ese sentido, el único exceso que Víctor Hugo parece estar dispuesto a respetar es el de la pasión revolucionaria.

El falso entierro de la madre Crucifixión (que es necesario para sacar a Valjean a escondidas y luego volver a ingresarlo al convento del pequeño Picpus) refleja parte de la iniciación de las nuevas monjas que entran al monasterio: se colocan en ataúdes y las monjas más antiguas lloran su muerte social antes de celebrar su renacimiento simbólico en la vida monástica. Valjean se somete a una versión masculina de este rito. En muchos sentidos, esto también marca la muerte simbólica de Valjean: después de su primer encarcelamiento se convirtió en un hombre de negocios exitoso y conocido, pero ahora es un jardinero desconocido que trabaja duro en un pequeño rincón de la ciudad. Sin embargo, no es infeliz aquí y encuentra mucha paz. A través del amor de Cosette y el ambiente religioso creado por las monjas, Valjean continúa su camino moral y espiritual. Al mismo tiempo, esta nueva realidad marca un aspecto fundamental de Valjean: su capacidad de adaptación. Supo robar, supo ser rico, supo volver a la cárcel, sabe ahora ser un jardinero en un convento; este camino que realiza Juan Valjean tiene algo de la estructura narrativa llamada "viaje del héroe", en la que el protagonista se transforma positivamente conforme avanza por un sendero plagado de obstáculos y desafíos. Por otra parte, esta capacidad de transformación y adaptación de Valjean contrasta notoriamente con la rigidez y obstinación de su antagonista, Javert.

El convento del pequeño Picpus es lo contrario a la prisión. Así y todo, tiene algunos aspectos similares: Valjean está confinado allí y está obligado a trabajar, como le sucedía cuando estaba preso. Sin embargo, aquí recibe un buen trato y sus aspiraciones espirituales mejoran en vez de disminuir, como le sucedía cuando estaba encarcelado. Esto también da cuenta de que su transformación a nivel moral y espiritual es definitiva y que esa mejor versión de sí mismo ya está consolidada. Aun así, está claro que para Javert y para la justicia él sigue siendo un convicto fugitivo; más allá de este intervalo de tranquilidad en el convento, Valjean sigue condenado a huir.

Por último, cabe destacar que la descripción del convento del pequeño Picpus se basa en el convento en el que la amante de Victor Hugo, Juliette Drouet, vivió durante gran parte de su infancia.