Poemas de Francisco de Quevedo

Poemas de Francisco de Quevedo Resumen y Análisis Poemas religiosos

Resumen

En esta sección, partiendo de 4 sonetos representativos, analizaremos la producción poética de Quevedo con relación a la religión para ver los modos en que el autor aborda este tema. Un soneto es una composición poética de 14 versos endecasílabos (de 11 sílabas), distribuidos en 2 estrofas de 4 versos cada una, y en otras 2 estrofas de 3 versos cada una. Su rima es consonante.

“Salmo II”: el yo lírico, hablándole al Señor, se lamenta por no seguir su camino y vivir al antojo de sus placeres pese a que Él lo llama una y otra vez. Por esto teme, finalmente, sufrir un gran castigo. La voz del yo lírico, en segunda persona del singular, es la única que aparece en el poema.

“Advierte que aunque se tarda la venganza del cielo contra el pecado, en efeto, llega”: el yo lírico, en segunda persona del singular (aunque sin hablarle a nadie en particular), advierte que no se debe creer que porque Jove (modo de llamar a Júpiter) aún no castiga los pecados, ese castigo no llegará en algún momento. Por ello, no se debe ser arrogante ni osado en contra de él. La voz del yo lírico es la única que aparece en el poema.

“Muestra lo que se indigna Dios de las peticiones execrables de los hombres, y que sus obligaciones para alcanzarlas son graves ofensas”: el yo lírico, hablándole a Licas, reflexiona acerca de cómo este le pide a Dios riquezas para él y su familia, sin importarle que eso genere pobreza y enfermedades en los demás. Luego afirma que hacer esto es un gran error, ya que, alguna vez, estos actos de realizarle peticiones egoístas despertaron la indignación y la ira de Dios, y que eso puede volver a suceder. La voz del yo lírico, en segunda persona del singular, es la única que aparece en el poema.

“Refiere cuán diferentes fueron las acciones de Cristo Nuestro Señor y Adán”: desde el principio hasta el final del poema, el yo lírico, hablándole a Cristo, compara las acciones de este con las de Adán, destacando las de él y condenando las del primer hombre. La voz del yo lírico, en segunda persona del singular, es la única que aparece en el poema.

Análisis

Si bien en los poemas acerca de la muerte, Quevedo genera la sensación de que no hay nada después de morir (y que incluso la vida está llena de nada); y también en los poemas burlescos, su sátira cruel contra gran parte de la sociedad es difícil de unir con la idea cristiana del amor al prójimo, Quevedo tiene un gran caudal de poemas dedicados a temas religiosos, en donde aparece claramente su profunda devoción al catolicismo. Ahora bien, para comprender de qué modo particular se manifiesta la religión en sus temas, primero hay que hacer un breve repaso sobre cómo era concebida esta en el momento histórico en el que vivió y escribió nuestro autor.

En el siglo XVI y XVII, la religión (a pesar del modo muy poco espiritual en el que la iglesia impone su moral, y de la percepción racional propia del Renacimiento) es el lugar en donde la gente aún encuentra consuelo y esperanza: es la garantía de que la vida puede tener un sentido desde el nacimiento hasta la muerte, e incluso más allá, ya que la idea del Paraíso como continuación de la existencia es muy importante. Por eso mismo, en la poesía religiosa de la época se busca y se proclama constantemente el amor, la caridad, la aspiración a la vida eterna, la piedad y la misericordia divina. Las formas complejas de la vida religiosa, de Caro Baroja, es probablemente la obra más representativa de este modo de percibir la religión en el arte.

Sin embargo, la poesía religiosa de Quevedo no tiene estas características. Lejos de posicionarse como una voz que propaga el amor y la fraternidad, la voz del yo lírico lanza advertencias, juzga las acciones de los pecadores, explica episodios bíblicos. Habla con la misma autoridad de un cura que da un sermón, con la misma autoridad de la Iglesia de su época. En la mayoría de estos poemas, el yo lírico se ubica por sobre el resto de los mortales para lanzar sus juicios. Sin embargo, en algunos de ellos (los menos) hace lo mismo que suele hacer en sus poemas burlescos en donde, para juzgar, se ubica en la posición de aquel que es juzgado (como lo hace con el pobre en “Felicidad barata y artificiosa…”). Veamos algunas citas:

· “¡Cuán fuera voy, Señor, de tu rebaño/llevado del Antojo y gusto mío!/Llévame mi esperanza viento frío/y a mí con ella disfrazado engaño” (“Salmo II”, p. 41).

· “A dios ¿con qué le compras las orejas?/Que parece asquerosa mercancía/intestinos de toros y de ovejas” (“Advierte que aunque se tarda la venganza del cielo…”, p. 54).

· “Las horas pides prósperas y ricas/y que para heredar a tus parientes/fiebres reparta el cielo pestilentes/y de ruinas fraternas te fabricas” (“Muestra lo que se indigna Dios…”, p. 61).

· “Adán en Paraíso, Vos en huerto/él puesto en honra, Vos en agonía/él duerme, y vela mal su compañía/la vuestra duerme, Vos oráis despierto” (“Refiere cuán diferentes fueron…”, p. 85).

En la primera cita, precisamente, el yo lírico se pone en la posición del pecador para juzgarse severamente. Durante todo este “Salmo II”, el yo lírico es muy consciente acerca de cómo se deja llevar por sus gustos y sus antojos en lugar de ir por la senda del Señor, en lugar de ser una oveja de su rebaño. Es gracias a esa excesiva conciencia de sí mismo que, justamente, puede juzgarse.

La segunda cita pertenece a un poema que tiene la particularidad de que Quevedo no se refiere en él al Señor ni a Dios (como se ve en la cita, es nombrado con minúscula), sino a Júpiter. Es decir, para emitir sus juicios religiosos decide, en este caso, utilizar la figura del dios romano y no la del Dios del catolicismo. Esto se debe, por un lado, a que el juicio religioso que pretende emitir Quevedo trasciende toda religión; y, por otro lado, a que los temas clásicos, extraídos de mitos romanos, son abundantes en toda la obra del Renacimiento (momento histórico en el que se inscribe Quevedo), y los poemas religiosos de nuestro autor no son la excepción.

Ahora bien: ¿cuál es el juicio religioso que emite Quevedo en esta cita? Muy sencillo: el intento de comprar o convencer a dios (cualquier dios) con cosas materiales es absurdo. Tanto los romanos con sus dioses como luego lo hizo el catolicismo tenían la costumbre de sacrificar animales en honor a ellos, y para ganarse su amor. En esta cita, Quevedo sí utiliza un yo lírico en tercera persona para juzgar desde un lugar superior a una costumbre tradicional de las religiones.

Del mismo modo, en la tercera cita, Quevedo ataca otra mala costumbre religiosa: la de rezarle a Dios para pedirle favores que ayuden a uno mismo sin importar lo que pase con el resto. Licas es a quien el yo lírico le habla durante todo este poema. Recordemos que Licas es uno de los nombres que Quevedo utiliza comúnmente sin que la elección del nombre tenga mayor importancia (incluso aquí puede deducirse que Quevedo escogió ese nombre para que rime con “ricas”). Lo que hace Licas es rezarle a Dios para que se mueran sus parientes y heredar sus riquezas.

En este poema, Quevedo no solo juzga poniéndose por encima de los pecadores, sino que incluso se eleva hasta la altura de Dios, y se atreve a describir lo que siente el Señor cuando personas como Licas le hacen este tipo de pedidos. El título del poema es muy claro al respecto: “Muestra lo que se indigna Dios de las peticiones execrables de los hombres, y que sus obligaciones para alcanzarlas son graves ofensas”.

Esta facultad de Quevedo de elevarse por sobre el resto de los pecadores, y hablar a través de una voz que emite juicios sagrados aparece con total claridad en la última cita. Durante todo este poema, el yo lírico le habla en segunda persona, como si fuera su igual, a Cristo, y crítica duramente, como si fuera un pecador cualquiera, a Adán.

La estructura del poema, tal como se ve en la cita, es la de la comparación antitética. Es decir, la comparación de dos opuestos. La antítesis es uno de los recursos poéticos más comunes del conceptismo quevediano (ver “Acerca de” en esta misma guía).

Aquí lo que resalta el yo lírico, a través de esas comparaciones entre opuestos, es el sacrificio de Cristo versus la comodidad de Adán: mientras que este vivió en el Paraíso, Cristo estuvo en su huerto (donde fue arrestado); mientras que Adán tuvo una posición honrosa en esa vida paradisíaca, Cristo tuvo que sufrir la agonía de la cruz; mientras que Adán dormía plácidamente, Cristo sigue orando por nosotros cuando dormimos.

Como puede verse, en tres de los cuatro poemas citados, el yo lírico utiliza la segunda persona para darle más fuerza a los juicios que emite: le habla a aquel que no tiene nombre e intenta convencer a Júpiter con sacrificios de animales; le habla a Licas; le habla al mismo Cristo. En el único poema en el que no utiliza la segunda persona, el yo lírico, protagonista del poema, tiene tanta conciencia sobre el mal camino que está tomando, lejos del Señor, que puede juzgarse a sí mismo como si fuera otro.

Al igual que en los poemas burlescos en donde Quevedo, a través de las burlas despiadadas, asume el rol de censor de la moral y las costumbres; aquí, a través de una voz que aparece libre de pecado y con la autoridad propia de la iglesia, asume el rol de censor de la religión: tanto de los pecadores comunes como de los bíblicos, como Adán.