El potencial humano y sus limitaciones
El tema de los límites humanos es central en la obra, puesto que las ambiciones de Fausto entran en conflicto con las limitaciones establecidas por entonces por la cristiandad. El eje de este tema es el conflicto entre la cosmovisión renacentista y la cristiana, dominante en la Edad Media.
Cuando Europa emerge del Medioevo, el contacto con las cosmovisiones griegas afecta la concepción que las personas tienen de sí mismas, hasta entonces situadas por debajo de Dios. En la cosmovisión griega, a diferencia de la cristiana, el hombre podía desafiar a los dioses, asumiendo el riesgo que esto suponía, y esta actitud, lejos de ser condenada, se concebía como una cualidad noble.
Desde el comienzo de esta obra, podemos observar que Fausto se irrita ante la limitación humana y, desoyendo las restricciones que impone el cristianismo, desea alcanzar el poder ilimitado de un dios o un semidiós mediante la magia. En su soliloquio inicial, Fausto afirma: “un sabio mago es un semidiós. / Entonces, fatigaré mi cerebro para lograr la divinidad” (1.1. 60-61). Fausto rechaza la autoridad de Dios por su afán de conocimiento y dominio sobre el mundo. Sin embargo, como se advierte poco más tarde, el protagonista se queda lejos de alcanzar las grandes proezas que se proponía realizar inicialmente con la magia, y malgasta su poder, en general, realizando trucos irrelevantes.
El pecado, la condena y el infierno
Este tema también es central en la obra. Fausto comete un pecado por alejarse de la voluntad Dios y pacta su condena, ofreciéndole su alma al diablo a cambio de veinticuatro años de poder ilimitado. Al comienzo de la obra, Fausto se muestra escéptico respecto de la existencia del infierno. En una ocasión, afirma: “Esta palabra “condenación” no me atemoriza / porque confundo el infierno con el elíseo.” (1.3. 60-61); en otra: “Vamos, yo creo que el infierno es una fábula” (1.5.123). Su obstinación resulta más llamativa aún, puesto que descree de las advertencias del mismo diablo con el que está pactando su alma, quien reconoce su angustiosa situación. Mefistófeles, por otro lado, señala que el infierno es estar privado de la dicha eterna:
¿Piensas que yo que he visto la cara de Dios,
y probado las eternas alegrías del cielo,
no estoy atormentado con diez mil infiernos,
al estar privado de la felicidad eterna?
(1.3.79–82)
El escepticismo de Fausto podría explicar su actitud despreocupada frente a la condena, que se sostiene en la mayor parte de la obra, aunque en varias oportunidades vacila ante la idea de arrepentirse del pacto. Finalmente, no está claro el motivo por el que no se arrepiente. En algunas ocasiones parece convencido de que Dios no lo perdonará, o de que es tarde para arrepentirse; en otras, Mefisto u otros diablos lo intimidan para que mantenga su lealtad a Lucifer.
La salvación
Incluso después de entregar su alma al diablo, Fausto tiene la opción de arrepentirse y salvarse así del infierno. El ángel bueno y, al final de la obra, el anciano, dejan en claro que existe esta alternativa para Fausto. Para el cristianismo, los seres humanos siempre tienen la oportunidad de arrepentirse, incluso en el momento final de su vida. La obra es consecuente con la concepción cristiana sobre el arrepentimiento, pero se aparta de ella en el desenlace, dado que, aunque Fausto desea arrepentirse en la escena final, ya no puede hacerlo. Posiblemente, Marlowe se abstiene en este punto de la concepción cristiana para aumentar el dramatismo de la última escena y dar al protagonista un final trágico.
La conciencia dividida
En ocasiones, Fausto duda entre arrepentirse o permanecer sujeto al pacto con Lucifer. Este conflicto interno aparece representado de manera simbólica mediante las intervenciones del ángel bueno y el malo, que se presentan eventualmente para aconsejar al protagonista sobre qué decisión tomar. Estos personajes pueden ser interpretados como personificaciones de la conciencia de Fausto, que lo impulsan alternativamente, ya sea hacia el bien o, de manera predominante, hacia el mal.
La soberbia
Como el coro anticipa desde el comienzo, el pecado que desencadena la caída de Fausto es la soberbia. El coro compara su historia con la del mítico Ícaro, quien muere a causa de su desmedida elevación al cielo, por desoír las advertencias de su padre, Dédalo. Del mismo modo, Fausto, que pretende alcanzar conocimientos y un dominio de la naturaleza que excede los límites establecidos por Dios, sufrirá las consecuencias y terminará condenado.
Desde la perspectiva cristiana, la soberbia es el origen de todos los demás pecados. Así, vemos que en el desfile de los pecados capitales (2.1), el primero que se presenta ante Fausto es la soberbia. Además, la transgresión de Fausto es análoga a la de Lucifer, quien, como Mefisto señala, fue arrojado de la faz del cielo “debido a su ambicioso orgullo e insolencia” (1.3.69).
El poder
En las escenas iniciales, Fausto fantasea con las proezas que realizará con el poder ilimitado de la magia. En su soliloquio inicial comenta:
¡Oh, qué mundo de provecho y deleite,
de poder, de honor, de omnipotencia (…)!
Todas las cosas que se mueven entre los quietos polos
estarán a mis órdenes (…)
(1.1. 51-55).
Poco después, enumera las hazañas que hará con los espíritus que invoque: traerá oro de la India, perlas del océano, golosinas y frutos agradables del Nuevo Mundo; conocerá “extrañas filosofías” (1.1. 84); será el rey de todas las provincias. Más tarde, después de invocar a Mefistófeles, pero aun antes de firmar el pacto con él, ambiciona ser “el gran emperador de la tierra” (1.3.106), construir un puente para cruzar el océano e, incluso, modificar el mapa de Europa anexando parte de África a España. Sin embargo, después de cerrar el trato, Fausto pierde su tiempo, generalmente, realizando trucos de magia intrascendentes, para burlarse de algunos y deleitar a otros, pero sin buscar más que un mero entretenimiento. De alguna manera, el poder ilimitado lo vuelve mediocre.
La obra puede sugerir, así, que con el pacto diabólico no se obtienen los beneficios que se prevén o, incluso, que el mismo pacto transforma a quien lo firma. De nada parece servir la lista de condiciones que pretende establecer Fausto antes de cerrar el trato (Escena V). Incluso, inmediatamente después de firmarlo, su primer pedido a Mefisto (tener por esposa a la doncella más hermosa de Alemania) no se cumple, y el diablo le trae, en cambio, un diablo vestido de mujer.
El conocimiento
Las últimas palabras de Fausto, “Quemaré mis libros. ¡Ah, Mefistófeles!” (5.2. 197), y lo que declara, poco antes, en el último acto a sus amigos eruditos, “quisiera nunca haber visto Wittenberg y jamás haber leído un libro” (5.2. 47-48), retoman una de las cuestiones centrales planteadas en la primera escena: el deseo de conocimiento ilimitado de Fausto es el que lo conduce a pecar y pactar con el demonio. Cabe destacar que no es el conocimiento en sí mismo el que lo condena, sino la soberbia, que lo lleva a desafiar los límites permitidos para el conocimiento humano. El coro apunta sobre la misma cuestión en el epílogo, aludiendo a que Fausto era un erudito sobresaliente cuya exitosa carrera acabó truncada: “Quemado está el laurel de Apolo, / que alguna vez creció en este hombre culto” (2-3). Finalmente, el coro cierra la obra advirtiendo a los eruditos sobre el peligro de abordar conocimientos ilícitos “cuya profundidad tienta a los talentos audaces / a practicar más de lo que el poder celestial permite” (7-8).