El ascenso al cielo
Al comienzo del acto III, el coro describe el ascenso de Fausto al cielo, desde donde conoce los secretos de la astrología. El discurso contiene numerosas imágenes visuales: "(…) sentado en un carruaje refulgente / arrastrado por la fuerza de dragones uncidos" (3.1. 5-6), "desde el brillante círculo de la luna curvada" (Ídem. 9). Las imágenes asociadas a la luz y al brillo sugieren que el personaje ha alcanzado un momento glorioso. Además, esta es la proeza más notoria que consigue el personaje en toda la obra.
El paisaje y la arquitectura europeos
En el acto III, Fausto le describe a Mefisto su viaje por Europa. En su relato hay numerosas imágenes visuales que realzan el admirable paisaje: "(...) la imponente Trier,/ rodeada por altivas cumbres, / muros de piedra y profundos lagos" (2. 2-4); "vimos el río Maine caer hacia el Rhin, / cuyas riberas se pueblan de fecundas viñas" (2. 7-8). Luego, la descripción se vuelve más pormenorizada cuando narra su recorrido por Italia:
Luego hacia Nápoles, la rica Campinia,
cuyos edificios hermosos y magníficos,
las calles rectas y pavimentadas con el mejor ladrillo,
dividen la ciudad en cuatro barrios iguales.
Allí vimos la tumba de oro del culto Marón (...)
De allí a Venecia; Padua y el resto
en medio de la cual se eleva un suntuoso templo,
que amenaza al cielo con su ambiciosa cúpula,
cuya planta está cubierta de coloridos mosaicos
y techado en lo alto con un raro artesonado de oro.
(3.2. 9-20)
El relato sirve para informar al público sobre los últimos acontecimientos de la vida del personaje, pero, además, los detalles añaden un matiz exótico al recorrido.
Los tormentos del Infierno
Durante la última noche de Fausto, el ángel malo le muestra al protagonista el infierno, explicando algunos de los tormentos que padecen los condenados. En la descripción se utilizan imágenes visuales vinculadas con el fuego, que contribuyen a crear un efecto aterrador. Se habla de "encendidos tridentes", "miembros vivos asándose en carbón", "silla llameante" y "sopas de fuego" (5.2. 126-130).
La sangre
Cuando Fausto firma el pacto con el diablo lo hace con su propia sangre, pero, al hacerlo, observa que su sangre se congela: "¡mi sangre se congela y no puedo escribir más!" (1.5.59). El protagonista ve entonces que la sangre se detiene: "¡ah, se detuvo!" (ibid. 64). La sangre congelada da lugar a que Fausto reflexione sobre la posibilidad de que su propia sangre rechace el pacto que está a punto de firmar.
Más tarde, durante su última noche, el protagonista observa la sangre de Cristo fluyendo por el cielo: "Mira, mira la sangre de Cristo fluyendo en el firmamento. / Una sola gota salvaría mi alma, media gota, ¡Ah, Cristo mío!" (5.2.153-154). La imagen evoca la muerte y resurrección de Cristo, con la que la humanidad, según el cristianismo, fue redimida, y por la que existe la posibilidad de salvación y vida eterna después de la muerte. El protagonista, como puede observarse, anhela la salvación de su alma en uno de los momentos finales de la obra, y la imagen contribuye a aumentar el dramatismo de la escena.