La trágica historia del doctor Fausto

La trágica historia del doctor Fausto Resumen y Análisis Acto I: Escenas 3-5

Resumen

Acto I, Escena 3

Entran Lucifer y cuatro diablos. Fausto los invoca realizando un conjuro y, al ver a Mefistófeles, le ordena que regrese tomando la apariencia de un monje franciscano, pues le desagrada su feo aspecto. Fausto se sorprende por la docilidad del demonio cuando este se marcha y se alegra del poder que cree ejercer sobre la criatura.

Cuando Mefisto regresa, Fausto le exige que lo sirva. Sin embargo, el demonio explica que su amo es Lucifer, y que no puede actuar sin su permiso. Además, le informa que no acudió a él a causa de su conjuro, sino por voluntad propia, y que los demonios se acercan a quienes abjuran de las Escrituras y de Jesucristo, con la esperanza de obtener su alma.

Luego, Fausto afirma que la palabra "condenación" no lo atemoriza, y que confunde el infierno con el Elíseo. A continuación, formula algunas preguntas a Mefisto. Este explica que Lucifer fue un ángel amado por Dios, y que fue desterrado del cielo a causa de su orgullo e insolencia. También manifiesta que los demonios que acompañan a Lucifer en el infierno son aquellos que conspiraron contra Dios. Fausto siente curiosidad por saber cómo puede Mefistófeles estar ante él ahora, fuera del infierno, y el diablo le dice que siempre está en el infierno, pues el infierno es estar privado de la felicidad eterna. Mefisto le ruega a Fausto que deje de hacer preguntas frívolas, puesto que aterrorizan su alma desfalleciente; y este reprende al demonio, diciéndole que aprenda de su fortaleza varonil. También le ordena a Mefistófeles que le lleve a Lucifer la noticia de que él está dispuesto a vender su alma a cambio de veinticuatro años de poder. Luego, Mefistófeles se marcha.

En un soliloquio, Fausto exclama que, incluso si tuviera tantas almas como estrellas, las vendería, y se entusiasma pensando en lo que hará con el poder ilimitado que obtendrá pronto: será “el gran emperador de la tierra” (1.3.106), construirá un puente para cruzar el océano e, incluso, anexará las colinas que borden la costa de África a España, formando con ello un solo continente tributario de su corona.

Acto I, Escena 4

Wagner ve a un payaso pobre y quiere convertirlo en su sirviente. Le dice, bromeando, que su hambre lo obligaría a vender su alma a cambio de una paleta de carnero, aunque estuviera cruda; y el payaso responde que la querría bien asada y con salsa. Tras una breve conversación, en la cual el payaso se niega a ser su sirviente, Wagner le ofrece dinero. Cuando el payaso lo toma, Wagner interpreta la aceptación como una sumisión a la servidumbre. El payaso, entonces, intenta devolverlo, pero Wagner lo rechaza. Luego, este invoca a dos demonios, Baliol y Belcher, a fin de retener al payaso, y él finalmente accede a servirlo a cambio aprender a invocar a los demonios.

A continuación, Wagner le promete al payaso enseñarle a transformarse en animal, y este afirma con picardía que le gustaría ser una pulga para poder hacerle cosquillas en el escote a las mujeres bonitas. Wagner, manteniendo viva la amenaza de invocar nuevamente a los demonios, le ordena al payaso que lo siga, y este obedece.

Acto I, Escena 5

Fausto vacila, incapaz de decidirse entre vender su alma o salvarse. Entonces ingresan nuevamente el ángel bueno y el malo: el primero incita a Fausto a pensar en el cielo; el segundo, a pensar en la fortuna. Este último convence a Fausto.

A continuación, Mefisto regresa y le exige a Fausto firmar un acta con su propia sangre para legar su alma. Fausto le pregunta por qué Lucifer tienta a los hombres, y él responde: “Solamen miseris socios habuisse doloris” (1.5. 40, “Es consuelo de la miseria tener compañeros en el dolor”). Luego, cuando Fausto se corta el brazo para escribir el acta, su sangre se congela. Entonces, mientras Mefisto se dirige a buscar fuego para licuar su sangre, Fausto se pregunta si su propia sangre está intentando detenerlo. El diablo regresa con carbones, y Fausto firma, cerrando así, finalmente, el trato.

Enseguida aparece inscripto en el brazo de Fausto “Homo fuge" (1.5. 74, “Vuela, hombre”). El mensaje lo perturba, pero Mafisto se marcha y hace que se presenten demonios con coronas y ricos atavíos para deleitarlo. Ellos bailan y después se van. Luego, Mefisto regresa y Fausto le lee las condiciones del trato: él podrá tomar la forma y la sustancia de un espíritu; Mefistófeles será su sirviente y hará por él y traerá cualquier cosa que desee. Asimismo, Mefisto permanecerá invisible en su habitación o en su casa, y aparecerá cuando Fausto lo disponga y bajo la forma que le ordene. A cambio, después de veinticuatro años, en los que no deben violarse los artículos del contrato, los demonios obtendrán su cuerpo y alma.

Fausto entrega su contrato a Mefisto, y luego le pregunta dónde está el infierno. Él le informa que el infierno no tiene límites ni se circunscribe a un solo lugar. También afirma que “cuando el mundo entero se disuelva / y todas las criaturas sean purificadas, / todo lo que no sea cielo, será infierno” (1.5. 120-123). Fausto descarta las palabras del demonio señalando que cree que el infierno es una fábula, y Mefisto sugiere que la experiencia le hará cambiar de parecer. Ambos continúan dialogando, y Fausto se niega a creer en la condena después de la muerte.

Luego, Fausto le exige a Mefisto que le traiga una esposa, y él le trae un diablo vestido de mujer. Fausto protesta y el demonio le dice que le traerá cada mañana una hermosa cortesana. A continuación, Mefisto le ofrece un libro con conjuros. Fausto pide más libros sobre hechizos, astronomía y botánica, y el diablo se los proporciona inmediatamente.

Análisis

La presencia en el escenario de los demonios, al comenzar la tercera escena (antes de que Fausto los invoque realizando un conjuro), enfatiza lo que Mefisto señala poco después: los demonios se acercan a quienes abjuran de las Escrituras y de Jesucristo, con la esperanza de obtener su alma. Fausto cree rápidamente tener el control sobre los demonios: “tal es la fuerza de la magia y de mis conjuros / Ahora, Fausto, eres un conjurador laureado: / puedes dominar al gran Mefistófeles” (1.3. 34-36). Sin embargo, pronto se verá decepcionado: al mismo tiempo que el espectador, Fausto sabrá que los diablos no acudieron a él por el poder que ejerció sobre ellos, sino porque, en tanto que es un hechicero, resulta ser una presa fácil para que ellos obtengan su alma.

Por otro lado, a lo largo de toda la escena, Fausto parece incapaz de comprender las fuerzas a las que se enfrenta. Cuando interroga a Mefisto, no comprende que el infierno es principalmente un estado del espíritu: Mefisto siempre está en el infierno, incluso cuando aparece en la Tierra, porque el verdadero infierno es estar privado de la felicidad eterna. También observamos que el diablo se muestra exasperado por las preguntas de Fausto: “Oh, Fausto, deja esas preguntas frívolas, / que aterrorizan mi alma desfalleciente” (1.3. 83-84). La curiosidad de Fausto es como la de un erudito aficionado que recopila datos, pero que no puede profundizar en el tema: cuando el diablo responde a sus inquietudes, él no lo comprende o subestima sus respuestas. Así, podemos notar que el protagonista posee conocimientos, pero no sabiduría. El diálogo también pone de manifiesto que, para Mefistófeles, la experiencia del infierno es dolorosa, y no una trivialidad.

La escena cuarta, en medio de dos escenas bastante perturbadoras, constituye un alivio cómico y, como tal, contribuye a distender el clima dramático. En esta oportunidad, la invocación de demonios se vuelve cómica, en lugar de seria: uno de los demonios se llama “Belcher” (“belch”, en Inglés “eructar”), de ahí el juego de palabras del payaso: “¿Belcher? Si Belcher viene aquí le echaré un eructo” (1.4. 35-36).

El recurso del alivio cómico comenzó a aparecer en la tragedia isabelina. Se trata de una escena, episodio o intervención cómica que se relaciona de diversos modos y en diferentes grados con la acción principal, y cuya función es aliviar la tensión dramática producida por ella. El alivio cómico, en general, reproduce en tono jocoso parte de la trama principal. En esta obra, vemos que la breve escena de la negociación entre Wagner y el payaso funciona como la contraparte cómica de la escena anterior. Wagner, al igual que Fausto, utiliza la magia para invocar demonios, pero, mientras que el erudito persigue grandes aspiraciones, Wagner la emplea para convencer al payaso de convertirse en su sirviente. Así, la escena sirve para yuxtaponer los mezquinos fines de Wagner con la desmedida ambición de Fausto. Cabe señalar acá que, a medida que la obra avanza, asistimos a una degradación burlesca de la figura de Fausto, hasta el punto en que este personaje llega a parecer tan grosero y poco inspirador como Wagner.

La escena final del acto presenta a Fausto enfrentando sus últimas dudas. El ángel bueno y el malo que aparecen enseguida representan, como en la primera escena, la ambivalencia de Fausto y su devaneo mental. También en esta ocasión, cuando Fausto indaga a Mefisto acerca del infierno, se muestra la ineficacia del protagonista para comprender el alcance de las respuestas del demonio. Como podemos ver además, Fausto desestima la información que este le proporciona: “Vamos, yo creo que el infierno es una fábula” (1.5.123).

Por otro lado, cuando Mefisto le presenta a Fausto un diablo vestido con ropa femenina, en vez de la esposa que este ha pedido, la escena se tiñe de humor negro. El incidente sugiere que el diablo posee el control, incluso en los detalles más insignificantes. Además, el deseo de Fausto de tener una esposa queda insatisfecho, incluso en ese momento inicial, cuando el periodo de veinticuatro años pactado recién ha comenzado. Con esto podemos advertir que Mefisto, ya desde entonces, no duda en engañarlo.

Por último, en la obra observamos una sátira dirigida a la iglesia y a sus rituales. Cuando Fausto le pide a Mefisto una esposa, este se burla del sacramento mostrando desprecio: “Bueno, Fausto, el matrimonio es sólo una ceremonia” (1.5. 149-150). Asimismo, en la escena tercera, Fausto le pide al diablo que regrese con atuendo de monje franciscano, señalando “esa forma santa le queda mejor a un diablo” (1.3. 28). Acá el guiño puede leerse como una burla anticatólica, probablemente halagüeña para la audiencia protestante.