La trágica historia del doctor Fausto

La trágica historia del doctor Fausto Resumen y Análisis Acto III: Escenas 1-4

Resumen

Acto III, Escena 1

El Coro relata cómo Fausto ascendió a la cima del Olimpo y, en un carro tirado por dragones, contempló la estructura celestial. Luego, regresó a su casa y, casi de inmediato, en el lomo de un dragón, partió para estudiar la cosmografía, “que mide las costas y reinos de la tierra” (3.1. 21). Finalmente, ahora, se dirige a Roma para participar en las fiestas en honor a San Pedro.

Acto III, Escena 2

Mefisto y Fausto se encuentran en el palacio del papa, en Roma. Fausto describe los lugares de Europa que ha visitado y Mefisto lo instruye acerca de la ciudad de Roma. Cuando el primero pide ver los monumentos romanos, el diablo lo retiene para que observe el desfile en la fiesta de San Pedro y para que perturbe al papa y a quienes lo acompañan.

El papa Adriano ingresa con Raimundo, el rey de Hungría, y con Bruno, un hombre encadenado. Junto a ellos también entran obispos y cardenales. Bruno es un hombre a quien el emperador de Alemania intentó convertir en papa. El sumo pontífice hace que se incline como un escabel, lo denigra y sube a sus espaldas. Luego, envía a los cardenales a reunirse para leer los estatutos decretados para quien asuma el gobierno papal sin consenso.

Mientras tanto, Fausto y Mefisto observan la escena sin ser vistos. El primero le ordena al diablo que siga a los cardenales y haga que caigan profundamente dormidos. Fausto se propone liberar a Bruno y conducirlo a Alemania.

Luego, el papa le informa a Bruno que el emperador y él serán excomulgados, y que destituirán al primero de su gobierno. Bruno objeta que el papa Julio había jurado sostener a los emperadores como señores legítimos, pero el papa Adriano niega que tengan valor aquellos decretos. Finalmente, el papa afirma que todo el mundo debe someterse a la autoridad papal.

Fausto y Mefisto regresan disfrazados de cardenales y declaran a pedido del papa lo que ha decretado el concilio: Bruno, condenado por herejía, será quemado en la hoguera. A continuación, el papa ordena a supuestos cardenales llevarse al condenado. Luego, los bendice, y Mefisto bromea sobre su bendición.

Acto III, Escena 3

Mefisto afirma que Bruno ha sido liberado y se dirige a Alemania, y Fausto le pide que lo haga invisible para poder hacer lo que le plazca sin ser visto. Cuando los cardenales regresan, se desata una confusión, dado que ellos desconocen dónde se encuentra Bruno. Después, el papa se sienta a comer y Fausto provoca su desconcierto hablándole y arrebatándole la comida y la bebida. Un obispo sugiere que el fantasma podría ser el alma de un condenado en el Purgatorio, y el papa envía a buscar sacerdotes para que canten una letanía y aplaquen, así, la furia del alma penitente. Luego, el papa se santigua y Fausto lo abofetea en la oreja. Finalmente, el papa, maldiciendo, se retira con su cortejo.

A continuación, unos frailes ingresan con una campana, un cirio y un libro, y maldicen a quien ofendió al papa. Fausto y Mefistófeles golpean a los frailes, arrojan fuegos artificiales y se marchan.

Finalmente, el coro narra que Fausto regresó a su casa, donde fue bien recibido y admirado por sus conocimientos en astrología. Pronto, Fausto ganó renombre. Ahora su fama se ha extendido por el mundo, y en el palacio del emperador Carlos V es celebrado por los nobles.

Acto III, Escena 4

Robin, con un libro de conjuros de Fausto, se propone hacer bailar desnudas a las doncellas de su parroquia para su propio placer. Raf llega, dirigiéndose a él, y explica que hay un caballero impaciente por tener su caballo listo. Raf se sorprende al ver que Robin tiene un libro en sus manos, puesto que él no sabe leer, y este le cuenta que es un libro de conjuros, y que con él puede realizar cuantas proezas desee. Ambos se van y roban una copa de plata a un tabernero.

Cuando el tabernero lo advierte, acusa a los mozos de cuadra, pero ellos niegan el robo. Luego, Raf amenaza al tabernero y Robin, con palabras sin sentido, pronuncia un conjuro para invocar a Mefistófeles. El diablo aparece entonces lanzando cohetes a sus espaldas, y los tres se amedrentan y corren. Mefisto está enfurecido, puesto que ha venido desde Constantinopla por una simple burla, y les dice a Robin y a Raf que los convertirá a uno en mono y otro en perro. El diablo se marcha, y Robin y Raf se muestran entusiasmados con la idea de convertirse en animales.

Análisis

En el comienzo del tercer acto, el coro se dirige nuevamente al público. La función de su intervención, en este caso, es sugerir que ha transcurrido un lapso de tiempo considerable entre los acontecimientos que se representaron en la última escena del acto segundo y los que se presentan a continuación. Además, la acción que se desarrolla se sitúa en el presente (el coro utiliza el término “ahora”, 3.1. 20).

Por otro lado, en la descripción que hace el coro de los últimos acontecimientos, la elección del Olimpo como lugar desde donde Fausto contempla el cosmos es simbólica. El monte Olimpo es la morada de los dioses en la mitología griega, lo cual hace pensar que Fausto, en tanto que alcanzó su cima, también ha adquirido gloria sobrehumana. Desde allí, Fausto contempla el cielo, “hasta la altura del Primum Mobile” (3.1. 10), esto es, la primera esfera móvil, y la que pone en movimiento a las demás, según el modelo geocéntrico del universo. Acá se puede observar que la disposición del cielo que se presenta en el relato corresponde al sistema ptolomeico, el cual concebía los cielos como una serie de esferas concéntricas, centradas en la Tierra.

A continuación, el coro narra el descenso de Fausto, quien cambia casi de inmediato el estudio de la astronomía por el de la cosmografía, dedicándose entonces a examinar las costas y los reinos de la Tierra. Este movimiento abrupto y el cambio de enfoque en sus estudios presagia el declive del protagonista. La escena en Roma muestra a Fausto en su momento de mayor decadencia, desperdiciando su tiempo en realizar bromas baratas, que no aportan beneficios a nadie.

Por otro lado, al estar dirigidas al papa, las burlas de Fausto difícilmente pudieron resultar ofensivas para el público protestante de la época. Incluso, acaso resultaron gratificantes para este. El público isabelino pudo haber disfrutado de las provocaciones de Fausto, viéndolas como una manera desafiante de oponerse a la solemnidad religiosa. Vemos que al papa se lo representa como cruel, ávido de poder y alejado por completo de la santidad, y al catolicismo, en general, de manera poco atractiva. Cuando el papa recurre a los frailes para que maldigan al alma que lo abofeteó, Fausto se mofa cínicamente del ritual: “Campana, libro y cirio; cirio, libro y campana / hacia atrás y adelante para mandar a Fausto al infierno” (3.3. 95-96). Cabe destacar, además, que el trabajo de los frailes (una parodia imprecisa de un exorcismo) no surte efecto. Hacia el final de la escena, queda claro que estos no tienen poder sobre Fausto, y que si él está condenado a ir al infierno, no es por la autoridad de ningún sacerdote, sino por sus propias acciones.

Finalmente, la intervención del coro al final de esta escena sirve como nexo entre dos episodios de la vida errática de Fausto, dramáticamente bastante desconectados. El episodio que se anuncia, su participación en la corte de Carlos V, tendrá lugar al comienzo del acto siguiente, donde se retoma la acción principal.

La siguiente escena (3.4) es disparatada. En ella, Robin y Raf recurren a la magia sin mayor propósito que la embriaguez y el placer sexual. Además, Mefisto no muestra interés en que dichos personajes vendan su alma, más bien, está furioso por haber sido convocado. Como podemos observar, su irritación contradice su afirmación anterior de que, al oír conjuros mágicos, acude a su llamado, no porque el conjuro lo obligue a hacerlo, sino porque anhela capturar el alma de quien lo invoca (1.3). La explicación más probable de esta contradicción es que la escena cómica quedaría fuera del ámbito más serio de la historia principal y, por lo tanto, fuera de sus reglas.

Por otro lado, esta escena continúa el tema de la comida y la bebida, presente en la escena anterior, a un nivel social más alto, en el banquete papal. Además, así como en la escena anterior Fausto se burla del lenguaje solemne de los rituales de la Iglesia, en esta escena, la invocación de Robin con un lenguaje absurdo puede leerse como una parodia del lenguaje solemne de los conjuros mágicos.

Acá podemos observar también una diferencia entre Robin y Fausto respecto de las motivaciones que los mueven a utilizar la magia. Las motivaciones de Robin son burdas desde el comienzo. Fausto parecía tener aspiraciones más elevadas al inicio, pero, con el uso que hace de la magia, vemos que, en efecto, sus intenciones carecen de integridad.

Finalmente, Mefisto, que en la escena anterior se mofa de las figuras de alto estatus social, en esta escena se muestra más aterrador, prometiendo convertir en animales a los personajes torpes e incultos.