La casa de los espíritus

La casa de los espíritus Resumen y Análisis Capítulo 9: La niña Alba y Capítulo 10: La época del estropicio

Resumen

Capítulo 9: La niña Alba

Amanda y Miguel abandonan la casa de la esquina poco tiempo después de que Blanca da a Luz.

Alba nace en La casa de la esquina y su infancia transcurre bajo la protección de toda su familia, que la ama incondicionalmente. Se trata de una niña sabia y vigorosa, que reúne características de todos sus familiares. Tiene los ojos ancianos de su padre, Pedro Tercero, y el pelo verde de Rosa, la primogénita del matrimonio Del Valle.

Clara predice que la vida de Alba estará llena de felicidad y que no tendrá problemas ni enfermedades. Desde su nacimiento, trata a la niña como si fuera una adulta y le enseña a leer a muy temprana edad. Alba demuestra una inteligencia prodigiosa: a los cinco años lee los tratados de medicina de su tío Jaime y este le da libre acceso a la biblioteca de su cuarto. Así, los pasatiempos de la niña incluyen la lectura de todo lo que encuentra en su camino, la exploración del sótano, lleno de maravillas como la piel de Barrabás y los libros del Tío Marcos, y la pintura de un gran mural en su cuarto, donde incluye a todos los personajes de su vida y a un sinfín de criaturas fantásticas que se inventa.

Durante esa época, Nicolás pasa un año desarrollando su espiritualidad en la India. Al regresar, apenas se alimenta y solo de vegetales, no utiliza ropa salvo por unos pañales de tela y predica las bondades del yoga, las prácticas de respiración para alcanzar el nirvana y otra serie de elementos desprendidos de la filosofía budista y del taoísmo. Alba toma entonces la costumbre de seguirlo por toda la casa para aprender de él cómo controlar las emociones y el dolor.

La niña es muy cercana también a su abuelo, a quien visita dos veces al año la estancia. A pesar de su corta edad, la niña suele hacer preguntas a Esteban Trueba sobre la administración de Las Tres Marías que ponen ya de manifiesto sus inquietudes por la igualdad y la justicia social. A pesar de esto, Esteban la ama como no ha amado a ninguno de sus hijos, y piensa que Alba será su heredera.

Poco antes de cumplir los siete años, Alba conoce casualmente a Esteban García, el nieto bastardo del viejo Trueba. Esteban García se presenta un día de fiesta en La casa de la Esquina y pide hablar con el patrón, pues tiene algo importante que decirle. Esteban está en el congreso y, como es día de fiesta, la casa está alborotada y llena de gente. Por eso, hacen esperar a Esteban García en la biblioteca de su abuelo. Allí lo encuentra Alba y se pone a hablar con él. Esteban García ha destacado en otras ocasiones por su crueldad y su sed de venganza. Al ver a la nieta de Esteban Trueba, que tiene todo lo que a él se le ha negado por ser un bastado, siente un profundo odio hacia la niña y, a su vez, un intenso deseo de estar más cerca de ella, de escucharla hablar y oler su piel.

Esta ambivalencia se prolonga en una situación cada vez más compleja: Alba descansa sobre las rodillas de Esteban, y este primero rodea el cuello de la niña con sus manos, dispuesto a ahorcarla hasta matarla, pero el deseo se lo impide y entonces mete sus manos debajo de la falda de la niña y las aproxima a su entrepierna. Alba se queda muda e inmóvil en esa situación; Esteban le toma una de sus pequeñas manos, la apoya sobre la erección que se percibe a través del pantalón y le pregunta si sabe lo que es eso. "Un pene" le contesta Alba, quien sabe de anatomía. Esto descoloca totalmente a Esteban, quien aparta a la niña de un empujón. En ese momento entra Esteban Trueba a la sala y Alba escapa de la situación.

Esteban García ha venido a pedirle una recomendación a su patrón –quien no lo reconoce como nieto suyo –para poder entrar al cuerpo de carabineros y obtener, además, una beca. Esteban acepta y escribe su carta, pensando que siempre es útil tener contactos dentro de la policía. Satisfecho de haber conseguido su propósito, Esteban García abandona La casa de la esquina.

Poco tiempo después de ese episodio, Clara presiente su muerte y se prepara. Deja de alimentarse salvo por leche y miel, suelta a los pájaros que cría en sus jaulas, comienza a oscurecer sus aposentos con pesados cortinajes y escribe cartas para despedirse de todos sus seres queridos. Luego se acuesta en la cama y pasa algunas semanas durmiendo cada vez más. Alba pasa todos esos días al lado de su abuela, a quien ama por sobre todo el resto. Jaime revisa a su madre junto a un profesor de la Facultad de Medicina, pero no encuentran ninguna enfermedad, aunque es evidente que la mujer está muriendo. Así se lo hacen saber a toda la familia. Al enterarse de eso, Esteban Trueba tiene un acceso de furia que deriva en un llanto doloroso. Alba trata de calmarlo, pues entiende mejor que nadie que la muerte solo es un cambio hacia otro modo de la existencia, y sabe que Clara sabrá comunicarse con ellos desde el más allá.

El día de su muerte, Clara despierta lúcida, encuentra a su nieta velando al lado de su cama y le pide que cuando muera se encargue de entregar las cartas que ha escrito y dejado bajo su cama. Alba le promete hacerlo, besa a su abuela y contempla cómo esta cierra los ojos definitivamente. Ese día Alba cumple los siete años.

Capítulo 10: la época del estropicio

Después de la muerte de Clara, la vida en La casa de la esquina comienza a marchitarse. Nadie parece ser capaz de encargarse de su mantenimiento, y la casa entra en una definitiva decadencia, hasta el punto de que sus habitantes terminan por usarla solo para comer y dormir, pero no se detienen allí.

Esteban Trueba no logra interesarse por el resto de su familia y se aleja definitivamente de sus hijos. Envía a Alba a una escuela inglesa, que solo le reporta sufrimiento al enjaular su espíritu libre, acostumbrado a la evasión de toda norma. Tampoco se preocupa por la casa ni por Las Tres Marías; todo su tiempo es absorbido por el club, su labor política y los negocios que sigue manteniendo. A pesar de ello, sigue entregando dinero a sus hijos, aunque lo que le da a su hija es demasiado poco como para hacerse cargo de la casa, por lo que Blanca comienza a endeudarse y vive prácticamente en la pobreza, tratando de mantener los restos de una casa que poco a poco entra en ruina.

Movido por la pena, Esteban Trueba diseña un mausoleo fabuloso para estar junto a Clara cuando muera. Al haber enviudado, comienza a recordar constantemente a Rosa, su primer amor, por lo que resuelve que tanto Rosa como Clara tienen que acompañarlo en su descanso final en el mausoleo que ha construido. No obstante, la familia Del Valle no le da permiso de reubicar los restos de Rosa, por lo que Esteban Trueba pide ayuda a Jaime y, juntos, profanan la tumba de Rosa, roban el cadáver y lo esconden en el mausoleo, asegurándose de no dejar rastros para no ser descubiertos por los Del Valle.

Por ese tiempo Nicolás funda su propia institución religioso-filosófica, con éxito rotundo. Cuando Esteban Trueba se entera, por medio de sus oponentes políticos, que se burlan de su hijo, contrata a un grupo de matones y destruye la institución de este. Este, como forma de protesta, conduce una movilización contra el congreso, se desnuda y se arroja al medio de la calle para detener el tránsito y pedir por la libertad religiosa en el país. Al verlo, Esteban sale del congreso para castigarlo, pero son tantos sus nervios que sufre un infarto.

Al reponerse, Esteban echa a su hijo de la casa, le da dinero y lo envía al extranjero, con la intención de no volver a verlo. Como se entera por medio de Blanca, quien se mantiene en contacto con su hermano, Nicolás funda otra secta en Estados Unidos y se hace rico con ella.

Paralelamente, Jaime sigue su labor humanitaria en los hospitales y los barrios pobres y ayuda también a su hermana y a su sobrina. Jaime sigue frecuentando a Pedro Tercero, que es su mejor amigo y se ha convertido en un cantante de protesta. Blanca también lo sigue frecuentando, y mantienen sus lazos como amantes. Por más que Pedro Tercero le insista en que se mude con él junto a Alba, Blanca prefiere sostener esa relación de amantes y no sacrificar su vida y las comodidades que puede brindar a Alba mudándose a la pequeña casita que Pedro tiene en los barrios de obreros. Alba también frecuenta a Pedro, que la lleva al cerro, y cantan y pasean juntos. Sin embargo, a ella nunca le cuentan la verdad sobre su padre. Así, años después, recibe la noticia de la muerte de Jean de Satigny y participa junto a Blanca en su funeral.

Los años pasan y Esteban Trueba mantiene el luto. Solo tiene dos amigos, que tratan de animarlo por todos los medios posibles. Un día lo invitan al Cristóbal Colón, el burdel donde se había encontrado una vez con Tránsito Soto, ahora convertido en una atracción turística multifacética. El viejo Trueba accede a realizar esa visita, aunque ya siente su carne cansada y no cree tener el vigor necesario para sostener relaciones sexuales.

Sin embargo, allí vuelve a encontrarse con Tránsito Soto, que ha desarrollado todas sus ambiciones con éxito: el Cristóbal Colón es ahora un hotel y un prostíbulo limpio, de renombre y gestionado por una cooperativa de putas y “maricones”. Con Tránsito Soto, Esteban recupera su virilidad y sostiene relaciones sexuales como en su juventud. Sin embargo, concluido el acto, se larga a llorar amargamente y no puede dejar de pensar en Clara y en lo solo que se siente. Tránsito Soto, acostumbrada a estos episodios, se retira y lo deja llorar todas sus penas.

Análisis

El capítulo 9 inaugura una nueva etapa en la saga familiar: la llegada de Alba. Como narración intergeneracional, la saga familiar suele estructurarse en torno a los personajes femeninos alrededor de los cuales se nuclea la familia; cada nueva generación de mujeres representa una actualización del argumento narrativo y, a su vez, una reelaboración de elementos presentes en las generaciones anteriores. Las cuatro mujeres que articulan la progresión generacional en La Casa de los Espíritus están conectadas por ser una línea directa de madres e hijas y por llevar todas nombres que son sinónimos del blanco: Nívea, Clara, Blanca y Alba. Todas ellas están atravesadas por las mismas luchas: el feminismo y la búsqueda de justicia social. Sin embargo, estos temas encarnan en cada una de forma particular, como ya se ha visto en los capítulos precedentes.

Existen, a su vez, otros elementos que caracterizan a cada eslabón femenino de la familia y los conectan entre sí. En el capítulo 1, mientras Rosa, la primogénita de Nívea, espera a su prometido, borda un enorme tapiz en el que representa todo tipo de criaturas fantásticas. Esta creación de seres mitológicos que se fusionan con animales ya conocidos y personajes humanos será retomada por Blanca, sobrina de Rosa e hija de Clara, quien en Las Tres Marías comienza a hacer pesebres fantásticos en arcilla. Clara nota esta conexión entre Blanca y Rosa, pero no se lo menciona a su hija. En la nueva generación, Alba repite el mismo gesto creador que su madre y su tía abuela: Cuando Clara le regala una caja de pinturas, Alba transforma las paredes de su cuarto en un enorme mural donde plasma, entre seres fabulosos, los eventos paradigmáticos de su vida; “A lo largo de los años, Alba fue llenando esa y las demás murallas de su dormitorio con un inmenso fresco, donde, en medio de una flora venusiana y una fauna imposible de bestias inventadas, como las que bordaba Rosa en su mantel y cocinaba Blanca en su horno de cerámica, aparecieron los deseos, los recuerdos, las tristezas y las alegrías de su niñez” (p. 285). Estas formas de representar el mundo subjetivo y ordenarlo en un relato son una herencia familiar que conecta a las diferentes generaciones de mujeres Del Valle.

Alba, por su parte, es el último eslabón en la cadena generacional que nos presenta la novela y, como tal, su persona sincretiza las diferentes características de toda su familia: en ella se fusionan el pelo verde de Rosa; los ojos viejos de su padre, Pedro Tercero; algunos rasgos físicos de su madre, Blanca; la conexión con los espíritus de su abuela, Clara; el interés por las filosofías orientales de su tío Nicolás, y la búsqueda de justicia social y la vocación de servicio de su tío Jaime. De quien no parece tener ningún rasgo heredado es de su abuelo Esteban Trueba, a quien ama con intensidad, aunque ideológicamente estén en polos opuestos.

Alba inaugura otro momento histórico de Chile: el auge de los movimientos sociales, la sindicalización de la vida laboral y el progreso del socialismo. En el panorama internacional, la Guerra Fría llega a sus puntos de máxima tensión. Como conflicto político y militar, la Guerra Fría enfrentó tras el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta 1989 al bloque occidental-capitalista (representado por Estados Unidos) contra el bloque oriental comunista (representado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Excepto por Cuba, los países latinoamericanos se alinearon al bloque occidental, y en ellos también se libró una batalla ideológica contra el avance del comunismo, que derivó, en muchas ocasiones, en conflictos internos armados. Si bien la Guerra Fría no se menciona directamente, la polarización del país y la lucha que los conservadores capitalistas sostienen contra el comunismo representado por los movimientos socialistas la referencian a lo largo de estos capítulos.

La misma polarización se vive en La casa de la esquina: Esteban Trueba es senador por el partido conservador y se transforma en el principal opositor del socialismo. Para él, el terror del marxismo amenaza Chile y hay que combatirlo por todos los medios necesarios para que no avance. En el otro extremo se coloca su hijo Jaime, quien incluso se ha quitado el apellido Trueba, para que sus colegas no lo emparenten con el senador de la derecha. Años más tarde, en la universidad, Alba va a usar también el apellido de su madre para que no la identifiquen como un miembro de la nobleza, ya que su apellido paterno es el del conde Satigny.

En esa época de cambio y de progresiva conexión con el resto del mundo, que va desde los años 50 hasta fines de los 60, Nicolás introduce al país filosofías orientales que, si bien en el texto no reciben nombres, podemos identificar con algunos preceptos budistas y taoístas. Predica el vegetarianismo, la purificación del cuerpo mediante la respiración controlada, la práctica del yoga, la meditación y el control de las emociones y los pensamientos. Alba se nutre de todos estos elementos, que ayudan a forjar en la niña una personalidad serena y resiliente.

En el capítulo 9 vuelve a aparecer Esteban García, el nieto bastardo de Trueba. Este personaje es el único antagonista puro de la novela: todas sus acciones están encaminadas a traer la ruina sobre la familia. Esteban García es nieto de Pancha, a quien Esteban Trueba ha violado en el capítulo 2. El muchacho ha crecido escuchando la historia de labios de su abuela y un odio implacable lo consume, pues debería ser él el heredero de la fortuna de Esteban Trueba.

En Esteban García encarnan solo elementos negativos: se trata de un joven sádico y cruel, que de pequeño se entretenía pinchando los ojos a los animales y que aprovecha cada ocasión que se le presenta para hacer el mal. Así ha obrado, por ejemplo, cuando le reveló a Esteban Trueba el paradero de Pedro Tercero. Hay una fatalidad en torno a este personaje: es el producto de la violencia que Esteban Trueba ha ejercido sobre las campesinas, en él se acumulan el dolor y el odio de todas aquellas mujeres violadas por el patrón y, como artefacto narrativo, se transforma en el vehículo de la venganza que le hará pagar a Esteban Trueba sus excesos con la misma moneda. Por eso las apariciones de Esteban García son esporádicas, prácticamente casuales, y tienen la función de anunciar y desencadenar las tragedias. Como nieto bastardo de Trueba, el principal blanco de su odio será Alba, la nieta legítima.

Cuando Esteban García viaja a la capital para solicitar una recomendación del senador Trueba y se encuentra a solas con la pequeña Alba, de 6 años, todo su ser se revuelve y se tensiona en dos polos opuestos: la niña lo atrae y lo seduce, quiere escucharla hablar, sentirla y poseerla, pero al mismo tiempo desea hacerla sufrir hasta matarla. En la escena de la biblioteca, estas ambigüedades se resuelven en el abuso físico que comienza a ejercer sobre Alba y que debe interrumpir por la llegada del abuelo. La violación interrumpida pesa en la psicología de Esteban García, quien buscará la ocasión de poder acercarse otra vez a ella. Además de tratarse de una forma de ejercer el poder con violencia, el abuso sexual en este caso aparece atravesado por la idea de revancha que se transmite de generación en generación: el castigo sobre la nieta en realidad es el castigo que corresponde a su abuelo, y es la mejor forma de hacérselo pagar, puesto que Esteban Trueba ama con locura a Alba.

Al poco tiempo de ese hecho, cuando Alba cumple los 7 años, Clara muere. En verdad, su muerte se plantea como un cambio de estado: Clara abandona su cuerpo físico y trasciende como espíritu. Para ello, se prepara lentamente, transformando la muerte en un ritual de paso lleno de gestos simbólicos: “parecía irse desprendiendo del mundo, cada vez más ligera, más transparente, más alada” (p. 304). Primero abre las jaulas y deja que todos los pájaros emprendan vuelo como símbolo inequívoco de la ruptura de las ataduras materiales; luego se despide de la luz, oscureciendo su habitación con pesados cortinajes y, sumida en la penumbra, se acuesta a dormir cada vez más, hasta el día en que se completa el proceso y deja de respirar. Alba es la única que no la llora, pues comprende mejor que nadie que ahora su abuela la acompañará siempre, más allá de las restricciones de la carne.

La muerte de Clara representa el final definitivo de una época, no sólo para la familia Trueba/Del Valle sino para todo Chile. Es el cambio propiciado por el progreso, el avance tecnológico y las nuevas estructuras socioculturales. El país abandona su conexión mística con la tierra para abrazar la industrialización y los procesos de globalización que lo empujan hacia el posmodernismo (el teléfono, la radio, la televisión posteriormente). En el apogeo de una nueva conectividad y de las nuevas sensibilidades sociales, La casa de la esquina comienza su lento declinar. Los jardines se marchitan, los muros se agrietan, las habitaciones se van cerrando con llave y se sumen en el olvido, los sirvientes abandonan la casa y ni siquiera la comida vuelve a ser la misma. Esteban Trueba está absorbido por la política y evita pasar mucho tiempo en la casa, y sus hijos tampoco están preocupados por su administración.

Como un ser vivo, la casa envejece vertiginosamente y se precipita a la ruina. Es tan importante esta transición, que la narradora dedica más de dos páginas a su descripción.

Los temblores de tierra, los portazos y el bastón de Esteban Trueba abrieron grietas en las murallas y astillaron las puertas, se soltaron las persianas de los goznes y nadie tomó la iniciativa de repararlas. Empezaron a gotear las llaves, a filtrarse las cañerías, a romperse las tejas, a aparecer manchas verdosas de humedad en los muros. Sólo el cuarto tapizado de seda azul de Clara permaneció intacto. En su interior quedaron los muebles de madera rubia, dos vestidos de algodón blanco, la jaula vacía del canario, la cesta con tejidos inconclusos, sus barajas mágicas, la mesa de tres patas y las rumas de cuadernos donde anotó la vida durante cincuenta años…” (p.312)

Lo único en la casa que no es corruptible es el cuarto de Clara. Al igual que su recuerdo y su espíritu, el paso del tiempo no lo afecta, y es uno de los últimos elementos de la novela en los que se manifiesta lo real maravilloso.

En toda saga familiar existe una figura que oficia a modo de núcleo constelador: en torno a su presencia se articulan las vidas de los demás personajes. Clara fue este núcleo familiar: la única capaz de doblegar a Esteban Trueba, quien dio el esplendor extravagante a la casa y la transformó en morada de tantos espíritus y personajes famosos, como El Poeta, una ficcionalización de Pablo Neruda. Por eso, su muerte pone fin a un mundo, a una serie de estructuras que no pueden mantenerse en su ausencia. Sin Clara, la familia se desarticula. Jaime y Nicolás dejan de hablarse, Blanca no interviene en los asuntos de sus hermanos y Esteban Trueba evita a sus hijos. El único elemento que sigue conectándolos, de algún modo, a todos es Alba.

En los años siguientes Blanca retoma su relación con Pedro Tercero, quien se ha convertido en un cantante de protesta famoso y muy querido por la clase trabajadora. Pedro Tercero vive en los barrios pobres, y sus encuentros con Blanca suelen ser en un hotel, hasta que ella lo convence de que se mude a un departamento en el centro de la ciudad. Pedro Tercero accede y vive entonces según los usos y costumbres de la clase media, que representa un bajo porcentaje de la población chilena, polarizada entre ricos y pobres. En ese departamento las visitas de Blanca se dan con más regularidad, pero ella no acepta las propuestas de matrimonio que le hace Pedro, y se mantiene como una mujer soltera de clase alta. Como se ha explicado en los capítulos anteriores, Blanca no logra romper con las estructuras sociales heredadas y no renuncia a sus privilegios. El amor que siente hacia Pedro Tercero no es suficiente para producir su descenso social. Así, el ideal del amor como una fuerza que puede romper las barreras sociales no se concreta, y la relación se reviste del sabor amargo del fracaso.

Blanca tampoco le permite a Pedro Tercero que revele a Alba su paternidad: lleva a la niña a pasear con su padre, a quien presenta como un amigo, deja que este la vea periódicamente y que se establezca entre ellos un vínculo de mucho afecto, pero les niega la posibilidad de disfrutarse mutuamente como padre e hija. Blanca ama a su hija incondicionalmente, y tiene como prurito su protección: prefiere sacrificar su bienestar para asegurarse una fortuna que le permita criar a su hija con todos los privilegios que ella misma ha gozado.