Nuestra parte de noche

Nuestra parte de noche Resumen y Análisis Círculos de tiza, 1960-1976 (Parte III); El pozo de Zañartú, por Olga Gallardo, 1993

Resumen

Círculos de tiza, 1960-1976 – Parte III

En esta parte del capítulo, Rosario se encuentra junto a Juan, Stephen, Tali y Gaspar en Puerto Reyes. Gaspar es un bebé de dos años. Juan se está recuperando del último Ceremonial.

Rosario comienza repasando algunas cosas de esos meses. Juan y Stephen quieren encontrar una nueva puerta hacia el Otro Lugar, pero no saben dónde buscar. Stephen sugiere que deberían buscar en Buenos Aires, cerca del hospital en el que Juan fue operado por primera vez. Entonces viajan allí con con frecuencia, bajo cualquier pretexto.

Mientras, Florence comienza a monitorear a Gaspar dos veces por año. Rosario y Juan discuten bastante sobre lo que deben hacer con su hijo. Él pretende anularlo si se manifiesta. Por el contrario, ella dice que Gaspar tiene derecho a ser de la Orden si así lo desea. Afirma que ella también tiene poder, y que en la Orden no van a hacer cualquier cosa con su hijo.

Luego, Rosario repasa rápidamente la época en la que estuvo embarazada. Afirma que ese tiempo fue sencillo y luminoso. Estaba llena de energía. Por esos días, junto a Tali, Betty y Eduardo, consiguen que la empresa yerbatera de los Bradford comience a pagarles a sus jornaleros.

Después de este repaso general, Rosario narra el momento en el que Florence, Mercedes y Anne Clarke la convocan para contarle que la Oscuridad finalmente dictó lo que deben hacer con la conciencia de Juan: trasladarla al cuerpo de Gaspar. Ya conocen, incluso, los detalles de cómo llevar a cabo el Rito. Ahora ya no importa si Gaspar se manifiesta como médium. Su cuerpo servirá al de su padre. Según el dictado de la Oscuridad, para realizar el Rito deben esperar a que Gaspar tenga doce años. Rosario se angustia terriblemente. Cuenta que cuando nació Gaspar, ella no sintió ese amor desbordante que se supone que sienten las madres. Sin embargo, una vez pensó que su hijo se estaba muriendo y entonces advirtió que lo amaba y que después de la muerte de un hijo no vale la pena vivir.

Antes de contarle a Juan lo que planea hacer la Orden, Rosario le pide a Tali que se lleve a Gaspar a Corrientes. Dice que Juan es capaz de matarla a ella y a su hijo. Rosario y Juan tienen una gran discusión. Ella no ve con malos ojos que él transmigre al cuerpo de su hijo llegado el momento. Juan está totalmente en desacuerdo. Después de esta discusión, Juan desaparece por unos días. Mercedes le pega a Rosario porque envió lejos a Gaspar, y Florence le advierte que nunca podrán escapar de la Orden. Tienen muchos empleados y, además, la policía trabaja para ellos.

Juan regresa unos días después. Le dice a Rosario que necesita encontrar en el Otro Lugar un sello para mantener a Gaspar lejos de la Orden. El problema es que la puerta que conducía al Otro Lugar en Londres se cerró definitivamente.

En el año 1976, Betty llega a la casa de Puerto Reyes escapando por la selva misionera junto a su hija Adela. Ambas se encontraban con una organización guerrillera que fue atacada por el ejército. El 24 de marzo de ese año, el golpe de Estado militar se decreta. Mientras Betty y Rosario lloran por la situación política de la Argentina, los padres de Rosario festejan.

A los pocos meses de la llegada de Betty hay un Ceremonial. Rosario le ordena a su prima que se quede encerrada, ya que no es una Iniciada. Sin embargo, Betty se rebela y asiste al Ceremonial. La Oscuridad, invocada por Juan, le corta un brazo a la pequeña Adela. Su madre entra en shock. Mercedes, Florence y Anne celebran: Adela es la niña más pequeña que haya tocado alguna vez la Oscuridad. La llaman el “milagro negro”.

Betty se queda en Puerto Reyes junto a Rosario. La Orden la protegerá de la dictadura argentina. Eso sí: a partir de entonces, Betty y Adela deberán vivir cerca de Juan y Gaspar.

Finalmente, en uno de sus viajes a Buenos Aires, Juan y Stephen encuentran un portal hacia el Otro Lugar. Juan vuelve de ese viaje con su hermano Luis, quien debe exiliarse del país. Sabe que, si se queda, lo matarán por haber militado como sindicalista. Luis no está de acuerdo con la lucha armada. Rosario lo cruza a Paraguay. Es peligroso, pero ella, al ser de la familia Bradford, es respetada por los militares.

Finalmente, Juan y Rosario deciden mudarse a Buenos Aires, cerca del nuevo portal hacia el Otro Lugar.

El pozo de Zañartú, por Olga Gallardo, 1993

Este capítulo es una crónica periodística, realizada en primera persona por Olga Gallardo. Está ambientada en Zañartú, provincia de Misiones. Olga ha ido allí a cubrir la excavación de los terrenos aledaños de la Casita de Zañartú, el destacamento de subprefectura que fue utilizado como centro clandestino de detención de la zona durante la dictadura militar. En las excavaciones encontraron una fosa común de veinticinco metros de profundidad. Hasta el momento, solo excavaron diez metros y ya hallaron treinta cadáveres. Ahora siguen excavando, mientras intentan identificar a quiénes pertenecen dichos cadáveres.

Olga Gallardo afirma que son pocos los periodistas que se encuentran allí, y que la mayoría son de medios independientes. Según ella, el pozo de Zañartú no es un tema que venda diarios, porque el enfrentamiento entre el EL (Ejército de Liberación) y el ejército argentino tuvo poca resonancia. La cronista repasa la historia de este conflicto. El EL se instala en Zañartú y alrededores en la década de 1970. Intenta concientizar a los trabajadores explotados de la industria yerbatera y mejorar las condiciones de vida de la población mbya-guaraní. Logran cierta prédica entre los tareferos de la provincia, sobre todo los empleados de la empresa Isondú, propiedad de la familia Reyes Bradford. Olga Gallardo aclara que, al momento de escribir su crónica, el 70% de los tareferos sigue trabajando en condiciones de esclavitud.

El ataque del ejército argentino al EL se denomina “Operación Itatí”. El ejército, favorecido por su connivencia con las empresas yerbateras, elimina al EL en una semana de combate. Gallardo afirma que el EL tenía solamente veintidós miembros en la selva. Eso quiere decir que el ejército usó ese pozo como cementerio clandestino de todas sus víctimas de la zona. Es probable que muchos de los cadáveres que están allí pertenezcan a trabajadores de la yerba.

En la siguiente sección de la crónica, Gallardo se enfoca en la historia de una mujer que combatía en el EL y aún se encuentra desaparecida: Liliana Falco. La particularidad de esta mujer es que se encontraba en la selva misionera con su pequeña bebé. Según uno de los testimonios, el marido de ella y padre de la beba, Eduardo, fue asesinado en la Operación Itatí. Olga Gallardo dice: “No hay ningún detenido ni lo habrá, porque en el país rigen las leyes del perdón para las Fuerzas Armadas. Las víctimas tendrán identificación, pero no tendrán justicia” (p. 399).

Antes de volver a Buenos Aires, Olga Gallardo pasa por el pueblo vecino de Totora, en donde, según le dijeron, hay varios familiares esperando saber si algún cadáver identificado corresponde a sus seres queridos desaparecidos. En Totora, Gallardo ve a una mujer que le llama la atención. Cree que es la madre de una niña que desapareció misteriosamente diez años atrás en una casa abandonada en Buenos Aires. La reconoce de haberla visto en la televisión. La mujer le dice que está allí por su pareja, Eduardo. Ambos eran militantes del EL. Se llama Beatriz Bradford, pero su nombre de guerra era Liliana Falco: “Solo mi pareja sabía mi verdadera identidad y también nuestro jefe operativo, porque parte del plan, que fracasó, era secuestrar a alguien de mi familia para financiarnos. Mi familia, usted sabrá, es inmensamente rica. Son también unos terribles hijos de puta, cómplices de la dictadura, usaron sus medios y sus influencias para ayudar a desaparecer cuerpos” (p. 407). Beatriz confirma las sospechas de Olga. Ella es la madre de Adela, la niña que ha desaparecido en Buenos Aires.

Luego, Beatriz (que está sumamente borracha) le cuenta a Olga parte de lo que ha sucedido con Adela. La historia es inconexa, y Beatriz pierde el hilo una y otra vez. Entre otras cosas, le dice que su hija perdió brazo en la casa de su tía, Mercedes Bradford; que Rosario le advirtió que no debía salir durante la ceremonia; que hay algo en la selva, oscuro y voraz, que su familia venera desde hace siglos, y que eso le comió el brazo a su hija; que Juan entregó a su hija para salvar a su propio hijo, Gaspar; que alguien tiene que decirle a Gaspar que él es como Juan. Finalmente, le pide a Olga que le cuente a Gaspar todo esto, aunque sabe que Juan marcó a su hijo y que nadie lo puede encontrar.

De regreso en Buenos Aires, Olga investiga sobre el caso de Adela. Intenta comunicarse con la familia de Beatriz, pero de inmediato recibe la llamada de un abogado instándola a abandonar el “acoso” o, caso contrario, la denunciarán. Olga consigue que la familia de Pablo Fonzi le dé la dirección de la casa de Gaspar.

Entonces comienzan a pasar cosas extrañas. En primer lugar, Olga no puede llegar a la casa de Gaspar. No es que no encuentre la dirección, sino que es como si la cuadra en donde se encuentra la casa desapareciera cuando ella está por llegar. Incluso intenta ir con un vecino de la zona, y ambos terminan perdidos. Lo intenta tres veces. Luego, es interceptada por un mendigo que le dice: “No va a llegar a él. No puede interferir. Déjelo” (p. 418). Temiendo por su vida y la de su hija, Olga abandona la crónica.

Análisis

Tanto en la tercera parte de “Círculos de tiza” como en “El pozo de Zañartú”, el contexto político argentino vuelve a tener una gran importancia. La dictadura vuelve a entretejerse con la trama de la novela de diversas formas, sobre todo a partir de la figura de Betty.

La última parte de “Círculos de tiza” está situada en Puerto Reyes en 1976, año en que la dictadura argentina toma el poder. Rosario cuenta que ese 24 de marzo, mientras ella lloraba junto a Betty por la noticia del golpe militar, el resto de su familia festejaba. Esta reacción diametralmente opuesta obedece a la ideología de los personajes. Como ya hemos visto, los Bradford, Mathers y Reyes son en su mayoría de extrema derecha. En oposición, Rosario y Betty son de izquierda. Betty, de hecho, es una militante de la guerrilla armada que, casualmente, se encontraba con su agrupación en la selva misionera.

Aquí hay algo muy interesante. Betty llega escapando con Adela en brazos a Puerto Reyes antes de que los militares decreten el golpe de Estado. Es decir, el enfrentamiento entre su grupo y el ejército argentino no sucede durante la dictadura. Cabe hacer entonces una aclaración en relación con el contexto histórico: la persecución feroz a las agrupaciones armadas de izquierda comienza en 1973, tres años antes del golpe de Estado militar, con la creación de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), un ejército paramilitar de ultraderecha.

Es importante destacar que las diferentes fuerzas guerrilleras de izquierda comienzan a operar en Argentina a partir de 1966. El número estimado de víctimas de las actividades guerrilleras de izquierda entre ese año y 1976 es de 1500. En su mayoría, estas víctimas son policías o militares. Algunos historiadores han afirmado que la lucha que se libra en la dictadura entre las guerrillas de izquierda y el ejército argentino fue una guerra. Sin embargo, existe un consenso en relación con esto, y un repudio general a dicho análisis. El ejército argentino utilizó los recursos del Estado para establecer una violación sistemática de los derechos humanos, que fue mucho más allá de la aniquilación de los guerrilleros (buena parte de ellos, de hecho, ya habían sido asesinados o se habían exiliado cuando comenzó la dictadura). Es decir, no fue un enfrentamiento entre dos ejércitos, sino una masacre ideada y perpetrada por el Estado.

Ahora bien, al día de hoy también existe una mirada crítica en torno al proceder de la guerrilla. La lucha armada no solo no condujo a la obtención del poder popular, sino que terminó generando una gran cantidad de muertos (sobre todo de militantes). Las guerrillas no contaban con el poder de fuego ni el entrenamiento militar necesario para enfrentarse al ejército argentino. Por otro lado, la acción armada de la guerrilla también afectó a personas que nada tenían que ver con el conflicto. En varias ocasiones, los familiares de los objetivos de los atentados también murieron o resultaron gravemente heridos.

Este debate entre aquellos que afirman que la lucha armada era el único camino posible para combatir a la AAA y, luego, a la dictadura, y los que están en contra de la misma sigue vigente. La novela lo pone en escena a través del personaje de Luis. El hermano de Juan es un sindicalista que, como gran parte de los militantes y defensores de los derechos de los trabajadores, sabe que su vida corre riesgo desde el momento en que asumen los militares. A diferencia de Betty y Eduardo, Luis no cree en la lucha armada y decide exiliarse. En varias ocasiones, este personaje es cuestionado por su proceder. Este diálogo entre Rosario y Luis es representativo al respecto:

–¿Tu mujer no te pudo sacar?

–Ella cree que soy un cagón porque no estoy de acuerdo con la lucha armada. Se fue sola. Si me reúno con ella, veremos qué pasa, no sé si me va a aceptar, espero que sí.

–¿Y sos? ¿Un cobarde?

–Ahora que nos están matando, no tiene importancia. Desde el punto de vista de ella soy un cobarde, pero sigo creyendo que está equivocada” (pp. 390).

Rosario es quien ayuda a Luis a salir del país a través de la frontera con Paraguay. Aquí vuelve a evidenciarse la buena relación entre los Bradford y la dictadura militar, aunque, esta vez, la misma sirve para salvar una vida inocente. Dice Rosario: “Me dejarían pasar. La hija del yerbatero. La hija de los poderosos. Los guardias de frontera tenían arreglos con mi padre. En Foz, Luis podía tomarse cualquier transporte o alquilar un auto” (p. 393).

Las buenas relaciones entre los Bradford y la dictadura también servirán para salvar las vidas de Betty y Adela. Esta protección trae un beneficio para la Orden: la pérdida del brazo de Adela a manos de la Oscuridad convirtió a la pequeña hija de Betty en un ser sagrado, que utilizarán para potenciar a Gaspar en el futuro. En definitiva, la Orden salva a Betty y a Adela de la dictadura, pero se las apropia. Adela, de hecho, se puede considerar una desaparecida de la Orden.

En relación con la historia de la unidad guerrillera de Betty, cabe aclarar que esta es absolutamente ficticia. El Ejército de Liberación no existió. Sin embargo, durante la dictadura argentina sí existieron agrupaciones guerrilleras que se instalaron en la selva misionera (fundamentalmente, el M.A.M.), como así también existieron centros clandestinos de detención. De hecho, los más importantes se llaman “La Casita de Mártires” y “La Casita de Rowing”. No es casual que Enríquez le haya puesto el nombre de "La Casita de Zañartú" al centro de detención en donde se encuentra el pozo.

Por otra parte, la historia del pozo de Zañartú tiene una gran semejanza con la del Pozo del Infierno, una fosa hallada en Tucumán, noroeste de Argentina, de treinta y tres metros de profundidad, en la que se encontraron ciento cuarenta cadáveres. La historia verídica de esta fosa está llena de elementos que parecen extraídos de una novela de terror: cuerpos pudriéndose debajo de la tierra, apilados unos sobre otros, en un pozo al que no se puede acceder por falta de aire e iluminación. Enríquez, entonces, parece tomarlo y volverlo parte de su novela. Una de las premisas del terror gótico latinoamericano es que el horror en este continente no es una invención ficticia, sino una realidad, y este ejemplo lo demuestra a la perfección.

Detengámonos ahora en la frase de Olga Gallardo acerca de que los culpables de estos crímenes de lesa humanidad no tendrán castigo alguno. Esta es una referencia a la denominada Ley de Obediencia Debida, sancionada por el gobierno de Raúl Alfonsín en 1987. Esta ley dispone que aquellos miembros de las Fuerzas Armadas cuyo grado estuviera por debajo del grado de coronel no son punibles por los crímenes cometidos durante la dictadura, pues se toma como válida la presunción de que estos subordinados se limitaron a obedecer las órdenes de sus superiores.

Además de estas referencias a la dictadura argentina, hay una cuestión sociopolítica que aparece varias veces a lo largo de la novela: las paupérrimas condiciones de trabajo de los tareferos (trabajadores de la yerba). En el primer y el segundo capítulo de la novela se afirma que los tareferos que trabajan en la empresa de los Reyes-Bradford viven en condiciones de esclavitud. Eso mismo es retomado por Rosario en este cuarto capítulo, y reafirmado por Olga Gallardo en el quinto. Incluso, ella afirma que, en 1993, un 70% de los tareferos aún sigue trabajando en condiciones de esclavitud. Aquí, nuevamente, Enríquez incorpora una problemática sociopolítica de la Argentina a su novela. Lamentablemente, en este punto, la obra es sumamente fiel a la realidad. A lo largo de la historia, la industria yerbatera se ha caracterizado por mantener a sus trabajadores en condiciones inhumanas. La mejora de las condiciones de trabajo, que a lo largo del siglo XX obtuvo gran parte de los trabajadores de otras ramas, no impactó del mismo modo en los tareferos. De hecho, según las estadísticas del 2021, el 50% de los tareferos comienza a trabajar entre los cinco y los trece años, el 16% de los tareferos no asiste a la escuela, y el 100% vive en condiciones de pobreza. En relación con la historia de los tareferos, cabe destacar los libros Lo que son los yerbales, de Rafael Barret, e Hijo de hombre, de Augusto Roa Bastos. Por su parte, el documental Tareferos, de Claudio Altamirano, brinda un claro panorama sobre la situación actual de estos trabajadores.

Para terminar este análisis, detengámonos en otro tema que aparece en la última parte de “Círculos de tiza”: la maternidad. Tal como sucede con el amor parental o de parejas, el amor maternal tampoco aparece idealizado en Nuestra parte de noche. Rosario afirma no haber sentido ese amor desbordante e inmediato que supuestamente sienten las mujeres por sus bebés. Por el contrario, su amor hacia Gaspar aparece como una construcción que nace a partir de la interacción. Al ver a Gaspar al borde de la muerte, Rosario comprende que la vida de ese ser humano depende de su cuidado, y eso es lo que despierta en ella gran devoción por su hijo. No es un amor mágico o divino, sino un deber que se construye, una responsabilidad.