Formas de volver a casa

Formas de volver a casa Resumen y Análisis Capítulo 3: La literatura de los hijos (Parte 2: pp.110-141)

Resumen

Una noche, Claudia le pide al narrador quedarse en su casa porque se ha peleado con su hermana, ya que esta no quiere vender la casa, a pesar de que Claudia cree que eso le haría mejor, porque no es buena tanta proximidad con el pasado doloroso. Esa noche tienen relaciones sexuales y ella se queda allí unos días, en los que hablan recurrentemente del pasado. Ella recuerda que de niña no la dejaban ni tampoco se animaba a hacer preguntas y, aunque sabía que sucedían cosas raras y tristes, ella no se animaba a preguntar, porque enseguida la callaban. Recién en la década de los noventa pudo comenzar a hacerles preguntas a sus padres; los obligaba a recordar, como buscando su propio lugar en esa historia. Sin embargo, dice Claudia, no preguntaba para saber sino para llenar un vacío.

En otra oportunidad, recuerda el día de 1984 en que su madre le anunció que su padre pasaría a la clandestinidad: como era niña, le dijo que a la gente buena a veces la perseguían por sus ideas, por pensar distinto, y por eso por un tiempo no podrían llamar a Roberto “papá” sino “Raúl”. Pero en 1988 el partido decidió, con miras al plebiscito, que recuperara su identidad, porque necesitaban militantes comprometidos públicamente, así que su padre viajó a Buenos Aires como Raúl y regresó a Chile como Roberto otra vez. Claudia recuerda haberlo ido a buscar al aeropuerto y ver las familias que se reencontraban con sus familiares exiliados. Cuando el narrador le dice que su historia es terrible ella le responde que no es así, que hubo dolor pero que no hay que olvidar que otros sufrieron más. Entonces él recuerda otras historias de compañeros y se siente tonto porque todo lo que él puede contar es intrascendente.

Una tarde, él y Claudia caminan por la ciudad y pasan por el Estadio Nacional, el mayor centro de detención de la dictadura. Él admite que para él, de chico, no era más que una cancha de fútbol, un lugar de recuerdos felices. Claudia le cuenta que ella también guarda recuerdos alegres del estadio, como la vez que en 1977 sus padres, luego de rehusarse, la llevaron allí a ver un espectáculo del comediante mexicano Chespirito. Muchos años después, Claudia supo que para ellos había sido un suplicio hacerlo, porque en todo el espectáculo no habían podido dejar de pensar en los muertos.

Pasan los días y el narrador siente deseos de que Claudia no vuelva a EEUU y se quede con él, pero enseguida comprende que no es amistad lo que nos une, ni tampoco amor, sino el deseo de recuperar y coleccionar los recuerdos y las escenas descartadas de los personajes secundarios. En ese sentido, una tarde Claudia le propone volver a Maipú y conocer a sus padres; él no cree que sea una buena idea pero acepta. Allí visitan primero la casa donde vivía ella y luego van a la del narrador, donde este se sorprende de ver allí un mueble nuevo con libros, algo inusual en esa casa. Su padre menciona que ha habido unos robos y opina sobre la necesidad de reforzar el sistema penitenciario. Ante eso, el narrador se pregunta cuándo su padre cambió tanto, aunque luego entiende que quizás siempre fue así. Por rebeldía, se empeña en contrariarlo inventando una anécdota en la que robó muchos libros. De pronto, Claudia dice que le duele la cabeza y el narrador la lleva a recostarse a la que era su habitación. Allí, ella le dice que no quiere irse, que siente que es necesario pasar la noche allí, y luego le pide que la deje sola unas horas. Él vuelve, desconcertado, al living con sus padres.

En la cena, el narrador les pregunta si se acuerdan de Raúl, y su padre recuerda de él que se rumoreaba que era socialista o comunista. Cuando el narrador lo compara con su abuelo, el padre le dice que el abuelo no era comunista sino solo un obrero, y que en cambio seguramente Raúl debía ser más peligroso, uno de los tantos que se habían beneficiado con los gobiernos corruptos de la Concertación. Sin embargo, dice, si por suerte gana Piñera a esos se les va a acabar la fiesta. Entonces el padre finalmente se atreve a decir lo que el narrador no piensa tolerar: que a Chile le falta un poco de orden y que Pinochet fue un dictador y mató gente pero al menos durante ese tiempo había orden. Su madre matiza un poco esa percepción para evitar un conflicto, pero el narrador le pregunta a su padre si durante esos años era pinochetista, pregunta que ha repetido en varias oportunidades pero aquel se ha negado a admitir. Esta vez, sin embargo, responde y dice que no era pinochetista, porque de niño le habían enseñado que nadie lo iba a salvar en la vida. Un rato más tarde, el narrador les confiesa, como si buscara algo, que Claudia es la hija de Raúl y ha tenido una historia dolorosa, pero su padre le dice que esa historia ya pasó porque los padres de Claudia no murieron por razones políticas y le dice, como subestimando la historia, que escriba una linda novela sobre eso. Para provocarlo, el narrador responde que escribirá una novela sobre sus padres, pero en su interior se juzga de una vez más sentirse el hijo que recrimina a sus padres.

El narrador y Claudia se quedan a pasar la noche allí y de madrugada él se levanta y se encuentra a su madre en la cocina. Ella le confiesa que le daba miedo Raúl, porque intuía que estaba metido en política y ahora lo confirmaba sabiendo que había sido uno de esos terroristas que planeaban atentados. Él le dice que ella y su padre también estaban metidos en política, porque al no participar estaban de alguna manera apoyando la dictadura, y defiende a Raúl diciendo que no era terrorista sino que ayudaba a gente que corría peligro, lo cual era una lucha necesaria para derribar a una dictadura. Ella desautoriza sus dichos diciendo que él ni siquiera existía cuando gobernaba Allende, pero enseguida cambian de tema y su madre le pregunta por la escritora Guelfenbein y vuelve a repetirse la escena del capítulo anterior, en que el hijo se sorprende de que su madre se identifique con otra clase social, a pesar de que en su interior piensa que no debería enrostrar a sus padres el pasado ni cuestionar su libertad a opinar sobre libros o política. Su madre le retruca diciéndole que Claudia tampoco es de su clase social sino más refinada que él; incluso él mismo parece más refinado que sus padres, aunque eso se debe a que él se fue muy temprano de casa, y se repite la escena en la que su madre dice que eso fue para mejor.

Al día siguiente, al despedirse de sus padres, el narrador los siente como sobrevivientes de un mundo perdido e imposible. El regreso a casa para él y Claudia es un alivio, como si volvieran de una guerra, como si fueran desertores, o como si fueran turistas ajenos a ese mundo, aunque saben que hay algo de inocencia y a la vez de culpa en ellos, la sensación de haber presenciado un crimen que no cometieron. Ellos dos nunca llegan a hablar con sinceridad sobre ese viaje a Maipú. Claudia evade sus preguntas, hasta que un día le confiesa que quiere volver a Estados Unidos porque desea una vida normal, una vida con paseos por el parque, y él interpreta que ella necesita una vida propia en la que no sea hija ni hermana de nadie. Él le dice que al menos en ese viaje ella ha recuperado su pasado. Ella responde que no está segura de eso, pero por lo menos ha tenido la oportunidad de contárselo a alguien. Agrega que para ella ese viaje a la infancia era necesario, pero a la vez sabe que deben dejar de actuar como adolescentes y no engañarse más: en realidad, él la ha escuchado solamente porque quería verla y, en suma, a pesar de que a ambos les importe la historia del otro, cada uno está interesado en su propia historia. Él siente que ella es dura e injusta, y le dice que entiende que quiera irse de un país como Chile en donde está por gobernar el dueño de un fundo, pero ella dice que no es por eso que se va. Finalmente, Claudia se va del país y el narrador dice que desde su partida comienza a escribir el libro cuyas páginas acabamos de leer.

Análisis

En esta parte del capítulo, Claudia y el narrador adquieren una cercanía que será determinante para la empresa de aquel. Tanto es así que cuando él piensa en el apego que tiene hacia ella, se da cuenta de que no es amor ni amistad lo que los une, sino “amor al recuerdo (...) el deseo de recuperar las escenas de los personajes secundarios” (122). Hay una necesidad generacional en ese vínculo de recuperar el pasado, asociada al deseo identitario que menciona Claudia de decir “yo”.

La historia sobre la vida de Claudia y de su familia durante la dictadura es registrada por el narrador en el libro que escribe, porque esa historia es una forma de confrontar con la versión oficial que le llegó a él a través de los adultos, de sus padres. En el vínculo con ellos, sobre el que reflexiona a lo largo de la novela, el narrador deja entrever una serie de preguntas sin respuesta, dudas que arrastra desde la infancia. Hay una herida al respecto, porque su vínculo con los padres está signado por la falta de explicaciones.

En este sentido, Claudia le cuenta una experiencia similar: antes de la restitución de la democracia, a ella no le permitían tampoco hacer preguntas; una vez más, el silencio y el secreto es una marca de estas infancias. Sin embargo, en los noventa, con la partida de Pinochet, ella pudo empezar a hacer esas preguntas: “me sentaba durante horas a hablar con mis padres, les preguntaba detalles, los obligaba a recordar, y repetía luego esos recuerdos como si fueran propios” (115). La forma insistente que asumen esas preguntas da cuenta de que no es mera curiosidad, sino necesidad de completar sentidos de su infancia que han quedado vacíos, ya sea por olvido o por el silencio que regía. El narrador, identificado generacionalmente con esa necesidad, comprende que Claudia “de una forma terrible y secreta, buscaba su lugar en esa historia” (115).

Otro tanto sucede cuando comparten sus anécdotas sobre el Estadio Nacional. El narrador, desde su percepción adulta, se avergüenza de su impresión de niño: “El mayor centro de detención de 1973 fue siempre, para mí, nada más que una cancha de fútbol” (119). Claudia le dice que ella también tenía esa impresión, pero que años más tarde sus padres le contaron de los horrores que allí se habían vivido. Esa explicación es la que al narrador le falta y la que va a intentar obtener a través de preguntas a sus padres. En este capítulo, el narrador escribe la escena en la que se atreve a exigir esas respuestas.

En esa dirección es que el narrador y Claudia visitan la casa de los padres de él en Maipú. Es ella la que incita ese nuevo regreso a casa y, si bien él no comparte las ganas, esa visita resultará reveladora para él y logrará algunos avances en el vínculo con sus padres. En los diálogos que mantiene con ellos se evidencia la transformación y el crecimiento del protagonista: pasa de la mirada pasiva del niño, que acata el silencio y los consejos de los padres, a la mirada del adulto, más contestataria y crítica de aquellos. Por ejemplo, cuando su padre habla de los robos que ha habido en el barrio y opina sobre la necesidad de reprimir mejor esas expresiones, el narrador piensa: “En qué momento, pienso, mi padre cambió tanto. Al pensarlo lo dudo: no sé si realmente ha cambiado o si siempre fue así” (126). Evidentemente, el que ha cambiado es él mismo, que empieza a distanciarse críticamente de la manera de pensar de su padre.

En el mismo sentido, cuando les confiesa que Claudia es hija de Raúl, sus padres expresan una serie de prejuicios y rumores, que recuerdan a los que el narrador escuchó en boca de los adultos, en el capítulo 1, luego del terremoto. Por ejemplo, su padre dice despectivamente: “parece que era socialista, o comunista, incluso” (128), y luego: “Raúl debe haber sido más peligroso” (129). Eso da pie a que el padre ponga en palabras aquello que el narrador tanto temía escuchar: “Pinochet fue un dictador y todo eso, mató a alguna gente, pero al menos en ese tiempo había orden” (129). Sin embargo, la contundencia con la que su padre se expresa no recibe la misma reacción pasiva que cuando su hijo era chico, pues ahora este piensa que ese es “el límite que no puedo, que no voy a tolerar” (129). La brecha entre el niño y el adulto emerge en la necesidad que siente el narrador de proferir su desacuerdo y enfrentar a su padre: “No puedo evitar preguntarle a mi padre si en esos años era o no pinochetista. Se lo he preguntado cientos de veces, desde la adolescencia, es casi una pregunta retórica, pero él nunca lo ha admitido -por qué no admitirlo, pienso, por qué negarlo tantos años (…)” (129). Este enfrentamiento condensa la voluntad de la novela entera: la relectura del pasado, el rechazo a las preguntas retóricas y la búsqueda concreta de respuestas, con el fin de escribir la literatura de los hijos, una versión nueva para su generación, que no negocie con las versiones consagradas.

Más tarde, en una conversación privada, su madre se atreve a confesarle que le tenía miedo a Raúl y que ahora ha confirmado que era un terrorista. El narrador intenta explicarle que no era terrorista y que la lucha que los militantes llevaron adelante durante de la dictadura era una herramienta necesaria para contrarrestar los crímenes de lesa humanidad del régimen pinochetista. De esta manera, la relación asimétrica entre madre-hijo representada al comienzo de la novela, cuando ella lo reta por haberse perdido, aquí se ha vuelto una charla entre pares. En este sentido, este regreso a casa actualiza otro de los motivos ya mencionados: el del camino. Si al comienzo de la novela, la palabra de la madre es la que marca cuál es el camino que hay que tomar, el diálogo adulto pone en evidencia que él elige tomar un camino distinto. Su madre le señala algo similar al decirle: “Pero yo no sé muy bien en qué te convertiste tú” (135).

Resulta significativo que este capítulo reproduzca la misma escena que se dio en el diario, en el capítulo 2. En esta decisión se evidencia el gesto autoficcional del narrador-escritor por retratar en su novela esa escena real de su vida, pero esta vez mediada por la ficción, pues aquí la visita a Maipú la hace con el personaje de Claudia. Sin embargo, en la escena que escribe en su novela, la del capítulo 3, agrega algo que en su diario no expresó. Luego de criticar el libro que su madre está leyendo, piensa: “Siento que no debería hablar tan en serio. Que no corresponde. Que no voy a solucionar nada enrostrando a mis padres el pasado. Que no voy a sacar nada quitándole a mi mamá el derecho a opinar, con libertad (…)” (133). La novela que escribe, entonces, le sirve al narrador del capítulo 2 para corregir sus errores y plasmar su aprendizaje: la elección de su propio camino, de su propia versión de la historia, no puede significar censurar a sus padres, sino aceptar la diferencia y pronunciar la propia voz.

Por eso, cuando se va de Maipú siente un alivio: “Volvemos a casa” (137). Saldado ese aprendizaje, el regreso a casa es en otra dirección: hacia el espacio adulto, el propio. Significativamente, la partida de Claudia coincide con ese aprendizaje. Ambos han sacado ya sus frutos del encuentro con el pasado. En el último diálogo que mantienen, surge el motivo del viaje y del aprendizaje que ese viaje conlleva: “En este viaje has recuperado tu pasado, le dije. No lo sé. Pero he aprovechado para contártelo. He vuelto a la infancia en un viaje que tal vez necesitaba” (140). El viaje de EEUU a Chile se corresponde con un viaje metafórico: el de la búsqueda identitaria de Claudia, que le da la oportunidad de elaborar el trauma y comprender su lugar en ese pasado, pero que también le permite a su vez dejar atrás ese pasado para construir un futuro distinto. El deseo de tener paseos por el parque, que Claudia menciona, simboliza el deseo de una vida tranquila, desentendida del dramatismo. De ahí que el narrador comprenda que luego de ese viaje para ella sea necesario construir una identidad propia, individual, que no se defina por ser hija ni hermana de nadie: “Buscaba un paisaje propio, un parque nuevo. Una vida en que ya no fuera la hija o la hermana de nadie” (140). Ese es el desafío de esa generación: construir lo propio, liberados de lo heredado e impuesto por los padres.

El viaje para ambos termina con ese aprendizaje, que les regala la posibilidad de un paisaje nuevo, propio, diferente al heredado acríticamente. Con la partida de Claudia, el narrador enuncia que se pone a escribir su libro, cuya materia es el capítulo que acabamos de leer. En este gesto, la figura del narrador se complejiza aún más, porque se rompe o se desdibuja el juego de la novela dentro de la novela que había construido el capítulo 2: al definirse como autor de la historia que él protagoniza, esto es, el relato sobre Claudia, el narrador-protagonista de la novela sobre Claudia se identifica con el narrador-autor del capítulo 2. El relato metadiscursivo trasciende el ámbito del diario personal e ingresa dentro del relato ficcional sobre Claudia, generando así un alto grado de ambigüedad, pues se diluyen las fronteras claras entre los niveles de la novela, o sea, entre el relato enmarcado y el marco del diario, entre lo que es, dentro de la ficción de la novela, ficción y lo que no.