Cuentos de Horacio Quiroga

Cuentos de Horacio Quiroga Resumen y Análisis "El hombre muerto"

Resumen

El cuento comienza con un hombre que limpia la calle de un bananal con un machete. En un momento, decide descansar un poco, pero se resbala y suelta el machete, que se clava en su abdomen. Cuando descubre el puño del machete en su espalda, tiene “la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia” (102).

El hombre reflexiona sobre su inminente muerte. Escucha un silbido y reconoce que se trata de un muchacho que pasa cada día a las 11.30 de la mañana por allí.

Sigue echado sobre su costado derecho en la gramilla. Aunque entiende que va a morir, piensa, por ejemplo, en cambiar el puño de su machete. Ve a su caballo pasar y ve el techo rojo de su casa. Intenta convencerse de que no tiene el machete clavado en su cuerpo, se dice a sí mismo que tras diez años en el bosque, “sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte” (105).

A las doce menos cuarto, su mujer y su hijo salen en busca del hombre para llevarle su almuerzo. A lo lejos oye la voz de su hijo que dice “¡Piapiá! ¡Piapiá!” (109).

El caballo se acerca al hombre, lo pasa por al lado, y el hombre muere.

Análisis

El cuento “El hombre muerto” se publica en el diario porteño La Nación en 1920. Luego, se incluye en el libro Los desterrados que se publica en 1926 por la editorial Babel.

El cuento trata la temática de la muerte y transforma un hecho particular en una cuestión universal. A esta luz, analizaremos la indiferencia de la naturaleza frente al hombre y la angustia existencial que genera la muerte.

El cuento universaliza el episodio de la muerte del protagonista porque el hombre no tiene nombre. Hay una condición anónima del protagonista que solamente es aludido como “el hombre” (102) y, por lo tanto, puede ser cualquier hombre. Este recurso es utilizado también en el cuento “A la deriva” con el mismo fin. En “El hombre muerto”, el narrador no brinda información identitaria sobre el protagonista, sino solamente detalles sobre las posiciones físicas de su cuerpo en los minutos previos a morir. La reflexión del hombre agonizante ante su muerte se muestra como un discurso universal, como si todos los humanos tuviesen reflexiones similares en ese contexto. Incluso se utiliza un “nosotros” que incluye a los lectores para describir la angustia existencial ante la muerte: “En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte” (103).

La angustia existencial aparece cuando el protagonista toma conciencia del fin de su propia vida. A partir de ese momento surgen preguntas relacionadas con el sentido de la vida y la existencia humana. La angustia existencial se manifiesta en el cuento a través de la idea de la cotidianeidad y del desfasaje en la percepción del tiempo del protagonista. En primer lugar, la precisión temporal que se maneja en el cuento es notoria. El narrador da pautas exactas sobre la hora, y el protagonista reflexiona sobre este tema. Por ejemplo, el narrador dice: “No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro” (104). Luego, el protagonista se arriesga: “Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce” (104). A continuación reconstruye el horario por la caminata de un joven que pasa silbando y por los gritos de su hijo que lo busca para darle el almuerzo. Hay una preocupación por fijar el horario del reloj. Esta preocupación da cuenta de la brecha que se genera, a partir de que el hombre se clava el machete, entre el tiempo exterior y el interior. Mientras que en el tiempo real, el del mundo exterior, pasan pocos minutos entre su accidente y su muerte, el "reloj interno" del protagonista se expande en tanto sus reflexiones se guían por el ritmo de la angustia y la agonía, que es más lento que el de las horas del reloj.

En segundo lugar, respecto de la idea de la cotidianeidad, el cuento presenta varios comentarios que dan cuenta de cierta repetición. Por ejemplo, se menciona una rutina del protagonista: “Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas” (103). El joven que pasa silbando y el horario del almuerzo son parte de esta rutina. Además, se resalta que la siesta del personaje es un hecho corriente: “Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado” (106). Se realiza también un juego entre el cansancio y el descanso del protagonista que tiene que ver con su angustia existencial. El narrador menciona varias veces la fatiga del protagonista como algo recurrente. Sin embargo, su cansancio es existencial porque no se resuelve con reposo o varias horas de sueño, solamente se soluciona con la muerte, con la quietud infinita. La última oración del cuento presenta a la muerte como el remedio al agotamiento: "el hombre tendido que ya ha descansado" (110).

Sumado a esto, la cita anterior da cuenta de todo lo que sigue igual a pesar de la herida del protagonista. El cuento expone cómo la naturaleza se muestra indiferente al sufrimiento del hombre. El narrador dice: “Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto” (105). En este sentido, podemos observar un contraste evidente entre la angustia del hombre que está muriendo y la actitud fría, objetiva y carente de emoción del narrador. Así como la naturaleza se muestra indiferente al sufrimiento del hombre, el narrador relata esta muerte con un registro frío y desafectado.

Sobre el factor existencial del cuento, es importante destacar la primera reflexión que tiene el protagonista luego de descubrir el machete en su cuerpo: “Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!” (103). Se acentúa el consuelo que tienen los hombres frente a la fatalidad inevitable de la muerte: sobreviven pensando que la muerte se encuentra lejos. El narrador remarca un grado de negación que utilizan los hombres para sobrellevar la angustia existencial. En este sentido, es interesante otro comentario del narrador luego de la toma de conciencia del protagonista de su propia muerte. Dice: “Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo” (104). Con la certeza de la proximidad de la muerte, hay una intriga que se resuelve. La elucubración sobre la propia muerte se interrumpe frente a la certeza del fallecimiento inminente.