Relato de un náufrago

Relato de un náufrago Resumen y Análisis Capítulos V-VII

Resumen

Capítulo V

Pasan otras veinticuatro horas. Velasco avista dos aviones, pero ninguno pasa cerca de su balsa. Un tercer avión aparece y se aproxima mucho a su ubicación; ahora el náufrago está convencido de que lo han visto y lo salvarán. Sin embargo, pasan las horas y nadie vuelve para rescatarlo. A las cinco de la tarde, varios tiburones rodean la balsa, pero se retiran cuando cae la noche. Con el cielo estrellado, Velasco rema hacia la Osa Menor, sorprendido de su resistencia, siendo que ya lleva dos días y dos noches sin comer ni beber.

En la madrugada, Luis ve a Jaime Manjarrés, antiguo amigo y tripulante del “Caldas”, en su balsa. Conversa con él mientras rema, hasta que parece llegar a un puerto, pero en ese momento la visión de su amigo se disipa, y el puerto no es nada más que los rayos del sol en el amanecer.

Capítulo VI

El tercer día en la balsa es el peor, porque no sucede nada digno de mención. Para Velasco, la percepción del tiempo y el sentido de la orientación están completamente alterados. Por tal motivo, pone un trozo de remo en la balsa, para marcar un frente y saber en qué dirección navega; además, talla una marca en el borde de la balsa por cada día transcurrido. En un momento, cree avistar un barco, pero resulta ser producto de su imaginación.

Las visitas de su amigo siguen ocurriendo durante la noche, así como las de los tiburones a las cinco de la tarde. Velasco se ve obligado a beber agua del mar, pero toma poca y con precaución. Durante el quinto día, el hambre es tan intensa que, con la aparición de un grupo de gaviotas, se queda quieto para encontrar el momento oportuno de atraparla. A su vez, las gaviotas son un indicio de que hay tierra cerca, lo que reanima sus esperanzas.

Capítulo VII

Velasco atrapa una gaviota y la mata, pero despedazarla le genera tanto asco que no puede comerla. Como tampoco puede improvisar un anzuelo para usarla de carnada, la termina arrojando al mar. Aquella noche es la primera en que sale la luna. En esta oportunidad, la visión de su amigo no reaparece, pero cree ver barcos en reiteradas ocasiones.

En el amanecer del sexto día, las esperanzas están totalmente perdidas, y Velasco solo espera morir, convencido de que ya lo dan por muerto. Acuciado por el hambre, se come unas tarjetas de cartón, y con el alivio que le genera intenta comer, sin éxito alguno, otros objetos materiales, como los zapatos, la camisa y el cinturón.

En la séptima noche, Luis duerme profundamente por primera vez desde el accidente. Durante el día, vuelve a ver un grupo de gaviotas y teme que se trate de una bandada perdida y no de un indicio de la proximidad de la costa. Con ello, sus esperanzas se derrumban definitivamente.

Análisis

Los capítulos IV a VII están dedicados a los primeros días que Luis Alejandro Velasco pasa solo en el mar, sobreviviendo sin nada que tomar o comer, a merced del penetrante sol caribeño. En todos estos capítulos queda claro, nuevamente, el carácter literario de Relato de un náufrago, que puede apreciarse en su lenguaje cuidado y en su estilo cargado de adjetivos que recuerdan más al lenguaje florido de una novela que al de un simple artículo periodístico. Ejemplo de ello es la abundancia de imágenes sensoriales dedicadas al mar, al cielo y a los cambios de luz entre el día y la noche:

De pronto el cielo se puso rojo, y yo seguía escrutando el horizonte. Luego se puso color de violetas oscuras, y yo seguía mirando. A un lado de la balsa, como un diamante amarillo en el cielo color vino, fija y cuadrada, apareció la primera estrella. Fue como una señal. Inmediatamente después, la noche, apretada y densa, se derrumbó sobre el mar (p. 49).

Otros rasgos de estilo que también pueden verse en el pasaje citado son el uso de las repeticiones y de las oraciones cortas que emulan la oralidad propia del relato que Velasco hizo a García Márquez. A lo largo de todo el texto, estos rasgos de la oralidad se mantienen y dotan al texto de mayor verosimilitud, puesto que, así, el lector tiene la impresión de estar escuchando al marino que cuenta su historia, y no leyendo al escritor encargado de plasmarla en su obra.

Como hemos dicho anteriormente, el relato se presenta de forma cronológica, con un ritmo dinámico que avanza y se detiene en determinadas situaciones para sumergirse en ellas en profundidad. En verdad, el tiempo y el espacio son para el náufrago dos dimensiones cruciales, ya que se encuentra a la deriva, en algún punto indefinido del mar Caribe, y cada hora que pasa sin que lo rescaten lo aproxima más a su muerte. La forma de estar en el espacio y las configuraciones temporales que ritman la vida del náufrago pueden analizarse desde el concepto de cronotopo, propuesto por Mijail Bajtín en 1975. Por cronotopo (tiempo-espacio) podemos comprender la conexión intrínseca entre las relaciones temporales y espaciales que se expresan en un determinado texto; el concepto es útil como un centro organizador de los eventos narrativos fundamentales de un relato, ya que propone la observación del tiempo y el espacio como una unidad que aporta sentidos fundamentales al desarrollo y la comprensión de un argumento.

En general, el cronotopo de Relato de un náufrago se ajusta al de las historias de aventuras y los relatos de viajes: un narrador se refiere a eventos del pasado ordenados secuencialmente, de principio a fin, y el espacio se despliega conforme el protagonista se traslada de un sitio a otro. Esta estructura se presenta al inicio del relato, cuando Velasco comienza por hablar de los meses que pasa en Mobile y de su regreso a Colombia como miembro de la tripulación del destructor “Caldas”. Dicha unidad espacio-temporal, sin embargo, se ve fracturada por el naufragio: desde que Velasco cae al mar, la progresión espacial se suspende y se inaugura un nuevo cronotopo, el del marino que se encuentra a la deriva, sin poder definir el rumbo de su embarcación ni saber con exactitud dónde se encuentra. Para el náufrago, la posibilidad de salvación radica en que lo rescaten o en llegar a tierra antes de que el hambre, la sed o las inclemencias del tiempo lo maten; por eso, la dimensión espacio-temporal es tan importante para el narrador, puesto que de ella depende su vida.

En más de una ocasión, el náufrago alude a la imposibilidad de saber dónde está y de orientarse espacialmente: “Como no veía más que agua y cielo, como no tenía puntos de referencia, transcurrieron más de dos horas antes de que me diera cuenta de que la balsa estaba avanzando” (p. 46). Durante los diez días que permanece a la deriva, Velasco no tiene ningún control sobre el movimiento de la balsa, ni sabe hacia dónde la empujan las corrientes del mar, por lo que la dimensión espacial se convierte en uno de los principales problemas: Velasco no sabe dónde está y, lo que es más, los aviones que se le aproximan parecen no verlo, como si el náufrago en realidad no estuviera en ningún sitio.

Al mismo tiempo que la dimensión espacial se convierte en el principal obstáculo para Velasco, la dimensión temporal cobra nuevos sentidos. Mientras espera ser rescatado, el narrador parece obsesionarse con el paso del tiempo, y no deja de consultar su reloj una y otra vez. En medio del mar, sin ninguna ayuda visual para orientarse y sin poder influir en el avance de la balsa, el tiempo de la espera se vuelve plástico, se estira y se hace eterno; unos pocos minutos en aquella situación extrema pueden percibirse como horas: "Eran las siete menos diez. Mucho tiempo después, como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco. Cuando el minutero llegó al número doce eran las siete en punto y el cielo estaba apretado de estrellas. Pero a mí me parecía que había transcurrido tanto tiempo que ya era hora de que empezara a amanecer" (p. 51).

El paso del tiempo desespera a Velasco; como el reloj es el único elemento que le brinda alguna información, no puede parar de mirarlo, al punto de obsesionarse:

La noche del 28 de febrero -que fue mi primera noche en el mar- miré el reloj cada minuto. Era una tortura. Desesperadamente resolví quitármelo, guardarlo en el bolsillo para no estar pendiente de la hora (...). Pensaba que me volvería loco el reloj. Preso de angustia, me lo quité de la muñeca para echárselo al bolsillo, pero cuando lo tuve en la mano se me ocurrió que lo mejor era arrojarlo al mar. Vacilé un instante. Luego sentí terror: pensé que estaría más solo sin el reloj. Volví a ponérmelo en la muñeca y seguí mirándolo, minuto a minuto, como esa tarde había estado mirando el horizonte en espera de los aviones; hasta cuando me dolieron los ojos (p. 53).

Hora tras hora y día tras día, la percepción subjetiva del tiempo cambia conforme el náufrago se resigna a su situación crítica y comienza a debilitarse por la sed, el hambre y la exposición al sol. Tras estar despierto toda la noche escrutando el horizonte en busca de aviones de rescate, el nuevo día sumerge a Velasco en el recuerdo de sus compañeros y de la vida de marinero. Perdido en sus recuerdos, pierde la noción del paso del tiempo, que ahora se acelera: “… cuando miré el reloj volví a tranquilizarme. El día avanzaba rápidamente: eran las once y media” (p. 56).

En los días siguientes, Velasco también pierde la noción del mes y la fecha en la que se encuentra: aunque se propone hacer una marca en la balsa por cada jornada que transcurre, pronto confunde el mes, y dicha confusión lo desestabiliza, al punto de que no es capaz de reponer la temporalidad de su naufragio:

Al cuarto día ya no estaba muy seguro de mis cuentas en relación con los días que llevaba de estar en la balsa. ¿Eran tres? ¿Eran cuatro? ¿Eran cinco? De acuerdo con las rayas, fuera febrero o marzo, llevaba tres días. Pero no estaba muy seguro, por lo mismo que no estaba seguro de si la balsa avanzaba o retrocedía. Preferí dejar las cosas como estaban, para evitar nuevas confusiones, y perdí definitivamente las esperanzas de que me rescataran (p. 71).

La percepción del tiempo introduce en el texto la subjetividad del narrador y despliega el mundo interior de Velasco, al mismo tiempo que pone en evidencia los efectos del sol y de la falta de alimentos y de agua sobre su cuerpo y su mente. La pérdida de orientación temporal que le sucede al cuarto día y la imposibilidad de restituir el tiempo calendarizado ponen de manifiesto el deterioro de las facultades del náufrago, quien, como veremos en la siguiente sección, se encuentra a punto de morir cuando finalmente llega a la costa.