La casa en Mango Street

La casa en Mango Street Resumen y Análisis La Ruthie de Edna - Minerva escribe poemas

Resumen

La Ruthie de Edna

Ruthie es la hija de Edna, la dueña del edificio vecino, y es la única adulta del barrio a la que le gusta jugar con los niños. Es una mujer alta y flaca que usa lápiz labial rojo y a veces lleva medias de distinto color porque se le olvida coordinarlas. Ruthie tiene talentos que no aprovecha: chifla de forma hermosa, canta y baila, y aunque tuvo ofertas de trabajo en su juventud, prefirió casarse y mudarse fuera de la ciudad. Por razones que Esperanza no comprende, Ruthie ahora vive en el sofá de su madre y dice estar solo de visita, esperando a que su esposo regrese por ella el próximo fin de semana, algo que nunca ocurre. Ruthie ve belleza en cosas simples como las nubes o la luna, pero ya no puede leer libros porque le dan dolores de cabeza.

El Duque de Tennessee

Earl es un reparador de rocolas que vive en el sótano del edificio de Edna, un lugar oscuro que huele a moho y humedad. Trabaja de noche y solo se lo ve durante el día, cuando sale a pedir silencio a los niños o cuando va y viene del trabajo con sus dos perros negros. Earl fuma habanos, usa siempre un sombrero de fieltro y les regala a los niños los discos que ya no le sirven. Además, existe un misterio sobre su esposa: los vecinos no se ponen de acuerdo sobre quién es y cómo luce, ya que Earl suele llevar a distintas mujeres a su apartamento.

Sire

Esperanza nota que un chico llamado Sire la mira fijamente cada vez que ella pasa frente a su casa. Aunque siente miedo, Esperanza decide no cruzar la calle y lo mira de frente para demostrarse a sí misma que es valiente. Los padres de Esperanza le advierten que Sire es un pandillero y que no debe hablar con él. Sire tiene una novia llamada Lois, una chica pequeña y bonita que huele a bebé y usa maquillaje, pero que no sabe amarrarse los cordones de los zapatos. Esperanza observa a la pareja desde su ventana. Siente una mezcla de curiosidad y un deseo creciente de experimentar su propia libertad y despertar sexual.

Cuatro árboles flaquitos

Esperanza encuentra una conexión profunda con los cuatro árboles flaquitos que están en la vereda de su casa. Los describe con cuellos delgados y codos puntiagudos, similares a su propio cuerpo, y siente que son los únicos que realmente la entienden. Esperanza admira la fuerza secreta de estos árboles, que logran crecer a pesar de estar rodeados de concreto. Cuando Esperanza se siente triste o insignificante ante la dureza de su entorno, mira los árboles para recordar que su única razón de ser es seguir creciendo y no olvidar su propósito.

No speak english

Mamacita es una mujer sumamente corpulenta que llega al barrio en un taxi amarillo junto a su bebé para reunirse con su esposo, quien trabajó incansablemente para traerla desde su país. Desde su llegada, Mamacita se encierra en su apartamento del tercer piso y nunca sale, aparentemente por miedo a hablar inglés o por la profunda tristeza que le causa extrañar su "casita rosa". Pasa el día escuchando radio en español y cantando canciones nostálgicas, mientras su esposo le grita que aprenda inglés porque ahora ese es su hogar. El momento más doloroso para ella ocurre cuando su bebé empieza a cantar un comercial de televisión en inglés. Entonces llora desconsoladamente, pues siente que acaba de perder el último vínculo con su cultura.

Rafaela que los martes toma jugo de coco y papaya

Rafaela es una mujer joven que se vuelve vieja prematuramente debido a que su esposo la deja encerrada bajo llave, especialmente los martes cuando él sale a jugar dominó. El marido tiene miedo de que ella escape porque es "demasiado linda de contemplar". Rafaela pasa las horas apoyada en el alféizar de su ventana, soñando con ir a bailar al salón de la esquina antes de envejecer aún más. Desde la ventana, les arroja dinero a los niños para que le compren jugo de coco o de papaya en la tienda. Para que se lo alcancen, Rafaela les arroja la soga de tender la ropa, y ellos atan el jugo a un extremo. Según Esperanza, Rafaela toma esos jugos dulces para combatir la amargura de su soledad.

Sally

Sally es una chica de una belleza deslumbrante, con ojos que parecen egipcios y un cabello negro brillante que atrae todas las miradas de los muchachos. Su padre es estrictamente religioso y le prohíbe salir o bailar, pues teme que su belleza le traiga problemas o que termine deshonrando a la familia como lo hicieron sus tías. Esperanza admira a Sally y le pide que le enseñe a maquillarse los ojos. Después de cada encuentro, Esperanza nota cómo Sally se transforma antes de volver a su casa: se quita el maquillaje y se arregla la falda para no enfurecer a su padre. Esperanza fantasea con que Sally encuentre un lugar tranquilo, lejos de las miradas juiciosas y del control de los hombres, donde pueda simplemente amar y ser ella misma sin que nadie la acuse de loca.

Minerva escribe poemas

Minerva es solo unos pocos años más grande que Esperanza, pero ya tiene dos hijos y un esposo abusivo. A pesar de su mala suerte y de vivir siempre triste, Minerva encuentra consuelo escribiendo poemas en pedacitos de papel que comparte con Esperanza. La relación con su marido es cíclica: ella siempre lo echa de la casa, pero vuelve a recibirlo tras sus disculpas. Pocos días después del regreso, Minerva siempre aparece cubierta de moretones. Esperanza se siente impotente ante la situación de su amiga, ya que advierte que no hay nada que pueda hacer para cambiar su destino.

Análisis

Estas viñetas funcionan como una galería de espejos rotos en la que Esperanza contempla las diversas posibilidades de destino en Mango Street. A través de figuras como Ruthie, Mamacita, Rafaela, Sally y Minerva, la protagonista de la novela advierte cómo en Mango Street el patriarcado, las barreras lingüísticas y la violencia doméstica anulan el potencial de la mujer. Estos personajes son advertencias vivas, "cruces blancas junto a la carretera" (25) que señalan los peligros de la pasividad y la dependencia emocional.

Ruthie, la hija de Edna, es un personaje sumamente curioso. Es una mujer que se casó y, tras ser abandonada (como tantas otras mujeres), volvió a actuar como una niña. Su caso funciona como una hipérbole de las limitaciones que tienen las mujeres en la sociedad chicana. Ruthie se casó siendo muy chica y, estando casada, dejó de crecer, dejó de desarrollarse como persona. Por eso, tras ser abandonada, ha vuelto a ser una niña. Aunque posee talentos artísticos (chifla como un ruiseñor y canta), su incapacidad para habitar el mundo adulto la condena a una infancia perpetua. Para Esperanza, Ruthie es el espejo del talento desperdiciado. Es la prueba de que tener "habilidades" no garantiza la libertad si se carece de la autonomía para ejercerlas fuera del espacio doméstico.

Mamacita, por su parte, introduce la dimensión del exilio y la alienación cultural. Su encierro no es solo físico, sino también lingüístico. Al negarse a aprender inglés, Mamacita intenta preservar una identidad que solo existe en su memoria y en una fotografía de una "casita rosa" de su país de origen. Su alienación alcanza su punto máximo cuando su propio hijo comienza a cantar comerciales en inglés, idioma que ella rechaza. La ruptura con su esencia cultural es, entonces, definitiva. La historia de Mamacita le demuestra a Esperanza que la resistencia a la asimilación puede convertirse en una cárcel emocional.

Vayamos ahora al caso de Rafaela y Sally. Ambas son confinadas dentro del hogar por hombres (un marido celoso y un padre religioso) que ven en su atractivo una amenaza. Rafaela, apoyada en el codo frente a la ventana, sueña con poder ir a bailar al salón de la esquina de su casa, mientras que Sally busca en el maquillaje y en la mirada de los muchachos una validación que su hogar represivo le niega. Estas mujeres le dejan claro a Esperanza que, en Mango Street, ser "linda de contemplar" es a menudo el preludio del confinamiento doméstico.

De todas las mujeres que Esperanza presenta, Minerva es la más parecida a ella, ya que ambas comparten la vocación literaria. Pero, a pesar de escribir poemas, Minerva permanece atrapada en un ciclo de abuso perpetuado por un marido que se va y regresa, la golpea y pide perdón. El caso de Minerva contradice la hipótesis de la Tía Lupe: la escritura no la hace libre. Su historia sugiere que el arte, por sí solo, puede ser un alivio temporal, pero no una herramienta de emancipación si no va acompañado de una ruptura radical con las estructuras opresoras. De hecho, Minerva le hace pensar a Esperanza que sus propios versos pueden convertirse en meros "sollozos sobre papel" si no logra salir del barrio.

Frente a estos modelos de derrota, los "cuatro árboles flaquitos" de la vereda de su casa le ofrecen a Esperanza el único espejo de resistencia positiva. A diferencia de las mujeres que no pueden luchar ante la adversidad, los árboles mantienen su razón de ser a pesar del concreto que los asfixia. Ellos le enseñan que la verdadera fuerza reside en "morder el cielo con dientes violentos" (93) y nunca olvidar la rabia interna. Esta metáfora natural es el contrapunto necesario que refuerza la decisión de Esperanza de no crecer "mansita" ni esperar con las manos extendidas a que le pongan los "grilletes" del matrimonio.

Esperanza, entonces, decide iniciar su propia "guerra silenciosa". La observación de estos "espejos" no la deprime, sino que la empodera. Cada ventana cerrada que ve en su calle fortalece su determinación de forjar una identidad autónoma y buscar una casa propia que no sea la de un padre ni la de un marido, sino un espacio que se parezca a ella y que termine de ratificar, así, su verdadera identidad.