El reino de este mundo

El reino de este mundo Resumen y Análisis Parte 2, Capítulos V a VII

Resumen

V. Santiago de Cuba

Monsieur Lenormand llega a Cuba junto a Ti Noel y otros de sus esclavos que logró salvar de la masacre. Allí se encuentra con otros colonos que, como él, han huido de La Española. A pesar de las desgracias que han caído sobre ellos, los blancos se muestran rejuvenecidos; los que lo han perdido todo viven al día, sin preocuparse por salvar sus negocios, entregados puramente al placer. La moral burguesa parece suspendida para aquellos hombres y mujeres que se entregan al juego, a la música, el baile y el sexo. Monsieur Lenormand se pliega a este comportamiento y se dedica al juego de azar. Así, día a día debe vender a sus esclavos para poder pagar las deudas de los días anteriores.

Mientras tanto, Ti Noel sigue a su amo sin comprender las costumbres de los colonos en cuestiones musicales y artísticas. En las iglesias de cuba, encuentra que el lujo barroco de las figuras de los santos, con ropas confeccionadas en tela y cabelleras humanas, se aproximan mucho a la imaginería del vudú.

VI. La nave de los perros

Una mañana, Ti Noel se sorprende al ver una embarcación llena de salvajes mastines que está partiendo del puerto de Santiago. Al preguntar a un mulato a dónde llevan esa cantidad de animales, este le responde que “a comer negros”. Con esta respuesta, Ti Noel corre a la catedral a comentarla con los negros que aguardan allí la salida de misa de sus amos.

Los Dufrené, la familia que había atrapado a Mackandal, están allí; habían llegado hacía tres días, con grandes noticias del Cabo. Paulina Bonaparte, la hermana de Napoleón, está en la isla junto a su marido, el general Leclerc.

Paulina se presenta como un personaje lleno de sensualidad, durmiendo desnuda en la cubierta de la embarcación en su viaje a las islas del Caribe, enamorando a los jóvenes oficiales y teniendo aventuras con ellos cuando su marido se ausenta por mucho tiempo. Paulina se enamora de los alrededores de la Ciudad del Cabo, y cuando su marido trata de refugiarla en la Isla de la Tortuga, debido al brote de enfermedades que vuelve a azotar a La Española, esta se niega y quiere permanecer allí, al cuidado de Solimán, un esclavo que la cuida con celo.

VII. San Trastorno

Finalmente, cuando la epidemia ha diezmado a la población de la parte francesa de la isla, Paulina accede refugiarse en La Tortuga y allí se establece junto a Solimán y sus otras sirvientas. Al poco tiempo, Leclerc llega también a la isla, mostrando síntomas claros de la enfermedad que hace sucumbir a tanta gente. Aterrorizada, Paulina ensaya todas las posibles curas. Cuando los remedios de los médicos y las oraciones de los sacerdotes cristianos fracasan, decide recurrir también a los ritos vudú de los dioses de la Otra Orilla. Solimán, sacerdote de los ritos, trata de proteger a Leclerc de formas diversas. Clava cruces en los árboles para ahuyentar el mal, echa al mar decenas de pequeñas embarcaciones hechas con mitades de cocos vaciados como tributo a los dioses, y ejecuta extrañas danzas sobre el cuerpo de Leclerc, bañanándolo en sangre de aves y sacrificando gallos como parte de los rituales. Paulina, enloquecida por la situación, se trastorna al punto de evitar pisar las intersecciones de las baldosas, aduciendo que esas líneas que forman cruces han sido diseñadas por los masones para que la gente las mancille. Sin embargo, nada de ello resulta, y Leclerc muere finalmente, agotado por la enfermedad. Tras la muerte de su marido, Paulina regresa a Europa con el objetivo de instalarse en París.

Tras la partida de Paulina, la colonia francesa en La Española entra definitivamente en su ocaso. Los colonos, diezmados por la enfermedad y con sus negocios arruinados, se entregan a una orgía constante en la que consumen sus bienes y se arruinan en los abusos más violentos. Alentados por el mismo gobernador, Rochambeau, comienzan por violar a las esclavas negras y no se detienen ni siquiera ante las niñas. El mismo gobernador, haciendo gala de una crueldad sin límites, hace traer víboras que suelta en la isla para que ataquen a los negros que viven en los montes. Cuando esto no da resultado, Trae un barco lleno de mastines de Santiago de Cuba para entretenerse haciendo que devoren a los esclavos negros. Es tanta su violencia que cuando los animales se niegan a atacar a algún esclavo, entonces lo entrega que los blancos lo hieran con espadas hasta matarlo, ante la mirada divertida del resto de colonos.

Análisis

Los últimos tres capítulos de la segunda parte de la novela están dedicados a presentar el estado de la vida en las islas del caribe tras la revolución haitiana. En el capítulo V, "Santiago de Cuba", se muestra a los colonos que han logrado huir de La Española y que, refugiados en Cuba, se entregan a los placeres del juego y de la carne, a vivir cada día como si no hubiera perspectiva de futuro. “Lo raro era que, despojados de sus fortunas, arruinados, con media familia extraviada y las hijas convalecientes de violaciones de negros –que no era poco decir -, los antiguos colonos, lejos de lamentarse, estaban como rejuvenecidos” (p. 52).

Lo que se comprueba en estos comportamientos, y que tiene su correlato en los colonos que siguen viviendo en Haití, es una suspensión de la moral burguesa y cristiana: el código moral estricto con que las familias francesas estructuraban sus vidas en Haití ya no tiene razón de ser; frente a la destrucción de esa forma de vida, y en medio de un contexto histórico caracterizado por las crisis de los valores de la sociedad pre-revolucionaria, los supervivientes se hallan de pronto liberados. Nada los ata, nada los detiene, ni tienen que rendir cuentas a nadie. “Se regodeaban en su desorden, en su vivir al día, en su ausencia de obligaciones, tratando, por el momento, de hallar el placer en todo. El viudo redescubría las ventajas del celibato; la esposa respetable se daba al adulterio con entusiasmo de invetor; los militares se gozaban con la ausencia de dianas; las señoritas protestantes conocían el halago del escenario” (p. 52). Tal es el escenario que se desarrolla a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX entre la población de colonos franceses.

En este contexto, Monsieur Lenormand de Mezy se entrega al juego, y poco a poco va perdiendo los bienes que le quedan, principalmente sus esclavos salvados a la masacre. En ese contexto, La relatividad cultural se presenta nuevamente: Ti Noel deambula por las calles de Santiago sin comprender a fondo qué es lo que sucede con aquellos amos que no hacen nada por reconstruir su vida.

Hay, en este vagabundeo de Ti Noel, un descubrimiento que nos habla de lo barroco, de lo exuberante que corresponde a Latinoamérica y que atraviesa tanto a colonos franceses como a esclavos negros: en las iglesias de Santiago, Ti Noel descubre retablos exquisitamente adornados, con motivos florales y animales, y figuras de santos vestidas con lujo y adornadas con cabellos humanos; todo ello le parece muy próximo a la religiosidad del vudú y a los símbolos materiales que esta utiliza. Aquella cercanía repentina e inesperada conecta a Ti Noel con sus raíces, le recuerda la importancia que ha tenido Mackandal en su vida y revive su sed de libertad. Cabe destacar en este punto que nada se sabe de la familia de Ti Noel; tras la sublevación, de sus 12 hijos no se ha mencionado absolutamente nada, lo que indica hasta qué punto el personaje del esclavo negro es un artefacto literario con la función de mostrar una época y construir un contrapunto de contextos culturales, pero carente de interés en cuanto individuo.

En el capítulo VI se introduce un nuevo personaje: Paulina Bonaparte. Se trata de la hermana de Napoleón Bonaparte, quien ya se ha transformado en el Primer Cónsul de Francia y se dirige hacia su proclamación como Emperador de los franceses. Historicamente, Paulina Bonaparte se instala en La Española junto a su marido, el general Leclerc, entre febrero y diciembre de 1802. Leclerc, un personaje apenas mencionado en la novela, dirigió la expedición enviada por Napoleón para poner fin a la sublevación iniciada por Bouckman en la colonia francesa de La Española. Sin embargo, su empresa no lo condujo a buen fin, pues terminó muriendo, contiagado con la enfermedad que seguía azotando a toda la parte francesa de la isla y que Carpentier atribuye a los poderes de los sacerdotes Vudú.

Paulina se presenta como un personaje libertino, desafiante de la moral burguesa del siglo XVIII, que no tiene pudor en dormir desnuda en la cubierta del barco, o en acostarse con jóvenes oficiales cuando su marido está en campaña. Sin embargo, lo que destaca en la novela es la transformación que culturalmente se opera en ella al llegar a La Española. La isla enamora automáticamente a la dama: "la revelación de la Ciudad del Cabo y de la Llanura del norte, con su fondo de montañas difuminadas por el vaho de los plantíos de cañas de azúcar, encantó a Paulina (...) Sintiéndose algo ave del paraíso, algo pájaro lira, bajo sus faldas de muselina, descubría la finura de helechos nuevos, la parda jugosidad de los nísperos, el tamaño de las hojas que podían doblarse como abanicos"(p. 57).

Pero lo que más atrae a Paulina es la figura de Solimán, un esclavo negro que contrata, en primera instancia, para que masajee su cuerpo, pero que pronto se transforma en su principal ayuda de cámara. Entre ella y el esclavo se establece una relación sensual que atormenta al negro y de la que Paulina goza no sin picardía: Solimán está fascinado por la dama blanca, a quien idolatra, pero a la vez siente un deseo casi irresistible de poseerla y Paulina se aprovecha de la situación para exacerbar lúdicamente el deseo del negro.

Sin embargo, cuando la enfermedad recrudece y Paulina acepta refugiarse en la isla Tortuga, Solimán se transforma en un vínculo hacia los exóticos ritos africanos. Al ver a su marido enfermo y a los médicos fracasar en todos los tratamientos, Paulina implora a Solimán que intervenga y realice los rituales necesarios para que los Orillas salven al general Leclerc:

Paulina escuchó entonces los consejos de Solimán, que recomendaba sahumerios de incienso, índigo, cáscaras de limón, y oraciones que tenían poderes extraordinarios como la del Gran Juez, la de San Jorge y la de San Trastorno. Dejó lavar las puertas de la casa con plantas aromáticas y desechos de tabaco. Se arrodilló a los pies del crucifijo de madera obscura, con una devoción aparatosa y un poco campesina gritando con el negro, al final de cada rezo: Malo, Presto, Pasto, Effacio, Amén. Además aquellos ensalmos, lo de hincar clavos en cruz en el tronco de un limonero, revolvían en ella un fondo de vieja sangre corsa, más cercano de la viviente cosmogonía del negro que de las mentiras del Directorio, en cuyo descreimiento había cobrado conciencia de existir Ahora se arrepentía de haberse burlado tan a menudo de las cosas santas por seguir las modas del día. (pp. 59-60)

De esta manera, Carpentier entrega al lector una transformación sublime de la psicología de un personaje europeo que abraza, en medio de la desesperación, las creencias africanas, y que las encuentra incluso más íntimas, más cercanas a su cosmovisión que “todas las mentiras del directorio”, es decir, que la estructura civil y ética de la Francia que su hermano gobierna.

Este capítulo desarrolla otro episodio exuberante de imágenes sensoriales en torno a un rito vudú:

...el negro ejecutaba una extraña danza en torno a Paulina, arrodillada en el piso, con la cabellera suelta. Sin más vestimenta que un cinturón del que colgaba un pañuelo blanco a modo de cubre sexo, el cuello adornado de collares azules y rojos, Solimán saltaba como un pájaro, blandiendo un machete enmohecido. Ambos lanzaban gemidos largos, como sacados del fondo del pecho, que parecían aullidos de perro en noche de luna. Un gallo degollado aleteaba todavía sobre un reguero de granos de maíz. (pp. 60-61)

Este es un momento clave de la novela, puesto que Carpentier muestra, a través del personaje de Paulina Bonaparte, el triunfo de las cosmovisiones africanas en Haití: en la isla, la batalla cultural es ganada por los negros y el vudú, y la cultura europea, encarnada en ese matrimonio del general francés con la hermana del emperador, sucumbe y debe retirarse otra vez más allá del atlántico. Leclerc muere, a pesar –o quizás gracias a, eso nunca se sabe en la narrativa de Carpentier –de los ritos vudú ejecutados por Solimán, y Paulina regresa sola a Francia, llevando los amuletos protectores dedicados a Papá Legba que le entrega Solimán y que, señala el autor, le abrirían todos los caminos que la condujeron a Roma.

La segunda parte del libro concluye con una escena posterior al regreso de Paulina a Francia: el nuevo gobernador de Cabo, Rochambeau, planifica crueles castigos sobre la población negra que habita en Haití, tanto sobre los esclavos controlados como sobre los negros que vagan por la comarca tras la insurrección. Como parte de este castigo, hace traer un barco cargado de perros feroces desde Santiago de Cuba para que persigan y devoren a los negros. Cuando esto no funciona, son sus propios hombres los que matan a machetazos a los negros, para espectáculo y solaz de la población blanca. La figura de Rochambeau, así como la del anterior gobernador, representa a un grupo de funcionarios monárquicos que, lejos de Francia, siguen sosteniendo sus ideales monárquicos y que rechazan por completo las ideas liberales del nuevo directorio tras la Revolución Francesa. Así, 20 años después del hito histórico que representó la revolución, en las islas del Caribe no se han adoptado aun las reformas que los ideales de la ilustración promovían. Rochambeau se niega a reconocer la libertad de los esclavos negros, y antes de ser forzado a ello, prefiere optar por el exterminio de aquella etnia; tal es su odio hacia los negros. Este odio de raza y de clase no es una emoción íntima e individual de Rochambeau, sino que representa a un odio sostenido y generalizado en gran parte de los colonos franceses, entre ellos el propio Lenormand de Mezy.

Son estas las tensiones que dotan al relato de su dimensión épica, tal como el mismo Carpentier manifiesta, y las que estructuran toda la novela en un contrapunto claro entre negros y blancos. En el escenario latinoamericano, esas tensiones también son atravesadas por lo real maravilloso, como se observa en el último párrafo de la segunda parte: como medio de exterminio de los negros, los generales franceses sueltan en la isla un cargamento de serpientes venenosas, “para que mordiera a los campesinos que vivían en casas aisladas y daban ayuda a los cimarrones del monte” (p.62), pero este plan no surte efecto, puesto que las serpientes son criaturas de Damballah, uno de los dioses africanos adorados en los rituales vudú, y no van a contribuir a la destrucción de sus servidores, por lo que mueren todas sin dejar descendencia en la isla.

Junto a las serpientes, indica Carpentier simbólicamente, mueren también los últimos vestigios del antiguo régimen, y eso es lo que se encuentra Ti Noel al regresar a La Española:

Ahora, los Grandes Loas favorecían las armas negras. Ganaban batallas quienes tuvieran dioses guerreros que invocar. Ogún Badagrí guiaba las cargas al arma blanca contra las últimas trincheras de la Diosa Razón. Y, como en todos los combates que realmente merecen ser recordados porque alguien detuviera el sol o derribara murallas con una trompeta, hubo, en aquellos días, hombres que cerraron con el pecho desnudo las bocas de cañones enemigos y hombres que tuvieron poderes para apartar de su cuerpo el plomo de los fusiles. (p. 62)

Estos actos guerreros desmesurados se presentan como naturales en aquellas tierras de portentos y son un elemento característico de lo real maravilloso tal como lo entiende Carpentier.