Decamerón

Decamerón Resumen y Análisis Cuarta Jornada, Introducción

Resumen

En la introducción a la Cuarta Jornada, el autor del Decamerón se dirige nuevamente a las lectoras de su obra para defenderse de la envidia de algunos, que consideran que no es honesto ni propio de su edad dedicarse a agradar y complacer a las mujeres, que creen que el autor debería estar con las “Musas del Parnaso” (p.470) en vez de mezclarse en frivolidades, y que mejor sería ocuparse de ganarse el pan. También hay quienes han intentado demostrar que las cosas que el autor ha contado no ocurrieron así como las contó.

A modo de defensa de estas acusaciones, el autor decide narrar una parte de un cuento. En Florencia vivía Filippo Balduci, un ciudadano de condición humilde pero rico, que amaba mucho a su esposa. Cuando esta fallece, Filippo queda tan desconsolado que decide llevarse a su hijo de dos años a vivir en una cueva y a dedicarse exclusivamente al servicio de Dios. Filippo iba de vez en cuando a Florencia, pero no dejaba que su hijo saliera de la cueva o conociera algo más que las santas oraciones. Una vez, cuando el hijo ya tenía dieciocho años, este se ofreció a acompañar al padre a Florencia, para poder remplazarlo en este quehacer, ya que él era joven y fuerte. El padre pensó que, al estar el hijo tan habituado al servicio de Dios, no le entretendrían las cosas del mundo, y aceptó su compañía.

En la ciudad, el joven se maravillaba con todo lo que veía, preguntando el nombre de cada cosa. Cuando vio a un grupo de bellas señoras que venían de unas bodas, el joven quiso saber de qué se trataba, a lo que el padre, que no quería despertar el deseo de su hijo nombrando a las mujeres por su nombre, le dijo que eran gansas. El hijo dijo que aquellas gansas eran la cosa más bella y agradable que había visto, más que los ángeles pintados que le había mostrado su padre varias veces. Le rogó a Filippo poder tener una de esas gansas para cebarlas, a lo que el padre, arrepentido de haberlo llevado a Florencia, le respondió que no quería, y que él no sabía “por dónde se las ceba” (p.475).

El autor cierra allí el relato y vuelve a retomar las acusaciones en su contra. Dirigiéndose otra vez a las mujeres, admite que ellas le agradan y que se esfuerza por agradarles, que es suficiente con verlas y maravillarse de su belleza y de su “femínea honestidad” (p.476) para desearlas, como le ocurre al joven ermitaño de la historia. Para él, no es vergonzoso abocarse a esto en su edad madura, que así lo hicieron Guido Cavalcanti, Danthe Alighieri y Cino de Pistoia. Luego, para quienes le aconsejan que esté con las Musas del Parnaso, les dice que no siempre se puede estar con ellas, y que, como las Musas son mujeres, estas deberían agradarle por eso, y a ellas les debe la ocasión de componer mil versos, y que por deferencia a ellas, las Musas lo han visitado también para escribir estas cosas.

A quienes le aconsejan que busque la manera de ganarse el pan, responde que muchos poetas encontraron en sus fábulas la forma de alargar sus vidas. Y a los que dicen que las cosas que cuenta no han sucedido así, les solicita que adujan los originales, pero que hasta eso no ocurra, él dirá de ellos lo que ellos dicen de él. Así concluye que seguirá en su propósito de complacer a sus lectoras, porque quienes, como él, las aman, obran según la naturaleza, y manda a callar a quienes lo atacan y pide que lo dejen en paz.

Retomando el relato principal, cuenta que Filóstrato, líder del cuarto día, da inicio al día despertando a todos. Luego, se dirigen al jardín para recrearse; al mediodía, almuerzan, y después de la siesta toman asiento en el lugar de siempre, donde Filostráto le ordena a Fiammetta que inicie los cuentos de la jornada.

Análisis

La introducción a la Cuarta Jornada se destaca de las demás porque Boccaccio interrumpe en ella el curso normal de la narración del relato marco y vuelve a enunciar en primera persona su voz autoral, con el objetivo de realizar una reflexión meta-narrativa sobre su obra, como lo había hecho en el Proemio. Aquí hace un paréntesis para defenderse de las acusaciones que posiblemente recibió con la recepción de las primeras tres jornadas de su libro.

Nuevamente, se dirige a su receptor principal, las señoras, con las que se alía contra sus detractores, los malos lectores del Decamerón, entre quienes se podrían encontrar los religiosos o los sectores más reaccionarios de la sociedad florentina. Para defenderse, acude al único relato de la obra que no es narrado por uno de los personajes del relato-marco, sino que adjudica a su propia voz. Es un cuento que Boccaccio extrae de la tradición religiosa, del que se apropia poniendo como personaje principal a una persona real muy conocida en Florencia, Filippo Balducci, y transgrediendo el mensaje edificante de la historia original por uno cómico de fuertes connotaciones sexuales.

El cuento de Filippo y su hijo se relaciona con los temas del amor y del erotismo y de la Iglesia y la religión. El despertar erótico del joven ocurre en el relato como una respuesta natural e inevitable, que no se puede impedir, ni con la observancia estricta de la vida ascética que impone la figura paterna. Apenas observa a las mujeres, sin siquiera saber “qué eran” (p.473) –y sin saberlo tampoco después, porque el padre, en un último intento de censura, omite llamarlas por su nombre–, el joven ermitaño aprende a desearlas, lo que para Boccaccio se relaciona también con saber amarlas. Por eso compara su afán de agradar a sus lectoras (consecuencia de “haber conocido los amorosos besos y los placenteros abrazos” de las “dulcísimas señoras”, p.475), pero también el de admirar sus costumbres, su belleza y su honestidad, con el deseo de quien fuera “criado, alimentado y crecido en un monte salvaje y solitario” (p.476).

Esta influencia del “poder del deseo natural” (ibid.) significa también un cuestionamiento a la imposición de los preceptos y las costumbres monásticas, cuya severidad en la observancia del voto de castidad ya había sido criticada en la primera novela de la tercera jornada, por medio del apetito sexual de las monjas y la abadesa. Este estilo de vida ascética se contrapone a la vida activa en sociedad, que Boccaccio valora ponderando las maravillas del espacio citadino, que en estas y varias historias significa enaltecer la ciudad de Florencia: “Allí el joven al ver los palacios, las casas, las iglesias y todas las demás cosas de las que la ciudad estaba toda llena, como no recordaba haberlas visto nunca, comenzó a maravillarse mucho y de muchas cosas le preguntaba al padre qué eran y cómo se llamaban” (p.473).

Finalmente, Boccaccio cierra su argumento literario con un elemento cómico cargado de sexualidad, que refuerza la defensa de los asuntos y del estilo de su obra. No solo le hace decir al joven que las mujeres que ha visto son más bellas que los ángeles que le mostró en imágenes su padre, lo que implica una valoración de la belleza real por sobre la belleza ideal, sino que también hace un juego verbal con la idea de “cebar a las ganas”, como referencia implícita al acto sexual. De esta manera, Boccaccio concluye su réplica a las críticas revindicando su labor literaria, a la que no considera inferior a la creación elevada que podrían inspirar las Musas, y que pone a la par de los asuntos amorosos creados por figuras respetables de la tradición literaria, como Dante Alighieri. También cuestiona a aquellos que lo mandan a ocuparse de conseguir pan, dando a entender que la literatura es el verdadero alimento del mundo, así como también defiende su propia versión de la realidad, que expresa en sus relatos.