Los museos abandonados

Los museos abandonados Resumen y Análisis Los refugios

Resumen

En el museo se encuentran el narrador, protector del museo, y Ariadna, quienes se hacen mutua compañía en la espera. Afuera, jóvenes revolucionarios inundan las calles, al igual que las fuerzas represivas que los persiguen. Los enfrentamientos llegan a oídos de los refugiados cada noche.

Dentro del museo, el narrador cuenta su historia. Dice que cuando estaba por marcharse de la ciudad, a toda prisa por las condiciones apremiantes, el museo lo cautivó. Le ofrecieron trabajar para reconstruirlo, y sin dudarlo aceptó la oferta. Dejó que las naves partieran y estuvo meses y meses clasificando estatuas y objetos. Su plan era hacer del lugar una planta única; los terremotos que asediaron la ciudad ayudaron en este sentido, tirando paredes en cada temblor. Las estatuas, mientras tanto, esperaban en cajones para ser reubicadas.

A Ariadna los gritos de fuera le dan miedo. Interrumpe en más de una ocasión el relato del narrador para hablarle de sus temores. Mientras tanto, caminan por el lugar. Se encuentran con la escultura de un mastodonte gigante, de la autoría del narrador. Ella lo toca. “Estables” se titulan, según él, unas estructuras que también llaman la atención de Ariadna.

El narrador le pregunta a Ariadna por qué, en su momento, no se quedó afuera, con los jóvenes, haciendo la revolución. “Hacía diez años que no veía la calle” (p.139), dice ella, y le cuenta cómo iba siempre del estudio a su casa en auto y viceversa. Ariadna es actriz, y trabajó de doble. Al salir a la calle, aquella vez, sintió miedo. “Somos jóvenes y luchamos” (p.141), le dijeron los jóvenes. Pero ella temió, y no pudo seguirlos.

A su vez, Ariadna le pregunta al narrador por qué él, al escuchar los gritos, no salió a la calle. Él dice no haber escuchado nada. Ella no le cree; cree que él debió escuchar los gritos que decían “somos jóvenes. Venimos a buscarlos. De nuestro lado están el amor universal y la justicia” (p.143). Él no admite haber escuchado los gritos, pero agrega haberse quedado dentro para conservar cosas “que sirvan de pequeña memoria, de testamento, de mundo cerrado y acabado” (p.143).

Un día, el narrador no encuentra a Ariadna, pero sí unas inscripciones que ella hizo con un esmeril sobre una hoja de castaño: “XXI xxi siglo XXI I s. XXI (...)” (p.144), dicen, en una disposición extendida sobre el plano del texto. Cuando la encuentra, ella está subida a una montaña de cajas y mira hacia afuera por una grieta en la pared. Se niega a descender. “Ellos vendrán, estoy segura. Por las noches, los escucho, los oigo golpear y venir” (p.145), dice Ariadna.

Se proponen hacer guardias, pero ella no duerme cuando es su turno de descansar. El narrador cuenta: “Yo ya había desesperado de convertirla, de transformarla, de guardarla para mí” (p.146). Una noche saben fehacientemente que ellos vendrán: “Como nocturnas aves, el ruido se doblaba y venía a buscarnos, por las ubres henchidas de la ciudad” (p.147).

Ya llegan, están por aparecer. A Ariadna, repentinamente, la invade el sueño, ese que se ha mantenido ausente cada noche. Los jóvenes comienzan a instalar la dinamita alrededor del lugar. El narrador los ayuda a minar todo el museo. Adriana, dentro, se adormece sobre una lápida. “Nosotros estábamos contentos, como ellos. Pero estábamos muy cansados” (p.149), dice el narrador. Cubre a Ariadna con una de las sábanas para cubrir a las estatuas del polvo y el tiempo, y se quedan adentro hasta que todo estalla.

Análisis

Este cuento inicia con una serie de frases que funcionan como eje para todo el relato. Comienza así: “Estábamos en el museo. En el museo nunca ocurría nada. No nos conocíamos” (p.131). El plural inicial en primera persona indica que hay más de un personaje, y que uno de ellos es quien relata. El tiempo del verbo, por su parte, da cuenta de que se están reponiendo hechos pasados. La acción se localiza en el espacio del museo y los personajes que la protagonizan no se conocían de antemano. Parece un inicio frío y conciso, pero revela datos muy importantes de la historia. Generalmente, en el cuento literario moderno, a la primera frase se le atribuye una gran importancia, pues se constituye como punto de referencia para el resto de la historia. La frase inaugural, o núcleo de frases, debe concentrar el tema del cuento, y ello supone presentar principalmente al narrador, el espacio y el tiempo de la historia. Podemos encontrar este recurso a lo largo de toda la cuentística de Peri Rossi y en este libro en particular.

En “Los extraños objetos voladores”, el relato inicia de este modo: “—María —llamó el viejo. Había salido al campo—. Ven a ver lo que yo veo.” (p.11) Se presenta el tema, que es el objeto extraño en el cielo, anticipado por el título también, al igual que el espacio (un campo); el tiempo (un pasado indefinido); el narrador (omnisciente) y los personajes principales (el viejo y su esposa). “El juego lo habíamos inventado Ariadna y yo en una noche de hastío. En el museo…” (p.81), el inicio de “Los juegos”, da cuenta del mismo recurso de condensación de información relevante. El cuento parece ser una glosa del título y la frase inicial. Resulta una estrategia estructural eficaz: un comienzo tan comprimido despierta el interés del lector y suscita preguntas que el desarrollo aclara poco a poco. Es dueño, con un solo vistazo, del núcleo de la historia.

Abordemos, ahora, esta suerte de “tercer personaje” que ronda el último relato. Los jóvenes, representados durante casi todo el cuento por sus gritos y arengas oídas a lo lejos, representan la fortaleza de una sociedad que se resiste a perder sus derechos y libertades y que, a su vez, impulsa un cambio de paradigma. En “Los refugios”, la ciudad se encuentra tomada por estos grupos de jóvenes que avanza, imparable, hasta conseguir finalmente entrar en el museo y destruirlo. Constituyen la fuerza arrolladora de lo colectivo, que busca cerrar un ciclo histórico signado por la violencia.

Como bien dijimos, los jóvenes aparecen, ante todo, a través de sus gritos. Se acercan, noche a noche, y no dejan dormir a Ariadna. “Los oigo venir. Por la noche avanzando, derrumbándolo todo” (p.146), dice el narrador. El sonido es “como una montaña en movimiento, como un monte puesto a andar, como un mar que muge y se levanta, toro de lid, atropella, cabeza abajo” (p.147); “como nocturnas aves, el ruido se doblaba y venía a buscarnos” (p.147). A pesar de lo amenazante de estos gritos, su llegada, irónicamente, ayuda a Ariadna a dormir. Volveremos sobre el final más adelante.

Como vimos, la destrucción del mundo tal cual se lo conoce es un tópico privilegiado de estos relatos. Todos los personajes se enfrentan, de uno u otro modo, a un cambio de paradigma brutal y, en ciertos casos, a la muerte o desaparición. Cuando el narrador le habla a Ariadna de por qué cuida las estatuas del modo en que lo hace, en función de un supuesto futuro, ella le pregunta: “¿Cómo sabe [usted] qué querrá de nosotros el tiempo futuro?” (p.143). El narrador responde: “Seguramente [el futuro] querrá conservar algunas cosas, no sé decirle cuáles. Pero seguramente alguien se preocupará por conservar algunas cosas, que sirvan de pequeña memoria, de testamento, de mundo cerrado y acabado” (p.143). Este comentario del narrador da cuenta del espíritu de los museos, de cómo su creación está impulsada por la necesidad de conservar una memoria colectiva. El narrador se ha quedado a cuidar este museo y sus esculturas. Su tarea, renovarlo, se ve posiblemente interrumpida por el advenimiento del fin de los tiempos, o, al menos, de un orden conocido. Sin embargo, continúa su labor, porque cree que el futuro demandará información de ese mundo cerrado y acabado, el suyo, que quedará atrás.

La belleza es uno de los tópicos fundamentales de la literatura de Peri Rossi, y de estos tres relatos localizados en museos en particular. La belleza, el arte, la mirada estéticamente sensible sobre el entorno son objeto de contemplación y reflexión por parte de muchos personajes. El narrador, en este caso, se encuentra no solo empecinado en que el cuidado de las piezas del museo es elemental para la posteridad, sino que su renovación y la creación de nuevas piezas también lo son. La belleza de Ariadna lo cautiva. Por momentos, como el narrador de “Los juegos”, no distingue entre ella y las esculturas. “—No soy una estatua, modelador, no te confundas. No soy una silva. No podrás montarme sobre una base de aluminio y contemplarme” (p.146), le dice ella, que, como la Ariadna de “Los juegos”, no es ninguna ilusa. Al final, Ariadna tiene sueño. No es capaz de salir del museo a pesar de que será dinamitado. “Ella se había acostado sobre una gran losa de mármol que yo guardaba para modelar, y se había dormido” (p.149), dice él. Finalmente, la muerte acerca a Ariadna a la belleza de las esculturas. Él la tapa con una tela protectora como si se tratara de una pieza de su creación: “Cubrí a Ariadna con una de las sábanas que protegían a las estatuas del polvo y del tiempo” (p.149).

La belleza de las mujeres parece, a priori, pujar por condenarlas a la inmovilidad de las estatuas, a su pasividad. El rol de la mujer es cuestionado por Peri Rossi al interior de estos relatos. Como vimos en “Los juegos”, la Ariadna de aquel cuento poco le debía a la Ariadna clásica. En este caso, el procedimiento es similar. Por más que el modelador lo intente, no logra aprehender a la mujer. La Ariadna de “Los refugios” tiene también una voluntad propia e inquebrantable. Quiere dormir, descansar, terminar sus días ahí en el museo. La imagen de los hilos que recorre el mito de Ariadna y Teseo retorna en este cuento. Ella sube al muro a escuchar a los jóvenes que están afuera a través de una grieta. El narrador le compone un breve poema, insertado en el relato entre paréntesis, en el que el hilo sirve, no para salir de un laberinto, sino para volver al refugio del museo. En el poema, dice:

Ariadna, desciende por un hilo cabalgante de pared

a velero, de pared a aire salino,

Ariadna, desciende por un hilo lanzado de pared

a cosmonauta, en un planeta solitario

donde tristemente nos hemos exiliado.

(p.145)

Además, otros hilos se hacen presentes y sellan, como aquellos que utilizó Teseo para escapar del laberinto del Minotauro, el destino de la pareja. Esta vez serán hilos negros de pólvora, colocados por el narrador que asiste a los jóvenes revolucionarios, para dar fin al museo con ellos dentro. ​​“Si yo entraba, a colocar los hilos negros, [Ariadna] a veces me hablaba.

—Me ha venido el sueño, modelador. Ya podremos dormir” (p.148).