Los museos abandonados

Los museos abandonados Resumen y Análisis Los extraños objetos voladores (Segunda parte)

Resumen

El doctor del pueblo mira por la ventana de su consultorio hacia la vereda y toma coñac. Le resulta más reconfortante tomar alcohol a cualquier hora que mirar por la ventana “hacia el aburrimiento que vagaba por las calles empedradas del pueblo, que mirar el ocio rutinario de los funcionarios del banco, con sus ojos pálidos y arenosos (...)” (p.54). Desprecia el pueblo. Recuerda con resignación aquella vez, hace años, que volvió a la ciudad y, sin saber por qué, en lugar de pedir en la agencia su retorno, como tenía pensado, terminó renovando su estadía en el pueblo.

De repente, Alicia, la secretaria, entra en el consultorio abrochándose la túnica. El doctor tiene con ella una relación íntima, secreta y esporádica. Cada tanto mantienen relaciones sexuales clandestinas, a pesar de que ambos son solteros, en la casa del doctor. Ella acepta ese trato, aunque no lo elegiría. No lo tutea, no camina con él por las calles del pueblo, no alude jamás a la relación que mantienen. Dice el narrador que Alicia “aprendió a esperar de él solamente la cuota de pasión desordenada y sucia de un día a la semana” (p.58). “No reparta más números, estoy apurado” (p.61), le dice a su secretaria el doctor. Planea ir al pueblo vecino, visitar los bares, cines y su eficiente prostíbulo.

Mientras tanto, el viejo está sentado en la sala de espera. La joven le entrega un número con su nombre, “Lautaro”, escrito. Mientras tanto, él lee, con mucha dificultad, deletreando, los titulares de una revista. Siente un malestar creciente en el estómago y en la cabeza.

El doctor hace pasar a Lautaro y aun mira por la ventana. En el cielo, “un extraño objeto marrón que se movía lentamente, a gran altura, sin descender” (p.63) llama su atención. El viejo intenta, con mucha dificultad, explicar lo que le sucede. Habla sobre la desaparición de sus objetos y, sobre todo, de partes constitutivas de su cuerpo. El médico lo escucha, algo distraído. La secretaria también se acerca a la ventana y ve el objeto volador. “Le pareció simpático y lo miró un rato; después comprendió que era inútil observarlo, (...) no parecía tener ninguna conexión con la tierra, con el camino, el consultorio” (p.66).

El médico revisa a Lautaro, pero no encuentra en él nada extraño, salvo por el ritmo cardíaco acelerado, producto de los nervios. Tendrá que prescribirle sedantes. “En el futuro, habría que instalar grandes laboratorios de sedantes” (p.67), piensa para sí. “Las ilusiones ópticas (...) suelen sobrevenir a cualquier edad, a consecuencia de estados emocionales de tensión intensa” (p.68), le dice a su paciente. Lautaro se encuentra aterrado. Mira todos los aparatos a su alrededor. Algunos lo reflejan, no sin dificultad. No quiere mirarlos, por miedo a comprobar que la mitad de su cara permanece ausente. “¿Qué eran todos esos aparatos? ¿Era necesario defenderse de la enfermedad con tantos objetos?” (p.68), se pregunta.

Alicia busca en el armario los sedantes y se los entrega a Lautaro. “Las cefaleas y las ilusiones ópticas irán desapareciendo progresivamente” (p.70), le dice el médico. El viejo está algo entusiasmado después de escuchar las explicaciones del doctor; “ya me siento mucho mejor” (p.70), asegura. El doctor le pide a la secretaria el espejo de mano y se lo ofrece a Lautaro. “Mírese usted con tranquilidad” (p.71), dice. El paciente se aproxima con cautela y su cara, completa, lo mira desde el otro lado del espejo. Se siente aliviado.

Cuando el viejo se va, el doctor vuelve a mirar por la ventana y ve el objeto marrón. Al salir del consultorio, Alicia lo ve también. Camino a casa, Lautaro también mira el pájaro. Se dice a sí mismo: “seguramente en dos días ya no lo veo más” (p.72).

Por el camino no encuentra a nadie. En la entrada al pueblo se detiene a descansar. El calor es muy fuerte. Quizá por eso no hay nadie. Sigue andando, pero el camino “se iba pelando, como una fruta seca" (p.75). "Esto es raro” (p.75), se dice. Cada vez encuentra menos árboles, menos pasto, menos casas. Comienza a caminar con los ojos cerrados, para que las desapariciones no lo engañen, como dijo el médico. Pero cuando llega a su casa han desaparecido hasta las piedras. Cree por un momento haberse perdido, pero sabe que algo está mal. Todo es vacío a su alrededor.

Bajito, comienza a llorar. “Comprendió que rápidamente iba a desaparecer” (p.76), dice el narrador. Lautaro corre hacia la estación de ferrocarril. Recuerda a su hijo, que de allí partió a la ciudad. Decide irse él también, “escaparse de este gran vacío y del frío mortal que empezaría en cuanto la tierra se enfriara y el sol ya no apareciera más, y la oscuridad fuera completa” (p.77). Sin embargo, al llegar, la estación de trenes no está allí. Nada hay más que él y el silencio a su alrededor. Despavorido, mira el cielo, solo para darse cuenta de que “el objeto marrón también había desaparecido” (p.77).

Análisis

Lautaro visita al doctor y este le receta sedantes: “(...) a menudo, por errores de los sentidos o de la percepción, tomamos las apariencias por realidades, o, si lo prefiere usted, los datos de los sentidos por las cosas mismas” (p.68), le explica. Como bien dijimos, uno de los temas que aborda este libro es el de la fantasía, la magia, la irrealidad. “Los extraños objetos voladores” pone el foco en la percepción, en la distancia entre lo que vemos y sentimos, y lo que efectivamente es. Según el médico, que representa la mirada cientificista y racional sobre el mundo circundante, Lautaro pierde percepción de aquello que lo rodea debido al estrés. Por ende, le receta sedantes para que, en calma, pueda volver a percibir el mundo tal cual es.

Sin embargo, resulta particular pensar en que pueda, en la literatura de Peri Rossi, haber un mundo tal cual es. Por ejemplo, ante la muerte de su hijo, María, quizá más susceptible al pensamiento mágico, cree que Sebastián fue infectado con algo, el bicho de la curiosidad, propio de la ciudad que se lo mató. El narrador, contrariamente a lo que podría pensarse, no invalida ni es condescendiente con esta mirada menos cientificista del universo que tiene María. Ya en el pueblo, el discurso del doctor, a pesar de ser académico y citadino, no se despliega en el texto en detrimento de la mirada de Lautaro sobre las cosas. Ambas percepciones conviven, ambas contienen información, a pesar de que Lautaro se deja atender, es decir, hace caso al médico. El viejo, dócil en el consultorio, deja abierta la posibilidad de que todo esto sea una jugada de su mente y que los sedantes del médico surtan efecto. Inclusive, dice ver su cara en el reflejo del espejo que el doctor le muestra. Sin embargo, la vuelta a casa le depara nueva información.

Por su parte, la inclinación del médico hacia el alcohol da cuenta de que él mismo precisa, al revés que Lautaro, descolocar su mirada, alterar su percepción. Le resulta más reconfortante tomar coñac a cualquier hora que mirar por la ventana “hacia el aburrimiento que vagaba por las calles empedradas del pueblo, que mirar el ocio rutinario de los funcionarios del banco, con sus ojos pálidos y arenosos (...)” (p.54). El doctor no soporta ver el mundo tal cual es; necesita una cuota de distorsión. Para él, y aquí se introduce otro de los tópicos privilegiados del libro, el mundo que ve por la ventana es un mundo en decadencia. En el local de enfrente, donde se venden terrenos baldíos, “nadie se asomaba nunca, ni golpeaba la cortina baja, nadie sacudía el llamador en las tardes calientes del verano, para adquirir un maldito terreno en el maldito pueblo donde todo se moría de calor y de pobreza” (pp.52-53). Alrededor, todo es calor y muerte. Las horas son como “flores secas al pie de un monumento” (p.52).

Si bien en este relato no es claro si el fin del mundo que Lautaro percibe a través de la desaparición de aquello que lo rodea es tal, o es fruto de su psiquis alterada, la destrucción del mundo no deja de ser un tópico que lo sobrevuela. Y, además, dialoga con otro de los temas pregnantes, que es el de la soledad y el desamparo. Lautaro se encuentra desamparado. Su confort, todo aquello que lo alberga, va desapareciendo poco a poco. Su cama, en la que su mujer se acuesta como si estuviera allí, no puede contenerlo. Inclusive la mitad de su cara lo abandona. Se trata de una soledad en compañía: Lautaro no logra comunicarse con María, aunque ella esté allí. No puede decirle las cosas tal cual le suceden, no puede expresar el estupor que le genera que ella pueda acostarse tan plácidamente en lo que él percibe, por ejemplo, como vacío, aire, en lugar de una cama.

Esta soledad, este desamparo y esta falta de comunicación en la dupla de adultos mayores tiene su contraparte en la soledad que albergan tanto Alicia como el doctor. Ella se conforma con lo que él tiene para darle, esa relación fría y clandestina: no hay nada mejor en el pueblo. Él, por su parte, simplemente hace, sin preguntarse mucho por las cosas ni dejarse afectar por ellas. Los sentimientos, en todos los personajes del cuento, quedan por fuera de los diálogos entre ellos. Son privativos de su interioridad. Con suerte, el lector los conoce por sus pensamientos a través del narrador focalizado alternadamente en ellos. Solamente al final, cuando Lautaro se encuentre completamente solo, cuando hasta las piedras, la casa, el pasto, María hayan desaparecido, se permitirá llorar. Como aquella rama en su casa, “exánime, llorona, desamparada” (p.48), que había quedado sola y flotando en el cielo por haber desaparecido el tronco que la sostenía, el viejo queda absolutamente solo: “a la distancia, a la redonda, hacia uno y otro lado, circunferencialmente, nada había quedado, nada existía. La sensación de soledad y de desierto fue completa (...). Bajito, comenzó a llorar” (p.76).

¿Qué es esta desaparición progresiva de todo aquello que se percibe? Algunos críticos toman este motivo de la desaparición como un motivo político, vinculado con la realidad dictatorial sudamericana de los años 70, en que las fuerzas represivas utilizaban la desaparición forzada de personas como una forma de amedrentamiento de la sociedad en su conjunto. El miedo y la desaparición mantuvieron por estos años un diálogo directo.

También podemos pensar en la relación entre el tiempo que se va; lo efímero de las cosas, de la vida; y su vínculo con el arte y la escritura. Peri Rossi dice en una entrevista compilada por Eva Valcárcel en El cuento hispanoamericano del siglo XX. Teoría y práctica:

Escribo para guardar y conservar el instante vanidoso y pasajero, contra la muerte. Y para inventar lo que no existe, razón suficiente para ser inventado. Y testimoniar lo que existiendo pronto dejará de ser. Escribo porque el tiempo todo lo cambia. Al testimoniar las cosas las modifico, recreándolas; y en esa dulce ocupación de gozar, de vivir, apreciar formas, colores, texturas, gestos, paisajes, ideas y fijarlas en una escritura para que no desaparezcan, siento que participo humildemente de la Creación (1997: p.285).

La escritura funciona como un modo de plasmar todo aquello que, en el personaje de María, una mujer anciana de campo, prosaica y con menos herramientas de creación artísticas que Peri Rossi, se constituye como un museo interior. María es también, en potencia, una artista, que, si bien no logra trascender el arcón de sus recuerdos y hacer obra, archiva todo aquello que percibe como memorable, como un tesoro para la posteridad.

Como decíamos en la primera parte de este análisis, es importante retener que la indeterminación con respecto al origen y verdadera naturaleza del objeto marrón se mantiene hasta el final del relato. No se resuelve si, efectivamente, su presencia tiene algo que ver con aquello que le sucede a Lautaro, ni tampoco por qué está allí. Sabemos que, además de María, también pueden verlo el doctor y Alicia. Sin embargo, solamente Lautaro es cautivado, desde el principio del relato, por su presencia. Para los demás, el hallazgo del pájaro no es tan relevante ni modifica su vida en absoluto. El viejo, sin embargo, no puede quitarle los ojos y el pensamiento de encima. La presencia del objeto viene a trastocar el orden de la vida, el mundo tal cual era para Lautaro. El relato no es maravilloso ni participa del tan célebre realismo mágico latinoamericano, sobre todo porque, como dijimos, su importancia reside en su diálogo con lo real, más que en el enigma de su presencia y posible explicación de su verdadera naturaleza. Lo mágico, lo que desafía el orden racional de la realidad, en la literatura de Peri Rossi, no es central; viene simplemente a dialogar con la realidad, a exponer o resaltar aspectos de ella.