Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Los cuatro jinetes del Apocalipsis Resumen y Análisis Segunda Parte Capítulos 1-3

Resumen

Segunda parte, Capítulo 1: “Las envidias de don Marcelo”

Marcelo Desnoyers pasa sus días en la calle, contemplando a la sociedad civil saludando a los soldados que marchan a la guerra. Con la excusa de visitar a Roberto, su carpintero, se dirige hacia la rue de la Pompe. Intuye que Julio ha vuelto de su viaje a América. Sin embargo, al llegar a la casa de Roberto, queda sorprendido al ver que su empleado se unirá al ejército, a pesar de su militancia socialista. Roberto ve en la guerra una posibilidad de equiparación social: “Y usted, patrón, que es viejo para ir a la guerra, tendrá que comer como yo, con todos sus millones…. Reconozca que esto es hermoso” (p.212).

Más tarde, ese día, Marcelo divisa a Roberto en las filas de soldados, y allí se da cuenta de que siente envidia. Al mismo tiempo, la situación le despierta remordimiento, ya que recuerda que antes de tener que servir a su patria, en su juventud, prefirió huir y asentarse en América. Siente que este es el momento de pagar sus deudas con la patria francesa, pero sabe que ya no puede ser un buen soldado a su edad. Su única esperanza es su hijo, pero, además de ser un holgazán, “no era francés: pertenecía a otro pueblo; la mitad de su sangre era de diversa procedencia” (p.217).

Para intentar resarcirse con su nación, Marcelo les empieza a repartir dinero y cigarrillos a los jóvenes soldados. A medida que pasa el tiempo, empieza a envidiar también el dolor de los familiares que despiden a sus hijos.

Segunda parte, Capítulo 2: “Vida nueva”

La familia Desnoyers comienza a percibir los efectos de la guerra en su vida cotidiana: el vaciamiento de los almacenes y la prensa confirman los estragos que está sufriendo Francia. Julio y Margarita se ven cada vez menos. Margarita está preocupada porque a su hermano le tocó integrar un batallón, y la promesa del casamiento le genera menos entusiasmo que antes. Su exesposo, Laurier, también tuvo que partir hacia el frente. A ella le molesta no poder hacer nada: “—Es hermoso ser hombre (…). Me gustaría vestir un uniforme, ir a la guerra, servir para algo” (p.231), le dice a Julio, que queda relegado también a la inutilidad por ser extranjero.

Al poco tiempo, Margarita se apunta a un curso de enfermería. Además de ejercer para cuidar la vida de sus soldados, está fascinada por el uniforme de enfermería. Crece en Julio el sentimiento de que Margarita y otras mujeres parisinas le tienen lástima por no poder alistarse en el ejército. Mientras Margarita “sería un soldado con faldas” (p.238), él siente que todo el mundo lo trata como a un inferior, llamándolo “emboscado”.

A través de las cartas que le manda su hermano, Margarita descubre que Laurier gana cierta fama entre los soldados por su enorme valentía. Julio siente celos y piensa que la situación no da para más, así que decide armar un batallón de voluntarios extranjeros. Argensola está de acuerdo: “Hay que seguir el nuevo curso del tiempo o resignarse a perecer oscuramente: el tango ha muerto” (p.245). Aceptan que deben abandonar la frivolidad de su vida parisina, la que antes era envidiada por otros hombres, para adaptarse a la nueva existencia.

Segunda parte, Capítulo 3: “La retirada”

Elena Madariaga no abandona la casa de su hermana cuando la guerra comienza. Sus declaraciones pro germánicas causan gran indignación entre sus parientes franceses, y principalmente en Chichí, que lamenta no poder ir a la guerra. René Lacour, su novio, es soldado raso, y por esa razón no puede salir de París. A Chichí le da envidia ver que sus amigas salen con sus novios oficiales condecorados, pero finge delante de René que está feliz porque él no corre riesgos.

Los conflictos entre Elena y los Desnoyers crecen a medida que pasa el tiempo. Marcelo expresa su deseo de destruir a los enemigos, y Elena le recuerda que “entre esos cuyo exterminio pides están mis hijos” (p.253). De hecho, las hermanas Madariaga se acercan más que nunca a la iglesia para rezar, mientras Marcelo envidia a los padres que sufren por la ausencia de sus hijos.

Cuando Marcelo se cansa de “mantener y albergar al enemigo” (p.260), envía a su mujer, su cuñada y su hija a Biarritz, para que estén más seguras. Al ver que los saqueos y robos son frecuentes en París, Marcelo decide ir a resguardar sus objetos al castillo de Villeblanche. El senador Lacour consigue que viaje en un tren militar hacia allí.

Obligado a caminar desde la estación hasta el castillo, nota que muchos campesinos hacen el camino inverso al suyo: huyen hacia París. Marcelo, no obstante, se siente orgulloso por reencontrarse con sus riquezas. La mañana posterior a su llegada, los soldados que viajaron con él en el tren van en retirada después de un combate. Desnoyers los asiste en su castillo y advierte que la invasión alemana está siendo feroz.

Pronto, los soldados alemanes llegan a Villeblanche y destruyen el puente para cortar el paso de la retirada francesa. A pesar de que los oficiales franceses le insisten a Desnoyers para que huya, él decide permanecer en su castillo.

Análisis

La guerra comienza. Al interior de la familia Desnoyers y sus afectos, este evento instala una dinámica de envidia relacionada con la inutilidad y la extranjeridad que los condena a la lejanía del campo de batalla.

Marcelo Desnoyers siente culpa por no haber defendido su nación cuando tuvo la oportunidad e intenta apoyar a Francia por todos los medios que están a su alcance. La envidia que siente con respecto a los que tienen una intervención más activa en la lucha solo acrecienta el resentimiento que ya mantenía con dos personajes: con su hijo, por no poder unirse al ejército francés, y con su cuñada, que sigue con los Desnoyers durante la guerra. Una vez más, la identificación entre personajes y naciones aparece de manera directa: "—Tengo a Alemania metida en casa" (p.246), dice Marcelo, y finalmente decide enviar a las mujeres lejos de París.

La servidumbre de los soldados franceses también despierta la envidia de las mujeres parisinas: Margarita y Chichí se lamentan reiteradas veces por “no ser hombres” y tener que abandonarse a la inutilidad. Sin embargo, las dos asumen caminos diferentes. Margarita, aunque todavía con ideas frívolas, se convierte en enfermera, mientras que Chichí retoma su carácter de “peoncito” que su abuelo le enseñó y fantasea con matar alemanes en el combate.

Las envidias de Margarita y Chichí se traducen en un desprecio disimulado de sus parejas, Julio y René, porque, a pesar de ser hombres, ninguno de los dos está en el frente. Esto le pesa a Julio, y no soporta que se lo trate como “emboscado”, como si tuviera el privilegio de seguir viviendo una vida tranquila mientras la guerra avanza. Julio termina por unirse a la lucha, aunque sus motivaciones, al igual que las de Margarita, son eminentemente superficiales: ser soldado es lo que está de moda, como antes lo era bailar tango en los salones.

Sin saber nada de los planes de su hijo, Marcelo decide ir a cuidar sus posesiones a su castillo. Aquí se puede notar que este personaje proyecta en su riqueza un control y omnipotencia sobre su propio destino que en poco tiempo verá destruida: “Este orgullo le infundió un valor absurdo, inverosímil, como si fuese un ser gigantesco procedente de otro planeta y toda la Humanidad que le rodeaba un simple hormiguero que podía borrar con los pies” (p.274). El materialismo de Marcelo y su necesidad de rodearse de opulencia lo separa de su familia y lo coloca en un grave peligro, que él aún desconoce.